-Yo lo que extraño es la comida. Una buena pizza de la calle Corrientes, aceitosa y con mucho queso acompañada de una cerveza bien fría. ¿Qué? ¿No probaron las pizzas en Buenos Aires? Tienen que volver. Por eso sólo tienen que volver.

– Sí, la comida y un buen vino. Pero yo lo que más extraño es esto. Hablar en español, entendernos, el calor latino. Afuera encontrás gente simpática pero son fríos. Siempre marcan una distancia.

-¡Lili, bajá la música que no se escucha nada! Yo aún no sé que extraño de Bogotá, acá estoy tranquilo pero sí, estoy de acuerdo, no es lo mismo.

-Yo, yo lo que más extraño de mis años en Chile es a la Negra Sosa.

Se hizo un silencio y todos nos quedamos mirando a James. Es indio, petiso y con bigotes, es de Chennai y habla un español perfecto. Era sacerdote, vivió casi quince años en Chile en la década de los ochenta. En los años del horror, en la época de los curas tercermundistas y de la opción por los pobres. Dejó los hábitos y hoy es profesor de filosofía en Kodaikanal.

Éramos pocos alrededor de la mesa, seis completos desconocidos pero con algo en común. Todos estábamos lejos de lo que llamamos casa u hogar. Extrañábamos y hablamos español.

Se abrió una nueva botella de cerveza y Lili trajo más papas fritas a la mesa. Me levanté para ayudarla a preparar lo que faltaba. Servimos los pochoclos, el maní y las aceitunas. Con complicidad en la cocina me dijo que no saben cuánto tiempo más van a estar en India. Yo por mi parte le pregunté por las servilletas y por los vasos que faltaban. Hace mucho que no estaba de invitada en una casa ajena ayudando a poner la mesa.

-Uy!, sí. Ídola Mercedes. Yo también la admiro mucho -Dijo el colombiano.

-La canción que me gusta es esa que dice… – James Intenta recordar mientras mueve los dedos buscando la letra en algún lugar de su memoria.

La letra no aparece y empezamos a arriesgar ¿Gracias a la vida? ¿Alfonsina y el mar? ¿Zamba para olvidar? Esa es mi favorita.

Hallazgo.

-Cambia todo cambia – Dijo el indio chileno.

Daniel se pone de pie y busca la computadora. Además el cargador y los parlantes. Youtube. Tipea: Mercedes Sosa Todo Cambia.

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

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Los seis extraños estábamos serios. Mirando la pantalla, y no por la pantalla en sí que sólo mostraba una imagen estática de La Negra sentada con un poncho y un micrófono sino por todo lo que esa computadora evocaba. Daniel abrió otra pestaña y buscó, también en Youtube, paisajes de Argentina. “Para ver algo mientras suena la canción”, aclaró.

Daniel es español y nos conocimos gracias a la magia del Couchsurfing. Le preguntamos si nos podía alojar durante un par de días en Kodaikanal, un pueblo de montaña en el sur de India. Dijo que sí y nos ayudó en la búsqueda de una casa para alquilar. Queríamos buscar algo para estar un mes quietos y escribiendo. La casa no apareció pero si una invitación a un encuentro de latinos en la casa de unos colombianos. Habíamos comprado cervezas y chocolates para llevar.

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

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-Ese lugar es hermoso. Si vuelven a Argentina tiene que ir a esa parte. San Juan, La Rioja, Catamarca. – Dijo Lucas mientras la pantalla mostraba unas imágenes del Valle de la luna. Tiene que buscarse una peña, escuchar música en vivo, tomarse un buen vino.

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia.

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La canción se acabó.

-Che, ponete otro tema.

-¿Cuál?

-Cualquiera de Mercedes Sosa está bien – dije.

-¿Y cómo conoceis esa música? Vosotros sois muy jóvenes. – Dijo el español.

-Por mis viejos – Lucas retoma la palabra- Viajamos mucho por Argentina. El mate y la música nunca faltaron.

Me tocaba responder a mi. Y los sentimientos me jugaron una mala pasada.

-Por mi papá. Tocá la guitarra muy bien. Más de una noche de verano, en el patio de mi abuela, se ponía a tocar y nos acostábamos tarde por escucharlo. Y con un nudo en la garganta me fui a buscar una cerveza a la heladera.

-Poné esta: “Zamba de mi esperanza”. – dijo Gustavo.

-Buscá la versión de Cafrune – agregó Lucas.

El clima había cambiado por completo. ¿De qué parte son? ¿A qué te dedicabas en Colombia? ¿Cuánto tiempo llevan viajando? ¿Te gusta India? Las preguntas de rutina iban quedando atrás. Ahora se tejía otro tramado. Mucho más fino y que tocaba hilos muchos más delicados: el estar lejos.

Las cervezas corrían, la música también. Cada canción habría un cajón más del armario de los recuerdos. Hablábamos de nuestras ciudades, nuestras familias, de todo lo que estaba a más de 15.000 kilómetros y del otro lado del océano. Hablamos del clima, de la diferencia horaria, de las costumbres. De Cristina y de Santos, de Rajoy y de Macri. De la iglesia y del Papá, al cuál Jaime llamaba “Jorge” cariñosamente. Estábamos en India pero ninguno de los seis estaba en el país de los hombres que usan turbante, se dejan crecer el bigote y las vacas caminan por las calles.

Gustavo se levanta y vuelve con una botella. “Me lo regalaron y aún no lo abrí”. La etiqueta amarilla era pintoresca. Se trataba de un whisky de Bután.

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En los mismos vasos de la cerveza que se había acabado sirvieron el whisky. Era muy fuerte. Según el indio chileno se parecía al Jack Daniels. Lucas dijo que tenia razón.

Música, recuerdos perdidos de nuestros días en Buenos Aires y un estar lejos que se hace cada vez más fuerte.

-¿Sabés que tema argentino me gusta a mi? Buscá “Duerme negrito” con la introducción de Atahualpa Yupanqui – Dijo el colombiano, amante de la música argentina.

Y ese fue el golpe bajo para los seis extraños que ya no éramos tan desconocimos. Teníamos bastantes cosas en común, quizá el sueño de una Patria Grande, un legado común, una historia parecida, una sangre sudaca que corré con orgullo. Una familia lejos, un estilo de vida parecido. Un dilema compartido.

Ya era tarde, en breve iba a amanecer. El whisky también se había acabado. Emprendimos el regreso. Nos despedimos con un abrazo. “Mi casa es su casa” nos dijo Gustavo.

Nos fuimos a acostar angustiados. El whiskey nos había dejado un mal sabor en la boca y en el corazón. La música y sus letras seguían dándome vueltas en la cabeza. La duda existencial por saber si irnos de viaje fue una buena idea me acorralaba. No podía parar de pensar en el egoísmo del estar lejos, en el malestar de los que nos extrañan, en el nuestro que extrañamos el doble, en el deseo de conocer el mundo.

-¿Por qué hicimos todo esto? Le pregunte a Lucas que ya se había quedado dormido.

-“Para salvarnos”. Me respondió con entresueños.

Ahora que lo pienso, creo que faltó un tema más: Nostalgias, el tango de Cadícamo. – Le dije.

Porque cada vez estoy más convencida de que viajamos generando nostalgias a nuestros pasos. Y ese, es un sentimiento mucho más común de lo que se cree. Esa noche sin lugar a dudas nos juntamos con un solo motivo: dejar atrás nuestras nostalgias.

Repitiendo el mal sabor del whiskey nos fuimos quedando dormidos. Supongo que los seis, esa noche, soñamos con nuestras mamás cantándonos “Duerme duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito”.

***