-¿Por qué van a ir a Kaliningrado? Es peligroso, no hay nada que ver ahí. Por favor, no vayan.
-No es un lugar turístico, nadie va. Ellos no quieren que nadie vaya ¿Por qué van a ir?
-¿A qué van?, ¿Saben que hay?

(Estos son algunos de los tantos comentarios que recibimos en los días previos a visitar Kaliningrado)

“Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.” 
Antoine de Saint-Exupéry

En este caso, los niños nos disfrazamos de viajeros trotamundos y elegimos visitar esos lugares que ninguna guía de viajes recomienda. Esos lugares, que se caen del mapa y de los itinerarios, suelen tener encantos extras pero estos al no estar contenidos en ninguna estatua, o monumento, o parque nacional parecen no contar. El encanto de los lugares que no figuran en los mapas radica en la gente que los habita, ese es nuestro secreto.

Al igual que El Principito de Antoine de Saint-Exupéry que cayó en la tierra desde el asteroide B612, nosotros caímos en Kaliningrado desde Europa. Fue cómo aterrizar en un planeta lejano y remoto. Otra lógica, otros valores, otro idioma, otra cultura.

Alfabeto cirílico - Primer lección

Alfabeto cirílico – Primer lección

A pesar de todo lo que nos habían dicho sobre Kaliningrado y los rusos, no teníamos (tanto) miedo a la hora de cruzar la frontera. El Principito aprovechó una migración de pájaros silvestres para evadirse, nosotros el primer auto que nos paró mientras hacíamos dedo en la frontera con Polonia.

A los pocos kilómetros, el puesto fronterizo. Policías con cara de malos, perros adictos a las drogas y un examen exhaustivo a nuestro pasaporte. Estamos en Rusia y Moscú estaba a más de 1000 kilómetros. En el medio, había varias capitales europeas. Las rutas estaban en mal estado, la gente estaba en mal estado. Todos fumaban y olían a transpiración mezclada con alcohol. La ropa era vieja y gastada, y comunicarse era sobre todo una cuestión de voluntades. La ciudad parece haberse quedado en el tiempo, en la época del poderío de la URSS. Las construcciones parecen de hace más de 50 años y todo conserva ese color gris humo apagado. Incluso muchas miradas.

Rusia se quedó con Kaliningrado cómo trofeo después de la segunda guerra, la pobló con inmigrantes y rusos de bajos recursos, y así tal cual es como quedó Kaliningrado 25 años después de la caída del último gran imperio. La mayoría son rusos que nunca estuvieron en Rusia. Para ellos Varsovia o Vilnius, son las capitales cercanas y accesibles. Pero así y todo, son rusos. Podríamos contarles sobre ellos, sobre sus gustos, sus sueños, sus amores, pero eso a nadie le interesa. A las personas mayores les interesan los porcentajes de desempleo, las posibilidades de amenazas y la capacidad bélica de Kaliningrado. La parte humana parece no interesarle a nadie. Para el hombre moderno lo esencial pasa por otro lado.

Ni los chanchos salvajes generan interes

Ni los chanchos salvajes generan interes

Viejo y todo, Kaliningrado era lindo. No por su arquitectura (todo tenía esa impronta soviética de edificios cuadrados y amplias autopistas), no por el centro antiguo de la ciudad ni por la vista desde el puerto en el corazón del mar Báltico. Sino por la gente y por la naturaleza. Pero sí les decimos que ahí presenciamos uno de los atardeceres más mágicos que vimos y que dormimos a orillas del mar Báltico con un cielo de estrellas para nosotros solos, a los hombres modernos no les parecerá válido. Ellos sólo quieren saber si es verdad que hay tanques y militares en todas las esquinas. Ellos sólo quieren saber si Lituana o Polonia corren peligro. Pero nosotros sólo vimos playas vírgenes, bosques de pinos inmensos y personas que sin entendernos nos querían ayudar igual. No podemos decirles cuántos rublos (moneda local) hay invertidos en armas, ni cuál es el sueldo promedio, ni cuál es el edifico más grande, pero podemos darles otros detalles, de esos que a nadie le interesan. Detalles cómo que a los rusos les gustan muchos los dulces o la música argentina.

Kaliningrado -3

El principito se consuela pensando en los atardeceres melancólicos de su pequeño planeta. Basta adelantar su silla un par de metros para volver a contemplar una nueva y mágica puesta de sol. Dice que en un día contempló 42 atardeceres. En Kaliningrado el atardecer también es un consuelo en ese pequeño planeta.

Kaliningrado -5

Todos creen que en Kaliningrado no hay nada que ver. ¿Una puesta de sol no es un espectáculo digno de ver? Claro que sí, incluso verlo 42 veces en un mismo día. El problema de este mundo es la seriedad de los hombres modernos.

Los periodistas hacen mala de prensa de Kaliningrado sin siquiera haberlo visto alguna vez, son cómo los geógrafos que describen montañas sin haber salido de su escritorio. Para ellos, Rusia es peligrosa, es el nuevo mal. El Principito también tenia miedo. En su caso, de los baobabs. Para él, los baobabs eran el mayor peligro podían destruir todo su planeta en sólo unos segundos. Pero lo curioso es que al comienzo un semilla de baobabs no se diferencia de la semilla de una rosa, ambas son simples hierbajos. Quizá los rusos y los europeos tampoco sean tan distintos.

Saint-Exupéry se encontró con la dificultad del principito al hablar con  con personas mayores, nosotros tenemos el mismo problema al hablar de Kaliningrado ante el hombre moderno. Este último descree, tiene miedo, no sabe pensar, solo repite lo que una vez escuchó decir.

Kaliningrado es nuestro secreto, es ese atardecer que contemplamos caminando por la playa buscando un lugar dónde acampar bajo el asteroide B612 que esa noche brilló más fuerte que otras. Si algún día, viajan por Kaliningrado… Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente a contemplar el atardecer. A fin de cuentas, Saint-Exupéry tenia razón, lo esencial es invisible a los ojos.

Disculpen la falta de fotos, nos las guardamos para nosotros.

Kaliningrado -4