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La poesía que la tecnología nos ha robado

“Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Lleva un mapa. Ve por tierra. Cruza a pie la frontera. Escribe un diario. Lee una novela sin relación con el lugar en el que estés. Evita usar el móvil. Haz algún amigo”.

Paul Theroux.

Recuerdo hace diez años uno de mis primeros grandes viajes, a Bolivia. Me parecía épico lanzarme en aquel entonces a ese totalmente desconocido país para mi. En realidad, todo me parecía épico en aquel entonces. Fuí con dos amigos y muy poca plata; coincidíamos con la primera asunción del presidente Evo Morales. En ese viaje de un mes alternaba alojamientos entre hostels y carpa. Las estaciones de tren o colectivos, bares o plazas eran los sitios ideales para conocer otros viajeros. Desde el día dos del viaje, nuestro grupo de tres se amplió. Amigos que hicimos en la ruta se unían a nuestro viaje, luego se separaban y más tarde los volvíamos a encontrar. Todo se debatía en una sobremesa y la gente de alrededor se unía a la charla. Es cómo si la gente estuviese concentrada en aquí y ahora. “El sábado que viene a las 19:00 horas nos volvemos a encontrar en Plaza Murillo” y funcionaba.

Aquel que tuvo la oportunidad de viajar hace 10 años puede notar el gran cambio que produjo la tecnología en los viajes. Cada persona genera su propio mundo con su móvil, tablet o computadora. Cada vez hay más auriculares y gente que come leyendo su muro de Facebook. Es verdad que en algún punto las redes sociales nos permiten estar más conectados, uno puede enterarse al instante del nacimiento de un sobrino o saludar a un amigo por el cumpleaños, pero también es verdad que se pierden el foco del lugar en el que estamos.

La tecnología incorporó grandes ventajas a los viajes, mapas, referencias y la posibilidad de comprar pasajes online. Pero es muy delgada la línea de no sobrepasar ese límite y terminar creyendo que todo se resume a unas pantallas de algunas pulgadas. El desafío es controlar ese impulso de verificar las notificaciones y dar lugar a las otras relaciones sociales, en carne y hueso. Estar presente aquí y ahora.

Hace un tiempo tuve la suerte de poder recorrer el Desierto de Gobi por poco más de una semana. Lejos de una ducha, un baño occidental o una conexión a internet. Lo viví de alguna forma como un proceso de desintoxicación colectiva, con la gente que me acompañaba ya no mirábamos una pantalla, sino atardeceres, paisajes y a nosotros mismos. Sin lugar a dudas, ese viaje, con conexión a internet no hubiese sido el mismo. Cuando se acaban las palabras nos dimos cuenta que el silencio en la vastedad del desierto no incomoda y que hay veces que une mucho más contemplar el mismo punto del horizonte que hablar banalidades. Y como ese se me ocurren varios momentos más en nuestros viajes, como el Pamir, travesías en barco, campamentos rodeados de hippies o pueblos en India que no aparecen en los mapas. A veces por decisión propia y otras tantas por cuestiones que no manejamos. Pero siempre volvemos a la misma conclusión. Es lindo desconectarse.

Recuerdo también aquella vez en Agra que salimos a caminar buscando un lugar para comer. El calor era insoportable y esa mañana nos habíamos levantando antes del alba para visitar el famoso Taj Mahal. Inesperadamente nos cruzamos un desfile de personas con música y un hombre montado en un caballo. Los seguimos con más curiosidad que otra cosa. Se detienen en un portón y poco a poco van entrando. Como veníamos caminando con ellos nos invitan a entrar. Era una boda, se realizaba en el parque de una casa donde estaban dispuestas mesas y sillas para los invitados. Nosotros dos estábamos ahí, sucios, desprolijos pero contentos. Sin esperarlo, sin planearlo nos invitaron a una boda hindú. Beatriz Sarlo no es para nada una de mis escritoras favoritas, pero cada tanto escribe algo interesante. En su libro viajes dice “Se viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie”. Los mejores viajes incluyen saltos fuera del programa, y por suerte esos saltos todavía no se pueden encontrar en internet o bajar desde una aplicación.

