En frente del bar que parece ser una destilería de vodka hay una mezquita dónde el almuédano, a viva voz, llama a la oración. En la cuadra siguiente una mujer rusa con sus tacos de 10 centímetros pasa por delante de una vidriera de ropa tártara dónde una señora se prueba unos largos aros.

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Este tipo de contrastes se pueden encontrar fácilmente en Kazán, la tercer capital rusa. Rusia actualmente es una federación y está compuesta tanto por provincias (oblast) cómo por repúblicas (que tienen su propio parlamento, presidente y constitución). Kazán es la capital de la República de Tartaristán que representa a una minoría étnica, los tártaros.

Los tártaros son un pueblo que desciende el mismísimo Genghis Kahn y habitan el centro y el este de la parte europea de Rusia, a orillas del río Volga. Son musulmanes (debido a las invasiones turcas) y tienen su propio idioma, con raíces otomanas (nada tiene que ver con el ruso).

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En Tartaristán parecen ser otras las reglas de juego. El “privet” -hola- se transforma en un “Salam”, forma reducida del as-salam alaykum. Las iglesias ortodoxas se mezclan con las mezquitas y el borsch (sopa de remolacha) se sirve con los manjares tártaros.

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Es curioso que cada persona que nos encontramos en Kazán nos aclaran su condición: ser tártaro no es lo mismo que ser ruso. A simple vista, la única diferencia que encontramos es que los rusos son rubios y los tártaros, no tanto.

¿Puede un país existir dentro de otro? Por supuesto. Los tártaros se consideran independientes y tuvieron varios intentos de emancipación. Su ubicación, en el centro de Rusia, no les deja muchas opciones, pero el sentimiento de autonomía se respira en el aire. Si fueran una nación independiente tendrían un solo país limítrofe que lo rodearía todo: Rusia.

Con la disolución de la URSS, el gobierno de Yelstin instó a todas las naciones a reclamar su autonomía. En Tartaristán hicieron un referéndum que ratificaba su deseo de ser una República independiente. En Moscú nunca lo reconocieron. Hoy, se lo asocia al referéndum de Crimea, y se la critica a Rusia por tener una doble moral a la hora de medir. El de Kazán no es válido, pero el de Crimea si. ¿Cuál es el criterio? Nosotros, argentinos, podríamos agregar: para Inglaterra el referéndum de Crimea no es válido, ¿Pero el de Malvinas sí?

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Nuestra llegada a Kazán fue agónica. Pensábamos que no llegábamos. No tanto por la distancia que recorrimos sino porque las rutas están en muy mal estado, y el tráfico es un caos. Las rutas atraviesan varias ciudades, y el tráfico local se mezcla con los que quieren ir más lejos. El último auto nos levantó cuando estábamos pensando en donde podíamos pasar la noche.

En algo hay que creer, siempre.

En algo hay que creer, siempre.

La ciudad es grande, pero parece estar muy compactada en la zona céntrica. Justo dónde el rio Volga pega una curva, y forma una suerte de codo. Bauman, la larga peatonal cruza la ciudad a la par que el largo canal; Ambos terminan (o comienzan) en el Kremlin. Y eso es lo más interesante de la ciudad. Todo esta diferencia cultural entre rusos y tártaros supo encontrar su fusión en el Kremlin. Detrás de las altas paredes y de las anchas torres se condensan los años de historia. El palacio presidencial reside junto a una gran catedral ortodoxa, a escasos metros de ahí la torre torcida, retoño de la época del Zar Pedro. En frente de los iconos rusos, la gran mezquita Kul Sharif. No es la única de la ciudad, pero si la más grande. Totalmente reconstruida hace unos años ya que la religión tampoco sobrevivió a los años rojos.

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El Kremlin

La torre de Pedro I

La torre de Pedro I

La mezquita

La mezquita

La catedral

La catedral

Caminar por el Kremlin, y por Kazán, es volver a creer en la tolerancia. Entre los pueblos, entre las religiones, entre las personas. En un mundo de tanta guerras y fanatismos, los tártaros parecen ser una excepción.

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