“Mi gloria es vivir tan libre 
como el pájaro del cielo”
José Hernández

Sentimos la obligación de escribir sobre el irse, mejor dicho, sobre el volver a irse. A su vez, sentimos que no tenemos nada nuevo que decir.

Hace dos años estábamos en esta misma situación. Por salir de viaje con rumbo incierto, con regreso incierto, con el único fin de demostrar(nos) que es posible vivir viajando.

Hoy estamos en la misma. Dejando todo por segunda vez. Renunciar al laburo, poner la ropa en cajas, guardar nuestros libros, dar de baja servicios y tarjetas, y empezando a conectarnos con el “estar de viaje”.

Estar de viaje casi como un estado de ánimo. Dónde todo causa sorpresa, torpeza y extrañeza, dónde uno se asombra, se sonríe, y agradece estar dónde está.

Estamos poniendo fin a nuestras actividades en Buenos Aires y con cada persona que nos encontramos nos despedimos con esos abrazos fuertes que uno no sabe cuándo volverán a repetirse. Quizá en Europa, quizá en India y quizá a nuestra vuelta, aquí en Buenos Aires. Por que lo que tenemos claro es que en algún momento queremos volver.

Todos nos preguntan lo mismo: “¿Y tienen todo listo? ¿Ansiosos?” Es ahí dónde oscilamos. Entre el no tener todo listo, entre la ansiedad propia de la situación y entre la naturalidad. Parecería que irse se volvió “normal” en nosotros. Hace 13 meses que estamos estancos en Buenos Aires pero no nos pesan. Volvimos sabiendo que nos íbamos. A su vez, sentimos que fue poco, que teníamos que haber ido a visitar a ciertos amigos, que tendríamos que haber ido más al teatro y que tendríamos que haber hechos cosas que ya hoy no nos dan los días. Por un lado mejor, excusas para volver.

lavandas

Estamos tranquilos. Confiamos en que el camino provee pero al mismo tiempo somos un manojo de nervios y emociones. Irse y dejar todo es parte de nuestras rutinas pero no deja de ser una situación movilizante.

Oscilamos entre la naturalidad de la situación y la emoción propia del irse.

Ansiedad, nostalgia, pensar en lo que nos perdemos. La incertidumbre propia del viajar que tanto nos atrae. No saber que nos espera, no tener una ruta trazada, no tener el dinero suficiente, no saber que hacer cuándo llegue el invierno son dudas nos acompañan pero también nos empujan a salir, a desafiarla, a desafiarnos.

A fin de cuentas los viajes son una manera de demostrarnos a nosotros mismos que podemos volar alto. Que podemos ser y hacer algo que coincida con lo que deseamos. Y eso, un poco, asusta. Saber que podemos hacer lo que deseamos es sinónimo de comprender que dentro nuestro esta todo lo que necesitamos.

Seguimos esperando. Cómo si este día hubiese sido pactado desde antes y solo era cuestión de permanecer hasta que llegue. Pero no todo es espera pacifica, fluctuamos.

A su vez nuestros cuerpos parecen fragmentados. Nuestros cuerpos estan acá pero nuestra cabeza ya esta allá, recorriendo Europa. Nos es muy difícil ser contemporáneos a nosotros mismos.

Tenemos que armar las mochilas. Aún tienen tierra asiática de nuestro anterior viaje. Abrimos los bolsillos y encontramos cosas en los bolsillos. Hoy son recuerdos que solo tienen sentido por lo que creemos recordar que fueron: Un caracol de Tailandia, un prendedor de Dharamsala, una postal de Laos. Y esas mismas mochilas que estuvieron 13 meses guardadas hoy están aguardando por salir de nuevo. Incluso el mismo acto de armarlas es natural.

Tenemos la sensación de seguir en viaje, de que hoy nos tocan armar las mochilas de nuevo, como si no hubiese pasado nada en el medio. Cómo si Buenos Aires solo fue una parada más en el camino, pero no una parada cualquiera, una parada que nos acaricia el corazón.

Tenemos la necesidad de agradecer. A nuestras familias, a nuestros amigos, a sus charlas, a sus mates, a los pijamas parties con los sobrinos, a los besos, a las miradas complices. Y si hay algo que nos cuesta de los viajes son las despedidas. No podemos evitar moquear un poco. El no saber cuándo nos vamos a ver.

Estamos contentos, estamos nostálgicos, estamos agradecidos.

 Los vamos a extrañar!

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