El Instante

 ¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
De espadas que los tártaros soñaron,
Dónde los fuertes muros que allanaron,
Dónde el árbol de Adán y el otro Leño?
El presente está solo. La memoria
Erige el tiempo. Sucesión y engaño
Es la rutina del reloj. El año
No es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
De agonías, de luces, de cuidados;
El rostro que se mira en los gastados
Espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno:
Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

Jorge Luis Borges

Dos minutos bastaron para que un auto nos levante en un peaje en las afueras de Zagreb y nos lleve hasta Pula. Íbamos en busca de las tan famosas playas croatas. A decir verdad, Croacia no estaba en nuestro plan inicial. Encuentros familiares y la cercanía a dónde estábamos hizo de Croacia un país más en la lista. Las playas tampoco estaban en nuestro itinerario. Salvo en los Bálticos, o en el mar de Japón, pensamos que no íbamos a ver mucho el mar. Pero siempre tiene algo que atrapa e hipnotiza. Más de una vez pensamos que nos gustaría vivir frente al mar.

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El viaje transcurrió sin sobresaltos, una charla amena con el conductor croata y en cada curva que doblábamos estirábamos el cuello para tratar de ver el mar. Lo íbamos a ver por semanas, pero ese primer contacto visual genera ansiedad. Recuerdo la primera vez que vimos el Adriático desde la ruta, fue en Rijeka. Desde ahí ya se percibía un mar calmo, sin olas. Cómo si fuese un mar que tiene paciencia.

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En realidad no íbamos a Pula, habíamos conseguido un lugar en las afueras. En un barrio llamado Stinjan que está a 6 kilómetros de la ciudad. Para nuestra suerte, el pequeño cuarto que nos alojaba tenía balcón con vista al mar. El olor a sal llegaba hasta nuestra ventana. Podíamos pasar horas mirándolo. Sobre todo con ese espectáculo de incesante actividad. Cientos de veleros, yates, motos de agua y cargueros surcaban las aguas. Parte de Croacia se mueve por el mar, nosotros lo desconocemos. Aquello se presenta como otro mundo y nos interesa conocerlo.

Desde la época de los romanos que sus costas son navegadas. Es el comienzo de Mar Adriático y no tan lejos, a unos 100 kilómetros, está el puerto comercial más grande de Croacia, en la ciudad de Rijeka. Croacia tiene más de 700 islas. Todo esto hace que la actividad náutica sea una actividad cotidiana en los costeños.

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Si uno ve un mapa de Croacia parece trazado a mano alzada. Forma de medialuna y un mar ganado dudosamente. Pula esta en el borde izquierdo de la península que se mete en el mar. Istría es el nombre de esa región que se encuentra tan próxima a Italia y Eslovenia, Pula es el nombre de la ciudad que se encuentra enfrentada a Venecia.

Casi como en San Clemente

Casi como en San Clemente

Si bien nosotros hacíamos nos alojábamos en el pequeño Stinjan y allí encontrábamos todo lo que necesitábamos (agua caliente para el mate, playas de aguas cristalinas y una proveeduría dónde comprar frutas y pan) a lo lejos se veía Pula, incrustada en la costa. Dudábamos si ir a conocer o no la ciudad. Teniendo una playa a pocos metros, ¿por qué subirnos a un colectivo para ir a una ciudad de cemento? Los más de treinta grados nos impedían salir del agua con facilidad. Pero algo de la ciudad llamaba nuestra atención. ¿El anfiteatro romano de más de dos mil años? ¿Los callejones adoquinados? ¿Las decenas de iglesias, capillas y demás edificios de antaño?

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Italia es un país al que le tenemos ganas y algo de Pula nos remitía a aquel país vecino. Un coliseo en el medio de la ciudad a cualquiera le haría pensar en Italia. Caminar por su calles es viajar en el tiempo. Sobre todo porque la arquitectura está bien conservada. Igualmente sentíamos que no teníamos que estar ahí, caminando por una ciudad con tantos años de historia, nuestro lugar estaba en otro lado, junto al mar. Intentando entender algo de su misterio. Esa ciudad, a fin de cuentas, es pura reconstrucción. Artilugios que construye el hombre moderno para poder seguir creyéndose dueño de su tiempo, dueño de su historia. Ficciones, como dice Borges. Con los siglos las ciudades desaparecen y la fuerte piedra se transforma en arena. “Sucesión y engaño”.

Replica en miniatura de la ciudad

Replica en miniatura de la ciudad.

¿Tiene sentido intentar reconstruir la historia a través de los viajes? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo en la farsa del tiempo? El mar en cambio… Las aguas no saben nada de temporalidades, solo la luna les marca un ritmo, pero eso no hace a la historia. En todo caso, el único que sabe de tiempos y que fue cómplice del mismo, fue y es el mar. El hombre se equivoca cuándo mira una pared para conocer la historia del lugar, el tipo de roca, el estilo de la construcción, las fracturas por un terremoto, incrustaciones de bala de una guerra. Pero nunca mira al mar. A fin de cuentas, es el único que está desde el comienzo de los tiempos. Sino, pregúntenle a Adán.

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Hemos pasado tres días extraños: el mar nos fue trayendo memorias de otros tiempos. Es curioso, pero al mismo tiempo, junto al mar, vivimos un eterno presente que fue configurando futuros recuerdos. Nostalgias de momentos que todavía no ocurrieron ocupaban nuestros sentimientos. Es el inicio de un lento camino, que dura tres semanas, y tiene al mar y al tiempo como protagonistas.

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