Si, si, por lastimado y jodido que uno esté, siempre puede uno encontrar contemporáneos en cualquier lugar del tiempo y compatriotas en cualquier lugar del mundo. Y cada vez que eso ocurre, y mientras eso dura, uno tiene la suerte de sentir que es algo en la infinita soledad del universo: Algo más que una ridícula mota de polvo, algo más que un fugaz momentito.

Eduardo Galeano

Cuando uno se va de viaje, generalmente deja muchas cosas atrás (no te olvidés del pago si te vas pa’ la ciudad, cuanti más lejos te vayas más te tenés que acordar). Uno deja familia, amigos, costumbres, comidas, lugares y emociones. Muchas veces uno deja un pueblito, una ciudad, un país, incluso a veces un continente. Las despedidas siempre son un momento difícil. Es un abrazo que dice mucho. Que no se sabe cuándo va a volver a suceder.

La primera semana en Delhi para nosotros fue bastante dura. Estábamos desconcertados. Primero no consideramos que el jet lag se iba a sentir tanto (son ocho horas y media con Buenos Aires). Y segundo fue el periodo donde más extrañamos. Donde no entendíamos lo que nos rodeaba, el calor nos agobiaba, la gente nos perseguía para vendernos cosas, y nosotros, entre el sol que quemaba en nuestras cabezas y la transpiración, apenas atinábamos a decir que no. El cansancio nos dominaba y dormíamos todo el día. Nos recorría una sensación de “¿Para qué vinimos?”

Es muy fácil distinguir a un gora entre la multitud (gora significa blanco en hindi y lo utilizan para referirse a los turistas occidentales). Es distinta nuestra contextura, nuestro color de piel, nuestras costumbres. Nosotros aparecemos como extraños y sacados de contextos. Pálidos, empapados en sudor, muertos de sed. Casi como ridículos en un entorno que es totalmente ajeno.

Interactuar con otros turistas en parte nos hacía sentir identificados. Hablamos con personas que venían a la India en busca de algo. Algunos a meditar, otros a hacer yoga, otros a meterse a un ashram, otros a ver el Taj Mahal. Algunos por meses, otros por pocos días, pero todos teníamos algo en común. Éramos extranjeros y en India es una marca que no te podés sacar. Obviamente con algunos compartíamos más, con otros menos, pero sin embargo hay algo que te identifica, el estar lejos de tus costumbres. Pero también con otros turistas nos sentíamos distintos. Todos los que íbamos conociendo eran europeos. Y nuestras costumbres también son distintas.

Necesitábamos ese abrazo compañero. Ese abrazo que te saca una sonrisa. Pensamos mucho en nuestras tierras. Para nosotros el encuentro entre latinoamericanos es distinto. De alguna forma estamos hermanados. Es un continente que corre por las venas de cualquiera que lo habita. Nos permite reencontrarnos con nuestra historia.

Esos encuentros comenzaron a producirse en Leh. Nosotros viajamos con mate, y hasta ese entonces (día 29 del viaje) no lo habíamos tocado. Decidimos usarlo para desayunar. Y automáticamente funcionó como imán para otro rioplatense. Se nos acerca un chico sonriendo y nos dice “¿Argentinos o Uruguayos?”. Y nosotros, sonrientes y alegres dijimos “Argentina” al unísono. Hacia un mes que estábamos en India y era la primera vez que alguien nos hablaba en castellano. Y claro, nos pusimos a tomar mate. Esa misma noche conocimos a otro argentino y juntos compartimos algunos  de nuestros días en Leh. Y de paso hicimos un trekking para continuar adentrándonos y conocer más el Himalaya (que en esa misma caminata nos regaló una hermosa nevada).

Iván, el primer argentino que conocimos.

Iván, el primer argentino que conocimos.

Gabriel, un argentino que vive en Madrid.

Gabriel, un argentino que vive en Madrid.

La intensidad del viaje, el estar lejos y el extrañar hace que estos encuentros entre compatriotas de la misma lengua se vivan con mayor energía. Que alegría compartir un mate, un recuerdo sobre alguna calle o una rica comida. Estos encuentros se viven con una fuerza particular, y más cuando se crea una linda energía entre las personas en cuestión.

Hay equipo

Hay equipo

La nevada que nos regalo el Himalaya

La nevada que nos regalo el Himalaya

Ahí nos despedimos, cada uno siguió su camino y volvimos a viajar solos. Si bien ahora teníamos más tiempo para nosotros o para el blog, se extrañaba la complicidad de un amigo. Y así pasamos las semanas, viajando solos.

Fue en Dharamkot, un mes después,  que entramos en un café, y escuchamos ese acento rioplatense. Las sonrisas se nos dibujan en la cara. Ahora preguntamos nosotros “¿Argentinos o Uruguayos?” en este caso la respuesta fue “Uruguayos”. ¡Qué lindo volver a encontrarnos con nuestro acento! Ellos, viajeros experimentados que casi nos doblaban en edad y energía. Despertaron en nosotros admiración y alegría. Y charlando fue que les contamos que faltaba pronto para el cumpleaños de Ludmila.

A los días conocemos a nuestros nuevos vecinos de habitación: dos argentinos que hace unos años viven en Brasil. El cumpleaños fue la excusa para encontrarnos los seis. Y la magia ocurrió. Las risas y sonrisas se multiplicaron.

Festejo de cumpleaños con rioplatenses.

Festejo de cumpleaños con rioplatenses.

Quizá por esto o con la excusa de tomar clases de yoga o de cocina, nuestra estadía en Dharamkot se prolongó más de lo pensado. Estábamos cómodos, estábamos en buena compañía. El tiempo pasaba y nuestras ansias por seguir conociendo nos llevaron a levantar vuelo. Una vez más nos despedíamos. Esta vez sabíamos que quizá India volvería a juntarnos, y así fue.

En plena clase de cocina.

En plena clase de cocina.

Nuevamente aparecieron las sonrisas. Sonrisas que hablan de la complicidad, del compartir, del sentirse un poco más en casa estando tan lejos. Sonrisas que nos unen.

¿Sonrisas de encuentro o encuentro de sonrisas? ¿Quién llama a quién? ¿Importa? Lo que importa es la intensidad de los encuentros. El encontrarse con otro par, semejante y compinche. Entenderse con miradas cómplices. Reír. Volver a hablar en nuestra lengua. Compartir un mate. Sonreír.

Hay equipo II.

Hay equipo II.

Pero ojo, no solo reímos, sonreímos y nos encontramos con viajeros como nosotros. Los encuentros de sonrisas también se dan con la gente de acá, y quizá es en las sonrisas (a veces tímidas, a veces grandes, con muchos o pocos dientes) donde podemos comunicarnos. Y si las palabras no alcanzan, mejor que lo digan las imágenes:

En Dharamkot. Niña que no paraba de posar para las fotos.

En Dharamkot. Niña que no paraba de posar para las fotos.

En un tren a Jammu. Anita y Ludmila.

En un tren a Jammu. Anita y Ludmila.

En Haridwar. Niñas que nos pedían que le saquemos fotos para después verlas.

En Haridwar. Niñas que nos pedían que le saquemos fotos para después verlas.

Pastando cabras en las afueras del Taj

Pastando cabras en las afueras del Taj

En Haridwar. Vendedor de kumkum.

En Haridwar. Vendedor de kumkum.

Los hermanos y la foto

Los hermanos y la foto