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La poesía que la tecnología nos ha robado

“Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Lleva un mapa. Ve por tierra. Cruza a pie la frontera. Escribe un diario. Lee una novela sin relación con el lugar en el que estés. Evita usar el móvil. Haz algún amigo”.

Paul Theroux.

Recuerdo hace diez años uno de mis primeros grandes viajes, a Bolivia. Me parecía épico lanzarme en aquel entonces a ese totalmente desconocido país para mi. En realidad, todo me parecía épico en aquel entonces. Fuí con dos amigos y muy poca plata; coincidíamos con la primera asunción del presidente Evo Morales. En ese viaje de un mes alternaba alojamientos entre hostels y carpa. Las estaciones de tren o colectivos, bares o plazas eran los sitios ideales para conocer otros viajeros. Desde el día dos del viaje, nuestro grupo de tres se amplió. Amigos que hicimos en la ruta se unían a nuestro viaje, luego se separaban y más tarde los volvíamos a encontrar. Todo se debatía en una sobremesa y la gente de alrededor se unía a la charla. Es cómo si la gente estuviese concentrada en aquí y ahora. “El sábado que viene a las 19:00 horas nos volvemos a encontrar en Plaza Murillo” y funcionaba.

Aquel que tuvo la oportunidad de viajar hace 10 años puede notar el gran cambio que produjo la tecnología en los viajes. Cada persona genera su propio mundo con su móvil, tablet o computadora. Cada vez hay más auriculares y gente que come leyendo su muro de Facebook. Es verdad que en algún punto las redes sociales nos permiten estar más conectados, uno puede enterarse al instante del nacimiento de un sobrino o saludar a un amigo por el cumpleaños, pero también es verdad que se pierden el foco del lugar en el que estamos.

La tecnología incorporó grandes ventajas a los viajes, mapas, referencias y la posibilidad de comprar pasajes online. Pero es muy delgada la línea de no sobrepasar ese límite y terminar creyendo que todo se resume a unas pantallas de algunas pulgadas. El desafío es controlar ese impulso de verificar las notificaciones y dar lugar a las otras relaciones sociales, en carne y hueso. Estar presente aquí y ahora.

Hace un tiempo tuve la suerte de poder recorrer el Desierto de Gobi por poco más de una semana. Lejos de una ducha, un baño occidental o una conexión a internet. Lo viví de alguna forma como un proceso de desintoxicación colectiva, con la gente que me acompañaba ya no mirábamos una pantalla, sino atardeceres, paisajes y a nosotros mismos. Sin lugar a dudas, ese viaje, con conexión a internet no hubiese sido el mismo. Cuando se acaban las palabras nos dimos cuenta que el silencio en la vastedad del desierto no incomoda y que hay veces que une mucho más contemplar el mismo punto del horizonte que hablar banalidades. Y como ese se me ocurren varios momentos más en nuestros viajes, como el Pamir, travesías en barco, campamentos rodeados de hippies o pueblos en India que no aparecen en los mapas. A veces por decisión propia y otras tantas por cuestiones que no manejamos. Pero siempre volvemos a la misma conclusión. Es lindo desconectarse.

Recuerdo también aquella vez en Agra que salimos a caminar buscando un lugar para comer. El calor era insoportable y esa mañana nos habíamos levantando antes del alba para visitar el famoso Taj Mahal. Inesperadamente nos cruzamos un desfile de personas con música y un hombre montado en un caballo. Los seguimos con más curiosidad que otra cosa. Se detienen en un portón y poco a poco van entrando. Como veníamos caminando con ellos nos invitan a entrar. Era una boda, se realizaba en el parque de una casa donde estaban dispuestas mesas y sillas para los invitados. Nosotros dos estábamos ahí, sucios, desprolijos pero contentos. Sin esperarlo, sin planearlo nos invitaron a una boda hindú. Beatriz Sarlo no es para nada una de mis escritoras favoritas, pero cada tanto escribe algo interesante. En su libro viajes dice “Se viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie”. Los mejores viajes incluyen saltos fuera del programa, y por suerte esos saltos todavía no se pueden encontrar en internet o bajar desde una aplicación.

Que cada uno viaje como quiere, que cada uno ponga sus prioridades. Está el viajero que cruza la frontera y se detiene en un negocio de telefonía a comprar un chip de ese país para estar conectado y está, también, el viajero que se dejó el teléfono en su casa porque no le interesa saber nada. Imposible juzgar los modos de viajar, pero si quedara algún nostálgico como yo en alguna ruta del mundo le daría un solo consejo. Que dejemos la tecnología de lado, que no dejemos morir la épica, como la de aquellos viajes eternos que nos maravillaban, y que recuperemos un poco la poesía que el mundo parece perder.

Orchha, remanso viajero
Bienvenidos a Orchha

Bienvenidos a Orchha

Ya habíamos visitado Agra (y el imponente Taj Mahal) y ya habíamos visto los “no templos del kamasutra” en Khajuraho. Nuestro próximo destino era Varanasi. No tardamos en darnos cuenta que necesitábamos un pequeño recreo en nuestro itinerario que ahora nos llevaba por la “ruta turística de la India”. Orccha fue nuestro recreo.

Mezcla de casas abandonadas y vida de pueblo.

Mezcla de casas abandonadas y vida de pueblo.

Llegar a Orchha fue como tomarnos un descanso. Salir del sistema ya armado entre el turista y el vendedor. Necesitábamos descansar. Muchos dirán ¿Descansar de qué si viven de vacaciones? Nosotros no estamos de vacaciones, estamos viajando y para nosotros son distintas concepciones. Todos los días son muy distintos entre sí, y todo el tiempo nos estamos moviendo. Y cuando no estamos haciendo dedo o buscando el andén en que para nuestro tren, estamos aprendiendo y conociendo y cuándo no, estamos intentando escapar de las garras de algún cazaturistas de turno. Todo el tiempo tenemos que pelear hasta el precio del agua, que te la quieren vender más cara por el solo hecho ser de otro país. Queríamos estar tranquilos, queríamos salir a la calle y saludar a la gente sin tener que esperar que nos quieran vender algo.

