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Roma, cuidad de todos

“Roma, La ciudad de la historia visible, donde el pasado de todo un hemisferio parece moverse en el cortejo fúnebre, con imágenes y trofeos ancestrales extraños reunidos desde lejos....”

George Elliot

Intentar escribir sobre una ciudad tan trillada como Roma no es una tarea fácil. Desde manuales de historia hasta guías de viajes exprés, parece estar todo dicho sobre esta ciudad. Pero esa no es la única dificultad a la hora de escribir. Además, de no saber qué decir ni cómo decirlo, tampoco sabría dónde ubicar el comienzo de este viaje.

El viaje a Italia empezó mucho antes de que la voz del comandate del avión anunciase que en 15 minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Fiumicino. Quizá comenzó en algún almuerzo de domingo en el conurbano bonaerense donde se hablaba de algún bisabuelo siciliano que nunca llegué a conocer, o quizá, cuando visitando el norte de Marruecos dimos con unas ruinas romanas en medio de mezquitas y bazares que temblaron con un terremoto hace más de doscientos años. Pero seguro que el viaje a Roma comenzó mucho antes.

De hecho, tardamos casi 30 años en colorear un parte del mapa que siempre había estado presente en nosotros. Casi 30 años para ponerle imágenes, caras, olores e impresiones a la capital de un país que está muy arraigado en nuestra cultura.

Volar a Roma, conocer Italia, visitar el Vaticano, la Plaza San Pedro, contemplar el Coliseo desde el monte Palatino… No, no era solamente un viaje a las raíces de nuestra historia de inmigrantes sino también un viaje a nuestra historia como humanidad. Es que sí, Roma fue la cuna de todo un universo simbólico. El punto de inicio, el origen, el sitio al que conducen todos los caminos.

Es difícil hablar de una ciudad así sin caer en lugares comunes. Roma no sólo es el escenario de películas, sea Fellini o de Woody Allen, sino también de libros, poemas, sueños y fantasías. Quizá, también alguna de las ciudad que Italo Calvino se inventó para entretener a Gengis Khan.

Uno construye muchas veces imágenes típicas de los lugares gracias a los libros, los cuentos de otros viajeros o de las películas. Y uno se imaginaba a Roma con sus callecitas estrechas con pizzerías con mesas en la calle y manteles cuadriculados. Y es verdad, es así pero también mucho más.

Roma son las bocinas en una esquina y el aperitivo a las 6 de la tarde. Un tano juntando las manos hacia el techo mientras exclama un “Salve Ragazzi”. Son las veredas rotas, las fuentes de agua fría que sólo los romanos saben usar, un balcón con plantas secas y un cura argentino celebrando una misa para 40.000 personas.

Roma es una estación de subte que convive con una columna de granito de no-sé-cuantos-siglos. Una remara de una loba amantando a Rómulo y Remo y un pobre tipo disfrazado de Gladiador cobrando 10 euros la foto.

Una pizza que tiene nada que ver con las de Guerrín. Un cartel que reza que en tal casa vivió un tal Greco y una Fontana Di Trevi blanca y resplandeciente plagada de gente. Pero sin Sophia Loren y con palitos de selfie.

Es la prosciutteria con amigos. Una cerveza Peroni y un negroni en la tabla de un bar que me recuerda Buenos Aires. Caminar por Trastevere, cruzar el río Tiber y contemplar el atardecer desde alguna de las colinas. Ver cúpulas, palomas, y a lo lejos, un coliseo entre andamios que sobrevive. A los terremotos, a tiranía de los hombres, a la historia y al paso de la memoria.

Roma es un canto a la nostalgia. Roma sobrevive. Se reinventa, y yo me siento en casa. Porque por más DNI español que tenga, los tanos tiene más que ver con uno que los catalanes. La puteada, el codazo, la sonrisa y el guiño del ojo.

Roma nos mostró todo lo que esperábamos encontrar. Si,  es cierto, eso es una trampa. Las expectativas muchas veces juegan en contra a la hora de visitar un lugar. Pero como era de esperar, Roma es la excepción. Es mucho más colorida, romántica y querendona de lo que nos imaginamos.