Que cada uno viaje como quiere, que cada uno ponga sus prioridades. Está el viajero que cruza la frontera y se detiene en un negocio de telefonía a comprar un chip de ese país para estar conectado y está, también, el viajero que se dejó el teléfono en su casa porque no le interesa saber nada. Imposible juzgar los modos de viajar, pero si quedara algún nostálgico como yo en alguna ruta del mundo le daría un solo consejo. Que dejemos la tecnología de lado, que no dejemos morir la épica, como la de aquellos viajes eternos que nos maravillaban, y que recuperemos un poco la poesía que el mundo parece perder.

Cruzar el mar Caspio en un barco carguero

Eran las cuatro de la mañana, no había señales del amanecer ni tampoco del barco carguero que cruzaría el mar Caspio para llevarnos de Kazajistán a Azerbaiyán. Estábamos sentados en el puerto de Aktaú, en la intemperie y en unas sillas improvisadas tomando un té con un joven bielorruso y un viejo turco, conductor de un camión que también estaba esperando para cruzar. Nos perdimos la mitad de la conversación, un poco porque era en ruso, otro poco por el sueño.

Sabíamos que los barcos que cruzan el mar Caspio eran impuntuales, pero imaginamos que podíamos esperar ya a bordo, durmiendo, o en algún cómodo sillón. Pero no, todo está pensado para camioneros. No es un barco de pasajeros. Los camioneros duermen en sus camiones, que son como sus casas donde llevan desde cocina hasta un DVD portátil. Nosotros quedamos a merced de la noche, como el bielorruso. Él tenía la ventaja de poder hablar ruso con los kazajos, pero nosotros, también, teníamos nuestra ventaja. Él no tenía ticket, nosotros sí.

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Recién a las cinco de la mañana llegó el barco. Hicimos migraciones, nos despedimos del bielorruso con la esperanza de verlo arriba del barco y nos metimos en un camarote caluroso para tratar de dormir un poco. Dormimos hasta que casi nos tiraron la puerta abajo para avisarnos que estaba el desayuno. En el medio, había pasado sólo dos horas.

Era un barco que incluía todas las comidas pero lejos estaba de ser un crucero de lujo. Si bien teníamos un camarote para nosotros solos, era precario. El óxido era el principal protagonista de todo. En total éramos alrededor de veinte pasajeros. Dieciséis camioneros turcos, una pareja de franceses y nosotros (el bielorruso finalmente no subió). Lo curioso es que con los únicos que compartíamos un idioma común era con los franceses, pero fue con quienes menos nos comunicamos.

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Las comidas eran sosas, pero las señoras que la servían eran amables. El mayor pasatiempo de los pasajeros era tomar té, jugar a las cartas y fumar. El nuestro pasear por la cubierta, mirar el horizonte y leer.

Para ser sinceros, el camino más fácil para llegar a Azerbaiyán hubiese sido haberse tomado el avión, pero nos inclinamos por otra opción un poco más lenta: cruzar desde Kazajistán a Azerbaiyán en barco. A fin de cuentas, se trata de un medio de transporte que está en peligro de extinción. Los barcos se van dejando de usar. Todo por la necesidad de ser modernos.

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El último barco que nos habíamos tomado fue rumbo las Islas Andamán. En total, cinco días en el Océano Índico marcados por la rutina. Horario de lectura, de comida, de escritura, de más comida, de charlas, de cartas. Mientras eso transcurría sentía estar viviendo la muerte de un medio de transporte. Los barcos para pasajeros van a desaparecer a excepción de los lujosos cruceros.

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Por eso, cuando surgió la posibilidad de ir en barco hasta a Azerbaiyán no lo dudé, le insistí a Ludmila y me dispuse a disfrutar de uno de los placeres que se nos priva bastante. 
Uno de los mayores lujos del barco es disponer de tiempo para dejar que la mente fantaseé y nos lleve por viejos recuerdos y nuevas ideas. Una especie de meditación en altamar para curar los dolores del alma. Una cura simple pero que nadie tiene tiempo de practicarla.

Fue un viaje corto, de 30 horas, pero sirvió para sentir el viento en la cara, ver las gaviotas volar y pensar en lo que todavía queda del viaje.

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Travesía en barco rumbo a las Islas Andamán

Imagínese que por los siguientes cinco días usted va a convivir en un barco bastante desvencijado junto a otros seiscientos indios. El barco parte del puerto de Chennai, una de las ciudades más caóticas y feas de India con destino a las fabulosas Islas de Andamán. La hora de partida aún no está confirmada y la fecha aún puede estar sujeta a cualquier tipo de desperfecto técnico o climático. Pero no sea una persona negativa, recuerde cuánto le costó conseguir el dichoso boleto para subir a este barco.

