“Y ahora, ¡pasea tu mirada sobre Samarcanda! ¿No es la reina de la tierra? Más altiva que todas las ciudades, cuyos destinos tiene entre sus manos.”

Edgar Allan Poe

El codazo se clavó justo en mi costilla. No me lo esperaba. Estaba mirando para el otro lado. Los conductores en Asia Central tienen esa particular costumbre. Al momento de comenzar una oración lanzan un codazo a su derecha, impactando por lo general en mis costillas o en mi brazo. Pero ese último codazo fue el único que valió la pena de todo el viaje de quince horas que nos trajo desde Tayikistán hasta Samarcanda, Uzbekistán. A nuestra derecha, iluminadas y sobresalientes, habían 3 madrazas de color turquesa, el Registán. Los dos con la boca abierta contemplábamos lo increíble de la imagen. Solamente comparable con el Taj Mahal, la Muralla China o Angkor Wat. El taxi nos dejó en el hotel, arrojamos las mochilas en la habitación y salimos corriendo como dos nenes en un parque de diversiones a ver de vuelta aquello que nos había dejado perplejos. Ya no importaba el cansancio del viaje.

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A la mañana siguiente, y más con el correr de los días, nos dimos cuenta que Samarcanda es mucho más espectacular de noche, pero sobre todo si es de luna llena como nos tocó a nosotros. Porque además de no tener que soportar los más de cuarenta grados de la tarde, el suelo se vuelve negro y espeso, y toda la luz es absorbida por las cúpulas y sus azulejos. Y no sólo en el Registán. En toda la ciudad abundan las mezquitas, madrazas o mausoleos de cúpulas azules.

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Samarcanda es una famosa ciudad antigua que estuvo bajo el dominio persa, griego, turco, árabe y hasta fue saqueada por los mongoles. Pero su apogeo (y la construcción de todos estas mezquitas, mausoleos y madrazas) fue durante la dinastía timúrida. Samarcanda fue su capital y Timur su gran líder.

Es curioso el personaje de Timur o también conocido como Tamerlan: famoso en occidente gracias a lo sanguinario de sus campañas, Timur dejó unos de los legados arquitectónicos mas pintorescos de la historia. Un líder que arrasó pueblos pero no su arte. En cada ciudad conquistada capturaba a los artistas y los enviaba a Samarcanda, la ciudad que era su orgullo.

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Así como encabezaba cada expedición militar, también lo hacía con cada obra de arte en la ciudad. Un hombre que fue un conquistador, sanguinario, guerrero pero que, también, tenía una parte sensible capaz de ordenar construir maravillas como las de la ciudad.

Un personaje tan controvertido que hasta Borges escribió un poema con su nombre [1].

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Luego de la separación de la Unión Soviética, Uzbekistán necesitaba un héroe para recuperar su nacionalismo. El elegido fue Timur, y Samarcanda su capital cultural. Por eso cada esquina, monumento o mausoleo sigue evocando su historia.

Pero tenemos un consejo para los que vayan para allá. Samarcanda no se trata solamente de su pasado, sus increíbles construcciones y el nombre de Timur. Si uno se anima a caminar por afuera del centro turístico, verá que hay muchas casas que todavía respetan la arquitectura antigua. Y probablemente lo inviten a uno a sentarse en un patio lleno de sombra por una frondosa vid, le conviden una taza de té (que por ahí lo llaman chai) y por más que no haya idioma que los comunique, recién ahí, en esa muestra de hospitalidad, sentirá uno que está en Samarcanda, famosa ciudad de la antigua ruta de la seda.

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TEMERLAN (1336-1405) – JORGE LUIS BORGES

Mi reino es de este mundo. Carceleros
y cárceles y espadas ejecutan
la orden que no repito. Mi palabra
más ínfima es de hierro. Hasta el secreto
corazón de las gentes que no oyeron
nunca mi nombre en su confín lejano
es un instrumento dócil a mi arbitrio.
Yo, que fui un rabadán de la llanura,
he izado mis banderas en Persépolis
y he abrevado la sed de mis caballos
en las aguas del Ganges y del Oxus.
Cuando nací, cayó del firmamento
una espada con signos talismánicos;
yo soy, yo seré siempre aquella espada.
He derrotado al griego y al egipcio,
he devastado las infatigables
leguas de Rusia con mis duros tártaros,
he elevado pirámides de cráneos,
he uncido a mi carroza cuatro reyes
que no quisieron acatar mi cetro,
he arrojado a las llamas en Alepo
el Alcorán, El Libro de los Libros,
anterior a los días y a las noches.
Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo
a la blanca Zenócrate de Egipto,
casta como la nieve de las cumbres.
Recuerdo las pesadas caravanas
y las nubes de polvo del desierto,
pero también una ciudad de humo
y mecheros de gas en las tabernas.
Sé todo y puedo todo. Un ominoso
libro no escrito aún me ha revelado
que moriré como los otros mueren
y que, desde la pálida agonía,
ordenaré que mis arqueros lancen
flechas de hierro contra el cielo adverso
y embanderen de negro el firmamento
para que no haya un hombre sólo que no sepa
que los dioses han muerto. Soy los dioses.
Que otros acudan a la astrología
judiciaria, al compás y al astrolabio,
para saber qué son. Yo soy los astros.
En las albas inciertas me pregunto
por qué no salgo nunca de esta cámara,
por qué no condesciendo al homenaje
del clamoroso Oriente. Sueño a veces
con esclavos, con intrusos, que mancillan
a Tamerlán con temeraria mano
y le dicen que duerma y que no deje
de tomar cada noche las pastillas
mágicas de la paz y del silencio.
Busco la cimitarra y no la encuentro.
Busco mi cara en el espejo; es otra.
Por eso lo rompí y me castigaron.
¿Por qué no asisto a las ejecuciones,
por qué no veo el hacha y la cabeza?
Esas cosas me inquietan, pero nada
puede ocurrir si Tamerlán se opone
y Él, acaso, las quiere y no lo sabe.
Y yo soy Tamerlán. Rijo el Poniente
y el Oriente de oro, y sin embargo…