En Bangladesh, además del conductor en cada colectivo trabajan dos personas más. Uno que cobra boletos y otro que va colgado de la puerta gritando el destino final del colectivo. En un país dónde más del 45% de la población es analfabeta, poner un cartel que indique hacia donde se dirige el colectivo no tendría sentido.

De los tres, ninguno se acordó de avisarnos que nos teníamos que bajar. Sólo un hombre que iba sentado atrás nuestro nos preguntó tímidamente “¿India?” Nos hizo seña de que bajemos y de que volvamos para atrás.

El panorama no era alentador. La calle era puro barro y alrededor nuestro había camiones, grúas y palas mecánicas. Estábamos en medio de una gran cantera a cielo abierto. Emprendimos la marcha preguntando a los obreros “¿India? ¿India?”

Fueron casi tres kilómetros. Llegamos a un kiosco. Era la última oportunidad de cambiar las takas que nos quedaban. Sin pena ni culpa seguimos preguntando “¿India?” Finalmente, adelante nuestro estaba el puesto fronterizo.

Nunca creímos que íbamos a decir algo así, pero dejando atrás Bangladesh, India parecía limpia y ordenada. Incluso más verde, con montañas y cascadas. En el reparto de tierras, Bangladesh salió perdiendo. Pero el idilio duró poco. A nuestro alrededor ya había una cumbre de taxistas ofreciéndonos llevar a algún lado. Apelamos a nuestro mejor recurso, una sonrisa y seguir caminando.

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Un jeep compartido con capacidad para cinco personas, terminó llevando a once mortales hasta Shillong. La capital de estado de Meghalaya. Los paisajes nos tenían prendidos a la ventanilla. Verde, viento fresco, y extrañamente, poca basura acumulada en las esquinas. Fueron instantes, pero la sensación de que querer estar dónde se está fue inmensa.

El noreste tribal de India es una región remota y que poco tiene que ver con las metrópolis de Delhi o Mumbai. Al noreste de India se lo conoce también como “las siete hermanas”. Son, justamente, siete los estados que componen esta región pero el intento de homogeneizar y unificar es totalmente fallido. Son más de cien los grupos étnicos y tribales que componen la región, sumando más de 40 millones de habitantes en total.

Específicamente en Meghalaya, el grupo dominante son los khasis (emparentados con los khmer) y la religión mayoritaria es el cristianismo. No, no tiene ningún sentido.

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Cuando nos dijo su nombre, nuestro rostro se iluminó. “Aires, my name is Aires”. La conocimos en otro de esos jeeps con capacidad para pocos pero con lugar para muchos. A diferencia del anterior, ahora se había habilitado, también, el techo.

Aires

Aires

Nos preguntó a dónde íbamos y se puso colorada cuando le dijimos que íbamos a Nongriat. Viajaba con su mamá y con su sobrino. Ellos también iban para ahí.

El jeep comenzó a dejar la ciudad y empezó a adentrarse en las montañas. Caminos cada vez más estrechos y verdes cada vez más intensos. Aires sonreía, conocía este camino de memoria.

En un pueblo de una sola calle asfaltada, el jeep se detiene y nos bajamos las quince personas que viajamos ahí. La mamá de Aires propone almorzar antes de seguir. Porque sabe que ahora viene la peor parte. Para llegar a Nongriat hay que caminar dos horas. Hay que bajar hasta el final del valle y luego subir, el camino son puramente escalones y puentes que cuelgan entre ríos. Quizá no suene tan grave pero con diecisiete kilos en la espalda, cada escalón cuesta el doble. A diferencia de los locales, nosotros aplicamos la técnica occidental: apurarnos, ir rápido. Ellos, en cambio, iban despacio. Escalón por escalón.

A la media hora nosotros ya estábamos todos transpirados. Las rodillas ardían y las piernas temblaban. Aires se reía de nuestro estado y volvió a ofrecer su ayuda para llevarnos la mochilas. Cada escalón que descendíamos no pesaba tanto como la idea de saber que todo esto luego había que volver a subirlo. Pensamos en abandonar. Volvemos al pueblo de una sola calle y quedarnos con la intriga de que era lo que había en Nongriat. Fue ahí cuando la mamá de Aires, decididamente, nos agarró la mano y nos empujó a seguir bajando.

Una hora. Dos horas. Un puente colgante de metal y bambú que temblaba bastante con nuestro peso. Aires levantó el dedo y señaló la montaña. Allá arriba estaba Nongriat. ¿Por qué bajar tanto si después hay que volver a subir?

El pueblo de Nongriat

El pueblo de Nongriat

Los sadhus dicen que si no llegás a pie a donde querés ir, no vas a ver lo que querés encontrar. Y ahí nos alegramos de no haber abandonado el camino. Debajo de último puente colgante, había una catarata de agua turquesa. El agua cristalina dejaba ver todas las piedras de colores que había abajo. Más allá, palmeras, cuevas y piletones formados naturalmente entre las rocas. Alrededor nuestro volaban mariposas de todos los colores y tamaños.

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Sí, Bangladesh salió perdiendo. Estábamos a cuarenta kilómetros de la frontera y los paisajes no tenían nada que ver.

Al final del puente colgante, un cartel nos da la bienvenida al pueblo de Nongriat. Pueblo de veinte familias y dos puestos de comida. Para un lado, las casas y para el otro, los puentes. Esta parte del mapa se hizo famosa solamente por los puentes vivientes formados por raíces. Es algo difícil de explicar y ni los locales saben desde que momento existen. Es la armonía perfecta entre la naturaleza y el hombre. Un acuerdo implícito dónde cada uno da lo que el otro necesita sin perder ese respeto tácito. La naturaleza es poderosa y los puentes vivientes lo demuestran. Acá los puentes no se hacen, se plantan. Al igual que en Angkor Wat el hombre sólo observa el avance de las raíces, pero ahora utilizándolas a su favor.

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Los puentes colgantes de Nongriat

Aires nos ofreció un cuarto en la casa de su hermana. Nos presentó a sus sobrinos y nos llevó a pasear por el pueblo. Nosotros sólo queríamos zambullirnos en la cascada. Darnos una ducha con el agua fría de deshielo y volver a recuperar la temperatura normal de nuestras piernas.

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El sol se fue poniendo y cuando ya no hubo luz, nos enteramos de que en Nongriat había luz eléctrica, pero es una ilusión eterna que nunca funciona. Iluminados por las estrellas y unos relámpagos lejanos subimos a nuestra habitación. Cuando el sol se pone, los niños dejan de jugar y de andar descalzos cazando bichitos. Las mujeres dejan de lavar ropa y los hombres de cortar leña.

Cuando el sol se ponía, comenzaba en silencio la noche. Nongriat estaba en calma. Los músculos agotados por las escalinatas dormían y la ambición descansaba. Y a lo lejos se escuchaba venir una tormenta. Nuestra habitación nos daba la sensación de que no lo iba a resistir. El techo era de bambú y la ventana no cerraba.

Por la ventana veíamos el reflejo de los relámpagos. Eran constantes y explosivos. Quizá por estar en el valle, todo se magnificaba pero nunca vimos tanta luz en el cielo como hasta ahora. Con esos destellos nos fuimos quedando dormidos hasta que el sol volvió a entrar por la ventanas. Todos nuestros días fueron así, entre tormentas eléctricas por la noche y cascadas durante el día. Y así fue que perdimos la cuenta de cuanto días pasamos en Nongriat.

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