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Su destino final va a ser Port Blair, la ciudad capital de las Islas de Andamán. Pero el trayecto no es directo, debe realizar dos paradas intermedias en las Islas Nicobar. Recuerde que ahí no puede bajar, en esas islas no pueden descender ni los indios. Sólo son habitadas por nativos y el único contacto que tienen con el mundo es a través del cuerpo militar.

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¿Nunca había oído hablar de las Islas de Andamán y Nicobar? No se preocupe, nosotros tampoco. Las islas son parte de India aunque geográficamente están más cerca de Tailandia y Myanmar. Incluso son parte del mismo cordón montañoso que conforman el archipiélago de Indonesia.

Qué sean parte del territorio indio solo fue cuestión del destino y de los ingleses. Fueron ellos quienes las conquistaron y comenzaron a usarlas como zona de destierro y prisión. Las islas fueron la Siberia de la colonia británica. Pero la colonia cayó y pasaron a ser parte de la India independiente. No muchos viajeros la visitan y muchos menos llegan en barco. Nuevamente: siéntase un afortunado y preste atención a la siguientes instrucciones.

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Tras varios controles de seguridad finalmente va a llegar al puerto de Chennai. Allí lo esperara amarrado el MV Campbell Bay. Es un barco grande y moderno aunque el blanco de la pintura compite con bastantes manchas de óxido. También va a notar que de la chimenea sale demasiado humo y que este es demasiado negro, pero no se alarme es uno de los barcos más nuevos de los que realizan este recorrido. Sólo data de la década del ’70. Ya sabe como es India, aunque las cosas sean viejas y estén en un aparente mal estado, funcionan. A diferencia de los grandes cruceros que recorren la costa de mar Mediterráneo o de Brasil este no posee grandes lujos. No hay piscina, ni gimnasio, ni casino a bordo. Tampoco posibilidades de hacer shopping. Sólo hay un salón comedor, una sala de estar y una larga cubierta. Agradezca que hay más de un baño y agua fresca con la cual lavarse la cara todas las mañanas.

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En concordancia con la sociedad india el barco no se desentiende de las cuestiones clasistas y de castas. El barco, respetando la lógica de los trenes indios, está dividido en tres clases. La mayoría de los pasajeros viaja en Bunk Class. Es la clase más barata y la más populosa. Imagínese un gran salón con casi 400 camas y unas pocas paredes de madera que hacen de medianeras y líneas divisorias entre las literas. Bunk Class se ubica en las bodegas del barco y la circulación de aire sólo está dada por un viejo y desvencijado sistema de ventilación. La situación no es mala salvo por los baños. Si bien hay más de uno y están separados entre hombres y mujeres, estos son tierra de nadie. Ya sabe como son los indios, no comparten su mismo parámetro de limpieza. Cualquier agujero es una letrina o escupidera en potencia y de eso no se salvan ni los tachos de basura ni las piletas para lavarse las manos. No voy a entrar en detalles con el olor ni con las imágenes que aún me acompañan en mi memoria, usted solo podrá imaginarlo.

Dos pisos más arriba se encuentra Primera Clase. Camarotes de cuatro camas con un baño propio. Sábanas, cortinas, sillas, escritorios e incluso un armario. Comodidades que no existen en Bunk Class. Luego, Deluxe Class es muy parecida a Primera pero con la única diferencia de que aquí los camarotes son sólo para dos personas.

Y aquí tengo que decirle algo importante. Su boleto es el número 381 en Bunk Class. Los próximos cinco días dormirá en un gran salón junto a otros cuatrocientos indios. Pero eso no es lo peor, su litera está a sólo dos metros de la puerta de baños de hombres. Sí mi querido amigo, lo espera un gran ejercicio de paciencia y autocontrol. Le recomiendo llevarse algún perfume o desodorante e impregnar un pañuelo y tenerlo siempre a mano. Pero no todo es tan grave, usted cuenta con un pequeña armar a su favor a bordo del MV Campbell Bay ¿Aún no lo descubrió?

