El entorno nos condiciona. La ciudad nos obliga a caminar rápido, a entumecer el cuerpo y a comprimir los hombros sobre el pecho. Las ciudades indias nos obligan a mirar el suelo. No sea cosa de pisar un puesto de fruta, un mendicante, una vaca descansando o la mierda de la vaca que está descansando. Las ciudad chinas, en cambio, nos obligan a caminar mirando para arriba. Tratando de encontrar el punto exacto en que un edificio termina y toca el cielo con su terraza. Por otro lado, las Islas Andamán nos obligaron a caminar despacio. Total no había a donde ir, tampoco había prisa, tampoco había nerviosismo. Un poco a la fuerza y un poco por voluntad, las islas, como dicen los porteños, te hacen bajar un cambio.

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No había internet, los periódicos llegaban con una semana de tardanza y sólo había electricidad por las noches y algunas horas de la mañana. Los negocios cerraban al mediodía y la siesta se dormía a rajatabla. Todo cerraba los domingos y los sábados a la tarde. Lo único que no se detenía en ningún momento es el mar. A veces furioso, a veces calmo, a veces aburrido, a veces demasiado caliente. Es cierto que el mar no se detenía, pero a veces se iba. Después del mediodía la marea comenzaba a bajar y se retiraba un kilómetro mar adentro. Pero a la noche, volvía. Recargado, contento, frío. Como los habitantes de las islas, el mar tampoco puede irse. Siempre está condenado a volver. Otro elemento constante y encadenado a las islas son los mangos. Todos los días los árboles nos regalaban más y más mangos. Maduros, anaranjados, fibrosos, dulces. Por día comíamos un kilo, más una papaya, una ananá y una sandía. A veces bananas rojas más algún que otro coco.

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En las islas de Andamán el tiempo no cuenta. Y esto es literal. Uno puede guiarse por el reloj pero la información que obtenga será errónea. Por la posición geográfica de las islas deberían tener el mismo uso horario que Tailandia. Pero el afán de India de tener su territorio bajo la misma hora hizo que las islas tengan una hora que nada tiene que ver con lo que realmente corresponde. De este modo, amanecía a las cuatro y el sol se ponía a las cinco de la tarde. Sin reloj al cual mirar, el sol es quien indicaba los diferentes momentos del día. Hora de despertarse, aunque quizá sean las tres y media de la mañana. Hora de desayunar, hora de almorzar, hora de ponerse a la sombra porque el sol está muy fuerte aunque sean las diez de la mañana. Hora de disfrutar del atardecer, hora de sentarse a mirar las estrellas y disfrutar del fresco aunque no sean ni las ocho de la noche.

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El movimiento de la marea, también, nos ayudaba a darnos una idea de la hora y el mar nos ayudaba a comprender a las personas. En las islas sólo hay dos clases de personas que se meten al mar: los pescadores y los turistas. Dentro de los turistas hay dos grupos. Los que se bañan con jean, remera y zapatos, o sea los indios, y los que se bañan en paños menores, los extranjeros. Pero salvo los pescadores, ningún lugareño se mete. La mayoría de los isleños le escapa a la idea del agua salada y no se acerca a las playas salvo para trasladar algunas vacas. No sabemos si rechazan el mar por respeto o por temor (las islas fueron completamente arrasadas con el Tsunami del 2004). En cambio, los pescadores hacen del mar su oficina de trabajo. Su jornada empieza bien temprano, ante de que amanezca. Cuando el mar comienza a bajar, empiezan a volver con la ganancia del día. Ganancia aún viva, los peces permanecen en el agua hasta ser vendidos en el mercado o en los restaurantes para turistas. La mercancía siempre está fresca y la vida es simple. Los tipos pescan, las mujeres venden frutas en el mercado y los niños asisten al colegio. Van caminando, en bicicleta o en el único autobús que recorre la única calle de la isla. Acá basta tomar cualquier camino para salir al mar y cualquiera de las calles asfaltadas para salir al centro. No hay más opciones.

