No es fácil dejar la rutina, todo lo conocido y salir sólo con una mochila y muchas ganas a un destino poco conocido. Pero tampoco es fácil, después de un año en ese destino, volver con la misma mochila y ver tu entorno y el paso del tiempo. Después de adoptar el movimiento como una forma de vida sentimos que la quietud (nos) es desesperante. Falta la incertidumbre de saber en que habitación nos vamos a levantar mañana o que lugares o compañeros nuevos propondrá la ruta.

Viajar es como una droga adictiva. El parar de viajar nos está produciendo abstinencia. Nuestros cuerpos y nuestras mentes están idos. No nos encontramos.

Volvimos a la Argentina contentos de llegar, ver a los amigos y la familia. Asado, fútbol, mate y la vida de barrio nos vuelven a acompañar. Pero los ojos cambiaron. Los que antes parecía un problema, hoy no lo es tanto, y cosas de nuestra cotidianeidad que antes no le prestábamos atención, ahora nos parecen maravillosas.

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Cómo es mucho más difícil sacar una foto del entorno que nos resulta familiar y conocido y mostrar lo interesante que hay en él, también es mucho más difícil expresarlo en palabras. Estamos viviendo la argentinidad en su máxima expresión. Disfrutando de sus particularidades y e intentando entendernos como sociedad.

Caminamos por la calle leyendo todo lo que podemos. De pronto los carteles nos hablan, o por los menos los entendemos. Nos encontramos como “chusmas” (mirones, fisgones) de conversaciones en el tren. No es que nos interese tanto, pero nos asombra escuchar el español por todos lados. Tenemos una sobredosis de información como nunca en este último tiempo.

Y las calles que nos parecen vacías. Pasa gente caminando, pero nadie se detiene. Entendemos la calle como un lugar de tránsito, como un medio para llegar a tal o cual lugar. En Asia es totalmente al revés, todo se desarrolla puertas afueras, la cocina, la charla, la cena, el ajedrez, el mercado y el comercio. Hasta un médico nos atendió en un banquito en la calle. Otra gran diferencia es la velocidad. Acá la gente corre, como si su vida dependiera de eso, todos van ensimismados. Nadie mira a nadie. Es distinto el lugar que ocupa “el otro”, y peor si es un “otro” desconocido.

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Miramos para atrás y el viaje parece que fue una fantasía. Un gran sueño que nada tiene que ver con el presente que vivimos. Creemos que con el paso del tiempo los recuerdos van a pasar a ser imágenes que no sabremos si a ciencia cierta fue un sueño o una realidad ya desaparecida.

¿Qué se siente cuándo uno se aleja de aquel gran viaje que vivimos, el cuál nos transformó la forma en que miramos? Sentimos que el mundo que habitamos es enorme, que nos invita a recorrerlo. Y simplemente es el “hasta pronto” y el punto de comienzo para lanzarse hacia delante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos.

Ciertas cosas de Asia nos siguen acompañando.

Ciertas cosas de Asia nos siguen acompañando.