“Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella,
el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada,
se arriesga a olvidar cual es la estrella que lo guía.”
Antoine de Saint-Exupéry

No nos gustó Mongolia, esa es la verdad. Nos costó llegar, no nos terminó de enamorar el desierto de Gobi y la ida del país no iba a ser fácil. Queríamos irnos lo antes posible. La ciudad de Ulan Bator arruinó nuestra idealización de los nómades y nos recordó que Buenos Aires es una gran ciudad (“Lejano Buenos Aires ¡qué lindo que has de estar!”, diría Cadícamo ). Sólo nos demoraba la visa de China. Nuestra siguiente parada.

La visa se puede obtener en el día pagando el doble, en dos días pagando un 50% más o en cinco días sin pagar ningún extra. Cinco días no parecía mucho por eso nos inclínanos por está opción, a nosotros lo que nos falta es plata y lo que nos sobra es tiempo. Pero en Mongolia todo cuesta el doble: tuvimos que esperar una semana para iniciar los trámites ya que la embajada estaba cerrada por vacaciones. Una semana después, tuvimos que volver a completar todo el papeleo que exigen. Pelearnos con los guardias de la entrada, ya que a partir de ese día habían implementado dar números para entrar, y nosotros llegamos 5 minutos después de que abriera y ya no daban números. Todo era irritable. La visa costó pero finalmente pudimos iniciar el trámite y con ello comenzar nuestro éxodo a China.

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Nos quedaban sólo cinco días más pero parecían una eternidad. Mongolia, ni lerda ni perezosa, nos hizo sentir incómodos hasta el último momento y eso que le dimos oportunidades. Fuimos a los mercados, caminamos infinitas veces por el centro, caminamos por las calles poco transitadas, fuimos al circo, subimos al monasterio pero nada. Ni un centro nos tiró. Pero de todo el periplo, el último día fue el más incómodo. El país nunca nos terminó de convencer, pero ese día fue el último empujón que necesitábamos para irnos un poco tristes, sí esa es la palabra.

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En el hostel dónde nos alojábamos habíamos arreglado para contratar con ellos el tour por el desierto de Gobi, parte de nuestro acuerdo con la agencia era que no pagábamos alojamiento los días que estuviésemos en Ulan Bator. En total estuvimos diez días, tres antes del tour y una semana después (esperando la dichosa visa) fechas que ellos ya sabían.

El último día nos vamos a despedir, cuando avisamos que nos vamos nos piden que paguemos. Supusimos que el chico de la recepción no sabía del acuerdo y le explicamos. Dice que habló con la dueña y que sólo los días anteriores al tour eran gratis, los siguientes no. La llamamos. Cambió de opinión. Ahora teníamos 5 días gratis nada más. Nos seguía pareciendo una avivada. Se lo dijimos. No pagamos. Fue una situación por demás fastidiosa, por que habíamos hecho el tour y nos habíamos quedado justamente por el ofrecimiento de la habitación gratis. Sentimos que nos querían estafar.

Nos fuimos enojados, queríamos buscar la visa de China, y lo más rápido posible e irnos, como si eso nos hiciera olvidar del mal episodio.

Averiguamos como ir hasta la frontera. Analizamos la posibilidad de ir a dedo. Supusimos que al menos necesitaríamos dos días para cubrir la distancia. Decidimos tomar un tren por la módica suma de seis dólares cada uno. Nos encanta hacer dedo, pero tomarse un tren de vez en cuando no viene mal. Era la mañana y el tren salía por la noche. Nos refugiamos toda el día en un café. Ya no queríamos caminar, ni sacar las últimas fotos, ni nada. Llegamos a la estación temprano, matamos el tiempo leyendo.

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El tren fue un gran recuerdo de nuestro anterior viaje por Asia. Al momento de arrancar, en el compartimiento que era para seis personas, éramos doce. Lejos de ponernos de mal humor, nos acomodamos los mejor que pudimos y nos dispusimos a charlar.

Por suerte encontramos un chico que hablaba inglés. Fue nuestro intérprete, además de compartir la comida, fue una buena forma de reconciliarnos con una cultura que hasta el momento nos era esquiva. Pudimos hacer todas esas preguntas que teníamos reservadas pero que no habíamos podido pronunciar ya que nadie lo había permitido.