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Además de la zona de camarotes, el barco tiene otras áreas compartidas: un salón comedor y un área común. A decir verdad no son sólo dos. Hay dos salones comedor, uno para los pasajeros de Bunk Class y otro para los de Primera Clase y Deluxe. También hay dos áreas comunes o de descanso. La de primera clase además de incluir cómodos sillones también cuenta con un televisor en el cual se proyectan a diario dos éxitos de Bollywood (el Hollywood indio). No se sorprenda por el mobiliario, ya sabe la antigüedad del barco y de su inexistente decoración y terminaciones.

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Recuerde que tanto para el salón comedor de Bunk Class o de Primera Clase debe respetar ciertas reglas de etiqueta. Las mismas estarán indicadas en la puerta del salón. Tampoco está permitido escupir dentro del salón, si lo descubren deberá pagar una multa.

Y aquí está un arma a su favor, su mera condición de extranjero le va a permitir asistir al salón comedor de primera clase y a los baños limpios y prolijos del área común. Siéntase dichoso, su presencia le sirve como tarjeta de entrada a todas aquellas zonas circunscriptas a los indios adinerados.

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Hay, además, un tercer espacio y este si es compartido entre todas las clases y es dónde usted más tiempo va a pasar. Se trata de la cubierta. Allá suben quienes quieren fumarse un cigarrillo, tomar aire fresco o hacer un poco de sociales. En cubierta, los indios caminan a diario durante media hora para mantener su estado físico. Desde allá arriba podrá contemplar el azul y tranquilo Océano Índico y con un poco de suerte, encontrarse con algún grupo de delfines o de peces voladores nadando a la par del pesado barco. Desde ahí, también, podrá contemplar increíbles amaneceres y puestas de sol.

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Junto a usted en el barco sólo van a viajar ocho extranjeros más, en su mayoría europeos. El MV Campbell Bay no cuenta con entretenimientos a bordo ni tampoco con internet, como le decía anteriormente. Si está aburrido de mirar el mar, de leer o de escribir puede dedicarse a hacer sociales y a jugar a las cartas. Lamentará que en todo el barco nadie tenga un mazo de barajas españolas para poder jugar al truco. Si no quiere hablar con sus coetáneos extranjeros o con sus vecinos de primera clase que desconocen su condición de infiltrado basta con subir a cubierta y una decena de familias indias harán fila para sacarse una foto con usted. Las preguntas se van a repetir. Le van a preguntar por su país, si le agrada la India y por la clase en la que viaja. Muchos pondrán cara de decepción y desentendimiento cuándo les diga que viaja en Bunk Class. Algunos incluso le pedirán explicaciones por su alocada idea.

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Le recomiendo no encerrarse sólo a hablar con los demás extranjeros y dejarse contagiar por la curiosidad india. Aproveche los encuentros. Conocer más de adentro la cultura fue la razón por la que compró el pasaje en Class Bunk. Eso y los cincuentas dólares de diferencia entre una clase y otra. Si continua con nuestros consejos es probable que se encuentre en la cubierta del barco con militares de alto rango que van a la isla en una misión secreta y que son aficionados al patriotismo hinduista, con biólogos marinos que van a medir la presión del agua en la zona de corales y con familias que se van de vacaciones por primera vez. También hay grupos de jubilados y agentes de turismo que organizan los viajes de los grupos de jubilados.

El grupo de militares liderados por la versión india de Berugo Carámbula

El grupo de militares liderados por la versión india de Berugo Carámbula

Si llega a tener muchísima suerte es probable que a bordo del MC Campbell Bay esté la pequeña Laxjmi junto a sus padres, su tía y sus dos primas. Si por casualidad ella se acerca temerosa a pedirle una foto, no pierda la oportunidad y tómese también una con ella y sus primas. Si ella da por hecho que usted viaja en primera y le pide el favor de llevarla a conocer su camarote no la decepcione. Usted conoce el baño de Bunk Class y la pobre chica sólo quiere una foto del salón de primera clase. Mantenga la confusión (no es una mentira ya que ella nunca le preguntó nada, sólo supuso que viajaba en primera por el hecho de ser de piel blanca). Invítela a ella y a sus primas a ver la película del día, no sabe que contentas se van a poner. Se van a vestir para la ocasión, le van a invitar con galletitas y lo más interesante es que le va a contar parte de su vida. Déjese abrazar en las fotos y deje, si es mujer, que las niñas les pinte las manos con henna y le prueben un sari. Las va a poner muy contentas y van a agradecérselo por el resto del viaje en barco. Según ellas, usted va a ser su primer amiga extranjera. Lo que ellas no entienden es que usted quien más agradecido está.