Orchha - 2En realidad llegamos a Orchha con muy pocas referencias (la mejor manera de llegar a un lugar). Lo único que sabíamos es que nos teníamos que tomar un tren a Jhansi y de ahí un rickshaw. Pero era suficiente para saber que mucha gente no iba para esos lados, y los que iban lo hacían solo por el día.
Orchha es un pequeño pueblo, llamarla ciudad sería mucho si tenemos en cuenta que son menos de 10.000 habitantes (para la India es muuuy poco). Tiene una pequeña estación de tren donde pasan 2 trenes por día. Uno que va hasta Khajuraho y otro que vuelve. Y tiene una ciudad (Jhansi) enorme a 20 kilómetros.

Ganesha

Ganesha

Llegamos a Orchha un mediodía de mucho sol. Decidimos posponer la tarea de buscar un guesthouse bueno, bonito y barato para almorzar primero. Nos sentamos en un restaurant y toda la familia que allí vivía nos saludó. Cuánto hacen que no nos saludaban o sonreían. El padre (dueño del restaurant) se acercó hasta para preguntarnos como queríamos los fideos que habíamos ordenado. No tardamos mucho en darnos cuenta cómo sería nuestra estadía en el pueblo.

Orchha - 11

Orchha es un pueblito para ser caminado varias veces. Primero porque no hace falta caminar más de 5 minutos para perderse en el medio de la nada. Donde no se ve nada más que campo. Y segundo por la amabilidad de la gente. Todas las personas saludan y sonríen. Si hicieran una de esas estadísticas de los lugares más felices, no nos sorprendería que Orchha esté entre las primeras de la India.

No fuimos los únicos con planes de descasnae

No fuimos los únicos con planes de descasnar

El color de los mercados

El color de los mercados

Orchha es un lugar poco visitado por los turistas. Aparece en las guías de viaje recomendado para ir a pasar el día solo por la riqueza arquitectónica. Y son pocos los turistas que llegan a la ciudad. ¿Será por eso que la gente es tan amable? ¿Por qué aún no fueron arrasados por nuestros intereses occidentales?

La riqueza arquitectónica

La riqueza arquitectónica

Orchha - 6

Orchha - 7

Orchha debe su popularidad a su pasado. Supo ser capital de la dinastía de los Bundella, por lo cual sus pocas calles se entrecruzan entre templos y palacios donde habitaban dioses y reyes ya hoy olvidados. Casi 20 construcciones aguardan hoy ser visitadas. Desde un imponente palacio a números templos o sitios sagrados y simples patios o plaza que se corresponden con el mismo estilo Bundella. Y de ese mismo pasado de dinastías y grandes ceremoniales hoy solo quedan ruinas. Esas calles por las que reyes y dioses desfilaron hoy son escenarios de mercados callejeros. Son la tierra perfecta para dibujar una rayuela y ponerse a saltar. Son el asiento perfecto para que dos ancianos se sienten a descansar y ver la vida pasar. Cada callecita, cada rincón, cada casa encierra la misma belleza que los palacios.

Lo que supo ser el palacio

Lo que supo ser el palacio

De los reyes, solo vimos lo que supo ser su dinastía, esa que no vimos pero nos contaron. De la gente, solo vimos su pueblito, sus miradas y algo de su historia. Esa historia que se entremezcla entre reyes y dioses, entre India y revolución, entre personas del barrio y entre turistas que llegan buscando un lugar para descansar.

Escena típica

Escena típica

Un casamiento en India

El destino hizo que asistamos a un casamiento en India. Aquí les contamos nuestras vivencias y lo que sabemos de lo que nos dijeron de cómo funcionan aquí los casamientos. Podrán leerlo todo junto o separado, ustedes eligen.

Verán que faltan fotos. No era nuestro plan asistir a un casamiento y salimos a cenar con la poca batería que nos quedó tras visitar el Taj Mahal.

Lo que vimos (o como vivimos el casamiento)

 Esa tarde hacía muchísimo calor, y el cansancio se sentía porque esa mañana nos levantamos 4:30 para ver el amanecer en el Taj Mahal. El ventilador apenas podía dar vueltas, y el poco aire que tiraban era caliente. Las moscas revoloteaban como si el calor las estimulase.

De repente empezamos a escuchar ruidos de tambores. Gran barullo venía de la calle. Empleamos nuestras pocas fuerzas las para salir y ver qué pasaba. Vimos a un hombre montado a caballo y vestido con ropas lujosas y un turbante distintivo. Iba rodeado de varias personas. Todas festejando y todas vestidas con sus mejores ropas. No faltaban los chicos. La gente se asomaba a la calle a saludar. Los auto tocaban bocina (¿Cuándo no?). Y adelante iba la banda musical abriéndole camino por medio de la calle.

El chico que trabajaba en el Guest House nos dijo que se trataba de un casamiento y el que iba montado a caballo era el novio. Los que los acompañaban eran familiares y amigos. Y se dirigían al lugar donde se iba a realizar la ceremonia.

Así vimos pasar la caravana y volvimos a nuestra posición de calor agobiante, los 2 postrados abajo del ventilador. Nos pusimos a charlar sobre las ganas que teníamos que nos inviten a un casamiento hindú. Siempre está presente la idea de meternos todavía más en la cultura local. Si bien la gente es muy abierta y nos invita a la casa, necesitamos un paso más. Necesitamos vivenciar un día como un indio. Desde la mañana y los rezos, los desayunos diferentes, los trabajos, las tareas de la casa, la relación en el barrio, etc. Si bien hace 3 meses que vivimos en la India, de alguna manera vivimos en partecitas. Nunca estuvimos más de 20 días en una misma ciudad. Y para meterte de lleno necesitas más. Necesitas vivir en ese lugar.

