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Nostalgia de India

Me levanté en una Barcelona lluviosa y fría. Sola.

L. está en Croacia. Me vestí, comí un poco de fruta y en piloto automático encendí la computadora. Youtube. Ciclo de mantras indios agrupados bajo el título de “Morning Mantras”.

No sé como llegaron esos mantras a nosotros pero los adoptamos como propios, sobretodo mientras estábamos de viaje y teníamos toda nuestra vida circular y rutinaria. Si, nunca tuve más rutina que estando de viaje. Desayunar, escribir, mirar un mapa, decidir que hacíamos ese día.

Lo cierto es desde que nos vinimos a Barcelona (ya casi 9 meses) nunca había escuchado los mantras mañaneros.

Hoy sí. Y sin pensarlo ni planearlo. Y no puedo menos que sentir una enorme nostalgia de India.

El otro día alguien mencionó que habíamos vivido mucho tiempo en Asia. Le dijimos que no, que vivir lo que se dice vivir, no. Vivir en un lugar para mi es comprar en la misma verdulería, conocer al cajero del mercadito y tomar un té siempre en la misma taza. Pero en cierta parte, era verdad, vivimos en Asia. Pasamos más dos años recorriendo el continente asiático. De esos dos año, un año entero fue en India. Si, esa India sucia, caótica, desprolija, pobre pero que a mi (a nosotros) tanto nos gusta.

La primera vez que pisamos el país fue en abril del 2013. No sé porque fuimos a India. Nuestro plan inicial era viajar un año por Argentina. Pedir licencia en el trabajo y volver al poco tiempo. Lo cierto es que nunca volvimos. Tampoco nunca viajamos por Argentina. Un domingo de navidad sacamos el pasaje a India sin tener idea en qué nos metíamos.

Y así llegamos a India. Sin tener idea de en dónde nos metíamos, literal. Claro que al principio no fue fácil. Por su puesto, fue más que difícil adaptarse, al menos, para mi. Ludmila, chica del conurbano. Nunca había visto un mono colgado de un templo. Nunca había visto mujeres con sari y hombres con turbante. Apu de Los Simpson era mi único contacto con la cultura india. No comía picante, no me gustaban los olores y no me acostumbraba a esquivar vacas.

Lloré. Lloré dos días y pasé una semana enferma. Y me encantó. India me encantó. No sé qué, no sé cómo, no sé por qué. No soy yogui, no creo en Shiva ni en dioses azules con cabeza de animales. No creo en el río Ganges ni creo en las castas.

En realidad, si sé porque me gusta India. Porque, en realidad, me gusta como soy yo en India. Y eso que no me visto ni de Ravi Shankar ni mucho menos. Pero me gusta el no ser nadie. En India, fui centro de miradas pero nunca me importaron.

En India, pude pasarme una tarde entera sentada tomando un chai largo e infinito. En India escribía, pintaba, andaba en sandalias de goma y sólo tenia una remera que debería lavar todas las noches para volver a ponérmela limpia. En India soñé, soñamos, en escribir un libro.

India no nos fue indiferente. Y no puedo más que sentir cosquillas en la panza y que se me dibuje una sonrisa en la cara cada vez que nos pienso allá.

El año que pasamos en India no fue de corrido. Por visados, tuvimos que entrar y salir en cinco oportunidades. Las cinco veces que dejé India lo hice contenta de irme, porque India satura. Y las cinco veces, le pedí a Lucas que me haga acordar de mi cansancio y tedio cuando diga que quiera volver.

Pero no funciona. India me exprime la calma, me cachetea, me pega donde me duele, pero a la vez me abraza. India enseña, y hoy…. Una mañana de otoño en una Barcelona que quiere ser independiente, la nostalgia de India se me cuela en las manos. Debería estar escribiendo para terceros, cosa que pasa cuando vuelve al sistema. Pero el ciclo de “morning mantras” sigue sonando en Youtube y tengo muchas ganas de tomarme un chai.