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Imagine también que el barco representa una pequeña muestra de todos los aspectos de la sociedad india. En altamar la espiritualidad también va a tener su lugar. Por la mañana el barco se va a impregnar de aroma a sándalo, son los hinduistas que realizan sus bendiciones matutinas. A lo largo del día, también, va a ver a los musulmanes desplazándose para realizar sus rezos. Según la orientación del barco La Meca estará en una u otra dirección.

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Si no quiere perder cinco días de su precioso tiempo, si no quiere dejarse adoptar por algunas horas por alguna familia india, sino no quiere comer arroz todos los días infiltrado en el salón comer de primera clase, si no quiere comprobar cuanto tiempo es capaz dejar de respirar por la madrugada para al ir al baño que solo tiene a dos metros de distancia, le recomiendo que se tome el avión. Si quiere tener otra anécdota increíble para contarle a sus hijos o a sus nietos, suba a bordo del MV Campbell Bay. No muchas personas visitan las Islas de Andamán, y mucho menos lo hacen el barco. El trayecto puede llegar a ser tedioso pero le aseguro, y creame, que allá le espera el paraíso.

Kerala, tercera cita

Este no es el gambito de apertura de ninguna melodramática y enigmática historia. Es simplemente el relato de nuestra tercera vuelta a este gigante país.

Reencuentros

Es la tercera vez que nos encontramos en India. Esta vez no nos fue fácil encontrarnos con ella. En verdad, la primera vez tampoco fue fácil encontrarla. Nos habían hablado mucho de ella, habíamos leído otro tanto, pero a la hora de reconocerla, no sabíamos por donde buscar. Fue hace 10 meses en Nueva Delhi. Ella estaba sucia, desaliñada y gritaba mucho. Pero a la vez, era simpática, nos sonreía y se interesaba por saber más de nosotros. Rezábamos, comíamos y caminábamos todo el día juntos; y cuando menos nos lo esperábamos de vuelta a gritar y empujarnos. Era caótica, una completa locura. De a poco comenzamos a entenderla. Fue como si ella nos hubiera reconocido rápidamente, nos tomará de la mano y nos dijera “Vamos, vengan conmigo”. Viajamos juntos unos 5 meses. Luego, por visas y cansancio nos separamos unos días.

La segunda vez fue más fácil. La encontramos enseguida. Apenas un mes estuvimos afuera y al regresar seguía igual. Estaba esperándonos. Fue un re-encuentro agradable. Nosotros ya habíamos empezado a extrañarla.

Pero esta vez, al principio, nos desencajó. Pero claro, nunca habíamos estado en el sur. Siempre lo nuestro fue el norte. Viajando desde las montañas del Himalaya hasta el Ganges, pasando por su desembocadura en el Golfo de Bengala y de vuelta a las montañas.

Kochi

Pero ahora, en el sur, nos costó reconocerla. Llegamos a la ciudad de Kochi, en Kerala y nos encontramos con colectivos con aire acondicionado, hoteles boutique e iglesias católicas. No había vacas ni monos ni pilas de basura. Esperábamos verla en un templo a Shiva, o un monasterio budista, pero nada. No se nos ocurrió buscarla bajo la imagen de la Virgen María.

Kerala - India

Shiva y Jesús con una mezquita de fondo

Pasaban los días y no aparecía. Comenzamos a desesperarnos. Nos daban ganas de pararnos en una esquina y empezar a gritar: “¡Dale, salí! Somos nosotros, volvimos. Acá estamos.” Y nada. Tampoco nos era fácil verla entre esas callejuelas coloniales con edificios viejos pero restaurados en negocios internaciones: Camisolas de seda que cotizaban en dólares, habitaciones con spa ayurvédico en euros y filas de coche estacionados. Eran todos los choferes privados que habían contratado.

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En Fort Kochi

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Redes chinas de pesca que los portugueses llevaron a India.

Sabíamos que Kochi había sido uno de los puertos más importantes durante la colonia portuguesa y holandesa, pero algo no nos terminaba de cerrar. En las calles veíamos más turistas que indios, quizá por eso.