Pero volviendo al tema del casamiento, nos atraía primero por una cuestión de rareza y diferencia con el nuestro, y segundo porque es un evento social importante para ellos. Se juegan las relaciones de las familias. Que los matrimonios arreglados, que tal vez no se conocen, que la dote, que la chica deja de vivir con su casa materna y se va a vivir a la casa del marido, donde también viven sus padres, hermanos, primos y sobrinos.

Con esas inquietudes salimos a cenar. Como si no hubiéramos previsto el destino de la noche salimos en ojotas y la transpiración de todo el día a cuestas. No fueron más que 50 metros los que nos hicieron notar que el “gran evento” se celebraba a la vuelta de nuestra habitación.

Como quien acelera el paso, casi marchando pero sin trotar, nos apuramos para ver que acontecía esa tarde de calor en Agra. Desde la vereda de enfrente vemos al mismo novio con ropas lujosas parado sobre un pequeño pedestal rodeado de personas y músicos. Se acerca una señora, su madre quizá, y comienza a recitar unas palabras mientras lo rodea. Al mismo tiempo que agita unos sahumerios. Muchas cámaras y celulares captaban el momento. Sigilosos nos vamos acercando hasta quedar a unos pocos metros de distancia del novio. Terminado el pequeño ritual de saludo en la calle, el novio y los invitados proceden a entrar a lo que sería el salón al aire libre. Nosotros todavía seguíamos dudando si sacar o no la cámara de fotos. Los invitados seguían entrando pero ahora nos hacían señas de que entremos nosotros también. Nos miramos, casi riéndonos, y sin dudarlo fuimos para adentro.

Una vez adentro del salón, ya como invitados oficiales al casamiento (el novio también nos había hecho gestos para que entremos) se acerca el hermano del novio. Él vivía en Calcuta, hablaba unas palabras en español y era un gran seguidor del futbol argentino. Hablando de Messi y Maradora, nos presenta a su familia y nos invita a sentirnos libres y cómodos, a comer y beber todo lo que quisiéramos y a hacerle todas las preguntas necesarias. Nos avisa, también, que la novia llegaría en unas dos horas y que a medianoche sería la ceremonia nupcial.

De a partir de ahí la tarde/noche no fue la misma para nosotros. ¡Estábamos en medio de un casamiento hindú! Y no nos habíamos colados, éramos invitados. También sabíamos que no íbamos a pasar desapercibidos. Todos nos miraban fijo no solo porque nuestras vestimentas no eran las adecuadas, sino también porque los indios en general son muy cholulos, y les encanta hablar y sacarse fotos con extranjeros. En la fiesta la gente se acercaba primero a saludar al novio (la novia todavía no había llegado) y después a nosotros.

Los mozos de la noche

Los mozos de la noche

Algunos de los pequeños invitados:

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La comida merece un párrafo aparte. Había carpas alrededor, como de feria, cada una con una comida distinta. Algunas dulces, otras saladas. También había fruta. Pero no había ni una sola gota de alcohol. Las comidas eran de lo más variadas, algunas las habíamos probado pero otras eran totalmente nuevas para nosotros o quizá las habíamos visto y no nos animábamos a desgustarla.

Hojas de Betel con vaya a saber uno que acompañamiento

Hojas de Betel con vaya a saber uno que acompañamiento

La gente nos perseguía por todo el salón para traernos comida. En ciertos momentos teníamos 3 o 4 diferentes platos de comida en la mano (que nos habían traído distintas personas). Hacíamos malabares para que no se caigan al piso. Pero sin embargo seguían trayéndonos más, estábamos llenos, pero no queríamos ser descorteces. Comimos helado de mango, con una porción de frutas y unas bolas de papa con salsa más un vaso de gaseosa, todo junto y a la vez. La gente nos saludaba y acto seguido nos preguntaban si habíamos comido, y aunque decíamos que sí, que estábamos llenos, algo nos traían o mandaban traer. Hasta los mozos estaban avisados de que debían estar atentos a que no se nos acaben las bebidas. Además de las carpa con los distintos puestos de comidas había un espacio de mesas y sillas. No eran las famosas mesas asignadas a las que estábamos acostumbrados, sino que eran mesas largas para unas 20 o 30 personas. La gente se iba sentando por tandas y les servían lo que sería el plato principal. Todo lo que nosotros habíamos comido eran solo las entradas o los postres.

Las mesas principales

Las mesas principales

Tras deambular entre mesas, invitados y platos de comida nos dimos cuenta que la gente a medida que iba comiendo se iban acercando al podio donde se realizaría la ceremonia. Una vez en ese sector no nos ofrecieron más comida. Allí descansaban los músicos.

Momento relax

Momento relax

Seguíamos haciendo sociales cuándo vemos que los músicos se van hacia la puerta del predio. Estaba por entrar la novia. Ahora los cholulos éramos nosotros. Cámara en mano y con música de fondo la novia entró al salón escoltada por dos mujeres más y unos niños (quizás sus hermanas y sobrinos). El brillo de su rostro y de su ropa encandilaba. Tenía puesto un hermoso sari (ropa típica para las mujeres en India) todo bordado a mano, muchos anillos, pulseras y los típicos dibujos de henna en sus manos y pies. Nosotros parecíamos embobados mirándola. Y ella, se sonreía por dentro, miraba de reojo, se notaba que estaba nerviosa, que todas nuestras miradas la incomodaban. Nosotros seguíamos atentos a ella y a la situación. La mirábamos y pensábamos que pasaría por su cabeza ¿Tendría ganas de casarse?

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Caminando con ella y los músicos nos acercamos al podio donde la esperaba el novio (que parecía doblarla en edad). Se saludan y se colocan mutuamente unos collares con flores naturales como símbolo de aceptación mutua. Luego se sientan en un sillón que hasta ese momento había sido el escenario de juego de todos los niños de la fiesta. Así permanecerán por horas mientras todos los invitados de la fiesta pasamos uno por uno a sacarnos una foto con ellos.

