Desde que planificamos el viaje, San Petersburgo aparece marcado con rojo en el mapa. Es una de esas ciudades que queríamos visitar. Ya sea por la historia, el legado cultural o por ser la más europeas de las ciudades rusas. Pero había algo que nos atraía. Y teníamos miedo que tantas expectativas puestas nos jueguen en contra.

¿Cómo se escribe acerca de una ciudad que en tan sólo 300 años de vida fue cuna de grandes artistas, zares e historias? ¿Cómo se hace sin escribir centenares de hojas y poder describir todo lo que sentimos?

Iglesia de San Salvador de la sangre derramada.

Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

¿Cómo se hace para escribir sobre San Petersburgo sin nombrar a Fiodor Dostoievski y los personajes de sus obras, cómo los hermanos Karamazov o el mismísimo Raskólnikov?

Cuándo surgió la idea de visitar Rusia, los libros de Dostoievski comenzaron a surgir de a montones. Aparecieron en la biblioteca, en los cajones y en regalos de navidad. Es imposible no sentir la presencia de Dostoievski en las calle. Quizá lo recordamos por la mirada perdida de ese borracho ahogado en vodka en el bar subterráneo dónde cenamos la segunda noche o quizá, el haber camino varias horas por su barrio hizo que algo de esto se nos contagiara.

Picasso también nos lo recuerda

Picasso también nos lo recuerda

¿Cómo se hace para escribir sobre la última capital zarista sin nombrar a Pedro el Grande?

Él fue el planificador y fundador de la ciudad. Ya hace casi 100 años del asesinato de Rasputín, de la revuelta de octubre y de la caída de Nicolás II (el último Romanov al poder). Sin embargo, San Petersburgo, aún conserva todo el esplendor de aquella época. Hace casi 100 años que Rusia dejó de ser patrimonio de zares y zarinas para pasar a ser del pueblo, o al menos en teoría.

San Petersburgo - Rusia-4

Río Neva

Río Neva

Palacio de invierno de la familia Romanov

Palacio de invierno de la familia Romanov

El Palacio de Invierno de la familia Romanov lleva con orgullo el águila de dos cabezas cómo escudo, y aún conserva la gran mayoría de los tesoros zaristas en uno de los museos más grandes del mundo. El Hermitage contiene obras de arte de los egipcios, romanos, griegos e incluso originales de Da Vinci, Van Gogh y Picasso, entre muchos otros. Es invaluable la cantidad de oro y plata que hay ahí adentro, y también es inconmensurable la cantidad de turistas que lo visitan a diario.

Original de Van Gogh dentro del museo

Original de Van Gogh dentro del museo

Pero la época zarista también se vislumbra en las calles, en las terminaciones de los edificios, en la gran Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada (así se llama), en los canales y en el brillo de los ojos de la personas. Ser de San Petersburgo es un orgullo.

Esa ciudad que Pedro el grande alguna vez soñó y empezó a construir sobre un pantanal con ubicación estratégica ante Europa hoy sigue en pie y parece haber olvidado todos los crímenes que allí se cometieron. “Troya cayó, Roma cayó, San Petersburgo no cayó” dicen por ahí.

Retrato de Pedro, el grande

Retrato de Pedro, el grande

¿Cómo se hace para escribir sobre la ciudad dónde tuvieron lugar las revoluciones rojas que construirían el último imperio sin nombrar a su grandes artífices?

La época zarista llegó a su fin en octubre de 1917. Lenin se hizo del poder, y con ello se supone que el pueblo también.

Con la revolución bolchevique todos los iconos zaristas fueron eliminados uno por uno, incluidos los miembros de la familia real. El águila de dos cabezas fue reemplazada por la hoz y el martillo.

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Otra cosa que cambió fue el nombre de la ciudad. En el inicio de la primera guerra (1914) deciden ponerle un nombre menos alemán y poco mas ruso y San Petersburgo pasó a llamarse Petrogrado. Con la llegada de los rojos, y la muerte del máximo exponente de la revolución deciden cambiarle el nombre zarista por uno más bolchevique. Así pasó a llamarse Leningrado (1924). Nombre que llevó hasta 1991.

Lenin parece ser el único personaje aclamado de aquella época. Bustos, estatuas y estaciones de subte con su nombre abundan por la ciudad. De los demás personajes, no se dice mucho. Incluso el museo de Historia política de Rusia cuenta una adaptación escolar de la trágica historia imperial, y por imperial también incluimos al imperio soviético.

Retrato de Lenin, el único personaje amado de la revolución

Retrato de Lenin, el único personaje amado de la revolución

Por último, ¿cómo se hace para escribir sobre una ciudad que vivió la guerra en carne propia sin nombrar una de las peores masacres de los nazis cómo fue el sitio de Leningrado?

En pleno contexto de la segunda guerra, Leningrado era el blanco que los alemanes anhelaban tomar. Los nazis llegaron a las puertas de la ciudad, pero los soviéticos, antes de eso armaron una defensa que consistió en poner minas subterráneas en toda la ciudad. Si los alemanes la tomaban harían volar todo por los aires, incluida la población local.

A los alemanes no les divertía tomar una ciudad repleta de minas y con más de tres millones de familias con hambre y frio. Optaron por lo no gastar balas y torturarlos de otra forma, sitiar la ciudad. Cortar todo suministro que llegaba del exterior y dejar que la población se muera de hambre y frio. El sitio de Leningrado duró más de 900 días, es decir, durante casi 3 años los peterburgueses (gran gentilicio para una ciudad comunista) debieron intentar sobrevivir en una de las condiciones más adversas que el ser humano puede soportar. Murió más gente en el sitio de Leningrado que en Auschwitz. Según cuentan, ante la desesperación por el hambre, empezó a surgir el canibalismo. El frío fue también una de las mayores causas de muerte. La cifra de muertos haciendo el millón de personas. Hay un diario muy corto y duro de Tatiana Sávicheva escrito en el momento del sitio.

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Pero la ciudad volvió a nacer y a reinsertarse. San Petersburgo recibe cientos de turistas a diario y está galardonada cómo una de las ciudades más lindas de Europa.

Caminar por ahí es caminar entre canales del tiempo y veredas de la historia. Dostoievski, Anastasia, Rasputín, Lenin y Gorvachov. Todos están ahí de alguna u otra forma.

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Rusia sigue conservando sus mejores galas zaristas, su imperio soviético y su alma bohemia y melancólica. El brillo imperial igualmente se mezcla con alguna hoz roja y amarilla, y con algún Mc Donald’s, eso sí, con las carteleras en cirílico (alfabeto local). El imperialismo capitalista también llegó.

Rusia nos encanta y eso ya lo sabíamos. Lo bueno es que esto recién empieza.

Adaptación de Mc Donald's

Adaptación de Mc Donald’s