Backwaters

Antes  de terminar de desesperarnos decidimos salir en su búsqueda. Nos tomamos un colectivo a Alleppey (Alappuzha). Era un pueblo más chico que Kochi, quizá teníamos más suerte. Tras varias horas en un colectivo de línea sin aire acondicionado ni ventanas ni puertas, llegamos. Finalmente optamos por tomarnos un bote que recorre los canales que riegan el estado de Kerala. Por momentos nos recordaba el delta argentino, otros hablaban de la “Venecia india”. Ni uno ni lo otro.

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Canales

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El barco comenzó a alejarse de la ciudad y el gris cemento dejó lugar a verdes cocoteros. Palmeras en ambas veras del río y entre la frondosa vegetación, alguna que otra casita. Un paisaje digno de los cuentos de la selva. Una señora lavando ropa, un nene andando en bici y un don descansando a la sombra.

Kerala - India

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Andando en bici

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Y ahí, entre tanta sencillez y simpleza nos pareció verla. Queríamos bajar del barco, salir a su encuentro y abrazarla. Pero no. El barco siguió y ella se nos perdió de vista. Paramos a almorzar. Éramos todos turistas.

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Transporte local

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Y de pronto se nos ocurrió pensar: “¿Y si estamos buscando mal?”. El sol comenzaba a bajar y una leve brisa comenzó a soplar refrescándonos del calor agobiante del mediodía. Ya no hacia tanto calor. Idiotas nosotros, buscando algo que no acá no vamos a encontrar. Si sabíamos que ella es inmensa, que tiene mil caras, porque pensar que la íbamos a reconocer. Ella nos encontró desde el primer día y nosotros nos negábamos a reconocerla. Buscábamos la India que dejamos en el norte, en Calcuta hace ya unos 4 meses. Ahora volamos al sur, ella es otra.

India es tan grande y tiene tantas formas que no deja de sorprender. En realidad, cada región es un país distinto, con la diferencia de que no queda registrado en el pasaporte.

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La luna en Ko Pha-Ngan y Ko Tao

¿Nos habremos subido a una especie de nave especial que nos sacó del medio del Himalaya y nos depositó en una de las playas mas lindas que jamás hayamos visto?

Ko Pha-Ngan:

Resulta que estábamos en Bangkok con nuestros amigos de Argentina deliberando sobre posibles futuros itinerarios en Tailandia. Todos teníamos distintos tiempos y ganas, pero fácilmente ubicamos un itinerario común. A medida que debatíamos sobre destinos, la idea de pasar unos días en la playa fue tomando fuerza. Claro, ¿Quién no aprobaría la idea de unos días en unas de las playas más lindas del mundo? Y sin darnos cuenta estábamos arriba de un tren con destino a Chumphon (donde nos tomaríamos un barco rumbo a la isla). Era raro estar en un tren y no pensar en India. Aunque no crean, los trenes de India nos resultaron mas cómodos: con cuchetas y sin un aire acondicionado que te congela los huesos.

Imposible resistirse

Imposible resistirse

La vista desde el barco

La vista desde el barco

Así, entre tren y barco llegamos a Ko Pha-Ngan. La isla es mundialmente famosa por la “Full moon party”. Una fiesta se hizo por primera vez hace 30 años por unos hippies y hoy derivó en el paraíso para jóvenes europeos que pueden ver sus hígados reventados de alcohol por unos pocos euros. ¿Nos imaginan a nosotros dos ahí metidos?

La isla por suerte es grande y nos alojamos en el extremo opuesto a las “playas de fiesta”.

La playa:

Nuestra playa era de pescadores, mucho más relajada (no hacia falta ir maquilladas ni trabando músculos) y con un ambiente un tanto familiar. Justo lo que necesitábamos: Reposeras, libros, mates, juegos de cartas y hacer la plancha por horas.

Nuestra vista

Nuestra vista

Llovía, salía el sol, volvía a llover y nosotros seguíamos inmóviles, turnándonos para ir en busca de agua caliente.

Los minutos, las horas y los días se nos pasaban. Resulta muy fácil contemplar el mar en una playa así. Necesitábamos estar “haciendo nada”. Además esas playas tan tranquilas se prestan para que uno se quite en reloj y se rija por otro tipo de temporalidad. No importa la hora que es. Si hay hambre se come, si se tiene calor se mete al mar, y si se está cansado se va a dormir.

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La fiesta:

Nuestra presencia (al igual que la de muchísimos otros turistas) coincidió con la famosa fiesta de la luna llena (“Full Moon Party”). Evento que se realiza todos los meses el día en que justamente hay luna llena. ¿Por qué se hace aquí? Dicen que la luna se aprecia de una manera única y un poco de verdad tienen.

