Los vuelos de madrugada son incómodos, razón por la cual son baratos. Salimos de Hong Kong a las 23:40. Llegamos a Phuket a las 3:00 AM. Ilusamente, nos dejamos un abrigo a mano. Sospechamos que a esa hora podía estar fresco, pero no. El calor del trópico nos invadió ni bien bajamos del avión.

Volvimos a Tailandia. Dos años más tarde. Extrañamente lo primero que reconocimos fue el olor, esa mezcla de humedad con masamang curry, lo segundo, el Sawadee-ka mientras las palmas de las manos se unen a la altura del pecho.

Era nuestra segunda vez en Tailandia, pero la primera vez en Phuket. Una isla sobre el mar de Andamán separada del continente por unos pocos metros y unidas por un ancho puente. ¿La particularidad de Phuket? Las playas paradisíacas más famosas del país (y más devastadas en el tsunami del 2004) y el segundo aeropuerto internacional de Tailandia. Resultado: miles de turistas por año.

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El autobús que conecta al aeropuerto con el pueblo comienza a funcionar a las ocho de la mañana. Nos acomodamos como pudimos en los sillones de la sala de espera e intentamos dormir algo.

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– ¿Sabés qué? Creo que podría vivir en un lugar así. Me dijo L. Mientras pedaleábamos buscando la casa de alguna señora que por los mediodías sirva comida rica y casera.

Es que sí, después de tantas ciudades grises en China encontrarse con un poco de verde le devuelve el alma a cualquiera. A lo lejos vimos un toldo azul, ahí almorzamos. El mar estaba cerca, sólo había que bajar la calle. Serán 150 metros. Casi sin pedalear llegábamos.

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Ya Nui es una playa de 200 metros de largo rodeada de morros, palmeras y cocoteros. Todo era agreste y muy verde. El monzón recién esta terminando y a su paso, toda la vegetación retoma su color y esplendor. El mar, también verde, es calentito y extrañamente con bastantes olas. De esas que lo dejan a uno lleno de arena y con las rodillas raspadas. Pero no era para preocuparse. Otra zambullida en el mar para sacarnos la arena de adentro de la malla.

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Nuestros días transcurrían demasiados relajados. Siesta, lectura y besos con gusto a sal. Por la tarde, agarramos el mate, las bicis y nos íbamos a buscar distintas puestas de sol.

En 200 metros vacíos de turistas encontramos nuestra rutina.

– Si, yo creo también podría instalarme en algún lugar así. – Le respondí el último día.

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  • ¿Me podés ir a comprar una coca y un ibuprofeno al 7-eleven, por favor? Me dice L. mientras se da vuelta y se pone a rostizar la otra mitad del cuerpo con el sol. Ya se peló, ya se volvió a tostar y a pelar de vuelta. Y eso que llegamos hace tres días a Patong.

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Esta zona vendría a ser la parte “fiestera” de la isla. La cerveza es barata, las tailandesas bailan sobre la barra del bar con poca ropa y todos los locales de masajes incluyen la opción de final feliz. Y así lo ofrecen, sin rodeos ni preámbulos. La prostitución corre libremente por la calle, lo mismos que las invitaciones a la Ping Pong Party. Mujeres habilidosas capaces de jugar al ping pong con su… podrán imaginarse.

Y dónde dicen fiesta ahí estuvimos nosotros ayer a la noche, por eso la resaca de hoy. Pagamos al tuk-tuk lo que nos pidió y gastamos uno a uno nuestros dólares en tragos intomables. No éramos los únicos. Viejos verdes se paseaban con pibitas del brazo. Está bien, la vida es una y hay que vivirla. Además acá todo es muy barato.

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Estaba lleno de gente. Para muchos descorchar la vida acá es un sueño. Para nosotros también. Esto es todo lo que nos gusta y esperamos de una buena vida a orillas de una playa maravillosa.

– Dale, ahí voy. Traigo dos cervezas mejor, así hoy arrancamos temprano. Le respondí mientras me ponía la remera.

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  • ¿Vamos el templo hoy? Me dice L.

Estamos en Phuket Town. Las playas están lejos, pero esto vendría a ser lo más autentico de la isla. Acá es dónde viven los locales, acá están los templos, los mercados, las escuelas, los hospitales.

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Es cierto, no es para nada turístico. Al menos, le cuesta competir con las playas de la isla. Pero a nosotros nos gusta.El centro es increíblemente antiguo y con cierto aire a Penang, en Malasia.Hay varios templos budistas y varias mezquitas.

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Lo que más nos gusta es el mercado nocturno. Además de comida y ropa usada, en el mercado hay puesto de manicura y depilación con cera al aire libre. Es todo un espectáculo.

– Mejor subamos al mirador desde el que se puede ver toda la isla, incluso el mar.

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Dormimos a medias en el aeropuerto. Nos despertaron los ruidos, el aire acondicionado que estaba demasiado fuerte y nuestros propios sueños. Cuando decidimos venir a Phuket nos imaginábamos pasar poco más de una semana en la isla pero fiel a nuestra naturaleza nómade no íbamos a estar quietos. Al mejor estilo “elige tu propia aventura” sabrán elegir ustedes con que escenarios nos sentimos más a gusto.