Roma es el origen. De occidente, del cristianismo, del idioma latino, de la bella Italia y de la unificación. Roma es, un poco, la ciudad de todos.

Y, quizá, por eso hablar de Roma es un lugar común. Por que todos, venimos de ahí.

La excusa para hablar sobre nosotros

“Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn’t do than by the ones you did so. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover.”

Mark Twain

“Nuestra historia es simple. Podría ser la historia de cualquiera persona acá presente, pero con sólo una única diferencia: Nosotros nos animamos. Nosotros tomamos la decisión y lo hicimos: salimos a cumplir nuestro sueño. Uno de nuestros tantos sueños.”

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Así comenzaba la charla que dimos semanas atrás en Aktau, una ciudad de Kazajistán ubicada a orillas en el Mar Caspio. La charla tenía lugar en la terraza de un hotel cinco estrellas, ubicado frente al mar, desde donde se veía el sol caer como una bola roja sobre la perfección del horizonte.

Había casi veinte mesas, todas ocupadas. Los kazajos son elegantes y esa terraza invitaba a hacerlo. Todos estaban bien vestidos, tomando una margarita y comiendo quesos franceses.

Ahí estamos nosotros dos, improvisando una charla mitad en inglés, mitad en ruso, en zapatillas. Haciendo lo que más nos gusta, contar historias:

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Somos Lucas y Ludmila, de Buenos Aires, Argentina. Casi treinta años y una carrera universitaria. Vivíamos en un lindo departamento amueblado, teníamos un auto, libros, electrodomésticos y un balcón con muchas plantas. Un día, decimos deshacernos todo. Renunciar a nuestros trabajos, regalar las plantas y donar nuestra ropa. Ese día sacamos dos boletos de avión con destino a Nueva Delhi, India. No teníamos previsto fecha de regreso.

Nuestra familia y nuestros amigos nos trataron de locos. Estábamos equivocados. Estábamos a punto de desperdiciar toda nuestra vida. Teníamos que casarnos, tener hijos, formar una familia, comprar más plantas y conseguir un trabajo mejor. Pero nosotros no queríamos eso para nosotros. Al menos, no en aquel momento. Nosotros queríamos viajar. Conocer el mundo y conocer las personas que habitan el mundo. No queríamos quedarnos sólo con los estereotipos que vemos en televisión ni con los libros de historia, queríamos conocer el mundo de primera mano: a través de nuestros propios ojos y en profundidad.

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Llegar a India no fue fácil. Nosotros también teníamos nuestros propios miedos. Nunca habíamos viajado tan lejos ni a culturas tan distintas. Los primeros cinco minutos en la estación de Nueva Delhi fueron terribles: bocinas, ruido, gente, olores fuertes, vacas, basura, mendigos, niños desnudos pidiéndonos plata. Fue un golpe duro. Una cachetada. De pronto y por arte de magia, habíamos dejado la burbuja en la que vivíamos en Buenos Aires y habíamos llegado a la otra punta del mundo. Una parte del mundo donde pasan cosas, donde estallan bombas, donde la gente tiene hambre y donde las vacas se pasean por las calles. Todo lo que habíamos visto de India en películas y documentales, ahora cobraba vida delante de nuestros ojos.

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Mis pensamientos fueron dos: “Esto es de verdad y yo quiero volver a mi casa”. En ese instante, un grupo de mujeres nos rodeó y empezaron a tirarnos de la ropa y de las mochilas pidiéndonos plata. Yo quería llorar. Como pudimos, conseguimos una habitación en un hotel mugriento. Me pasé una semana enferma. Triste, descompuesta y dudando de haber tomado la decisión incorrecta. Pero ya estábamos ahí. Habíamos volado desde Buenos Aires y no teníamos fecha de regreso. Decidimos tomar coraje y darle una nueva oportunidad a India. Sacamos un boleto de tren hasta Amritsar, la frontera con Pakistán.