La fiesta no es mas que un poco de música electrónica al lado del mar. Muchos Dj’s tocando y el resto, por que no, bailando. Con algo de cosmopolita y promiscuidad generada por el vértigo juvenil en sus primeras vacaciones fuera de casa; los europeos invaden la fiesta pero los tailandeses no se quedan atrás. Vimos muchos grupos de púberes tomando de los famosos “baldes” y vimos muchos gringos corriendo desnudos y adentrándose en el mar.

Éramos bichos raros en la fiesta, bah en realidad copamos la pista pero mantengamos la humildad.

Seamos sinceros no conocíamos ni la mitad de las canciones que sonaban y si no era por nuestro amigos, jamás hubiéramos coincidido con la fiesta.

La famosa guía Lonely Planet da una serie de consejos sobre la fiesta. Al principio nos parecieron ridículos pero estando ahí parecían cobrar validez. Por ejemplo: “Si esta borracho no se adentre en el mar”, “Guarde las llaves de su habitación en un lugar seguro y si se quita los pantalones, póngaselos nuevamente”, “La pintura fluorescente no sale de la ropa, no se pinte boca ni ojos”, “Alejese del buffet de drogas”, etc.

Malabares sobre el mar

Malabares sobre el mar

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Todo estaba a la orden de día: Los taxistas ofrecían drogas, mujeres y “Ladyboys”. Los puestos de bebidas alcohólicas, los baldes, las pinturas fluorescentes, los malabaristas, el mar y la inmensa luna llena, todo estaba ahí.

Al otro día la pintura seguía ahí

Al otro día la pintura seguía ahí

No todo es fiesta en Ko Pha-Ngan o una misma isla con dos realidades bien distintas:

Y así fue como nuestra estadía coincidió con la fiesta y como vivimos en una misma isla con dos realidades bien distintas.

Por la mañana éramos unos pocos los que íbamos a la playa. Libros, anteojos de sol, protector solar y mate. Y así seguíamos siendo unos pocos hasta que cuándo comenzaba a bajar el sol aparecía el resto de los habitantes de la isla. Unos con caras de dormidos, otros más despabilados, algunos con jeans y todos con una cerveza en mano. Pasamos de escuchar el ruido de uno de los mares más calmos que vimos a escuchar música electrónica. De noche la isla tenia otro ritmo. Pero hubo algo estático durante toda nuestra estadía: la luna llena.

Ko Tao:

Otro barco nos llevo a otra de las islas más famosas de Tailandia. El cuarto menguante nos acompañaba como los turistas que pasada la fiesta no tenían nada más para hacer en Ko Pha-Ngnan.

Las playas de Ko Tao

Las playas de Ko Tao

De Ko Tao no sabíamos mucho, solo que la isla se caracteriza por la cantidad de cursos de buceo que ofrece. Intentamos buscar otra playa tranquila para instalarnos. Ahora las playas eran chicas y el agua no era tan cristalina. La lluvia nos perseguía. Aprovechamos para caminar, caminar por el asfalto, caminar por la arena, caminar entre las piedras en busca nuevas de playas, caminar. Esa actividad que tanto nos gusta y tan bien nos hace. Que no solo mueve el cuerpo sino también el alma y las ideas. O acaso creían que era casualidad que nuestras mejores charlas ocurren mientras caminamos.

Los puertos también son lindos por debajo

Los puertos también son lindos por debajo

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Y entre caminatas notamos que nuestros días de “hacer la plancha” estaban llegando a su fin. El itinerario que trazamos con nuestros amigos nos llevaba al norte de Tailandia.

Solo nos quedaba una tarde en Ko Tao. Decidimos alquilar un kayak y mascaras de snorkeling. Empezamos a remar y a alejarnos de la isla. De pronto nos encontramos entre grandes acantilados de piedras donde el agua nos movía con fuerza ya que estábamos fuera de la bahía. Llegamos a una playa donde el mapa decía que se veían tiburones. No solo los vimos sino que vimos cantidades de peces de colores y caracoles de todos los tamaños. También vimos el reloj. En un par de horas teníamos barco para volver al continente.

La playa nos dejo ansiosos de más. No fue suficiente ¿Será suficiente alguna vez?

Quizá otra luna llena nos traiga de nuevo, pero esta vez sin fiesta (para nosotros).

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