* Aclaración: Si bien este post intenta reflejar nuestras sensaciones y experiencias personales en India. Los motivos acerca de por qué uno decide conocer este destino se pueden hacer extensivo a todos los viajeros que han visitado, o tienen intenciones de visitar, el país. Aclarada la doble lectura del texto, seguimos adelante:

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Desde que decidimos viajar a India sin fecha de regreso esta pregunta dio vueltas en nuestra cabeza. No teníamos en claro porque queríamos ir a ese país, no sabíamos mucho, ni teníamos contacto alguno con su cultura. Tampoco sabemos por qué nos gustó ni por qué terminamos pasando más tiempo de lo que teníamos previsto.

Cuando dejamos India, allá en marzo del 2014, lo hicimos con la promesa de volver. Incluso, desembarcamos en Buenos Aires sabiendo que efectivamente íbamos a volver.

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Dos años después, nuestra promesa se cumplió. Volvimos a India por cuarta vez. En total, contando salidas y entradas, visas que se vencían y pasajes que no podíamos cambiar, pasamos ocho meses en este país. Y ahora venimos por otro tanto.

Y por más que lo intentemos tampoco logramos darle una respuesta a la pregunta de por qué volvimos ¿Por qué India?

¿Qué nos atrae de ese modo de vivir y de pensar? ¿Qué es lo que nos llama la atención de esa cultura? ¿Qué buscamos cuándo decidimos conocer realidades tan distintas?

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India genera misterio. Su mismo nombre abre un sin fin de interrogantes y suena muy prometedor. Un nombre tan ajeno como conocido. Porque lo cierto es que todos tenemos cierta idea y preconceptos sobre el profundo y complejo país. Las vacas en la calle, la basura, el namasté, la pobreza, el esplendor de los palacios, los camellos, las castas, la sociedad patriarcal, la cultura milenaria, los sadhus, la trascendencia. Esto es lo más sorprendente de India: lo absoluto.

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Por supuesto que entre quienes deciden visitar India no se presentan los mismos motivos. Algunos viajan sólo por la foto en el Taj Mahal (en incluso se llevan vestimenta especial para la ocasión). Otros viajan para tomar cursos de medicina ayurvedica o instructorados de yoga. Otros por la curiosidades y por lo exótico. Otros por negocios, a mayor o menos escala la ropa india se vende en cualquier parte del mundo. Otros sueñan con los mercados y los bazares de especias. Otros por la comida. Otros por los económicos y efectivos tratamientos dentales. Otros en búsqueda de la iluminación. Nos sorprendió muchísimo la cantidad de occidentales que renuncian a su vida capitalista para iniciarse en los caminos espirituales. En ese aspecto, India está idealizada. Si bien la espiritualidad se vive en la calle, lo cierto es que la sociedad está creciendo para el otro lado. Los occidentales renuncian al Iphone para acercarse a Dios, los indios renuncian a Dios para acercarse al Iphone. Otros aún nos seguimos preguntando el por qué. Y así vamos y volvemos.

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Los motivos de un viaje a India son múltiples e India parece satisfacerlos todos. Lo único común es el resultado: no deja a nadie indiferente. Podríamos detenernos un buen rato hablando de las expectativas, y la autenticidad que supone viajar a India, pero eso ya lo hicimos en otro lado.

Si tuviésemos que esbozar una respuesta de por qué India podría basarte en nuestros temores. No hay nada más peligroso que la comodidad y, últimamente, estamos muy cómodos viajando.

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Más aún, volvemos a India para seguir adentranos en su mundo y comprender, en la medida que nuestras mentes racionales lo permitan, un poco más su entramado social. Pero también volvemos porque extrañamos. No tanto a India sino a quienes somos nosotros cuando estamos en India

Extrañamos la vida simple del chai (bebida típica a base de té con leche que se sirve en la calle) a media tarde con un paquete de galletitas Parle. Extrañamos el Thali, las calles sin veredas y con cabras, sacarnos las sandalias antes de entrar a cada templo, hogar o negocio, el comer huevos a escondidas en algunos lugares porque está prohibido, lavarnos los pies todas las noches por la cantidad de tierra que juntaron a lo largo del día, buscar lugares que sirvan un desayuno no tan picante, los timos, el regateo, la sonrisas de los niños y la mirada penetrante de los viejos. Extrañamos la escalinatas del río Ganges y la gente que ahí espera la muerte, porque India debe ser el único lugar del mundo dónde la muerte se espera pacíficamente. Extrañamos no entender absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Extrañamos la humildad, la pasión y la fe.

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El karma. La paradoja constante. El sin sentido, lo absurdo, lo inadmisible. Extrañamos los dualismos: la pobreza extrema y el desarrollo capitalista, la renuncia de los sabios y el aferramiento de los aprendices. India nos hace ir a dormir llorando y levantarnos amando estar vivos. Esas cosas ocurren, por más que suenen imposibles. Extrañábamos la humanidad, por eso volvimos.

Extrañábamos ser y no ser nosotros mismos, porque en India la identidad desaparece. Acá no existen Lucas y Ludmila, no existe la psicología ni SAP, ni nada que conozcamos. Volvemos porque queremos escribir un libro, y esta vez parece que va en serio.

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