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De aquel día pasaron más de tres años. Tres años en los que estuvimos viajando alrededor del mundo. Hasta el momento, recorrimos más de cuarenta países en tres continentes: América, Europa y Asia (nuestro favorito).

presentación - aktau - kazajistan -8Tres años donde conocimos infinidad de personas, de historias, problemáticas sociales, modos de pensar, distintas religiones y distintos modos de vivir. Donde aprendimos historia, geografía, religión pero donde, sobre todo, nos enfrentamos a la cantidad de prejuicios y desconocimiento que tenemos. Pero en estos tres años no solo viajamos de un lugar a otro, de un país a otro, sino que, también, escribimos sobre nuestro viajes. Documentando todo lo que vimos para que quienes no pueden viajar, si lo hagan desde la comodidad de sus casas. Escribimos, también, para achicar distancias culturales. A fin de cuentas, sólo conocemos el mundo a través de los diarios y la televisión y ellos nunca dicen la verdad.

Por ejemplo, de los países en vías de desarrollo recibimos solamente malas noticias. Unas de las cosas buenas de ser escritores de viaje es que podemos dar buenas noticias de lugares como Bangladesh o Bosnia y Herzegovina (que suenan como países terroristas). Ellos son personas como nosotros, amán, sueñan, llorar, ríen, festejan. Las diferencias culturales son algo mínimo pero nos hacen creer que es el todo.

Sí, lo primero que aprendimos en estos tres años de viajes es que a los países los hacen las personas que en ellos habitan. Nos pasó en Europa, cuando estábamos a punto de cruzar a Rusia en pleno conflicto con Crimea. Todos nos decía que Rusia era peligroso, que nos iban a secuestrar y a matar. ¡Que no vayamos por nada del mundo!

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En total estuvimos casi tres meses en Rusia; Cruzamos desde San Petersburgo hasta Mongolia. Más de 6.000 kilómetros donde casi exclusivamente hicimos dedo (autostop). Nadie nos mató, ni nos secuestró. Al contrario, el pueblo ruso fue uno de los más hospitalarios. Son buena gente pero con muy mala prensa internacional.

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La gente de los distintos países está dispuesta y orgullosa de mostrarte su cultura. Los niveles de hospitalidad que uno recibe en la ruta son increíbles. Sobre todo en países que están catalogados como “Ahí no hay que ir”.

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Nosotros no viajamos de manera superficial. Tratamos de meternos en cada destino y no somos los únicos. Cada vez es más la gente que se toma el viaje como un estilo de vida y no como un simple plan de vacaciones dos semanas al año. Podemos decir que no viajamos por las fotos, ni para sacarnos una selfie, viajamos para aprender a ser mejores personas.

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Pero no siempre nos va bien en el viajar. Muchas veces nos encontramos en situaciones peligrosas donde tuvimos miedo. Ante cualquier situación complicada o que nos sentimos inseguros siempre tenemos un arma que nos protege y que hasta ahora nos va muy bien: SONREÍR.

También confiar en el instinto. Cuanto más lo usamos, más aprendemos a escucharlo. Viajar es fácil, en lugares remotos no hay que entrar en pánico, simplemente hay que rodearse de buena gente y ver que la gente en todo el mundo va a tratar de ayudarte y no de lastimarte.

En resumen, podemos decir que viajamos para

√ Aprender: Historia, cultura o religión, por ejemplo. Aprendemos de las cosas buenas de cada país y tratamos de implementar en nuestro día a día y también, aprendemos de las cosas malas. Tratando de evitarla y cambiar.

√ Conectarnos: Con nosotros mismos, con la naturaleza, con las personas.

√ Sorprendernos: Viajando descubrimos todo un mundo nuevo del cual no teníamos idea.

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Viajar, por su parte, atenta contra nuestro etnocentrismo. Nos muestra que no somos los únicos, ni los mejores. Que nuestro país no es el ideal, que nuestras políticas internacionales no son buenas, que nuestro empleo es malo, etc. Nos demuestra que las cosas no son como creemos que son. Viajar nos obliga a cambiar el chip básico de la vida. Y para eso la empatía es primordial, conocer al otro, comprenderlo y no juzgarlo sólo por ser distinto.

