Recuerdo que llegué a la región de Nagorno Karabaj con la cabeza mareada de tantos pensamientos. Hoy, si reviso mis notas encuentro solamente garabatos que se plantean sobre el sentido del viaje y la vida. Preguntas que se extienden entre las hojas de mi cuaderno, pero que se cortan abruptamente al llegar a Shushi.

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El pueblo de Shushi sacude hasta a los más duros. Nada más al entrar uno ya tiene la sensación de estar en un lugar medio vivo y medio muerto. Edificios destruidos pero con ropa colgada en los balcones. Paredes llenas de agujeros de balas pero con grafitis coloridos. Un leve sol que se anima a salir pero una niebla espesa que cubre todo. Triste pero real. Así es el primer pueblo que visitamos en el no recocido país de Nagorno Karabaj.

Nagorno Karabaj es, en realidad, un enclave armenio en territorio de Azerbaiyán. Un país no reconocido por ningún miembro de la ONU. Un hueco en los mapas. Una frontera invisible pero tangible en sus controles y en la vasta presencia militar. Un pueblo que sufrió (y sufre) la guerra y luchó (y todavía lucha) por ser reconocido.

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Llegamos a Sushi a dedo (autostop) desde Armenia. En realidad, desde el único sitio que se puede llegar, ya que las fronteras de Nagorno Karabaj solo están abierta con Armenia. Las fronteras con Azerbaiyán están cerradas. Incluso, la República de Azerbaiyán no permite el ingreso de ningún viajero que haya estado en Nagorno.

El viaje hasta Sushi fue ameno, pero el mayor problema fue comunicarnos con el dueño del auto que nos levantó. El insistía que ir a Artsaj era una gran idea, que ahí estaban las montañas más lindas del mundo y que la culpa de todo esta guerra eran los políticos. Luego, entendimos que Artsaj era el antiguo nombre armenio de la región. Pero, por las dudas y mientras fuimos en el auto, nosotros le dijimos que sólo íbamos a ir a Nagorno Karabaj, no a Artsaj. Nagorno Karabaj es el nombre ruso de la región y significa altas montañas. Pero el hombre no se preocupó por nuestro desconocimiento, al contrario siempre alabó que las comunidades armenias de Argentina y Uruguay hayan colaborado mucho con el levantamiento del no-país después de la guerra. Nosotros queríamos saber más, pero el idioma era una barrera. Por suerte, en Sushi nos espera S., él sí hablaba inglés.

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El auto nos dejó a unos 5 kilómetros de la ciudad de Sushi. Decimos caminarlo, además el hombre tenía razón, las vistas eran increíbles. Caminamos por el borde de la montaña mirando hacia abajo la ciudad de Stepanaket, la capital de este no-país.

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Pero el paisaje idílico se interrumpió al poner un pie en la ciudad. Buscando la casa de nuestro anfitrión cruzamos callejones desérticos, que para mi no eran más que venas de asfalto y para ellos un campo de batalla. Casas destruidas y hoy ocupadas por la naturaleza.

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Nuestro anfitrión es un ex – soldado de la guerra que se nota que se entretiene contándole a los extranjeros sus experiencias. Cuando llegamos estaba sentado hablando con otro hombre, un tanto más joven. Los dos sentados bajo la sombra de un gran roble fumando cigarros y tomando café. Interrumpimos una discusión animada.

Nagorno Karabaj siempre fue parte de Armenia, hace diecisiete siglos” nos dijo S. antes de que nos sentemos. “El problema comenzó con el genocidio armenio y cuando los turcos llegaron acá. La gente se escondió en las montañas para que no los encuentres y ellos poblaron la zona con azeríes. Pero los azeríes invadieron la zona, su reclamo por estas tierras no tiene sentido. Ellos quisieron destruir algunos monasterios del siglo tres DC. Si realmente fuese su tierra, ¿Por qué quieren destruirla?” Casi que así nos presentamos. Cualquier otra forma no hubiese tenido sentido. Nosotros vinimos para poder ver esta historia a los ojos.

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Luego la situación continúo empeorándose, Stalin…” haciendo una larga pausa y tomando aire agregó, “…Stalin nació en Georgia, conocía bien el Cáucaso. Sabía de los problemas de esta tierra encerrada por dos mares y repleta de montañas. Sabía del problema entre los armenios y los azeríes y no hizo más que empeorarlo. Decidió dejar Nagorno Karabaj bajo el control de Bakú (capital de Azerbaiyán) porque de esta manera se aseguraba que Armenia dependa de la ayuda rusa.” El cuello se lo iba poniendo rojo y las venas hinchando. Pero no se detuvo ahí. “Porque en la época soviética estábamos bajo la influencia rusa, pero todos sabíamos que cuando Rusia se vaya la guerra iba a estallar. En 1988 Nagorno Karabaj votó para separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia. Tal es así que tenemos su misma moneda y su mismo idioma. Hasta nuestra bandera es parecida. Pero no, nadie dijo nada. Ahí mismo empezó la guerra. Rusia nunca nos reconoció, siempre se puso del lado del más fuerte. Pero el pueblo armenio se levantó en armas, porque la defensa de Nagorno Karabaj era también la defensa de toda Armenia y la última frontera de Europa y del cristianismo.”

Es que sí, al oeste los límites de Europa están muy claros. Con todos los mares delimitando el principio del continente. ¿Pero hacia el este? ¿Dónde termina Europa?

Los límites tienen que ser culturales. Armenia es el extremo sureste del cristianismo. Nosotros somos el último eslabón de Europa, somos la frontera con Asia. Y los musulmanes vienen por todo. Pasa en el oeste de Europa, como en Francia hace poco, y pasa también acá.” Agrega S. cada vez más enojado.

El último conflicto armado entre azeríes y armenios fue en abril del 2016, unos meses antes de nuestra visita. S. ya no era más parte del ejercito, pero su hijo sí y combatió en aquel enfrentamiento.

El atardecer encontró hablando y en el cielo se tiño de rosa. Nagorno Karabaj es una de esas tierras con paisajes encantadores, de los más lindos del mundo, como puede ser la Patagonia o los Alpes Suizos. Con monasterios milenarios, montañas, verdes valles y ríos de agua transparente.

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Pero, lamentablemente, está atravesada por una guerra que no los deja pensar ni reflexionar. Ellos tiene que actuar. O mejor dicho no pierden el tiempo pensando, como yo, en lo frágil de la condición humana. Su mundo se reduce a algo mucho más concreto, en un nosotros somos los buenos y ellos son los malos. Entonces ya no queda lugar para cualquier otra discusión.

En Nagorno Karabaj yo tampoco puede pensar en otra cosa más que en la cercanía e inmediatez de la guerra. Quizá por eso mi cuaderno también quedó en blanco.