Entreabro los ojos. El mar sigue ahí, intacto. Me había dormido. L sigue al lado mío, leyendo. La lectura es parte de nuestra vida ahora, como la escritura. Meses atrás la rutina era otra, hoy está dictada por las palabras. Palabras que leemos y escribimos, casi todo el tiempo.

De la casa de al lado, sale un hombre. Es un tanto mayor, acaso unos setenta años. Camina rápido. Abre la puerta y ni siquiera mira para los costados. Ni siquiera nos ve. Está en cuero. Parece no importarle tener las zapatillas puestas, va hacia el mar. No duda, camina mirando el horizonte. Me incomoda bastante. Se mete hasta la cintura y comienza a mojarse, como un niño. Se zambulle sucesivas veces y se frota, como si se estuviera duchando o purificando quizá. Me recuerda India, el místico Ganges.

Playa Mui Ne Vietnam

Hasta la cintura, no más.

De la casa, sale una joven corriendo. Lo llama a gritos. Podría ser su hija, o nieta. Él no escucha, sigue mirando el horizonte y el agua de mar. Otro niño sale de la casa, se mete al mar y lo trae a la casa. Él solo mira el horizonte. Nosotros estamos al lado, pero ni siquiera nos ve.

Yo tampoco puedo dejar de mirar el mar. Su color y su sonido tiene un efecto analgésico. Es terapéutico por si solo. Con L siempre decimos que nos gustaría vivir cerca del mar. Aunque sea una tiempo. Verlo todos los días, caminar descalzos por la arena tibia y leer. Meses atrás me parecía imposible, hoy parece una oportunidad.

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La playa con el pescador

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El sol comienza a bajar. Promete un hermoso atardecer. En la costa se ven barcos pesqueros. Son pequeños, solo dos o tres tripulantes. Parecería que es la hora de pescar. El mar se retira, el sol apaga sus fuerzas y los barcos comienza a penetrar el mar.

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Atardecer en Mui Ne

La playa, por el contrario, está desierta. ¿Dónde está la gente?. Me pregunto y me respondo al instante. Una familia rusa pasa caminando por delante nuestro. Ellos, los rusos, coparon el lugar. Se lo adueñaron. Hasta en los restaurantes, la carta está en ruso. Hasta los vietnamitas lo hablan. Nosotros somos los raros. Porque nadie nos avisó que era una playa rusa.

Me pregunto por qué están todos acá, condensados y apretados. Una chica rusa, que conocimos viajando, nos dijo que tienen muchos problemas para viajar. Muchos países no permiten su entrada, otros les cobran mucho dinero por visa. En Vietnam es distinto. Secuelas de la guerra, supongo. Acá tiene casi tres meses de visa y gratis. Nosotros solo un mes y cotiza en dólares. Mui Ne es el lugar de sus vacaciones. No recorren Vietnam, solo visitan esta playa. La misma donde nosotros leemos, la misma donde el señor se baña. Misma playa que hace casi cuarenta años cayó en las garras de la guerra. Esa que destruye sin importarle nada. Playa que luego, fue pueblo de pescadores. Unas pocas familias que se instalaron aquí, a recibir lo que el mar les daba. La guerra les sacó todo, pero el mar seguía brindando sus frutos. Por aunque las guerras pasen y destruyan, la tierra continúa ahí. Y esa tierra que escondió minas explosivas, ahora son terrazas de arroz. Lo mismo el mar. No se si hubo submarinos y esas cosas que vemos en las películas, pero solo veo barcos pesqueros.

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Frutos del mar

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Barcos pesqueros

Ahora el pueblo es otro. Veinte años atrás no había turistas. Los pescadores son menos. Rinde más poner un resort, o un bar. Con aprender unas pocas palabras en ruso basta.