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Marea baja

La vida avanza en una única dirección y no se oyen más ruidos salvo algún coco cayendo en picada contra un techo de chapa. Tampoco hay nubes, ni viento, ni demasiadas olas salvo las que dejan atrás los pocos ferrys que cruzan de una isla a otra. Nuestra rutina también era simple. Levantarnos sin despertador, desayunar fruta, bañarnos en el mar, leer bajo una palmera, escribir, bañarnos y leer de nuevo, almorzar un massala dosa y seguir leyendo. Cuando el sol comienza a bajar, íbamos al mercado. Comprar un pescado para dos, para cuatro o para seis según cuantos éramos para la cena, cocinarlo y volver a la playa a ver las estrellas. Hacer un intento desesperado por encontrar la cruz del sur y volver a dormir recordando que este es otro cielo y que acá las constelaciones son otras. Armar el mosquitero y quedarnos dormidos pensando que al día sólo le faltó una cosa: una ronda de mates.

A diferencia del resto del mundo acá no hay ambición de poder ni la necesidad imperiosa de acumular y progresar económicamente. No hay avaricia ni estado de bienestar. Acá el pescador pesca un pez grande y se da por hecho. Ese día vuelve temprano y duerme la siesta. No existe esa tendencia materialista de pensar que si se queda un rato más puede pescar más peces y ser más rico. No, no hace falta. Con un pez es suficiente, el resto lo da la tierra. Viven con poco y el único patrimonio que tienen se trasmite de generación a generación. La sensación es que el mundo fue creado de una vez y para siempre y que nada se puede cambiar, ni exigir, ni perder. Eso es lo más admirable y tentador. Más de una vez nos invadió la idea de proyectar una vida basada en la autosuficiente económica, vivir de lo que la naturaleza nos da. Pero desistimos, a nosotros nos gusta escribir.

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No todos los habitantes de las islas son originarios de Andamán. Muchas familias refugiadas fueron traídas desde Bangladesh, Bengala y Tamil Nadú para poblar las islas luego de la colonia inglesa. A la par, la población autóctona fue desapareciendo. El intercambio con nuevos habitantes llenó la isla de enfermedades, se los utilizó como mano de obra barata y se los exportó al continente en un intento de integración. Todo fue fallido y ahora la población autóctona está en peligro de extinción como así también sus lenguas y dialectos. Actualmente, la población local se encuentra en áreas restringidas a las cuales los turistas (sean extranjeros o indios) tenemos prohibido el acceso. No es una idea desacertada, los turistas solemos arruinar todo lo que encontramos a nuestro paso. Ensuciamos, nos creemos superiores, alteramos aunque no sea nuestra intención el entorno que nos recibe. Pero por suerte, no muchos turistas llegamos a las Islas Andamán y todavía quedan algunos años de tranquilidad y simpleza. Aún me pregunto ¿En que momento la sociedad occidental se olvidó de que podía vivir con poco a acumular tantos bártulos?

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Pero toda la armonía y calma acumulada en la islas tuvo un punto cúlmine. Fue una tarde caminando por alguna de aquellas largas playas de arena finita y blanca minada de cangrejos, ermitaños y caracoles de todos los colores y tamaños. Esa tarde me invadió una sensación atroz. Hoy, quizá, suene tonto pero me dió mucho miedo el poder llegar a olvidarme todo lo vivido y viajado. Miedo de olvidarme de las islas, de su paz, de su calma, de su gente honesta, del verdadero sabor del mango sin conservantes ni cadenas de frío. Me dió miedo enloquecer en la ciudad. Me hubiese gustado grabar el oleaje y el verde de las palmeras, hacerlo mío y no perdelo. Creo que ese es mi mayor desconfianza, que mi memoria me traicione y se quede con todos mis recuerdos. A fin de cuentas, mis experiencias son la única propiedad que tengo a mi nombre. Quizá por eso escribo esto y saqué tantas fotos, para ganar la batalla del olvido.