Durante el viaje hicimos cosas que nunca creímos que íbamos a hacer, conocimos personas que nos cambiaron y vivimos cosas que vamos a recordar por el resto de nuestras vidas.

Mucha gente cuando le contamos de nuestra historia nos dice: “Oh, yo quiero viajar tanto como ustedes”, y la realidad es que la mayoría de nosotros en este recinto, en realidad, puede hacerlo. El mundo no es un lugar peligroso como nuestras familias, los medios y la sociedad nos hace creer. Se necesita tiempo, que es algo que todos tenemos. Y es mentira que se necesita coraje, simplemente un poquito al principio para comenzar. Tampoco se necesita ser millonario ni gastar miles de dólares. Los gastos se resumen en tres grandes grupos. Transporte, comida y alojamiento. Si se lleva esos gastos a un mínimos aceptable (para uno mismo) puede llegar a ser más barato que vivir en tu propia ciudad. Para eso se necesita ingenio: La necesitad es la madre de las invenciones.

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Pero viajar también tiene su parte negativa, por eso no es para todos. Uno a veces extraña, se siente solo (por más que viajemos acompañados), uno se enferma, hace mucho calor o mucho frío. Si uno supera eso y sale a la ruta con ánimos entonces significa que la ruta es el camino.

presentación - aktau - kazajistan -14Los viajes dependen en definitiva de la gente que uno conoce. Playas paradisíacas, fiestas o paisajes increíbles no se disfrutan si uno no conecta con la gente adecuada. La mejor manera de describir un paisaje es a través de la gente que lo habita. Y estas cosas pasan cuando uno deja la comida del sillón, apaga la televisión y empieza a vivir la realidad por si misma.

Cruzamos Rusia de punta a punta, estuvimos en el desierto de Gobbi, en la muralla China y en el Tíbet. Descansamos en las playas de Tailandia y tomamos el café más rico del mundo en Vietnam. Nos tomamos un barco por cinco días para ir a las Islas Andamán, estuvimos un año en India viviendo en monasterios y con monjes budistas, nos bañamos con elefantes y aprendimos a comer con las manos en Bangladesh y con palitos chinos en China. Estuvimos tres veces en Kazajistán y recorrimos la ruta de la seda. Estuvimos en Europa, cuatro meses yendo desde Croacia hasta Estonia. Reconstruimos la antigua Yugoslavia, y la ex – Checoslovaquia. Ahora, estamos recorriendo la URSS y luego, Irán. Nos gustan los viajes cargados de historia, de política y nos apasionan los destinos/lugares no comunes. Viajamos por países ricos y por países en desarrollo, viajamos en primera clase de trenes súper rápidos y viajamos a dedo. Dormimos en carpa y en hoteles de cinco estrellas. Comemos con las manos, con palitos chinos y cubiertos de plata. Nos adaptamos, nos flexibilizamos.

Viajar, hoy para nosotros, es sinónimos de vivir. Nuestra vida es el viaje, por que a fin de cuentas, es el modo que encontramos de sentirnos vivos. Y en el peor de los casos, es el modo de juntar una buena cantidad se historias para contarle a nuestros futuros hijos cuando se vayan a dormir.

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Sobre el genocidio camboyano

“El que protesta es un enemigo; el que se opone, un cadáver”.
“Perderte no es una pérdida. Conservarte no es de ninguna utilidad”

Pol Pot

Veo que ella se aleja, se sienta en un banco, se saca lo auriculares que le habían dado como guía y se lleva las manos a la cara queriendo tapar ese llanto que sale desde el fondo de su ser. Empatía le dicen. Lo cierto es que la historia a veces pega una cachetada. En Camboya, una visita a Choeung Ek, más conocido como Killing fields, es como la patada de un caballo. En la boca.

Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” escribió Enrique Santos Discépolo en 1934. Sólo unos pocos pueden crear un estado de terror y someter a su voluntad, a humillaciones y sufrimientos a todo un pueblo. Y ella sigue ahí, sollozando por los dos millones de camboyanos que perecieron en lo que fue un verdadero genocidio.

En 1970 Lon Nol, apoyado por Estados Unidos, derroca tras un golpe de estado al entonces príncipe, acusado de ayudar a tropas de Vietnam. Camboya se convirtió rápidamente en un aliado yanqui. Su primer medida fue hacer una persecución, hostigamiento y asesinato de miles de vietnamitas que vivían en Camboya.

La pobreza extrema en la que estaba sumida el pueblo camboyano, más los constaste bombardeos estadounidenses lograron incrementar la popularidad de los jemeres rojos, liderados por Pol Pot. Ellos eran un grupo de revolucionaron comunistas de ideas maoístas que querían liberar a su Camboya del yugo imperial. No es de extrañar que el 17 de abril de 1975, cuando finalmente toman el control de Phnom Penh, derrocando a Lon Nol, una multitud salió a festejar. Finalmente el cambio.

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Llegada de los rebeldes Jemeres Rojos a Phnom Penh el 17 de abril de 1975

Ella llora y no sabe todo esto. No sabe como un grupo de revolucionarios logró llegar al poder. No sabe que el pueblo camboyano festejó su llegada.

Ella sabe el proceso y el final de la historia. La población fue obligada a dejar las ciudades. Durante más de cuatro años vivieron un verdadero infierno. En el campo, trabajando de sol a sol. Con poco y nada de comida y un trato hostil, mientras el arroz que producían lo comerciaban con China por armas.

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Camboyanos abandonando Phnom Penh a la fuerza para ir a trabajar a los campos

Camboyanos abandonando Phnom Penh a la fuerza para ir a trabajar a los campos

En el árbol chankiri no se aguantó más, y el llanto y los mocos fueron evidentes. Ahí, en ese mismo tronco, golpeaban la cabeza de los bebes y niños hasta matarlos. Las balas eran caras.

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A los que no asesinaron cobardemente los mataron lentamente. Por inanición o permitiendo que avancen las enfermedades propias de las condiciones en las que vivían. ¿Ver un hijo morir de hambre y no poder hacer nada? ¿Ver cómo se llevan a tus familiares y no poder evitarlo? La tortura no sólo era física, primero los mataron moralmente.

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Eliminaron todo vestigio del pasado capitalista. Quemaron bibliotecas, fábricas, medicamentos. Prohibieron los anteojos y perseguían a aquel que consideraban corrompido. Los torturaban hasta hacerlos declarar mentiras arrancándoles las uñas una por una.

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“Pol Pot y Ieng Sary, genocidas de Kampuchea, ¿no son hoy los más fieles aliados del imperialismo yanki en el sudeste de Asia?”
Fidel Castro. Noviembre de 1983

¿Por qué Fidel dice esto? ¿Acaso Pol Pot no era un gobierno comunista que derrocó a Lon Nol, aliado estadounidense?

Resulta que 1979 el ejercito vietnamita hace retroceder a Pol Pot y a su séquito hasta Tailandia, dónde se esconderían en la selva. Vietnam se ocupó de la reconstrucción de Camboya, mientras el mundo le dio la espalda. Nadie pensaba reconocer y ayudar a un gobierno comunista como Vietnam. Las ayudas internacionales nunca llegaron. Por el contrario, Estados Unidos mandó armamento y dinero a Pol Pot para que retome la guerra, financiando a los asesinos de más dos millones de camboyanos. Recién en 1991 (12 años después de que Vietnam libere Camboya), los países occidentales reconocen el nuevo gobierno. Una vez más queda en evidencia como las relaciones políticas pesan más que las vidas de las propias personas.

Lo más injusto para ella es el final amargo de la historia. En 1998 Pol Pot murió casi sin sentirlo mientras dormía en su casa tras gozar de una prisión domiciliarla. Recién en 2007 otros genocidas fueron condenados a cadena perpetua.

