Biktor, el camionero que nos trajo desde Veliky Novgorov nos dejó en la estación del metro cerca de las 22:00, la boletera de turno no quería saber mucho con ponerse a explicarnos el valor de los boletos y sólo nos señalaba un cartel en ruso con los nombres de las estaciones. Compramos dos e intentamos ingresar al subte. Lo que no sabíamos era que los molinetes son armas mortales cuándo uno no sabe usarlos. Casi pierdo un brazo, pero ese es motivo de otra historia. Torpemente bajamos las escaleras, nos ubicamos desprolijamente en un vagón y arrancamos. Íbamos contando las estaciones con el dedos de ambas manos, a fin de no pasarnos. Ya estábamos en Moscú. Ahora sólo restaba ascender a la superficie y una nueva historia moscovita comenzaría a escribirse.

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Estamos en alguna de las 180 estaciones que hay en Moscú. Esta red de metro es una de las más grandes -recorren más de 300 km- y más profundas -por debajo de los 100 metros bajo tierra- del mundo. Y nosotros estábamos en algunas de esas 180 estaciones, sin saber muy bien en cual.

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Bajamos del metro y ante nosotros una colosal y demencial escalera mecánica, la cual es tan larga que no puedo ver dónde termina. Con cuidado intento poner el pie correctamente.

A medida que vamos ascendiendo puedo ir viendo algo de la ciudad. Miro el horizonte y todo está cubierto de edificios, de todos los tamaños. Millones de personas llaman hogar a este lugar que a mi parece totalmente ajeno. La ciudad está dividida por un rió, el Moscova. Y se organiza radialmente alrededor de un único punto central. Ese centro es la plaza roja. Escenario indiscutible de la historia rusa.

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La plaza roja es el corazón histórico de Moscú. De un lado está el Kremlin y una poco llamativa estructura de mármol, es el mausoleo de Lenin, sitio de peregrinaje para los rojos. Del otro lado una catedral y una gran tienda. El mercado comunista dónde sólo se podía comprar azúcar y harina ahora es un shopping de 24 horas dónde los máximos diseñadores europeos tienen su tienda. Al final de la calle, coronándolo todo está la iglesia de San Basilio: la famosa estructura roja con las torres de colores simulando caramelos. Me cuesta creer lo que veo. Moscu - Portada-1-2

Al igual que el Taj Mahal son iconos del mundo, uno los ve en imágenes, en postales, en películas, pero siempre es más increíble verlo personalmente. Debo confesar que la catedral de San Basilio me parece pequeña. Me la imaginaba mucho más monumental, igualmente así y todo, tiene tantos detalles arquitectónicos, sobre todo sus cúpulas, que hay que tener cuidado de que no te entren moscas en la boca.

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La escalera mecánica avanza tan lento que me permite recorrer la plaza varias veces. Es una pena, pero el centro de la plaza está cercado por un festival y sólo hay un pasillo habilitado para cruzarla. Es tanta la gente que hay tratando se sacarse una foto en la plaza que decido bordear con la mirada las paredes del Kremlin. Estás si que son altas. Del otro lado hay más construcciones, iglesias ortodoxas y museos. Pero lo que más me llama la atención de las paredes del Kremlin es que del otro lado, en alguna parte, está enterrado Stalin.

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Es imposible no observar la plaza roja e ir reviviendo todos los hechos y personajes trascendentales de la Unión Soviética. Es más, fue en tiempo de la URSS cuándo Moscú volvió a ser capital de Rusia y del imperio.

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Esquivando policías y soldados se puede llegar al río. Desde ahí, la vista es impresionante. Un río ancho con salida a 5 mares se envuelve con decenas de cúpulas ortodoxas, carteles luminosos, edificios grises y cuadrados y torres que por momento me recuerdan a Nueva York. Es que entre los caprichos de Stalin estaba construir replicas mejoradas de los edificios norteamericanos. La batalla no sólo era armamentística, también suponía conquistas espaciales y arquitectónicas.

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Sólo de este modo se explica lo que ocurrió con la iglesia de Cristo salvador. Una de las iglesias más espectaculares de Moscú que se derribó 1931 para construir un edificio más grande que el Empire State (edificio más grande en aquella época) y arriba de ese edificio colocar una estatua de Lenin más grande que la estatua de la libertad. Una locura que la guerra no permitió llevar a cabo. Luego quedó abandonado y ahí se construyó una gran pileta pública. Ya con el la disolución de la URSS se decidió reconstruir la iglesia original. Se reinauguró en el año 2000 y es una de las iglesias más inmensa y hermosa de Moscú.

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No sé si Moscú superó a Nueva York, pero lo que sí logró la arquitectura soviética es hacerlo sentir a uno muy muy pequeño en comparación con las imponentes y solemnes construcciones.

La escalera sigue avanzando. No se cuándo más puede faltar para llegar. Desde acá se disfruta la vista pero por momentos da vértigo saber que tan profundo estamos. Dicen que las estaciones se hicieron así para poder ser utilizadas cómo bunkers en caso de guerra. Lo cierto es que son verdaderos obras de arte subterráneas, “Palacio de pobres” cómo les dicen. Arañas dignas de teatros, placas de mármol, bajorelieves de estrellas rojas, soldados luchando en el frente y mujeres trabajando el campo son algunos de los motivos de decoración de las estaciones.

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Intuyo que falta para llegar a la superficie. Decido mirar un poco más. Llego hasta la peatonal calle Arbat. Llena de tiendas de souvenirs, artesanos y músicos callejeros. Tres argentinos se pusieron a tomar mate y a vender postales de sus viajes. Me dan ganas de parar a charlar pero está lleno de rusos que les hacen preguntas y les piden fotos y autógrafos. Me da risa ver la escena. Sigo un poco más y llego al Gorki Park. Dicen que buscó ser una replica del Central Park pero no le encuentro muchos parecidos. Igualmente es un lindo parque. En aquel entonces no sabía que la mayoría de las ciudades iban a tener algún parque o estación apodada “Gorki”. Máximo Gorki fue uno de los pocos escritores que logró salir triunfante -léase, con vida- de la época soviética. Mano derecha de Stalin, eso lo explica todo.

Quiero mirar para arriba para ver cuándo falta, pero sólo veo el túnel blanco con carteles publicitarios a ambos lados. Decido yo también subir corriendo. Arriba nos espera Esteban. Viajero y escritor amigo con el cual compartiremos estos días moscovitas, aunque siento que ya vi casi todo.

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La verdad, no pensé que iba a ser tan difícil llegar a Moscú, tampoco pensé que íbamos a hacer 30 kilómetros en 3 horas, ni tardar 5 días en subir una escalera mecánica. Moscú distorsiona la percepción del verdadero paso de las horas, no hay dudas. Es un auténtico viaje en el tiempo.

Si quieren leer consejos sobre cosas (no tan comunes) para hacer en Moscú, les recomendamos leer a la colega Florencia Swartzman en: 24 cosas para hacer en Moscú