Serían las diez de la noche y todo seguía igual, la gente comía y los novios sonreían para las fotos. Nosotros seguíamos haciendo sociales. Los sobrinos del novio (tres hermanos de nuestra edad) fueron nuestros cómplices en la fiesta, con ellos charlamos y les hicimos esas preguntas que teníamos en mente (sobre India, sobre el casamiento, sobre la religión). Pero estábamos cansados. Ese día nos habíamos levantado a las 4:30 para ver el amanecer en el Taj Mahal. El tiempo pasaba y falta más de una hora para la ceremonia. La gente comenzaba a irse. Nosotros también, al día siguiente teníamos tren temprano en la mañana.

Los novios saludan en el atrio

Los novios saludan en el atrio

Lo que nos contaron

El sistema indio de casamientos comienza, por lo general, cuando una chica cumple 18 (en la antigüedad era a los 3 o 4 años). La familia es la encargada de buscarle novio. La búsqueda se centra en un joven un poco más grande que ella, pero de la misma religión y casta. Que tenga buenos estudios y un buen ingreso.

Como la tarea no es sencilla, los familiares y amigos ayudan a la búsqueda. No es raro encontrar anuncios en los diarios donde la familia publique a la  candidata. Aunque suene más burocrático que amoroso así es el proceso. Por eso es muy común que se casen personas que apenas se vieron en su vida. Pero de a poco va cambiando. Si bien no está bien visto que un o una joven tenga novia/o,  en las grandes ciudades los padres aceptan que los mismos chicos le comuniquen con quien les gustaría casarse. Pero siempre está en juego la aprobación familiar y estas son las excepciones más que las reglas de juego.

La pareja con los padres de la novia.

La pareja con los padres de la novia.

Esto del matrimonio arreglado que tan retrogrado parece no queda acá. En el proceso de búsqueda de consorte los padres de la mujer deben aclarar cuál es el dote (suma de dinero, alhajas o tierras) que ofrecen. Si el valor es muy inferior correr en el riesgo de que nadie acepte a su hija, y una hija soltera es una humillación. Para una familia de clase media-baja el mínimo de dote considerado es de unas 10.000 Rupias (166 u$s). Hoy el dote esta prohíbido por ley pero socialmente sigue vigente. Además del dote la familia de la novia debe hacerse cargo de los gastos de la boda.

El problema para la familia no termina una vez encontrado un candidato, ahora deben dirigirse a un astrólogo para que verifique que sus cartas natales son compatibles. Al mejor estilo Roberto Galán el astrologo dirá si habrá futura pareja o no. También determinará la fecha y la hora que debe realizarse la ceremonia. La aprobación del astrologo es crucial ya que si hay compatibilidad se generará el amor en la pareja. Esto explica porque la tasa de divorcio en India es tan baja, solo el 1,1% de las parejas se divorcia. ¿O quizá tendrá que ver con los pocos derechos de la mujer en esta sociedad?

En fin, en caso de ser un matrimonio arreglado, en el mejor de los casos la pareja puede verse 2 0 3 veces a modo de encuentros sociales para conocerse. Sino, se conocerán el día de la boda. En el caso del casamiento del cual participamos nos dijeron que no era un matrimonio arreglado pero si con consentimiento familiar.

Si el dote, la casta y las cartas natales son compatibles se pasa a la celebración de la boda. Que como dijimos corre por cuenta de la familia de la novia. La boda suele ser un pomposo festejo con comida en abundancia. Es habitual que se invite a un sacerdote o brahman para que oficie la ceremonia de unión. El casamiento también implica que la mujer pase a ser parte de la familia del novio de ahora en más. Ya hemos hablado de la difícil situación de la mujer como patrimonio de la familia del marido cuando este muere (las viudas de Vrindavan).

Volviendo a la ceremonia  de unión esta es solo un momento entre los varios días de festejo. El momento más importante de la ceremonia es cuando la futura pareja realiza sus votos manteniendo una suerte de dialogo donde se prometen cuidado y respeto a la vez que realizan 7 vueltas alrededor de pequeños montículos de fuego. A la vez los padres de los novios oran. Todos estos rituales se realizan cuándo la mayoría de los invitados se han retirado. La familia de la novia realiza una última ofrenda donde entrega finalmente a su hija a la vez que une las manos de la pareja.

El podio donde se celebra la unión

El podio donde se celebra la unión

Ahora sí, la mujer ha dejado de pertenecer a su familia que la vio crecer. Nunca más podrá volver a casa de sus padres. La pareja y los padres del novio se marchan en carruaje a la vez que se tiran fuegos artificiales para festejar la unión. Tras otro pequeño ritual los novios finalmente podrán descansar, comer  y estar tranquilos en su noche de bodas.

La celebración de una boda puede durar unos dos o tres días y suelen ser divertidas para todos, salvo los novios que se las pasan de ritual en ritual.

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Tanto los novios como nosotros todos terminamos ese día cansados pero sabiendo que era un día único y especial por distintos motivos.

Vrindavan: Ciudad de viudas y Hare Krishnas

Luego de despedirnos de Agra y de todo lo que allí se vendía (quizá despedirnos para siempre, ya que no es una ciudad a la que volveríamos) decidimos que queríamos volver a India, a esa India más mística y profunda que tanto nos gusta.