Ya no queda más para ver. La visita se terminó, afuera espera el tuk-tuk que la lleva de vuelta a la ciudad de Phnom Phenm. Devuelve los auriculares. Quiero ir a hablarle, preguntarle por su llanto ¿Qué va a hacer ahora con todo esto que vio? ¿Se subirá al tuk-tuk y se olvidará? ¿Qué ocurre luego de visitar lugares cómo este? ¿Qué se hace con la razón desalmada?

Quizá se olvide, quizá esta visita pase a la categoría de recuerdos pocos felices y la memoria se ocupe de dejarla de lado. O quizá nada de eso. No me animo a acercarme. Veo que se va. Al menos, se va pensando.

La veo cavilar desde el asiento del tuk-tuk. Pero ella, la humanidad, por mas que cavile, llore y patalee con la historia, persiste. Persiste en seguir cometiendo los mismos errores, por los siglos de los siglos.

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Budapest, impresiones húngaras

Llegamos a Hungría sabiendo poco. Qué este país sea el comienzo del viaje fue obra del destino y de las promociones aéreas. Budapest, su capital, está catalogada cómo una de las más lindas y baratas de Europa. Ambos factores hacen que sea un destino muy explotado en estos últimos años.

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Para nosotros viajar tiene que ver más con el pasar desapercibidos, con el mezclarnos con la cultura local y con el aprender. Pensamos que Budapest no nos iba a ser una ciudad fácil pero con sólo caminar un poco por la ciudad pudimos comenzar a encontrarnos con esos detalles que no figuran en los mapas turísticos.

*

Cuándo la azafata anuncio que estábamos por arribar busqué el río con la mirada. Ahí estaba el Danubio. Largo y ancho surcando un camino entre grandes bloques de árboles. Ciertas construcciones de cemento me llamaron la atención. Debatimos sobre que podrían ser. Quizá paredones de algún castillo o fortalezas de la época imperial.

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Al salir del aeropuerto y ver todas esas palabras inentendibles e impronunciables caí en la cuenta de dónde estábamos.

Totó, me parece que ya no estamos en Kansas“, le dijo Dorothy a su perro al darse cuenta de que su casa había volado por los aires tras el ciclón. Yo no estaba en la tierra de Oz (tampoco de la hoz) pero me di cuenta de que estaba lejos de casa.

Acentos, diéresis, y pocas vocales para tantas consonantes me hacían difícil pronunciar al menos una palabra de todas las que leí. Con nuestro inglés logramos comprar los tickets de colectivo que nos llevarían a la ciudad. Muchos baldíos y grandes edificios bordeaban la autopista. Bloques de edificios de cemento, probablemente retoños del comunismo, desidealizaban esos castillos que creímos ver desde el avión.

La ciudad entera parecía un gran edificio abandonado y recuperado. ¿O quizá una fábrica? Colores que no escapan de la gama de los grises, estaciones de tren oxidadas pintadas con grafittis, y personajes ensimismados en sus mundos. Cuándo el colectivo quedo vacío entendimos que esa era la última parada. Debíamos bajar y combinar con el metro. Esté tenia otro encanto. Era moderno, bien iluminado, y con aire acondicionado. Se notaba que era nuevo. 5 paradas y era nuestro momento de bajar.

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Por suerte los números son los mismos

Por suerte los números son los mismos

No nos costó mucho reconocer el contraste entre las afueras de la ciudad (fabricas, edificios grises y carteles por doquier) y la ciudad en sí. Esa que sale en la revistas y que fue nominada cómo la ciudad más turística según estadísticas del 2014. El mítico parlamento, cruceros, el puente de las cadenas y el palacio de Buda se imponían ante nosotros con muy poca humildad. ¿Era la misma ciudad?

