“El que protesta es un enemigo; el que se opone, un cadáver”.
“Perderte no es una pérdida. Conservarte no es de ninguna utilidad”

Pol Pot

Veo que ella se aleja, se sienta en un banco, se saca lo auriculares que le habían dado como guía y se lleva las manos a la cara queriendo tapar ese llanto que sale desde el fondo de su ser. Empatía le dicen. Lo cierto es que la historia a veces pega una cachetada. En Camboya, una visita a Choeung Ek, más conocido como Killing fields, es como la patada de un caballo. En la boca.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” escribió Enrique Santos Discépolo en 1934. Sólo unos pocos pueden crear un estado de terror y someter a su voluntad, a humillaciones y sufrimientos a todo un pueblo. Y ella sigue ahí, sollozando por los dos millones de camboyanos que perecieron en lo que fue un verdadero genocidio.

En 1970 Lon Nol, apoyado por Estados Unidos, derroca tras un golpe de estado al entonces príncipe, acusado de ayudar a tropas de Vietnam. Camboya se convirtió rápidamente en un aliado yanqui. Su primer medida fue hacer una persecución, hostigamiento y asesinato de miles de vietnamitas que vivían en Camboya.

La pobreza extrema en la que estaba sumida el pueblo camboyano, más los constaste bombardeos estadounidenses lograron incrementar la popularidad de los jemeres rojos, liderados por Pol Pot. Ellos eran un grupo de revolucionaron comunistas de ideas maoístas que querían liberar a su Camboya del yugo imperial. No es de extrañar que el 17 de abril de 1975, cuando finalmente toman el control de Phnom Penh, derrocando a Lon Nol, una multitud salió a festejar. Finalmente el cambio.

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Llegada de los rebeldes Jemeres Rojos a Phnom Penh el 17 de abril de 1975

Ella llora y no sabe todo esto. No sabe como un grupo de revolucionarios logró llegar al poder. No sabe que el pueblo camboyano festejó su llegada.

Ella sabe el proceso y el final de la historia. La población fue obligada a dejar las ciudades. Durante más de cuatro años vivieron un verdadero infierno. En el campo, trabajando de sol a sol. Con poco y nada de comida y un trato hostil, mientras el arroz que producían lo comerciaban con China por armas.

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Camboyanos abandonando Phnom Penh a la fuerza para ir a trabajar a los campos

Camboyanos abandonando Phnom Penh a la fuerza para ir a trabajar a los campos

En el árbol chankiri no se aguantó más, y el llanto y los mocos fueron evidentes. Ahí, en ese mismo tronco, golpeaban la cabeza de los bebes y niños hasta matarlos. Las balas eran caras.

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A los que no asesinaron cobardemente los mataron lentamente. Por inanición o permitiendo que avancen las enfermedades propias de las condiciones en las que vivían. ¿Ver un hijo morir de hambre y no poder hacer nada? ¿Ver cómo se llevan a tus familiares y no poder evitarlo? La tortura no sólo era física, primero los mataron moralmente.

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Eliminaron todo vestigio del pasado capitalista. Quemaron bibliotecas, fábricas, medicamentos. Prohibieron los anteojos y perseguían a aquel que consideraban corrompido. Los torturaban hasta hacerlos declarar mentiras arrancándoles las uñas una por una.

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“Pol Pot y Ieng Sary, genocidas de Kampuchea, ¿no son hoy los más fieles aliados del imperialismo yanki en el sudeste de Asia?”
Fidel Castro. Noviembre de 1983

¿Por qué Fidel dice esto? ¿Acaso Pol Pot no era un gobierno comunista que derrocó a Lon Nol, aliado estadounidense?

Resulta que 1979 el ejercito vietnamita hace retroceder a Pol Pot y a su séquito hasta Tailandia, dónde se esconderían en la selva. Vietnam se ocupó de la reconstrucción de Camboya, mientras el mundo le dio la espalda. Nadie pensaba reconocer y ayudar a un gobierno comunista como Vietnam. Las ayudas internacionales nunca llegaron. Por el contrario, Estados Unidos mandó armamento y dinero a Pol Pot para que retome la guerra, financiando a los asesinos de más dos millones de camboyanos. Recién en 1991 (12 años después de que Vietnam libere Camboya), los países occidentales reconocen el nuevo gobierno. Una vez más queda en evidencia como las relaciones políticas pesan más que las vidas de las propias personas.

Lo más injusto para ella es el final amargo de la historia. En 1998 Pol Pot murió casi sin sentirlo mientras dormía en su casa tras gozar de una prisión domiciliarla. Recién en 2007 otros genocidas fueron condenados a cadena perpetua.

Ya no queda más para ver. La visita se terminó, afuera espera el tuk-tuk que la lleva de vuelta a la ciudad de Phnom Phenm. Devuelve los auriculares. Quiero ir a hablarle, preguntarle por su llanto ¿Qué va a hacer ahora con todo esto que vio? ¿Se subirá al tuk-tuk y se olvidará? ¿Qué ocurre luego de visitar lugares cómo este? ¿Qué se hace con la razón desalmada?

Quizá se olvide, quizá esta visita pase a la categoría de recuerdos pocos felices y la memoria se ocupe de dejarla de lado. O quizá nada de eso. No me animo a acercarme. Veo que se va. Al menos, se va pensando.

La veo cavilar desde el asiento del tuk-tuk. Pero ella, la humanidad, por mas que cavile, llore y patalee con la historia, persiste. Persiste en seguir cometiendo los mismos errores, por los siglos de los siglos.

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