Estamos en Dharamkot, India; en las llanuras del Himalaya. Ya llevamos casi 60 días viajando. Esta fue la primera vez que volamos fuera de nuestro continente Americano. Es, también, la primera vez que estamos tanto tiempo lejos de Buenos Aires. Es la primera vez que nos llamamos “viajeros”. Por primera vez junio coincide con los fines de la primavera.

Y ayer, fue mi cumpleaños. Mi primer cumpleaños viajando, lejos de nuestra casa, lejos de nuestras familias, lejos de nuestros amigos. Fue un cumpleaños distinto. Fue emotivo. Soy emotiva, debo reconocer.

Semanas atrás todos me preguntaban que iba a hacer para mi cumpleaños. Esa pregunta de la que no podemos escapar, sea navidad, año nuevo o nuestros cumpleaños. Y la verdad, no podía ponerle una respuesta a esa pregunta. Tampoco sabíamos a dónde íbamos a estar ese día.

Hace unos días conocimos a Vicki y Daniel, dos uruguayos que estaban recorriendo India por 5ta vez consecutiva. Luego conocimos a Inés y Alfonso, dos argentinos con los que compartíamos la misma travesía. El mate, el acento rioplatense (Salvo Alfonso que es de Santiago del Estero) y el extrañar un rico asado o un chivito uruguayo, entre otras coincidencias, nos aunaron. Así se corrió la bolilla de que era mi cumpleaños: “¿Qué vas a hacer el domingo?”

Festejar un cumpleaños en India me divertía. Además éramos 6, multitud. Se nos ocurrió ir a cenar unas pizzas, comida occidental si las hay.

El domingo amaneció con sol. Por la mañana fuimos a visitar el templo budista de Mc Leod Ganj. Un templo muy grande, donde está la casa donde se aloja el Dalai Lama cuando anda por estos pagos. Aquí se vive el budismo tibetano. Se percibe en la gente, en los carteles, en los colores. Aquí viven muchísimos tibetanos exiliados. Nos recuerda a Leh.

En fin, allí pasamos el día. Almorzamos en el templo, rodeados de turista, exiliados y monjes. Todos comiendo con las manos. Todos comiendo arroz.

A la tarde nos encontramos con unos 8 niños indios que nos saludaron, nos preguntaron nuestros nombres, profesiones, edad y de donde éramos. Lucas les dijo que era mi cumpleaños. Los 8 me saludaron uno por uno y me cantaron el feliz cumpleaños en hindi y en inglés.

Por la noche teníamos el gran festejo. Fuimos todos muy puntuales. Los abrazos fuertes, saludos y buenos deseos no faltaron. Tampoco los regalos y las sorpresas. Vicky y Daniel me sorprendieron con unas banderas tibetanas. Banderas de colores para colgarlas al viento a la vez que pedimos un deseo. Luego, Lucas, me regalo un libro que andaba queriendo, uno sobre la historia del hinduismo y sus dioses. Otra sorpresa. ¿Cómo lo compro si estuvimos todo el tiempo juntos? Inés y Alfonso fueron cómplices.

Cuando terminamos de cenar, ya en la sobremesa ¡Viene Alfonso con una torta!

Fue un cumpleaños distinto, especial y hermoso. Fue un cumpleaños donde extrañe a todos y cada uno de mis afectos. Fue un cumpleaños que, en Argentina, coincidió con el día del padre. Fue un cumpleaños donde me encontré rodeada de gente que hace pocos días acababa de conocer y donde todos y cada uno de ellos hizo algo lindísimo por mí. Un regalo, una torta y muchos abrazos.

Esa sensación de estar lejos no desapareció, pero se transformó. ¿Será que el mundo es nuestra casa? ¿Será que es un lugar que no deja de mostrarse hospitalario? ¿Sera que la gente que lo habita, es buena gente? La simpleza de este cumpleaños me encantó. Así fue que al otro día les agradecí a los 5 el hermoso cumpleaños que me hicieron pasar.

Y me di cuenta que ese deseo que pido siempre que soplo las velitas, hoy no es tan lejano. Que el mundo es uno y vale la pena conocerlo. Y que el amor, no algo extraño, está a la vuelta de la esquina. Que el amor somos nosotros, las personas. Que los pequeños detalles son en realidad lo grande de esta vida, son los que cuentan, son los que quedan. Y así fue este cumpleaños. Una hermosa enseñanza.

Los 24 me encuentran feliz, contenta y viajera.

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