Este texto intenta arrojar un poco de luz acerca de nuestro modo de viajar y de conocer el mundo. Preguntas cómo ¿Qué es viajar para nosotros?, ¿Por qué lo hacemos?, ¿Qué esperamos del camino? Buscarán alcanzar algún esbozo de respuesta y explicación.

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Sobre el viajar:

Viajar, para nosotros, es sinónimo de transformación y excede la cuestión nómada del asunto. Supone desaprender todo aquello que damos por verdades occidentales para empaparnos del bagaje cultural que encontramos a lo largo del planeta entero.

Viajar no se equipara solamente al desplazamiento geográfico entre un punto y el otro. También supone un movimiento interno acompañado de inquietud y de lectura. Viajar supone conocer la historia y dejarse tomar por esta. Visitar una plaza europea es mucho más rico cuándo uno sabe de las batallas y revoluciones que se libraron sobre esos mismos adoquines.

También supone conversar. Con nosotros mismos, entre nosotros y con todos aquellos personajes que el camino nos va presentando. ¡Qué tan rico puede ser viajar preguntando a las personas sobre su cultura, su historia, sus familias! Incluso, mucha veces esos mismos personajes fueron protagonistas de la mismísima historia reciente: soldados de Tito en Bosnia, sobrevivientes de la guerra de Vietnam, libertarios de la ex-Checoslovaquia, etc.

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Mercado de Zadar, Croacia

Viajar puede ser sinónimo de conocer, pero la cuestión ya no radica en la exteriorización del mismo sino en la incorporación de todo aquello que uno ve y siente. India en eso es maestra de los viajes y de los viajeros. Es una lección de humanidad y eso no se debe perder nunca de vista a la hora de conocer nuevas formas de vivir. Sea en Latinoamérica, en Paris o en Hong-Kong viajando siempre vamos a tener una personas sentada al lado nuestro. No desaprovechemos la oportunidad de conversar y descubrir cuántos verdades (o no) tiene ese otro para decirnos.

Viajar es volver a asombrarse de lo inmenso, lo magnífico y lo temible del mundo en que vivimos. Un mundo que, sin dudas, alberga muchos mundos.

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Indios curiosos en Manikaran, India

Sobre la globalización y los viajes instagrameables:

Dijimos que uno viaja para conocer nuevas culturas. Las imagina exóticas, con otros valores y conocimiento. Pero, ¿Qué pasa cuándo uno se encuentra que esa otra cultura milenaria viste de la misma manera que nosotros y tiene las mismas aspiraciones materiales?

¿En dónde queda la diversidad en tiempos de globalización masiva? Quizá suene egoísta, pero en nuestro caso tanta obturación subjetiva nos desconcierta. Seguimos eligiendo ver a una chola con trenzas y pollera, a una india con sari y henna en sus manos. Pero lo cierto es que, probablemente, ambas prefieren ponerse un jean y zapatillas de lonas.

Queremos, insistentemente, seguir preservando las diferencias (sean en los rasgos, en el lenguaje, en la cultura) que habitan el mundo. Por que en la diferencia está la riqueza. El único modo que encontramos, por ahora, es conocerlas y escribir sobre ellas.

Recolectoras de té en Sri Lanka

Recolectoras de té en Ella, Sri Lanka

No queremos que el mundo moderno siga tapando las singularidades, bloqueando las diferencias y sumergiéndonos en ese caldo de cultivo propio que son las sociedades capitalistas: misma moda, misma ropa, misma música y mismos miedos ante lo otro distinto.

Músico en Mostar, Bosnia y Herzegovina

Músico en Mostar, Bosnia y Herzegovina

Decir que el viajar es un proceso más interno que externo no parece ser novedad. Pero afirmar eso (e intentar vivirlo) en la época de las selfies y las redes sociales es todo un desafío. Por eso intentamos vivirlo de otra manera, buscando la manera de acercarnos a las distintas culturas desde un lugar menos nocivo. Tratando de pasar desapercibidos y de inmiscuirnos lo más posible en la cultura local. Eso requiere más esfuerzo y tiempo de nuestra parte pero creemos que nos da mejor resultado.

No medimos la calidad del viaje en base a los “me gusta” y las veces que se compartió en las redes sociales. Medimos el viaje en base a nuestras experiencia, en nuestros aprendizajes y en nuestros errores. Tampoco viajamos con el famoso palito para las selfies, creemos que más que la foto lo divertido sigue siendo pedirle a alguien que te la saque y de ese modo comenzar una conversación.

Notamos cada vez viajeros más individualizados, más pendientes del wifi del hostel que de la conversación que está ocurriendo en la cocina. Notamos los viajes cada vez más como un bien más de consumo, que como la posibilidad de conocer nuevas culturas.

Sobre el modo de viajar:

Podríamos viajar en avión (hay muchas compañías low cost) para llegar a un nuevo país o ciudad pero de ese modo nos perderíamos los cambios en la geografía, en la arquitectura e incluso en los rasgos de las personas. En cambio, viajando por tierra un uno va percibiendo las variaciones.

