“El viaje normalmente está considerado un desplazamiento espacial. Es una idea inadecuada. Una travesía ocurre al mismo tiempo en el plano espacial, en el temporal y en el de la jerarquía social.”
Claude Lévi-Strauss

Que las personas a las que le preguntás te adviertan y sugestionen acerca del cruce de una frontera tiene un aspecto positivo: uno espera que pase lo peor. Por ejemplo, caminar entre rifles de militares apuntándote y ovejeros alemanes que te ladran. Una inspectora que se acerque a tu mochila con guantes de latex y el olvido de un paquete sospechoso por parte de alguno que haga entrar en pánico a todo el personal fronterizo. Lo que viene a continuación, comparado con eso, es una historia de niños:

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Estábamos en China, en la provincia de Xinjiang, a escasos kilómetros de Kazajistán. Habíamos pasado la noche en un hotel donde el personal no hacía ningún esfuerzo por entendernos pero no se cansaba de ofrecernos servicios privados de señoritas chinas. Bueno, lo de “señoritas” fue lo que entendimos o quisimos creer.

Llegamos a la frontera a las diez de la mañana. A las diez de la mañana de China (hora Beijing), que en realidad eran los ocho de la mañana de Kazajistán. Nos dirigimos hacía la puerta y un policía nos pidió nuestros tickets del micro, que nos llevaría los cinco kilómetros que separan los controles fronterizos. El valor era de cien yuanes cada uno (quince dólares). Le decimos que no tenemos tickets y que no nos queda nada de plata, los poco yuanes que nos quedaban se los dimos a alguien que estaba pidiendo. Nos miró con cara de “no hablo inglés y me importa un carajo, ¿Dónde están sus tickets?”. Le hacemos el gesto de caminar, el dice “ticket”, caminar, “ticket”, caminar, con su peor cara de patovica de boliche bailable chino nos hace señas de que vayamos para atrás y esperemos.

Un kazajo que parecía ser el organizador de un tour de jubilados se nos acercó hablando en ruso, no es que seamos unos grandes parlanchines pero a diferencia del chino, nos pudimos comunicar. Mitad con señas y mitad con palabras sueltas le contamos nuestra situación. Sin saber si nos había entendido se fue a hablar con el chino mala onda que con su cara de enojo nos dice “ok, walk”, y nos dejó pasar.

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Pasamos diez minutos pegados a una reja, esperando que terminen de abrir el puesto fronterizo. Lo de pegados era literal, cada vez había más gente y empujaban más y más suponiendo que así iban a entrar primero. Un policía abrió la reja y los chinos se abalanzaban perdiendo todo tipo de cuidado por las demás personas que aún no sabían ni para donde tenían que caminar. Últimos, entregamos nuestros pasaportes. Lo sellaron rápido, pero por medios de señas nos pidieron permiso para sacarle una foto (¿?) a dos sellos: Bangladesh y las Islas Andamán. Cuando se llevaron nuestro pasaportes ya sellados y nos dejaron solos esperando empezamos a preocuparnos. ¿Para qué quieren los chinos nuestros pasaportes? Los veinte minutos de espera fueron eternos y cada oficial que pasaba no sabía respondernos. Empezamos a perder la calma, a imaginar un pasaporte mutilado, pero finalmente los pasaportes volvieron a nuestras manos sanos y salvos.

Ahora sólo faltaba entrar a Kazajistán. Pero el control fronterizo estaba a cinco kilómetros de distancia. Emprendimos la marcha despacio. Sabíamos que era mucho para caminar pero también confiábamos que un alma caritativa nos iba a liberar del intenso sol que se iba posando sobre nuestras cabezas. Ni cincuenta metros caminamos cuando nos pararon los militares chinos. Por medio de señas y silbatos entendimos que estaba prohibido caminar y ellos mismo se encargaron de hablar con el conductor de una camioneta. El chófer nos dice en ruso:

– ¿Americanos?
– No, de Argentina. (En realidad sí somos americanos pero no como lo entienden ellos).
– Argentina!!! Ahh, fútbol, Maradona, Messi ¿Autostop? Vamos, yo los llevo.

Ese fue el comienzo de un viaje acompañados de un contrabando de víveres chinos que no sólo nos llevó los cinco kilómetros hasta el control fronterizo, sino que otros cuarenta más hasta el primer pueblo kazajo.

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El paisaje cada vez nos alegraba más. De las megas ciudades chinas pasamos a calles en mal estado, a casas de madera y techo de chapa. A carteles en ruso (¡que podíamos leer!) y a miradas más cálidas y amables. Es curioso como cada vez más la simpleza y la humildad de los lugares nos hace sentir más cómodos. Pero estábamos felices de ver pibes jugando en la vereda, señoras haciendo mandados y viejos charlando en las esquinas.

Cuando bajamos de la camioneta, saludamos al buen chofer recordando a Messi y Maradona y nos pusimos rumbo hacia un cajero. Necesitábamos sacar algunos tengues, moneda local. Al preguntar en un almacén chiquito nos dimos cuenta la enorme diferencia con China, una señora nos agarró del brazo y nos dejó en la puerta del banco. Los kazajos tienen mucha más predisposición para ayudarte a pesar de la barrera idiomática. En China, la mayoría de la veces, a cada intento de pregunta, los chinos huían despavoridos ocultando sus rostros tras la pantalla del celular.

Caminamos hasta las afueras del pueblo. Ni llegamos a apoyar las mochilas en el suelo que un señor bastante mayor paró su Moskvich 412 y se ofreció a llevarnos hasta la siguiente bifurcación. Ahí rápidamente nos levantaron dos muchachos que no salían de su asombro y a cada paso que dábamos querían comprarnos bebidas y chocolates. Entre idas y vueltas, nos comentaron su “envidia” por ser de un país tan famoso. “Ustedes dicen Argentina y todos saben algo. Aunque sea, Messi pero algo saben. Nosotros decimos Kazajistán y la gente no tiene ni idea.” Y tiene razón, nadie tiene ni idea del noveno país más grande del mundo.

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Volver a hablar en ruso (si bien existe la lengua kazaja, un 97% de la población habla ruso, y varios aseguran que el kazajo casi no lo hablan) también fue un alivio para nosotros (aunque suene una locura). Y no es que nosotros sepamos ruso, pero el chino nos es casi imposible y rara vez encontrábamos a alguien con la voluntad de entendernos. En cambio en Kazajistán, todo era mucho más simple.

El último auto, el que nos llevó hasta Almaty fue un personaje no menos singular. Un señor de unos 50 años muy cuidado por la estética y con un pañuelo en la cabeza con rodajas de papa. Yo pensaba que era para la migraña, el decía que era para que le vuelva a crecer el pelo. Le preguntamos si conocía a Fabio Zerpa, pero dijo que no. Estamos seguros que ambos tienen muchas cosas en común.

Lo que vamos a decir es totalmente subjetivo y hasta incluso caiga mal, pero estamos más que contentos de dejar China atrás, pero sobretodo por volver a Kazajistán, un país que siempre nos recibió de la mejor manera y del que teníamos los mejores recuerdos.

Llegar a Kazajistán fue un alivio, sobre todo por lo difícil que es viajar por China. Y si a eso le sumamos, que antes de China estuvimos en India… Necesitábamos llegar (volver) a Kazajistán.