Mathura

Nuestro itinerario desprolijo nos llevó visitar una ciudad llamada Mathura, a unos 50 km de Agra, a una hora de tren. Mathura es una de las 7 ciudades sagradas de India. Se la considera una ciudad sagrada ya que allí nació Krishna, uno de los tantos dioses del hinduismo. Pero Krishna no es un dios cualquiera. ¿Que sabemos de él? Para el hinduismo es una de tantas reencarnaciones de Vishnu (una de las tres deidades principales). Krishna es uno de los dioses más adorado y querido en India. Su existencia está rodeada de números leyendas y mitos que cuentan desde sus travesuras de niño hasta sus amoríos de adolecente. Es reconocido por haber sido un buen pastor que protegía a todas sus vacas (Si, esta historia tiene que ver con el porque las vacas son sagradas) y  de paso por haber estado con casi todas las pastoras de la región. Es fácil reconocerlo en imágenes, su piel es azulada y suele están en compañía de vacas, de un arco y de su flauta traversa. Cada uno de estos elementos se vincula  con las distintas escenas y vicisitudes de la vida del dios.

Imagen de Krishna tomada en el ISKON

Imagen de Krishna tomada en el ISKON

Llegamos un día de lluvia y humedad insoportable, el calor nos agobiaba. Bajo este contexto no tardamos mucho en darnos cuenta que éramos los únicos dos turistas que visitaban el pueblo. Y así comenzó nuestra estadía allí, sucesivos y desafortunados hechos nos hicieron replantear nuestra visita en la ciudad. Pero por suerte se convirtieron en simples anécdotas:

La primera tiene que ver con el viaje que une las ciudades de Mathura y Vrindavan. Tomamos un rickshaw compartido con otras 6/7 personas (cuando la capacidad sería para unas 4). En ese contexto a Lucas le toco ir de espaldas haciendo equilibrio para no caerse. Al haber tanta gente viajaba con la rodilla para afuera, hasta que otro rickshaw se pegó demasiado y apretó la rodilla entre los dos vehículos. El resultado fue un simple moretón. Por suerte nada más.

Otra anécdota que nos llevamos de la visita sucedió caminando por las calles de Vrindavan. Era pleno mediodía y el sol rajaba la tierra. Hacía mucho calor y casi no había gente en la calle, solo nosotros buscando un lugar tranquilo para comer. Y en ese estábamos cuando un mono, con toda la habilidad vino corriendo detrás, apoyó sus extremidades en la espalda de Ludmila y sin siquiera despeinarla le robó los anteojos de sol. Antes que reaccionemos ya se había trepado a un árbol. Lo vimos ahí, sentado, rompiendo las patas de los anteojos.

¿Qué hacer bajo este contexto? Llegamos un viernes y teníamos boletos de tren para el domingo a la noche. No teníamos muchas opciones más que lamentarnos, malhumorarnos y odiar India. O podíamos tomárnoslo con calma, saber que en un viaje no todo es color de rosa todo el tiempo, y disfrutar lo más posible nuestra pequeña estadía en ambas ciudades. Nos inclinamos por la segunda opción.

Vecina a Mathura (a unos 10 kilometros) está su prima hermana, la ciudad de Vrindavan. Ciudad famosa por ser la ciudad donde Krishna creció.

Mathura, en las orillas del río Yamuna

Mathura, en las orillas del río Yamuna

Vrindavan

Llegamos a Vrindavan sabiendo que además de ser una ciudad importante para el hinduismo por ser la ciudad donde creció Krishna, también debe su importancia por ser la ciudad donde se encuentra uno de los templos más importantes del ISKON. Es decir, uno de los templos más importantes para los adeptos a cierta escuela de Hare Krishna. Y dicho esto nos encontramos, con muchos Hare Krishnas cantando y bailando al ritmo “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama”. Cientos de devotos vestidos de blanco y con toda la cabeza rapada salvo el mechón de pelo que se dejan crecer. Y entre los cientos de Hare Krishna encontramos a muchísimos occidentales creyentes, era fácil reconocerlos por la piel, los ojos, los rasgos y los gestos. Nos sorprendió la gran cantidad de blancos camuflados en el conjunto de devotos. A pesar de nuestro encuentro con occidentales seguíamos siendo los únicos dos turistas de la ciudad.

El templo desde afuera

El templo desde afuera

Una devota en plena ceremonia

Una devota en plena ceremonia

Los cánticos alegóricos

Los cánticos alegóricos

Visitamos el templo, la arquitectura y el lujo era ejemplar. No era un templo hinduista común y corriente. Varios se acercaron a darnos folletos explicativos (en hindi, lengua oficial de India), a vendernos libritos y a pedirnos donaciones para las vacas. ¡Era la primera vez que nos pedían plata para una vaca y no nos la comíamos en un asado!

Por si no nos creen

Por si no nos creen

Tan importantes son las vacas que mucha gente las alimenta en las calles

Tan importantes son las vacas que mucha gente las alimenta en las calles

La ciudad de las viudas:

De Vrindavan también sabíamos que era conocida por ser la “ciudad de las viudas”. Recordamos la deuda inmensa que tiene India con la figura de la mujer, Vrindavan seguía dando cuenta de lo mismo. A grandes rasgos sabemos que hasta 1829 si una mujer desgraciadamente enviudaba la costumbre del satí la obligaba a tirarse a la pira funeraria de su difunto marido, muriendo inmoladas junto al cuerpo. Los ingleses abolieron esta práctica en el periodo colonial. Si bien hoy no se continúa usando la práctica del sati, la realidad no es nada fácil. Una mujer cuando se casa pasa a ser parte de la familia del marido. Si este se muere pasa a ser una mera propiedad. Sin importar la edad que tenga. Hay viudas de 15 años y las hay más grandes. Todas pasan por lo mismo. Son las culpables de la desgracia del marido. Por eso las mandan a una suerte de “destierro” a lugares como Vrindavan, a vivir en pésimas condiciones; Compartiendo el cuarto con 10 mujeres más, en el mejor de las casos. A vivir del mendigar y de limosnas. Y sabiendo esto empezamos a prestar más atención y si, el número de viudas que habita la ciudad de importante (un 30% de  la población). Era fácil reconocerlas, van vestidas de blanco con una vasija de metal para almacenar la comida y plata que recolectan en el eterno girar por la ciudad. Fue un domingo que nos asomamos a uno de los tantos templos de Vrindavan y descubrimos un playón con muchísimas mujeres (todas de blanco) rezando. Luego nos enteramos de que quizá era algún ashram de viudas a donde van a pasar el día rezando y limpiando a cambio de un plato de comidas. No nos pareció adecuado fotografiarlas, si lo hacíamos sentíamos que seguíamos reforzando ese lugar de objeto. Les debemos las imágenes.

