– ¿Vieron eso?- Dije pegando mi nariz a la ventana del auto e intentando girar el cuello más de lo posible.
– ¿Qué cosa? – Nadie parecía haberlo notado.
– Esa pared. No sé que tenia. Agujeros por todos lado ¡Ahí! La casa de naranja. Mirá la parte de arriba.

La paredes parecían un colador. Las primeras 10 paredes me sorprendieron. Algunas estaban tapadas con cemento, otras estaban así desde hace más de 20 años. La mayoría pertenencia a casas que ahora estaban deterioradas, devenidas en viveros naturales.

Si, así de impresionante.

Si, así de impresionante.

A la décimo primera pared agujereada entendí que son parte del escenario. Ingenuamente me di cuenta de los efectos de las guerras.

Estamos en Mostar, en Bosnia y Herzegovina. En bosnio se pronuncia así: “Bosna i Hercego”. Marcando el “Her”, la h no es muda. Cómo nada en la historia de este país.

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Las personas parecían entonar con el escenario. Desaliñados, con ropa tosca y oscura, los bosnios intimidaban. Era difícil mirarlos a los ojos, algo en su presencia imponía respeto. No eran hostiles, pero tampoco eran muy amigables.

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Pero todo el escenario cambio cuánto llegamos al casco antiguo de la ciudad. Calles adoquinadas, construcciones medievales de piedra, colinas verdes a los costados, un río de agua turquesa y sobre él el famoso puente de Mostar. A unos 25 metros sobre el río, el puente (Stari Most) y sus torres coronan la ciudad creando un grado de belleza y perfección. Pero ¿Qué esconde ese puente? ¿Puede ser tan naif la visión que tenemos sobre la ciudad?

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Atuendo típico en la zona

Un poco de historia

Cuando Tito lideraba la República Federativa Socialista de Yugoslavia, alejó los conflictos predecesores que existían entre los estados integrantes. En ese entonces, en Bosnia convivían 3 minorías con relativa armonía. Los bosniacos, los bosnios serbios y los bosnios croatas. Cada una con su religión: musulmanes, cristianos ortodoxos y católicos romanos.

Así conviven. El minarete de la mezquita y la torre de la iglesia ¿Cuál es más alto?

Así conviven. El minarete de la mezquita y, atrás, la torre de la iglesia ¿Cuál es más alto?

Tras la muerte de Tito estalló la guerra. En Bosnia cada minoría tenía un ejercito, y se enfrentaron entre todas. Mientras los serbios peleaban contra los bosniacos en el oriente (como la masacre de Srebrenica), cerca de la costa del Adriático avanzaban los croatas. Los musulmanes se llevaron la peor parte. Quedaron casi sin territorio y señalados como intrusos. Serbios y croatas afirman que no son originarios de esa tierra. Hoy se utiliza el termino genocidio bosnio o limpieza étnica para referirse a estas guerras.

Actualmente, los tres grupos conviven en el mismo país, pero con la curiosidad de que eligen tres presidentes, una por cada minoría, y entre los tres comparten la presidencia durante esos cuatro años.

No es raro escuchar a los musulmanes decir que hubiesen preferido seguir permaneciendo a una Yugoslavia unida dónde estaban protegidos sus derechos étnicos y religiosos. Pero ahora, en Bosnia, todo parece estar en un fino equilibrio.

Mezquita. Fue divertido volver a despertarnos con sus cantos.

Mezquita. No fue divertido volver a despertarnos con sus cantos.

Pero, una cruz corona la ciudad.

Una cruz corona la ciudad.

Nuestra experiencia

Mucho turismo llega a Mostar diariamente. La ciudad fue declarada patrimonio de la Unesco hace unos años. Su famoso puente, destruido por los croatas en pleno conflicto bélico, hoy es un ícono que figura en todas las tazas e imanes del lugar.

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Vista al puente desde el río.

Vista al puente desde el río.

Edificios destruidos y carteles de “don’t forget” hacen que sea imposible que la guerra pase desapercibida, incluso, para quienes vienen por el día.

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Para nosotros era difícil no pensar que todas las personas que habitaban la ciudad habían vivido la guerra: la señora que nos atendió en la heladería quizá perdió a su hermano o a su espeso. O en el chico del departamento que nació en el último año de la Republica de Yugoslavia. Bosnia tiene, aproximadamente, la misma edad que nosotros (incluso menos). Es demasiado joven para estar cargada de tanta historia.

Más destrucción.

Más destrucción.

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La historia yugoslava se presenta bastante compleja, por eso, para abordarla le preguntamos a la gente por Tito. Nadie se anima a decir mucho. Recibimos respuestas como las siguientes: “Tito fue un dictador pero todos tenían trabajo” o “La gente estaba bien, ahora están peor, pero lo de Tito fue una dictadura”. Parecería que una cosa opacaba la otra.

Uno se animó a decirnos algo distinto. Al menos, tenia algo distinto. En su escuálido pero fibroso cuerpo sobraban tatuajes. Pero en el brazo izquierdo solo tenia uno. “Tito”, escrito en una desprolija cursiva. Se notaba que era un tatuaje viejo. La tinta ya estaba descolorida. Le preguntamos por él: -“Yo luche para Tito. Nací en Bosnia pero soy yugoslavo”.

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Un joven bosnio musulmán nos habló del puente de Mostar. De su historia, de su destrucción, de su posterior construcción, de los famosos saltos. Nos habló de la parte musulmana de la ciudad y de la parte croata católica. Ambos segmentos están separados por el puente. Hecho por el cual fue tan importante su reconstrucción: Simbolizaba la unión entre ambas comunidades. Pero también decía que ya no era como antes. Por ejemplo ahora, no hay mas casamiento entre bosniacos y bosnios croatas. No es que se lleven mal, pero no hay intenciones de acercarse el uno al otro.

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Bosnia y Herzegovina nos dio la sensación de estar pendiente de un hilo. Si su nombre es plural (hecho que representa las dos grandes regiones del país) también lo es su población. Ellos son musulmanes, croatas y serbios. Lo de ser bosnio es una novedad.

Leyenda en la plaza central

Leyenda en la plaza central

Entonces, ¿Qué es ser bosnio? ¿Existe una identidad única? ¿Existe ser bosnio en tanto tal? Es decir, sin aludir a ninguna de las tres culturas presentes.

Ser bosnio de por si, es lo mismo que ser nada. Porque bosnio a secas no existe. El bosnio ya no cuenta en tanto tal, si no en relación a la cultura que lo preestablece.

Algunos lo viven con más naturalidad.

Algunos lo viven con más naturalidad.

Bosnia nos dejó un gusto un raro. Por un lado, las ganas de seguir metiéndonos más y de llegar a Sarajevo. Por otro, la sensación de estar ante un clima social tenso y pesado, pero no necesariamente peligroso.

Mientras, las paredes baleadas siguen estando. Recordándonos a todos que la guerra ocurrió, que el ser humano puede ser peligroso y que por más que pasen las batallas, sus secuelas no son fáciles de reponer.

Y justamente, son las secuelas las que más cuestan sanar. Pero no hablamos solo de las perdidas materiales, sino de los balazos que quedaron marcando agujeros en el tejido social.

Las paredes de Mostar estaban cagadas a tiros, destruidas y desmanteladas. Las personas que las habitan también.

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