¿Es justo que los cazadores de cabezas renuncien a sus macabros ritos para dedicarse al más inocuo, pero igualmente inhumano pasatiempo, de pasar horas y horas ante esa caja de ilusiones llamada televisión? ¿Es justo que la luz íntima y cálida de las lámparas de aceite sea sustituida por la llana y azulada de los tubos de neón? ¿Que el vibrante tintineo de las campanillas movidas por la brisa del atardecer en lo alto de una pagoda sea sofocado por el griterío de una discoteca recién inaugurada a la orilla de un lago, en el que las bolsas de plástico y las latas vacías de cerveza importada flotan desvergonzadamente sobre un espléndido manto de flores de loto?

Un adivino me dijo… – Tiziano Terzani

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El agua en la cuchara empezó a hervir. El pedazo de tela que contenía el opio impregnado comenzó a marchitarse y el agua se volvió más oscura. Ese es el momento más importante. El contenido de la cuchara no tiene que quedar ni muy líquido ni muy seco. Nadie hablaba, todos se dedicaban a observar. Cuando alcanzó el punto justo, lo sacó del fuego y el resultado fue una sustancia pegajosa que mezcló con algo que a primera vista me pareció tabaco, pero mirándolo de cerca parecía viruta. Eso lo puso en la pipa y prendiéndolo con una rama empezó a fumar. Primero inhalaba, tragaba el humo y conteniéndolo en sus cansados pulmones agarraba un poco de té, que lo calentaban en una caña de bambú ahuecada, y lo tomaba. Luego largaba el humo. Mientras él repetía el proceso, otro sacaba su cuchara y se preparaba para hacer lo mismo.

Longwa -4

Estábamos en Longwa, una pequeña aldea remota en el remoto estado de Nagaland. Llegar hasta acá no fue sencillo. El viaje consistió de varios días de incomodidad en distintos micros y jeeps que saltaban a la par de los pozos y patinaban con el barro y la lluvia. La mejor forma de moverse en India es en tren, pero a esta parte de Nagaland no llega. Es que en realidad esto no es India; este es un lugar de cristianos de ojos achinados que hablan una lengua parecida al tibetano. Pero también es una aldea que pertenece a dos países, de un lado de la calle es India, del otro Myanmar. Algún fanático enumerador de países seguramente tomará este lugar por partida doble.

Longwa -3

Longwa -1

La aldea parece clavada en la montaña y se pierde con las ondulaciones del horizonte. La lluvia y el frío nos obligan a estar al lado del fuego, la única fuente de luz y calor en las largas casas. Cuando la lluvia paró un poco salimos a caminar. Los pocos chicos que nos cruzamos nos gritaban dejando los pulmones en el aliento que salía de sus bocas. Ya de un poco más lejos, nos empezaron a tirar piedras. Tal vez los visitantes occidentales se ganaron esa estigmatización.

Longwa -2

Longwa es hogar de la tribu Konyak. Habitantes que llamaron la atención de los europeos por su práctica de cortar las cabezas. Encontraban la gloria cuando después de la batalla volvían a sus casas con varias cabezas de sus enemigos. Y cuando un hombre le llevaba una cabeza al rey, este lo autorizaba a tatuarse el rostro. El que no lograba llevarle una cabeza al rey, no era considerado un hombre. Todavía hoy se pueden ver a algunos ancianos con el rostro tatuado y con cuernos de animales utilizados como aros.

Pero no fue hasta que llegaron los ingleses que el opio caló hondo en el espíritu de los Konyak. Lo traían desde Myanmar, el segundo productor de opio a nivel mundial y se lo daban a los cortadores de cabezas para hacerlos adictos, dependientes y un poco más pacíficos. Antes que el opio vino el cristianismo que le prohibió sus ropas tradicionales y sus prácticas de cortar cabezas.

Él seguía fumando, tenía los ojos apenas entreabiertos, más achinado que de costumbre. Me contaba que el opio lo traen de Myanmar, y una tela impregnada que la utilizan para 3 o 4 pipas les sale cincuenta rupias (menos de un dólar).

Longwa -5

Antes de que la modernidad terminase de arraigarse en sus vidas, eran un pueblo autosuficiente. Todo lo que consumían lo producían ahí. Hoy el arroz que producen, que es de una calidad mayor lo venden en mercados. Con eso compran arroz más barato y otros vegetales. Pero eso es sólo para los que trabajan el campo.

Los adictos al opio encontraron su veta cuando llegaron los fotógrafos de National Geographic. Ahora muchos se dedican a posar para la foto a cambio de plata. Vestidos con sus ropas típicas, sus aros de cuernos de animales y su cara tatuada. Con sus armas y alguna cabeza de algún animal. Tal es así que la primer pregunta que nos hicieron fue si éramos fotógrafos. Sacarle una foto a alguien tiene un precio.

La otra fuente de ingreso son las artesanías. Desde collares hasta maderas talladas con forma de muñecos. Y todo eso que se vende va a parar a Myanmar a cambio de opio.

Es sorprendente pensar en todo lo que se perdió con la “modernización”. De ser autosuficientes a ser dependientes del opio. De cultivar y criar todos sus alimentos a ser modelos de revistas de viaje que los venden en sus tapas como parte de sus safaris por zoológicos humanos.

Nos dijeron que un tercio de los hombres son adictos al opio y mientras, me invitaban a fumar. Porque saben que si les daba al menos cincuenta rupias podían cruzar la calle, es decir la frontera, y traer la cantidad que necesitan para el día siguiente.