Las calles de Mathura

Las calles de Mathura

Grupo de devotos en una pequeña procesión

Grupo de devotos en una pequeña procesión

Tras recorrer Vrindavan con sus realidades tan distintas entre sí: los Hare Krishnas y las viudas decidimos darle una nueva oportunidad a Mathura (la ciudad contigua). Llegamos con ganas de conocer otra de las ciudad sagrada (anteriormente habíamos estado en Haridwar), de empaparnos de misticismo y de compartir con la cultura local. Pero no habíamos tenido en cuenta un detalle: no sabíamos hablar Hindi. Es fácil olvidarse que el inglés no es la lengua oficial, que es una lengua impuesta y que desgraciadamente es la única que nosotros aquí sabemos hablar. Que difíciles que son los desencuentros del idioma.  Mathura nos mostró lo ignorantes que éramos, cuanto nos falta saber y conocer. Uno puede decir que existen idiomas universales que todos conocemos como ser las sonrisas y determinados gestos con las manos (dormir, comer, los números, etc.) que muchas veces nos sacan del paso, pero a la hora de conocer una cultura local nos dejan por fuera. Y así fue, por Mathura caminábamos como extraterrestres, todos nos miraban, algunos nos sonreían o saludaban otros intentaban vendernos algo, pero a cada paso sentíamos todas las miradas en nuestros hombros. Una vez más no podemos sacarnos nuestro disfraz occidental. Más de una vez tuvimos ganas gritar “¡¿Que me miras, tengo un mono en la cara?!” pero para que gastarnos, nadie nos iba a entender. Miradas y bocinas, muchas bocinas, esos recuerdos nos quedan de Mathura, de la que se dice que es una ciudad sagrada.

La poca mística con la que nos encontramos

La poca mística con la que nos encontramos…

...Quizá solo había que buscarlo en la naturaleza

…Quizá solo había que buscarlo en la naturaleza

Taj Mahal, el sufrimiento detrás

Sabemos que no podemos no escribir sobre el Taj Mahal y todo lo que representa. Sabemos que es uno de los emblemas de India, cómo sí fuera lo único que el país ofrece para los tours armados de 15 días (además de basura, vacas y gente pobre en la calle). Sabemos que India es un país controvertido, que hay que tenerle paciencia y que ofrece mucho más de lo  que se cree. En estos 3 meses hemos visto una India hermosa y diversa.

Viajamos con el plan de conocer. De conocer lo más que podamos, decir todo sería un imposible. Y en plan de conocer llegamos a Agra y al famoso Taj Mahal. Famoso y controvertido. Hermoso y gigante, pero con una historia trágica detrás.

Así lo vimos desde afuera.

Así lo vimos desde afuera.

Sabemos que el Taj Mahal suele ser un punto complejo en la vida de cualquier viajero que visita India. Forma un nuevo capítulo de la lucha Viajeros vs Turistas. Como si ser viajero sería conocer lugares poco populares, estar mucho tiempo en cada destino, conocer e interactuar con gente local y mantener un presupuesto de lo más escueto. Por el otro lado tenemos a los turistas: tours armados, visitas relámpago a cada destino, millones de fotos, contingentes de japoneses, un presupuesto mucho más holgado. Para aquellos que dicen llamarse viajeros el Taj Mahal escapa el itinerario, como si fuera una turisteada. Además excede el presupuesto mochilero (la entrada esta 750 Rupias = 13 u$s). Los viajeros buscan diferenciarse y para muchos es un insulto que los denominen turistas. Y por no caer en la simpleza de visitar los lugares más populares muchos terminan por perderse una maravilla del mundo, cómo el Taj Mahal.

Es verdad  que los lugares turísticos son más caros, las ciudades se acomodan y transforman en torno a la atracción y la gente se dedica a hacer de eso un negocio. Pero sin lugar a dudas pensamos en venir a visitarlo, preparándonos para el ambiente que nos iba a rodear. Estábamos en India, estábamos cerca, teníamos la posibilidad ¿Por qué no venir?

Ya habíamos recorrido durante algunos días la ciudad y era el momento de entrar a la majestuosa construcción. Nos levantamos bien temprano (4:30 AM) por 3 motivos principales: ver le amanecer en el Taj Mahal, recorrerlo sin tanta gente, y evitar el calor. Es insoportable, el verano indio en esta parte es muy caluroso.

Llegamos a la misma hora que los primeros rayos del sol. Teníamos que comprar las entradas y pasar los controles de seguridad. Sabíamos lo que íbamos a ver, lo habíamos visto miles de veces en fotos y videos, pero el simple hecho de estar cerca, hacía que nuestra ansiedad aumente a cada paso.

Una vez adentro del complejo una nueva arcada se interpone en nuestro camino. A paso rápido la cruzamos. Y allí estaba, majestuoso y solemne. Inmenso y con un blanco resplandeciente. Tardamos 3 meses en venir a conocerlo y sí que valió la pena. Los dos teníamos los ojos bien abiertos a pesar del sueño. No podíamos dejar de mirarlo. Es una belleza que atrapa y cautiva. Es mucho más impresionante de lo que se ve en las fotos. Recién al tenerlo en frente nos dimos cuenta de su inmensidad.

Así de reflejado e imponente

Así de reflejado e imponente

Describir el Taj Mahal no es nada fácil. ¿Cómo poner en palabras todo lo que el lugar simboliza? Pero vayamos de a poco.