Imagínense un pueblito tibetano en medio del Himalaya. El acceso por tierra supone 40 horas de viaje en algún tipo de vehículo. La ruta comienza a los 1000 msnm y supone cruzar 4 pasos de más 5.000 msnm en el medio para finalmente llegar al destino a unos 3000 msnm. Toda esa travesía supone un carácter especial en sus habitantes que han recorrido eso a pie, a caballo o en caravanas desde tiempo inmemoriales. Si uno toma un vuelo de una hora no sabe nada de la ruta ni de las condiciones adversas que hay para llegar ahí. Ya tenemos una primera diferencia a la hora de intentar conocer la cultura nueva. Si a eso le sumamos viajar con reservas, con excursiones y con poco tiempo solo lograremos tener imágenes superficiales de los lugares. Pero si al llegar por tierra le sumamos llegar con un camionero o con una familia que nos levanto mientras hacíamos dedo, llegamos con un punto a favor. Llegamos conociendo al menos algo o a alguien. Por ese elegimos viajar por tierra y a dedo, excede lo económico. Viajar a dedo nos permite aproximarnos a las personas. Romper esa barrera entre turista con rasgos occidentales y personas locales.

En algún lugar del Himalaya entre India y Nepal

En algún lugar del Himalaya entre India y Nepal

Es mucho más esfuerzo: tenemos que ver el mapa, evaluar los caminos posibles para llegar, ver dónde pararnos, tener suerte, procurar no dormirnos en el auto, sacar temas de conversación cuándo el idioma está de nuestro lado, ver dónde bajarnos, etc. Tenemos que elegir, sabiendo que podemos ganar o perder en el camino. Si vamos en tren, avión o colectivo sólo tenemos que procurar sacar el boleto y tratar de tener la mochila lista en el horario de partida. Viajar de esta manera implica mucho de nosotros, ya que somos nosotros los que hacemos nuestro viaje. Ninguna secretaria de ninguna agencia de turismo se ocupo de ello. Viajar así cansa, pero lo seguimos eligiendo.

Exige más atención, más decisión, más esfuerzo y sobre todo más tiempo. Ningún itinerario exprés deja lugar a esto. Lo nuestro seria algo así como un “Slow Travel” o viaje lento, muy lento.

Charlando en Tangalle, Sri Lanka

Charlando en Tangalle, Sri Lanka

Sobre escribir y viajar o sobre los personajes de viaje:

Le ponemos el cuerpo al viaje, le ponemos emociones, y le ponemos palabras. Por eso nos gusta tener un blog. Nos gusta describir los lugares a través de la gente que los habita. Dejamos que el viaje nos transforme e intentamos transformarlo nosotros. A veces también, intentamos sacar sonrisas. Aunque sea preguntando “¿Cómo estás?” a las personas que nos miran con cara rara mientras vendemos postales en las calles de Europa.

El blog busca escribirse desde una perspectiva de género. Pero esto ya excede lo femenino y lo masculino, sino que el género que acá buscamos revivir y revalorizar es el género humano en tanto supone personas diversas con emociones y afectos.

Monje tibetano en Leh, India

Monje tibetano en Leh, India

Posiblemente sea una especia en camino a la extinción. Los medios siguen sembrando el odio y las diferencias entre culturas, siguen nombrando la otredad como eso a destruir y reducir. Nosotros por el contrario intentamos construir en base a eso. Las diferencias culturales (y esas no hay que buscarlas en la Indochina, un pibe de González Catán ya supone una otredad para la sociedad porteña de Caballito) son esos reflejos que muestran a la humanidad como tal.

Esas diferencias se exacerban a la hora del viaje. Uno viaja desnudo, sin conocer la lengua, la cultura ni la historia. Pero quizá, cuándo más abismales son las diferencias, mejor. Uno se refleja en un espejo de cuerpo completo y puede dar cuenta de lo majestuosa que es la sociedad humana. Viajando nos medimos, nos conocemos y sabemos de que somos capaces (en lo bueno y en lo malo), como sociedad. Intentando volver a sembrar esas antiguas leyes de la hospitalidad que veían al otro como un ser de saberes dignos de ser conocidos y aprehendidos.

En algún tren de Punjab, India

En algún tren de Punjab, India

Sobre la suerte del viajero:

Mientras viajamos nos sentimos vivos. Así de complejo y así de simple. Tal como suena. Sentimos que ahora estamos haciendo lo que queremos. Aunque sea comer siempre lo mismo, dormir en lugares no muy limpios y extrañar a la familia. Sentimos que somos nosotros verdaderamente.

Viajamos con dos centavos. A dedo, durmiendo en dónde podemos, lavando la ropa a mano cada noche, comiendo fiambre y frutas de algún mercado, caminando demasiado y sonriendo. Porque a pesar de no viajar con lujos, viajamos libremente.

Reflejos de Viena, Austria

Reflejos de Viena, Austria

Festejamos ser los dueños de nuestro tiempo y por ende de nuestra vida. Somos muy afortunados. También lo sabemos. No todos tienen las posibilidades (y eso excede lo monetario) de plantarse un estilo de así. Por eso, nunca dejamos de agradecer. No hay noche dónde no nos detengamos a pensar en dónde estamos y de todo lo que recorrimos. No hay día dónde no nos levantamos agradeciendo por tener un día más de viaje.