Podría decirse que uno se obsesiona con los extremos y con los accidentes geográficos. Suelen ser lugares que prometen escenarios únicos y atardeceres alucinantes. La vez anterior fue Kanyakumari, el extremo sur de India. Luego, Rameswaram un istmo ubicado en el sureste del país. A sólo unos treinta kilómetros de Sri Lanka, también conocida como la lagrima de la India.

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La leyenda:

En la época en que el mundo comenzaba a ser mundo, en la época en que dioses y demonios peleaban sobre la faz de la tierra, en la época en que los cielos eran muy azules y las estrellas muy brillantes, en esa época que nadie sabe muy bien cuándo fue, ocurrió esta extraordinaria historia contada en el Ramanayana.

Rama, el rey y el Dios, fue un avatar (reencarnación) de Vishnu, el Dios de la conservación. Su bella y joven consorte era Sita. Ambos se amaban y podían hacer el amor durante eternos días y noches. Pero, como siempre ocurre, no todos estaban felices con su amor, con su poder y con la herencia.

Es así que Rávana, un malvado demonio de diez cabezas secuestra a Sita y se la lleva consigo a la isla de Lanka, al sur de India. Rama desesperado manda cientos de ejércitos a buscarla pero ninguno puede dar con su bella amada.

Hanuman, el Dios mono y siervo de Rama, se compromete a ayudarlo. Como recompensa a su heroica y leal ayuda lo promovió de sirviente a Dios. Hanuman, que puede volar, descubre que Sita esta en la isla de Lanka. Para llegar a ella necesitan construir un puente que conecte ambas costas. Entonces comienza a recolectar piedras de todo India y las va llevando a Rameswaram, el punto más cerca a la isla. Las piedras son muchas y pesadas. Dicen que algunas se cayeron en el camino y conformaron montañas y paisajes fotogénicos como los de Hampi.

A medida que las piedras se van apilando en Rameswaran el puente comienza a construirse y Sita comienza a estar cada vez más cerca de su amado Rama. Un detalle: gracias a una bendición de Rama las piedras pueden flotar sobre el mar construyendo un puente de piedras flotantes.

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Una vez alcanzada la costa de la isla de Lanka los ejércitos de Rama logran cruzan y el malvado Rávana es asesinado. Rama y Sita se reencuentran y vuelven a hacer el amor durante eternos días y noches.

Dicen que con los años el puente se fue hundiendo pero que se puede ver desde arriba. Durante muchos años el puente fue conocido como Puente de Rama pero luego comenzó a llamarse Puente de Adán. Quizá el cambio de nombre tuvo que ver con los intentos de los católicos de colonizar la zona. Algo parecido pasó con el Pico de Adán en Sri Lanka.

La ciudad:

Llegamos a Rameswaran por la madruga. Aun era de noche y no nos dimos cuenta del largo puente que tuvimos que cruzar para llegar. La isla no es muy grande y la ciudad tampoco. Pero no por eso merece el atributo de tranquila.

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Rameswaran es uno de los Char Dham, moradas de los dioses. Los Char Dhram son los cuatros puntos de peregrinación que todo hinduista debe conocer en su vida. Cada uno se correspondo con un punto cardinal. Rameswaran es el punto sur.

La ciudad vive de y por el turismo espiritual. Los hoteles y restaurantes compiten con la cantidad de templos, ashrams y supuestos gurús. Las calles están repletas de vacas y de personas que venden pasto para que los feligreses alimenten a las vacas y reciban un guiño a Dios. Sí, India también es el país de las profesiones y ocupaciones inventadas.

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La ciudad se organiza en forma circular alrededor del Ramanathaswamy, el templo principal. Lo bueno es que en las calles adyacentes al templo los vehículos están prohibidos y la contaminación sonora disminuye. En las cercanías del templo, la mayoría de los peregrinos andan descalzos y mojados.

El templo es enorme y no se puede entrar ni con celulares ni con cámaras. Adentro es muy fácil perderse. Es un laberinto de largos pasillos y columnas con dioses tallados. Dentro de cada salón hay filas para recibir la bendición de un brahmán y un caramelo que simboliza un modo de incorporar a dios.

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El suelo acá también esta mojado. Se debe a la cantidad de pelegrinos que vienen para tomar baños sagrados. Muchos comparan a esta ciudad con Varanasi y dicen que quién se baña acá purifica su alma y se acerca cada vez al más moshka, la liberación del alma y del ciclo de las reencarnaciones.

Lo cierto es que no podemos recorrer todo el templo. Hay un gran salón dónde el ingreso esta limitado sólo a hinduistas. Ahí adentro se encuentra una de las yiotir linga más veneradas en el país. Se trata de estructuras de piedra con forma fálica que sirven para rendir homenaje a Shiva, Dios de la destrucción.

La ciudad no ofrece mucho, o al menos, mucho que podamos entender. Luego, al final de la calle esta el mar. Un mar azul sin playa dónde decenas de indios se bañan y decenas de brahmanes venden sus servicios para purificar a los creyentes. La playa está sucia, flores, velas, ropa. Restos de ofrendas. Figurita repetida en las playas indias.

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Nuestra leyenda:

La última tarde decidimos ir en busca del famoso puente de piedras flotantes. Dejamos la ciudad en un colectivo publico abarrotado de indios. Si uno mira el mapa puede notar como el istmo se mete en el mar. La extensión total es de unos dieciocho kilómetros y sólo diez están asfaltados. Nos bajamos cuándo el camino se acabó y comenzamos a caminar. La mayoría de los indios se subieron a otro colectivo que oficiaba de todo terreno e iba avanzando por la arena y por el agua.

Éramos los únicos que caminábamos. Mejor. En India el silencio vale y se aprecia mucho más. No teníamos muy en claro que buscar ni que íbamos ver. Queríamos caminar hasta dónde el istmo se acabe. Queríamos ver a Sri Lanka en la otra orilla, a sólo treinta kilómetros.

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En el camino cruzamos pueblos fantasmas que fueron abandonados con los últimos ciclones, vías de trenes que ya no pasan, y chabolas sostenidas con hojas de palmeras secas que hacen de hogar para los pescadores y para su familias.

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Caminamos y caminamos. Una hora, dos horas, tres. El mar acompaña a ambos lados. De un lado se oye el oleaje fuerte del mar abierto, del otro las pequeñas olas de la bahía. Intentábamos respirar al ritmo de cada uno de los dos oleajes y ver con cual nos sentíamos más cómodos.

Finalmente el agua deja de estar de costado y comienza a estar, también, en el frente. Corrimos. Habíamos llegado. Ya no estaba Sita esperando del otro lado, tampoco había rastros de reyes ni dioses. Sólo nosotros dos y un mar azul que se extendía a nuestro alrededor. Los extremos y los accidentes geográficos nos gustan. Nos ponen en perspectiva, y nos hacen sentir tan chiquitos y tan grandes como podemos ser. Habíamos conquistado otro fin de India. Y esta vez lo teníamos para nosotros solos.

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