Todo vimos alguna vez alguna foto o postal del monumento de mármol blanco, pero ¿Qué sabemos de él? Es un mausoleo, una tumba. Está a orillas del río Yamuna, un afluente del Ganges, también considerado como un río sagrado.

El Taj Mahal fue construido en medio del dolor y tragedia de una muerte, habla del amor y de la vida. Habla del derroche y de la locura. Intenta reflejar el paraíso en la tierra. Se encuentra envuelto en misterios y preguntas de las cuales no tenemos respuestas.

Fue construido por el emperador musulmán Sha Jahan de la dinastía mogola. Su bella esposa, Mumtaz Mahal falleció al dar a luz a su hijo número 14. Mumtaz no era la única esposa del emperador, pero si su favorita, de allí su nombre que significa “la elegida del palacio”. La muerte enloqueció al emperador, no solo se declaró en duelo sino que dedicó su vida a construir la tumba de su difunta esposa. Y eso es el Taj Mahal, una tumba. Pero no cualquier tumba, su construcción tardó 20 años y requirió de las manos de unos 20.000 obreros. Para su realización hicieron traer planchas macizas de mármol blanco y cualquier cantidad de piedras semipreciosas de casi toda Asia.

Los detalles arquitectónicos

Los detalles arquitectónicos

Cuenta la leyenda que una vez finalizado el mausoleo el emperador mandó cortar todas las manos y quemar todos los ojos de los arquitectos que intervinieron en la construcción cuestión de que nunca se repitiera tamaña obra de arte. Ante el derroche de dinero que llevó a cabo la construcción del Taj Mahal uno de los hijos del emperador decide arrestarlo a fin de conservar el patrimonio del imperio. El flameante emperador pasó sus últimos días encerrado en una torre en el Agra Fort a unos 2 km de Taj Mahal. Cuentan por ahí que el emperador tenía planeado construir una réplica del mausoleo en mármol negro para que descansen sus propios restos, pero una vez prisionero fue imposible tal construcción.

El arrogante emperador intentó recrear el paraíso en la tierra. Para ello se inspiró en la arquitectura persa e india y en los párrafos del Corán. Algunos están relatados en las paredes de mármol. Estas inscripciones hablan más que nada del día del juicio final y de la recompensa que nos espera en el paraíso. Los jardines, los canteros de flores y los canales de agua buscan la perfección. Todo está perfectamente calculado y todo tiene una razón simétrica de ser. Finalmente su amada descansa en paz.

Enumerar la cantidad de detalles arquitectónicos del complejo no tendría sentido y tampoco nosotros estamos capacitados para hacerlo, pero lo que si podemos trasmitir son nuestras sensaciones al estar ahí adentro. Ambos quedamos fascinados, boquiabiertos. Ambos nos preguntamos sobre el amor y sobre sus extremos. La belleza del lugar intenta opacar la crueldad de la muerte.

Desde alguna de las vistas laterales.

Desde alguna de las vistas laterales.

El Taj Mahal también nos llevó a preguntarnos por la naturaleza humana, por su arrogancia y su sed de tener y ser más. ¿A costa de que se construyó el Taj Mahal? ¿Cuántos obreros dejaron sus vidas en el desenfreno de la construcción? Siempre, detrás de la perfección de edificios, monumentos o ciudades, hay un látigo y hay esclavos. Son las reglas de juego. Alguien manda, muchos obedecen. El Taj Mahal no es la excepción ¿Qué habrán pensado esos 20.000 obreros esclavos, flacos, mal alimentados al ver sus últimas energías irse a costa del capricho de un emperador arrogante?

El Taj Mahal busca marca una diferencia, busca ser distinto. Busca ser imponente. Busca estremecer a dioses y reyes (ya hoy muertos y olvidados.) Lo logró, y hoy mismo lo sigue logrando. Imposible no asombrase y no alabarlo. Imposible pasarlo por alto.

Con el sol un poco más alto

Con el sol un poco más alto

Varios siglos después sigue estremeciendo a muchos. Y hoy, no son los obreros los que dejan su vida en la construcción pero sí lo son los habitantes de Agra. Ya hemos dado nuestra impresión de la ciudad, pero podemos agregar que Agra solía ser una ciudad industrial y fabril. Y por culpa de la erosión que causa la polución en el mármol blanco todas las fábricas debieron cerrar. Lo importante es preservar el monumento (y el ingreso que genera).

El Taj Mahal, controvertido personaje, nos cuestionó. Nos asombró y nos enamoró, y luego de ir procesando todo la información que nos brindó, caímos en la cuenta de que habla de nuestra naturaleza humana. La belleza y la majestuosidad a causa del sufrimiento de 20.000 esclavos infelices.

Nuestra última mirada desde el Agra Fort

Nuestra última mirada desde el Agra Fort

Agra, ciudad de pobres corazones

Llevábamos 3 meses de viaje y Agra era un destino que no llamaba nuestra atención en lo absoluto. Quizá porque sabíamos que era uno de los destinos más visitados de India (unos tres millones de turistas al año). Conocer el Taj Mahal lejos estaba de ser uno de los motivos para venir a India, es más casi que habíamos olvidado su existencia hasta que Agra se interpuso en nuestro itinerario.

Allí nos esperaba el Taj Mahal, ya les contaremos más

Allí nos esperaba el Taj Mahal, ya les contaremos más

Nos encontrábamos en Haridwar y a cualquier lugar que planeásemos ir estábamos obligados a pasar por Agra. Dado que viajamos sin tiempos ni nada muy previsto decidimos dedicarle unos días a la ciudad del Taj Mahal. ¿Sería acaso lo único que había para hacer en Agra? ¿La ciudad solo ofrecía excursiones al famoso mausoleo y otras antiguas construcciones? Nuestra visita fue en pleno verano y época de lluvias, confiábamos en que la temporada baja sea realmente una baja de turistas.

