“El contenido del viaje ya no importa, ahora solo son vínculos tramados con el mundo que nos rodea. Las cosas no se muestran ya tal cual son, sino tal cual quieren ser.”

Los 1.400 kilómetros hicieron de preámbulo de la película que pronto se iba a proyectar. Cada curva de la ruta nos permitía contemplar un paisaje distinto, casi tendenciosamente. Una garza que nos mira desde un badén con agua, música y los kilómetros de la ruta 3 en aumento.

El GPS anuncia que estamos en Puerto Madryn. Los paisajes de la ruta se condensan en el espejo retrovisor y con una sonrisa cómplice ponemos la luz de giro. Vemos el mar azul, una vez más.

Así fue que entramos en un mundo paralelo, casi onírico. El fondo escénico se transforma y devenimos en otro viaje perceptivo. Un viaje visual que nada respeta de temporalidades y capacidades conscientes. La atención está puesta a nuestro alrededor y nosotros sólo somos artilugios de otra lógica dónde todo ocurre en simultáneo y a la vez. El contenido del viaje ya no importa, ahora solo son vínculos tramados con el mundo que nos rodea. Las cosas no se muestran ya tal cual son, sino tal cual quieren ser.

Ante semejante guiño del destino no pudimos hacer otra cosa más que asentir. Puerto Madryn se convirtió en un universo simbólico que sólo pudimos comprender regresivamente, cuándo ya había quedado atrás en la línea del tiempo y del destino.

Lo primero que vimos fue el mar. Un mar que se nos presentó como si fuera la primera vez que lo veíamos. Sabíamos que hace mucho que no sentíamos su ritmo ni su oleaje ni su marea, pero también es cierto que buena parte del año pasado lo pasamos cómo sus rehenes. Y ahora lo volvíamos a tener ante nosotros. Infinito. Azul. Inmenso y profundo ¿Sería el mismo mar que tantas veces habíamos visto? ¿Seríamos nosotros los distintos? Y ahí estaba, esperando. Invitándonos a perdernos en su infinita melodía, en su compás de idas y vueltas, en su cíclico movimiento. Podríamos pasar horas sentamos frente al mar, simplemente mirándolo. Cerrando y abriendo los ojos una y otra vez solo para comprobar que él estaba ahí. Mientras, las piedras de arena se desarmaban entre nuestras manos que no dejan de transpirar.

Y en ese mar de sinsentido se construye nuestro viaje.

Tan absurdo como suena, fue en esa espesura azul donde vimos elevarse un ser gigantesco. Su callosidad se entremezcla con miles de gaviotas que ofician de mensajeras entre nuestro mundo y su universo acuático. Su resoplido en forma de V y un aletazo sonoro que nos desconcierta. Un ser mitológico se posa ante nosotros. Y no es uno, sino varios. Madres y crías bailan en ese mar azul y nosotros no damos crédito a lo que vemos. Ballenas monumentales a escasos metros de la costa. Y una sensación de estar atravesados por una realidad que excede al mundo fáctico.

Ballena - Puerto Madryn

Ballena - Puerto Madryn

Ballena - Puerto Madryn

Ballena - Puerto Madryn

Soplido

La naturaleza en estado libre es una invitación constante. Los elementos se desplazan y el tiempo pierde valor. El mundo material pierde valor. Todo se desmorona salvo la ballena. Su giros en el agua, sus 16 metros de largo más sus 40 toneladas nos hacen perder el criterio de realidad. Lloramos y reímos. Nunca vimos nada igual y solo estamos a 1.400 kilómetros de casa. Solo falta que suene Piazzola de fondo para que la imagen termine de constituirse como perfecta.

Ballena - Puerto Madryn

Las ballenas parecen desfilar para nosotros. La marea crece y cada vez están más cerca. Sentimos el impulso de su llamado, las ganas de caminar en dirección al mar, de tocarlas, de sentirlas pero ellas se escapan. El sol se pone, el cielo se tiñe de celeste rosado y las algas verdes de la costa recuperan su florescencia. La ballena franca austral sigue ahí, a 5 metros. Parece encallada. Viene su cría, las dos resoplan y asoman su callosa cabeza. Una cola, dos aletas y a lo lejos vemos otro grupo. Son muchas, muchísimas y están ahí, tan cerca. Las palabras no alcanzan para describir lo vivido. Las palabras nunca alcanzan, sólo quedan imágenes que se superponen unas a otras.

El contenido perceptivo deviene recuerdo. Efímero. Del viaje onírico, a la distancia, sólo queda una sensación de ensueño. La posesión duradera de ese ser mitológico que desvela la pequeñez humana. El fracaso del hombre ante el logro de la naturaleza.

Ballena - Puerto Madryn

La ciudad de fondo

De vuelta en Buenos Aires el viaje se construye bajo una temporalidad que poco sabe de kilómetros y de horas. La imagen de la ballena saltando es tan real como el agua que salpica y como el viento frío que despeina. La mitológica ballena pasó a ser un caracter más del mundo de nuestra memoria. Encubriendo un viaje que aún esta por contarse, cómo una huella que debe elaborarse.

Ballena - Puerto Madryn