Les voy a pedir su atención. Les voy a contar algo que seguramente muchos no saben. Liubliana (o Ljubljana en su idioma) es una gran pequeña y agitada tranquila ciudad, de la cual cuesta mucho irse. Algo así como una de las olvidadas capitales europeas, que a pesar de eso, y con perfil bajo, tiene un encanto particular. Son uno de esos pocos lugares dónde uno se anima a decir, me gustaría vivir acá.

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La plaza

La plaza

Tal vez sea ese pequeño río, el cual no es enorme como el Rio de la Plata o místico como el Ganges, pero es un rio que acompaña la ciudad a lo largo.
Tal vez sean sus calles empedradas del centro por las cuales no circulan autos.
Tal vez sea que en cada cuadra había un artista diferente exhibiendo sus pinturas, esculturas o música.
Tal vez porque si te alejas del centro sigue siendo linda, con parques para pasear y barrios pintorescos.
Tal vez por su gente amable, de las cuales pudimos notar que les encanta hablar.
Tal vez por una mezcla de todo esto, y a pesar de nuestro cansancio de la noche anterior, Ljubljana nos encantó como si fuera una maga. Cómo si hubiese un hechizo volando por el aire que hace que los transeúntes se enamoren. Algo de eso habrá, porque funciona.

El encanto de sus edificios

El encanto de sus edificios

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El arte en la calle

El arte en la calle

Empezamos a sospechar. Todos dicen que la ciudad es chica, linda pero chiquita, qué en dos minutos se recorre, que no hay demasiado para ver, que mejor es ir por el día. Pero a nosotros nos gustaba. Disfrutábamos de su pequeñez, de sus librerías (en las cuales solo reconocíamos algunos pocos títulos), de los bancos frente al río, de la vista desde el castillo, de las casas de colores.

El castillo

El castillo

La librería

La librería

Pero había algo que no entendíamos ¿Por qué tantos dragones? Cuenta la leyenda que aquí habitaban dragones, y que fue el mismísimo Jasón (héroe de la mitología griega), ayudado por sus argonautas, quien mató al último dragón y liberó a las doncellas que tenía como prisioneras. Entonces algo de magia había en la ciudad.

Dragón del puente

Dragón del puente

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Pero los hechizados éramos nosotros. Nos sentíamos en una ciudad de juguete y no podíamos dejar de caminarla. Sea por un lado del rio o por el otro, subir hasta el castillo, bajar a la catedral. Y puede ser que haya algo de magia. Dicen que cuando una virgen cruza el puente de los dragones, uno de sus cuatro dragones mueve la cola. También vimos unos maniquíes con vestidos de novia colgando de un puente, pero de estos no sabemos de que magia se trata.

Maniquíes colgando

Maniquíes colgando

Otro personaje de cuentos de hadas

Otro personaje de cuentos de hadas

Ljubljana tiene nombre de mujer y de maga. Pero la magia no existe. Nosotros no somos aquella Wendy que Peter Pan despertó por la noche para llevarla a la tierra de Nunca Jamás. Quizá Ludmila podría ser Campanita y Lucas podría ser el Capitán Garfio, pero no. No va por ahí la cuestión. Los cuentos son solo eso, cuentos. Nosotros estábamos en Eslovenia, otro país de la ex Yugoslavia, estábamos en Europa y las cosas se pagaban en Euro. El mundo real, él que gira. Estábamos en verano. Era un jueves de junio.

Pero aunque queramos negarlo. Hay algo de magia en todo esto. Hoy es miércoles de julio. Todo lo que escribamos acá paso por el tamiz de la memoria, que también tiene nombre de mujer y que también es maga.

Hasta las puertas tienen magia

Hasta las puertas tienen magia

Ljubljana, la maga, no es otra que la memoria, también maga. Hoy varias noches después ¿Qué nos queda de Ljubljana? Unas fotos, alguna anotación en el cuaderno, pero todo lo que  tenemos pertenece a la memoria. Intentamos reconstruir vagamente los puentes, las calles y los castillos de Ljubljana (porque ahora puede ser que haya más de uno) pero el resultado siempre va a ser fallido. La Ljubljana que habita en nosotros, hoy, es solo patrimonio de la magia y de los recovecos de la maldita y virtuosa memoria. Que puede ser una ciudad muy chiquita o grande, agitada y tranquila, según a quién se le preste atención.