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El parlamento

El parlamento

Para entender este paisaje diverso hay que ir un poco atrás en el tiempo. Entre los años 1944 y 1945 se llevó a cabo el sitio de Budapest para expulsar de la capital Húngara a las tropas Nazis. El resultado fue una victoria Soviética, y con una destrucción del 80% de los edificios. La reparación fue llevada a cabo por la República Popular de Hungría (con un fuerte dominio desde Moscú) en medio de una gran crisis económica post guerra. La forma más rápida y barata de reconstruir la ciudad era construyendo esos bloques de concreto grises. Si bien sirvieron para sacar de la calle a miles de budapenses, hoy se los escucha decir que esos bloques “arruinan el ambiente del lugar”, afean la ciudad. Hablar de comunismo acá es un insulto, los destierros y las torturas de la época soviética siguen presentes.

Si uno mira con atención encuentras los edificios que "desentonan" la arquitectura imperial

Si uno mira con atención encuentras los edificios que “desentonan” la arquitectura imperial

Hay un solo monumento comunista en Budapest que recuerda a los húngaros que combatieron en el sitio de Budapest. Está ubicado ante la embajada de Estados Unidos. Curioso.

Hay un solo monumento comunista en Budapest que recuerda a los húngaros que combatieron en el sitio de Budapest. Está ubicado ante la embajada de Estados Unidos. Curioso.

Las tropas nazis tampoco fueron amables acá. Miles de judíos fueron arrojados vivos al río Danubio, los que tuvieron peor suerte fueron enviados a campos de concentración. La ciudad guarda respeto a sus víctimas. Monumentos, museos del holocausto y un barrio judío en el corazón de Pest (la parte moderna de la ciudad, separada de Buda por el río Danubio). Dicen que allí se encuentra la segunda sinagoga más grande del mundo.

Zapatos en la orilla del Danubio cómo memorial del holocausto.

En la orilla del Danubio un memorial del holocausto. Los zapatos recuerdan a los judíos que, obligados a descalzarse, eran tirados al río.

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Llegamos al hotel cansados de 30 horas de vuelo, y para nuestra sorpresa los carteles estaban en dos idiomas, húngaro y alemán. A lo largo de toda la ciudad se pueden ver carteles en alemán. Cómo si fuera un segundo lenguaje. Hungría no sólo fue sometida por los Nazis y los soviéticos, antes también por la Casa de Habsburgo. Y antes todavía por los otomanos, de ahí que los restaurantes y baños turcos están por todos lados.

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Iglesias transformadas en mezquitas y viceversa

A pesar de todos estos dominios y conquistas (también hubo una invasión mongola) la cultura húngara sigue prevaleciendo. Aún quedan muchos vestigios, sobre todo arquitectónicos, de aquel gran imperio dónde su territorio era aún mayor. Dos cosas nos hicieron dar cuenta de su orgullo.

La primera, hablando con una chica rumana oriunda de Transilvania (antes era Hungría), criada en una casa donde se hablaba húngaro, dejó su pueblo natal y se vino a vivir a Budapest, porque al fin y al cabo se sentía más húngara que rumana.

La segunda, es una remera que vimos. Decía: “Idősebb vagyok, mint Szlovákia” (Soy mas viejo que Eslovaquia). Eslovaquia también era parte de Hungría, y la perdida de territorio es una herida que todavía sangra.

Eva, quién nos alojo en su casa, se extrañó (¿enojó?) cuándo le dijimos que pensábamos visitar Bratislava (Capital de Eslovaquia). Nos dijo que cómo íbamos a ir allá, esa ciudad no tiene nada para mostrar.

Parte de ese orgullo nacionalista explica como actualmente en Hungría hay una fuerte (demasiado fuerte) juventud de derecha.

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Una de las pocas capitales europeas con linyeras durmiendo en sus calles

Una de las pocas capitales europeas con linyeras durmiendo en sus calles

Habiendo una gran co-existencia con otras costumbres y realidades, y en un mundo donde muchas culturas tienden a globalizarse, la húngara sigue llevando con orgullo su fuerte impronta. Más allá de los Mongoles, Alemanes, Turcos, Nazis, Soviéticos y de las numerosas perdidas de territorio el pueblo húngaro sigue plantando bandera.