En frente nuestro estaba sentado un viejo que ya habíamos visto dando vueltas por la estación. En ese momento pensamos que era la personificación de la época comunista mongola. Su boina, sus arrugas, sus prendedores y la ropa rusa ayudaban a completar el cuadro. Mongolia no es (¿era?) sólo tierra de nómades, sino también es un país encerrado entre dos gigantes que presionan. El resultado de esa mezcla se ve en la gente.

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En el tren había agua caliente pero el momento de más alegría fue cuando una chica dijo que tenía un bidón con Airag para convidar. El Airag es leche de yegua fermentada y tiene un 3% de alcohol debido a la fermentación. Imaginamos que era asqueroso pero al final no sabía tan mal.

Luego del brindis, los pasajeros se fueron bajando y acomodando. De esa forma nuestras literas quedaron libres. Y así nos fuimos a dormir o al menos lo intentamos. Nuestra última noche mongola estuvo plagada de borrachos y de policías que recorrían el tren. A los borrachos no los bajaban, sólo los hacían salir al pasillo a tomar un poco de aire. Era incomodo, ir al baño nos convertía en el centro miradas y comentarios que mejor no querer traducir. Los mongoles gritaban, había mal olor y las luces de la frontera se veían muy a lo lejos. Tratamos de dormir pensando en China y si era una locura disparatada hacer dedo desde la frontera ya que debíamos cruzar una de las partes más deshabitadas de aquel populoso país.

Pero no podemos juzgar a Mongolia por habernos hecho pasar una mala jugada. Todo esto, de alguna manera, es responsabilidad nuestra. Occidente sigue mirando a estos países con una actitud paternalista perversa. La mayoría de los occidentales que visitan Mongolia son viajeros que pagamos en dólares excursiones que se asemejan más a un safari humano que a un intercambio cultural o gringos que van a dirigir las mineras y terminan de arruinar al país. ¿Puedo recriminarle a un mongol que no me estafe cuándo mi cultura destruye la suya?

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No podemos no ser críticos con Mongolia. El país tampoco pudo ser amable con nosotros. Por suerte una señora nos despertó con gritos y golpes en nuestras piernas. Ya es la mañana y en 20 minutos arribamos a la estación. China está a escasos metros de distancia.

No bajamos de tren y ya teníamos 10 taxistas babeando por ver quién nos cruzaba del otro lado. Seguimos al chico que hablaba inglés, y nos subimos a un colectivo para cruzar a China. Tardamos 3 horas en la frontera. Todo era lento, pero no nos importaba. Queríamos que nos sellen el pasaporte para ya estar del otro lado.

El último ger que vimos

El último ger que vimos

Cruzamos sin ni siquiera mirar hacia atrás ni decir chau. Un oficial chino nos da la bienvenida y sentimos un abrazo en el corazón.

Las ciudades fronterizas suelen ser espantosas sea en México, en Bolivia o en Hungría pero acá no. Erevan, la primer ciudad china nos parecía un oasis. Arboles otoñales, chinos barriendo la calle, variedad de frutas y vegetales, chinas saludando. La gente nos miraba. ¡Dejamos de ser invisibles!

Nos reíamos, estábamos contentos. Esta ciudad era por mucho más acogedora que Ulan Bator. Caminamos y comenzamos a hacer dedo. A los dos minutos paró un auto.

Viajamos en la luneta, el viento nos despeinaba, el viento nos daba frío, pero estábamos dónde queríamos estar. Las farolas chinas parecían alineadas para hacernos sentir en casa. Aún nos quedan unos 500 kilómetros hasta Datong, nuestra primer parada. Pero de lejos ya se ven los edificios, las luces, muchos puestos de comida y muchísimos chinos.

Hola China!

Hola China!

Secuencia completa:

En total estuvimos 3 semanas en Mongolia. Este post forma parte de una trilogia que escribimos sobre nuestro viaje a Mongolia.

– Mongolia I: La llegada

– Mongolia II: Diez días en Ulan Bator

– Mongolia II: Éxodo a China.

Quizá, quieras leer, también, nuestra crónica sobre el Desierto de Gobi.