Lo primero que llamó nuestra atención fue el lugar de la cita. En una ciudad inmensa como Shanghai podríamos haber acordado en cualquier otro lado un poco más original o, en todo caso, funcional.

Pero no nos importó mucho, veníamos del frío del norte de China, por lo cual la felicidad del calor y la humedad hacía que todo nos de lo mismo.

A los pocos minutos llegó junto a su amiga Marie. Eso también nos sorprendió. Sabíamos que venía con una amiga pero no imaginábamos que ese fuera su nombre. Las dos son chinas, las dos nacieron en una ciudad no tan grande, las dos hablan inglés perfectamente y las dos vinieron a Shanghai a buscar un mejor pasar. Las dos tienen un apodo occidental y nunca nos quisieron decir su nombre chino. Cenamos en el shopping, en el patio de comidas. Dudaron si comer en McDonald’s, pero nosotros insistimos que preferíamos comida china. Ordenamos sopas para los cuatro.

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Para nosotros, ellas eran dos tesoros en bruto. Muy pocas veces encontrábamos a chinos que hablen bien inglés. Teníamos tantas dudas, tantas preguntas, tantas hipótesis que refutar.

Nos contaron de sus vidas: las dos trabajan para empresas multinacionales, son secretarias de algún gringo y hablan muy bien inglés. Esa es su mayor capacidad laboral. Las dos viajaron fuera de China y las dos sueñan con casarse y tener una linda familia en una casa grande con un perrito, pileta y un auto. Aunque aseguran que si es por ellas preferirían no tener hijos, el cuerpo cambia mucho y el parto es doloroso. Tienen nuestra edad pero estamos los cuatro parados sobre un mundo completamente distinto.

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Más allá de ciertas diferencias, son simpáticas. Seguimos la charla en la sobremesa. No perdimos el tiempo y fuimos al grano. Les preguntamos por la Revolución Cultural que llevó a cabo Mao Zedong. No saben de que estamos hablando. Sospechamos que quizá “cultural revolution” no es el nombre correcto y buscamos su traducción al chino. Afirman que sí, que entienden la pregunta, pero que no saben de que estamos hablando. Contextualizamos.

– “Eso pasó hace mucho tiempo. A nadie le importa ya la historia. Todos los gobiernos se equivocan pero ahora ya estamos mucho mejor. Lo viejo, está pasado de moda.”  – dijeron.

Pedimos la cuenta. Ellas pagan lo suyo con el celular. La mayoría de los chinos lo hacen con Wechat. Una aplicación china mezcla de Whastapp y Facebook, dónde se puede cargar dinero y por medio de un código QR uno puede pagar la gran mayoría de las cosas.

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Volvemos a su casa. Nos van a alojar durante nuestros días en Shanghai. Nos preguntan en que parte de Europa está Argentina ¿Queda más cerca de París o de Londres? Nos fuimos a dormir temprano.

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Aprovechamos el día siguiente para caminar. La ciudad es enorme pero extrañamente tranquila. Las calles tiene nombre, los semáforos funcionan y no hay demasiados ruidos. Caminamos sin rumbo y buscando los lugares que las chicas nos marcaron en el mapa. La mayoría de los sitios eran mercados de diseño independiente, shoppings y zonas de bares con onda. En cada uno de esos lugares había muchísimos occidentales y muchísimos chinos metrosexuales. Casas de alta moda y de diseños que por momentos rozaban lo absurdo. Nosotros estábamos mal vestidos ahí, jean y zapatillas no eran la moda. Nos sentíamos en medio de la película Zoolander. Decidimos guardar el mapa y entrar a tomar un café en una librería. Estamos más cómodos entre libros que en los centros comerciales. La mayor diferencia es que acá somos las únicas dos personas tomando algo.

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A las 19 nos encontrábamos para cenar. La cita, cómo no podía fallar, fue en un shopping. Esta vez era en el más grande de Shanghai; incluso con una terraza para contemplar los grandes rascacielos y el ancho río que divide a la ciudad en dos. El paisaje es pintoresco aunque pensábamos encontrar muchos más edificios. Se nota que la ciudad creció en los últimos años.

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Les preguntamos por el mundo, por China, por Shanghai. Pero la conversación giraba en falso. Y no era la primera ni última vez que nos pasaba. En China la mayoría de los jóvenes son los únicos que hablan inglés y, aunque suene mal, sus mentes parecen estar atrofiadas. Desconocen del mundo que habitan, desconocen que hay detrás de las fronteras de China. La operación política fue un éxito, lograron tener una generación de idiotas que hacen fila para comprar el nuevo IPhone. La historia pasada no les interesa, es aburrida. La historia presente ni la conocen. No opinan de política, total tienen un solo partido y no pueden votar. No hablan de derechos ni obligaciones. Viven el día a día sin pensarlo.

Al día siguiente decidimos salir a recorrer la ciudad con nuestro mapa subjetivo. Vimos una foto de un jardín chino en una casa de postales y preguntamos dónde quedaba. Nos tomamos el subte en esa dirección. Efectivamente, era un pequeño lago con jardines en pleno corazón de Shanghai. Convivían arboles de Ginko Biloba con los enormes rascacielos. Además de los jardines estaba la casa dónde había vivido cierta dinástica China.

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Pasamos horas ahí hasta que llegó la hora de la cena. La cita era en el mismo escenario, otra vez un shopping. La única diferencia es que ahora los rascacielos tenían la bandera francesa. Habían ocurrido los atentados de París. Les preguntamos si supieron lo que había pasado. Dijeron que sí, que hubo un “accidente” en Francia. Les contamos que fuimos al jardín y según ellas fue una perdida de tiempo. Era viejo, feo y aburrido.

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Cuando le dijimos que teníamos intención de ir a Hong Kong se pusieron contentas por nosotros. Nos aseguraron que allá cada estación de subte esta dentro de un shopping y son mucho más grandes que los de Shanghai.

Nos despedimos con un abrazo. A fin de cuentas nos habíamos encariñado de su inocencia e ingenuidad. Eran unas niñas chinas viviendo en una gran ciudad. No es culpa de ellas, si no de las telaraña en la que se convirtió la China actual.

Antes de irnos les dijimos un secreto: Argentina no está en Europa.