Nunca pensamos que podía existir una ciudad dentro de otra. Ideas como realidades paralelas, portales en el tiempo y teletransportación siempre nos sonaron exagerados, incluso en la Ciencia Ficción. Pero lo que vimos en Pingyao nos hizo dudar. Quizá podía tratarse de algo del orden de lo atemporal o de una alteración del espacio. O quizá era el Realismo Mágico de García Márquez hecho ciudad.

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Pero todo eso ocurrió después, al comienzo sólo dudamos si ir o no a Pingyao. Es uno de los lugares más turísticos de China y eso es sinónimo de cientos de turistas occidentales y de miles de turistas chinos. Y la verdad, en China, y en casi todos lados, los sitios turísticos son los que menos nos gustan y menos encanto tienen. Siempre nos dejan gusto a poco.

La idea de ir a Pingyao surgió como una parada intermedia entre Beijing y Xi’an. A ambas ciudades las dividen algo más de mil kilómetros. Una distancia demasiado larga para recorrerla a dedo en un día.

Llegamos cansados y de noche, el alojamiento que conseguimos fue una habitación en una casa de una familia. Queda dentro de la muralla, en la ciudad de adentro de la ciudad. La familia estaba compuesta por una pareja de unos 35 años. El inglés no es su fuerte. Nos comunicábamos por un diccionario del celular, que más de una vez nos hizo quedar en ridículo. Viven con su hijo de dos años. El nene viste unos pantalones que tienen un agujero en la parte de la cola para hacer más sencillo el proceso de ir al baño. Viven, también, con la madre de alguno de los dos. Tienen otro hijo más grande, pero vive en la escuela. Sólo va a su casa los domingos por la tarde. Pero eso no es raro en China, la educación primaria es de lo más severa.

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La casa tenía sólo una planta con un pequeño patio abierto al cual daban las habitaciones, en una vive la familia, otras dos se alquila, otra tiene una ducha de supuesta agua caliente. Al fondo, una puerta y un pozo, ese es el baño. Sin techo ni cadena.

Nuestra habitación es sencilla. La cama es una piedra, literalmente, y sobre ella un acolchado que hace las veces de colchón.

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En Pingyao hacía frío, de esos que te hacen estar dentro de la habitación con guantes. Recién era otoño. El clima es seco y con la pesadez fría de la polución de las ciudades chinas. La habitación por suerte tenía una salamandra. La cual prendían con mazorcas secas y carbón. Lo curioso, y en este caso lo mejor, es que el tiraje de la salamandra pasa debajo de la cama de piedra, calentándola. Fue nuestra salvación.

Como en toda casa china hay decoración en las paredes: almanaques, fotografías de paisajes desteñidas y algún poster de la gran muralla. Tampoco faltan los colgantes de buen augurio que se venden como pan caliente en cualquier mercado chino. Al lado de la cama de piedra encontramos una pelela de plástico. Si a uno le da frío ir al baño abierto de noche, puede usar el orinal.

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Muertos de hambre de un largo día sin haber comido nada, salimos a las calle de esta ciudad amurallada tras un poco de arroz. Al sólo salir notamos que sólo hay dos clases de negocios: para comer y para comprar souvenirs.

En 100 metros había 12 lugares distintos para cenar. Elegimos según nuestros dos criterios infalibles: baratos y con gente. Comimos y nos fuimos a dormir.

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Al día siguiente nos levantamos con un sol brillante que entraba por la ventana. Era la primera vez que teníamos tanto sol en China. Extrañamente tuvimos una remembranza de Buenos Aires: pusimos tango, lavamos ropa y desayunamos al sol. Primer síntoma de que algo raro estaba pasando. La alteración espacial estaba comenzado a ocurrir. Cuando se acabo el disco de Edmundo Rivero y ya no quedaban palmeritas para comer, decidimos salir, una vez más, a caminar a la ciudad de adentro de la muralla.

Según el mapa, Pingyao, es bastante chico. Se puede recorrer caminando, pero a esa altura ya no confiábamos en los mapas chinos. Chico y sin gente son dos términos que no aplican por acá.

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Pingyao nos parecía más un Disneylandia que un pueblo típico. En China ya no existen pueblos antiguos ni templos de antaño. La cultura fue arrasada con las últimas revoluciones y en los últimos años se dio un proceso de vuelta a la cultura antigua pero teñida por las aspiraciones del mundo capitalista. Así es que convive un McDonald’s con una estatua de Mao.

Si bien gran parte de Pingyao está reconstruida, a diferencia de otros sitios aún quedan ladrillos originales y eso si es novedoso. Los templos y museos no faltan. El interior de la muralla no es muy grande pero el turismo está aglomerado en las calles principales. Basta agarrar un pasadizo para salir a un jardín con árboles y chinos jugando a las cartas. La ropa se cuelga en la vereda y en algunas casas sale olor a pan caliente.

Quisimos subir a la torre principal pero tenía un gran candando ya oxidado. Nadie supo explicarnos por qué. Subimos a la muralla y contemplamos el atardecer desde ahí. Son pintorescos los techos arqueados, no hay dudas.

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Pero lo curioso e inexplicable de Pingyao es la convivencia de dos ciudades. Adentro, el abarrote de turistas y puestos de comida. Afuera, la ciudad propiamente dicha, sucia, caótica, despelotada, pero muchas más auténtica. Según dicen acá supieron vivir las dinastías Ming y Qing. Con el correr de los años y las revoluciones la ciudadela comenzó a quedar chica y todo comenzó a crecer puertas afuera.

El afuera es enorme y nada tiene en común con el adentro. Afuera las motos, los autos y colectivos enloquecen a cualquiera, hay un gran mercado de comida y las sopas incluyen orejas de gatos. Es más auténtico pero también más impresionable. ¿Pero nosotros no habíamos ido en busca de un lugar tranquilo y legítimo?

Al día siguiente nos íbamos a Xi’an. A fin de cuentas Pingyao había sido una parada en el camino.

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