Era agosto, y ya pasaron 4 meses desde que nos fuimos de Argentina. Ya pasamos 4 meses en India, es hora de partir, necesitamos renovar la visa. Es momento de cruzar la frontera. Empezamos a barajar países y Nepal fue el elegido. Estaba cerca, teníamos buenas referencias y en su nombre resonaba algo mágico. Nos llena de misterios, tal vez su geografía, sus montañas, su gente o sus creencias.

4 meses en India hicieron que nos sintiésemos cómodos aquí. Ahora, cruzar la frontera nos llenaba de inquietud. ¿Podría ser de otra manera? No lo creemos. Cruzar una frontera, cualquiera que sea, nos llena de ansiedad y ese le debe pasar hasta al viajero más experimentado. Si hay frontera es porque hay una división, hay una diferencia. De este lado está lo conocido, y el otro lado se presenta como lejano, como otredad, como lugar a descubrir. Pero a su vez las fronteras son “invenciones”. Muchas veces son ocurrencias políticas más que sociales. A veces la geografía ayuda, a veces son conflictivas, pero sea como sea, las fronteras están. Nosotros las creamos.

A fin de cuentas estuvimos un mes en Nepal. No sabemos si fue poco o mucho. Nepal nos dejó confundidos y aturdidos. No estábamos acostumbrados ni a sus ritmos ni a sus precios.

La plaza Durbar

La plaza Durbar

El desafío fue conocerlo a nuestra manera: lento, pausado y en los detalles. A primera vista no pudimos. Solo de Nepal pudimos conocer su capa más superficial: la que le muestran a los turistas. Intentamos salir de los circuitos turísticos pero no era fácil. Nepal nos dejaba la sensación que el único contacto con el turista que buscaba la gente era por el dinero. Pero la última noche en Sauraha nos sirvió para llevarnos una imagen más hospitalaria. Un viejo estadounidense casado con una joven nepalí nos invitaron a cantar a la casa de una familia amiga de ellos. Nadie nos conocía, ni sabía nuestros nombres. Pero todos fueron amables. Nos sigue costando no desconfiar de la gente. Mientras cantábamos cada uno de nosotros pensaba que algo nos iban a pedir a cambio. Quizá porque así nos formaron. Nos enseñaron que la gente es mala, que el pobre te roba y te mata, mientras que el rico es el ejemplo a seguir. Y así andamos por la vida cargados de prejuicios equivocados.

Pero al final no nos pidieron nada, salvo que cantemos alguna canción argentina. Lo mal que nos sentimos al irnos con nosotros mismos. En Nepal adquirimos un caparazón para no dejarnos llevar por las rutas del dinero, pero, la última noche nos enseño que ese caparazón a veces hay que dejarlo de lado y confiar en la gente.

Hoy ya volvimos a India. Septiembre está llegando a su fin. Aquí el otoño asoma y no podemos dejar de pensar en la primavera que llega al sur ¡Qué lejos estamos che!

El otoño nos trajo a India ¿Y de Nepal qué? Dijimos que Nepal no nos dejó mucho, solo algún que otro mal trago. Pero hoy a la distancia nos damos cuenta de que si nos dejó algo. Abrimos nuestro cuaderno y tenemos nuestro diario de viaje lleno de recuerdos, postales, encuentros y flores secas del Himalaya. Hacemos memoria y recordamos todas las plazas de madera, tan de la realeza, que visitamos en el Valle de Katmandú. Nuestras zapatillas todavía llevan el polvo del Himalaya en su suela. Y en nuestras manos, aún tenemos la piel dura y áspera de los elefantes. Nepal nos dejó eso, paisajes, personas, sueños y proyectos.

No podemos decir si vamos o no a volver. Eso solo el destino lo sabrá. Pero de lo que estamos seguros es que Nepal marcó un antes y un después. Nos ubicó en tiempo y espacio como viajeros. Nos mostró cual es nuestro modo de andar. Nos enseñó todo lo que no queremos reproducir como turistas. Quizá eso es aprendizaje.

Nepal nos confrontó con nosotros mismos en nuestra condición humana. Y nos mostró una frontera que nunca debemos pasar: la de nosotros mismos, de nuestros valores y nuestra dignidad. Nos mostró nuestros límites como personas y como viajeros.

Annapurna - 3