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Cómo un caleidoscopio Hungría supone un conjunto de elementos que se fragmentan y que unen al mismo tiempo. Formando cada tanto una figura distinta, pero siempre sobre un mismo fondo.

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Prejuicios hacia Europa

Retomamos el blog donde lo dejamos. Nuestros últimos días en India. Nuestro viaje estaba llegando a su fin, y antes de aterrizar en Buenos Aires, íbamos a pasar unas semanas en Europa. No era una parada cualquiera, era nuestra primera vez en el viejo continente. No elegimos destinos al azar, elegimos aquellos donde teníamos familias y amigos que visitar. No era un momento cualquiera, una nueva sobrina llegaba a este mundo.

A su vez, nuestras cabezas eran (son) un enjambre de ideas y proyectos. Y como si fuera poco, Europa era un destino que no nos terminaba de cuadrar.

Las personas se sorprenden cuándo les decimos que “no conocemos Europa. Como si para viajar por el mundo, uno primero debe pasar por la tierra madre. Tampoco conocemos África ni Oceanía, pero eso no sorprende a nadie. Además, luego de haber viajado por América y Asía, Europa era una espina que cada vez pinchaba más fuerte.

Es más, si en vez de decir que nos íbamos a Asía, nuestro viaje era a Europa nadie hubiera temido –tanto- por nuestra seguridad, salud y bienestar.

Somos eurocentristas. Los lazos con la colonia se cortaron hace rato, pero nosotros seguimos mirando el viejo continente como si fuera el camino a seguir. Cómo si hoy continuará siendo el motor de nuestra historia.

Si tenemos que decir 10 países, capitales o nombres de presidentes de Europa los sabemos de memoria. Pero ¿Podemos nombras 5 capitales asiáticas? ¿10 países africanos? ¿Y el nombre del presidente de Nicaragua? ¿O la capital de Guatemala? Así somos. Siempre mirando para arriba, nunca para los costados.

Sobre todo los argentinos somos así. El imán de la torre Eiffel o la foto en el coliseo de Roma vale más que cualquier otro viaje por Argentina o por el mundo.

Es entendible, nuestra historia como país y sociedad es muy europea. Casi todos tenemos un vinculo familiar con Europa (si, el colonialismo a su vez, se ocupo de aniquilar toda historia previa a su invasión).

Hasta el futbol europeo es “un clásico” para nosotros. Los medios de comunicación también se encargan de alimentar esta distancia. Es más, la sección “noticias internacionales” del noticiero solo muestra una de las tantas realidades que co-existen en este mundo, como si el mundo fuera Europa. Y solo ocupa el 6,8% del territorio terrestre y el 11% de la población mundial. Es más, si consideramos únicamente Europa occidental (¿Qué sabemos de Rumania, Macedonia o Bielorrusia?) no llega ni al 3% de la población mundial. Porque Europa del este, también es un extraño en un su propia casa.

Durante el viaje un chico francés se sorprendió porque sabíamos el nombre de su presidente y un chico alemán, porque sabíamos que había elecciones en su país. Ellos, con timidez, nos preguntaron si Buenos Aires era la capital de Argentina y el nombre de nuestra presidente.

Europa, es cómoda, es limpia, es cara, es lujosa, compartimos la religión y la cultura. Eso todo-lo-que-se-supone-que-necesitamos. Es el primer mundo.

Y con todos estos prejuicios, dejamos India. Suponíamos que Europa nos iba a aburrir, que la gente iba a ser fría y distante, que no íbamos a sentirnos cómodos. No nos adelantemos en el texto y dejemos que las palabras continúen su prosa. Europa es una nueva etapa del viaje y para nosotros representa una realidad que también impresiona y contrasta, o eso creemos.

¿Nos sorprenderá tanto como en exotismo de Asía? ¿La gente será hospitalaria como en Latinoamérica? ¿Los museos serán igual o más impresionante que lo del Estados Unidos? Con esas preguntas, arribamos una vez más en Alemania. Ese aeropuerto que ya es un escenario conocido para nosotros.

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