Sobre nuestros días en Madurai y la compleja pregunta sobre el momento exacto en que India, como una palabra que engloba todo un mundo, se volvió parte de nuestra cotidianidad.

Meenakshi Amman

– «¿En qué momentos nos acostumbramos a esto?» Dije mientras caminábamos por Madurai. No se si lo pensé o si lo dije en voz alta. La falta de respuesta me despertó la duda.

Llevábamos unos cuantos metros caminando hasta que reparé en mis pies y ahí fue cuando surgió la pregunta. Estaba descalza caminando por las calles de una de las ciudades más caóticas de India. Habíamos pasado casi toda la mañana dentro del templo.

Salimos aturdidos. La gente, el olor de las velas ardiendo, el aroma de las sahumerios y los inciensos, el calor, el apretuje humano. Estábamos agotados y ahora teníamos que seguir caminando descalzos.

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Las calles estaban sucias y el pavimento comenzaba a calentarse con la proximidad del mediodía. Faltarían doscientos metros más y si no fue porque algo me pinchó en la planta del pie, no me hubiese dado cuenta que iba descalza. Los pies estaban sucios, hinchados por el calor y con ampollas que le dejaron el lugar a pequeños callos y durezas. Pero eso ya no es novedad, en India aprendimos a andar descalzos. Así y todo, queríamos recuperar nuestros zapatos.

El Meenakshi Amman Temple es el corazón de Madurai. El corazón sagrado y, también, pagano y comercial. El templo se ganó la fama de ser uno de los más impresionantes en el sur de India y muchos lo comparan con el Taj Mahal. Supongo que todos los piropos serán a la arquitectura. Un templo de seis hectáreas, más de 30.000 estatuas y figuras talladas, y doce gopuram, pilares altísimos con todas las deidades hinduistas cinceladas de una antigüedad de casi 2.500 años. Está construido en honor a Meenakshi, diosa con ojos de pez y tres pechos. Ella es un avatar de la diosa Parvati, consorte de Shiva.

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El templo tiene cuatro puertas, una en cada punto cardinal y adentro es un laberinto de salas, salones y puestos de souvenirs. Nos perdimos. Entramos por una entrada y salimos por otra. Teníamos que caminar todo de nuevo en busca de nuestros zapatos.

Gandhi

El sábado a la mañana decidimos ir al museo de Gandhi. Su imagen ya nos es familiar, también su historia, sus mitos y sus detalles. Llegamos temprano. Faltaba media hora para que abra. El calor agobiante hizo que, también, cambie nuestro horario. Amanecemos temprano para tratar de aprovechar el fresco del alba. Para hacer tiempo nos sentamos bajo un árbol a esperar que dieran las diez.

Una familia india esperaba a la par nuestra. Eran tamiles. Su piel es mucho más oscura, sus rasgos mucho más marcados y tenían cierta dureza en sus movimientos. Me llamó la atención el color de nuestra piel. Tan clara y delicada. Casi inexistente. Miraba con detalle y podía observar algunas venas correr por mi antebrazo. Hacía tiempo que no me detenía a observar los diferentes colores. Como si a eso también me hubiera (nos hubiéramos) acostumbrado. Al menos visualmente, ya no me llama la atención saberme blanco entre tanta gente de color.

El museo abre sus puertas. Es chiquito. Las vitrinas están escritas a mano y muestran fotos y momentos de la vida de Gandhi. Las fotos ya las habíamos visto y su historia ya la conocíamos. Sorprendía ver algunos de sus objetos personales: anteojos, sandalias, ropa.

Salimos con gusto a poco. La calle estaba abarrotada de personas, vacas, rickshaws, mendigos y trabajadores callejeros. Caminábamos esquivando paños donde arreglan zapatos, banana aún verdes y perros famélicos. Las bocinas molestaban menos y ya no nos damos vuelta cada dos minutos para ver si corremos riesgo de que nos atropellen.

Volví a preguntar. Esta vez más fuerte y asegurándome de que la pregunta saliera, efectivamente, de mi boca. “¿En qué momentos nos acostumbramos a esto?” Tampoco obtuve respuesta.

El mercado

Gallinas aún vivas, vegetales de los conocidos y de los no conocidos, panes de jabón para lavar la ropa y puestitos de chai y comida callejera. La comida es casi siempre frita y prefiero cuidar un poco la salud. Sólo un chai para mi. En el puesto de al lado vendían flores. Muchos compran como ofrenda para llevar al templo y muchas mujeres compran para ponérselas atadas en el pelo.

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Pasó una familia caminando. Venían del templo. Todos los miembros de la familia tenían la frente marcada. Un punto rojo, una línea blanca y otra línea roja por debajo. La mayoría de la población anda con la frente marcada. Señal de protección y bendición de los dioses. La familia nos miró y movió la cabeza en con ese rápido infinito apaisado que uno no sabe si es un sí, un no, hola o un quizá. Repetimos el movimiento y sonríen. Señal de que dentro de todo nos salió bien.

Iba a volver a preguntarlo pero a lo lejos vi venir una procesión. Todos vestidos de verde, con platos con frutas para ofrendar. Caminan en dirección el templo y los seguí con la mirada.

El barrio

Nos alojábamos en las afueras de la ciudad. Es un barrio sencillo, de casas bajas y gente trabajadora. Ya teníamos nuestra rutina. El señor al que le comprábamos el agua, la señora que vendía bananas coloradas, el boliche que vendía masala dossa por la mañana y porottas por la noches. La nena que estaba siempre en la vereda y cada vez que pasábamos nos gritaba “heeelooooo” y se metía corriendo en la casa.

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Decidimos salir a sacar fotos un rato antes de que el sol se ponga. Ya todos nos conocían y nos saludaban. Aunque para mi sea normal el color de nuestra (su) piel y nuestra (su) ropa a ellos les debe seguir llamando la atención. La nena repitió el largo saludo pero esa vez no pudo echarse a correr. Tenía un carnerito de tres días en el regazo. Le daba leche con una madera. Nos paramos a saludar y le preguntamos su nombre. Su tía, su mamá, su hermano, su abuelo, su otro tío, todos salieron a saludarnos. Nos ofrecieron sillas y una irresistible proposición de tomar un chai. Ahí, con ellos, en la vereda entre la cabra recién nacida y todas las demás. Aceptamos el chai y rechazamos la sillas. Podemos sentarnos en el suelo como ellos.

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Seguimos caminando, una banda de cinco nenes caminaban con nosotros. Un viejo nos hizo señas y nos pidió que le saquemos fotos a su jardín. Eran puras malezas pero el estaba orgullo de sus metros de tierra propia. Antes de posar se acomoda bien su longhi (pollera blanca y atada que usan los hombres).

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Cenamos en el restaurant de un musulmán que vivió un tiempo en Malasia. Le llevamos un ringgit de regalo y comimos el arroz con las manos.

La pregunta volvió a mi cabeza, en realidad no es que volvió, siempre estuvo ahí, desde el día en que llegamos a Madurai. Elegí no pronunciarla ¿Para qué? Nunca obtuve respuesta. Seguí comiendo.

No sé. No sé en que momentos nos acostumbramos a todo esto pero me parece que es de los más normal” me dijo L.