Fue al bajar del tren que una horda de taxistas y ricksahaws nos acorralo ofreciéndonos llevarnos a destino ¿Qué destino si recién acabábamos de llegar a la ciudad? Terminamos viajando con un musulmán que parecía más prolijo que el resto de la docena de taxistas. Tras llevarnos a varios hoteles recomendados por él terminamos consiguiendo alojamiento. No habían pasado más de media hora de nuestra estadía en Agra que ya nos estaban vendiendo paquetes para recorrer en un día todo lo que había para hacer en la ciudad. Nadie entendía que nosotros no queríamos conocer todo en un solo día.

Las calles del barrio

Las calles del barrio

Decidimos salir a caminar y a cenar, y de nuevo la misma escena. Siete u ocho rickshaws ofreciéndonos sus servicios. Cómo trasmitir la sensación de estar atrapados entre varios indios que hablando en hindi ponían sus taxis delante de nosotros. En ese momento se escapó alguna que otra puteada argentina. Tras esquivar a los taxis la cantidad de personas que se acercó a pedirnos plata fue inconmensurable. Era solo vernos para que corran a nosotros niños, jóvenes y ancianos y todos repitan la misma frase “Hello, money”. Como si fuera nuestro nombre. Y los comerciantes sea de fruta, ropa o souvenirs del famoso Taj tampoco dejaban de acosarnos.

Hasta paseos en dromedario ofrecian

Hasta paseos en dromedario ofrecian

No tardamos mucho en darnos cuenta que hay no éramos viajeros ni mucho menos. En Agra éramos gringos con el signo dólar tatuado en la frente. ¿Qué diferencia había entre un contingente de japonés y nosotros? En Agra todo daba lo mismo. En ningún momento pudimos camuflar nuestro disfraz occidental.

Hello, Money” era lo único que escuchábamos, lo único que nos decían, para lo único que servíamos. Agra nos mostró otra cara de India, quizá la más ruda, la que menos nos gusta, la menos humana, la más comercial.

Allí todo tenía precio. TODO. Por ejemplo en las afueras del Taj Mahal se nos acercan 3 hermanitos que estaban jugando, nos miran, nos sonríen y nos piden que les saquemos una foto. Nos piden verla. No terminamos de mostrárselas que aparece una señora, la mamá quizá, y nos pide “money”. “Hello” y “money” las únicas frases en ingles que era necesario aprender de memoria.

Los hermanos y la foto

Los hermanos y la foto

Todo tenia precio. Y nosotros éramos quienes teníamos dólares, euros o pesos argentinos. Cualquier moneda valía más.

Agra nos llevó a preguntarnos por la dignidad. ¿Qué de la dignidad de esas personas que a cada momento nos querían timar o que sin importar que estaban haciendo (quizá trabajando) nos pedían “money”?

Pastando cabras en las afueras del Taj

Pastando cabras en las afueras del Taj

¿Acaso es culpa nuestra? ¿Acaso somos nosotros con nuestros euros, dólares o aires occidentales que nos llevan a creernos dueños del mundo, los que le quitamos la dignidad a buena parte de una ciudad? Somos nosotros los que nos tomamos solo un día para conocer todo lo que hay para hacer en Agra. Somos nosotros los que pagamos por una foto. Somos nosotros que lo único que damos es plata, nunca una sonrisa, nunca transmitir amor. Agra nos hizo acordar a Cusco en Perú, otra de esas ciudades que por culpa del turismo se quiebra, se fragmenta, se comercializa. Todo es un bien más del mercado, aunque sea una foto o una sonrisa.

Y estos escenarios a nosotros nos ponen incómodos, nos llevan a hacernos muchas preguntas. Estando ahí, pagando más 1.000 rupias cada uno (16,5 u$s) en entradas a las atracciones del lugar (lo cual es excesivamente caro para India) y no dando ninguna limosna. ¿Hacíamos bien? ¿Hacíamos mal? ¿Debíamos dar plata?

Le dedicamos unos 3 días a la ciudad. Entendimos que éramos los únicos. Todos los turistas contrataban excursiones para recorrer la ciudad en un día. Claro, mucho más fácil, solo tenían un día para lidiar con lo agobiante de la ciudad.

Nosotros le tuvimos más paciencia. Y así fue que la recorrimos lento, caminando, de a poco. Así fue le dedicamos el atardecer  y el amanecer al Taj Mahal. Fuimos a ver la puesta de sol sobre el imponente edificio. Lo vimos desde Mehtab Bagh, un parque con vista a la parte de atrás del monumento. Luego le dedicamos el amanecer y la mañana siguiente a recorrerlo por dentro. Visitamos el Agra Fort, un fuerte construido en la misma época y con una hermosa vista al Taj Mahal. También caminamos por varios mercados.

En Agra Fort

En Agra Fort

Pasillos

Pasillos

Patios internos

Patios internos

Y muchos detalles en marmol

Y muchos detalles en marmol

Podríamos decir que estábamos incomodos con la lógica propia de la ciudad. No es lo que nosotros buscamos ni queremos generar. Fue en este estado de enojo y disconformidad fue que salimos a tomar nuestra última cena en la ciudad. Camino al centro comercial vemos que están festejando un casamiento. Curiosos nos asomamos y es así que el hermano del novio nos invita a participar de la celebración. No lo dudamos mucho. En la fiesta todos fueron amables con nosotros, nos preguntaban de donde éramos y sobre nuestras vidas, nos contaban de las suyas, nos presentaban a sus familias y todos procuraban que no nos falte ni comida ni bebida. Una vez más India nos sorprende.

El casamiento nos permitió amigarnos un poco más con la ciudad, nos recordó que “Hello, Money” no es nuestro nombre ni algo que nos enorgullezca.

Así nos despedimos del Taj Mahal

Así nos despedimos del Taj Mahal

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