También de retomar el Blog.

Roma, cuidad de todos

“Roma, La ciudad de la historia visible, donde el pasado de todo un hemisferio parece moverse en el cortejo fúnebre, con imágenes y trofeos ancestrales extraños reunidos desde lejos....”

George Elliot

Intentar escribir sobre una ciudad tan trillada como Roma no es una tarea fácil. Desde manuales de historia hasta guías de viajes exprés, parece estar todo dicho sobre esta ciudad. Pero esa no es la única dificultad a la hora de escribir. Además, de no saber qué decir ni cómo decirlo, tampoco sabría dónde ubicar el comienzo de este viaje.

El viaje a Italia empezó mucho antes de que la voz del comandate del avión anunciase que en 15 minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Fiumicino. Quizá comenzó en algún almuerzo de domingo en el conurbano bonaerense donde se hablaba de algún bisabuelo siciliano que nunca llegué a conocer, o quizá, cuando visitando el norte de Marruecos dimos con unas ruinas romanas en medio de mezquitas y bazares que temblaron con un terremoto hace más de doscientos años. Pero seguro que el viaje a Roma comenzó mucho antes.

De hecho, tardamos casi 30 años en colorear un parte del mapa que siempre había estado presente en nosotros. Casi 30 años para ponerle imágenes, caras, olores e impresiones a la capital de un país que está muy arraigado en nuestra cultura.

Volar a Roma, conocer Italia, visitar el Vaticano, la Plaza San Pedro, contemplar el Coliseo desde el monte Palatino… No, no era solamente un viaje a las raíces de nuestra historia de inmigrantes sino también un viaje a nuestra historia como humanidad. Es que sí, Roma fue la cuna de todo un universo simbólico. El punto de inicio, el origen, el sitio al que conducen todos los caminos.

Es difícil hablar de una ciudad así sin caer en lugares comunes. Roma no sólo es el escenario de películas, sea Fellini o de Woody Allen, sino también de libros, poemas, sueños y fantasías. Quizá, también alguna de las ciudad que Italo Calvino se inventó para entretener a Gengis Khan.

Uno construye muchas veces imágenes típicas de los lugares gracias a los libros, los cuentos de otros viajeros o de las películas. Y uno se imaginaba a Roma con sus callecitas estrechas con pizzerías con mesas en la calle y manteles cuadriculados. Y es verdad, es así pero también mucho más.

Roma son las bocinas en una esquina y el aperitivo a las 6 de la tarde. Un tano juntando las manos hacia el techo mientras exclama un “Salve Ragazzi”. Son las veredas rotas, las fuentes de agua fría que sólo los romanos saben usar, un balcón con plantas secas y un cura argentino celebrando una misa para 40.000 personas.

Roma es una estación de subte que convive con una columna de granito de no-sé-cuantos-siglos. Una remara de una loba amantando a Rómulo y Remo y un pobre tipo disfrazado de Gladiador cobrando 10 euros la foto.

Una pizza que tiene nada que ver con las de Guerrín. Un cartel que reza que en tal casa vivió un tal Greco y una Fontana Di Trevi blanca y resplandeciente plagada de gente. Pero sin Sophia Loren y con palitos de selfie.

Es la prosciutteria con amigos. Una cerveza Peroni y un negroni en la tabla de un bar que me recuerda Buenos Aires. Caminar por Trastevere, cruzar el río Tiber y contemplar el atardecer desde alguna de las colinas. Ver cúpulas, palomas, y a lo lejos, un coliseo entre andamios que sobrevive. A los terremotos, a tiranía de los hombres, a la historia y al paso de la memoria.

Roma es un canto a la nostalgia. Roma sobrevive. Se reinventa, y yo me siento en casa. Porque por más DNI español que tenga, los tanos tiene más que ver con uno que los catalanes. La puteada, el codazo, la sonrisa y el guiño del ojo.

Roma nos mostró todo lo que esperábamos encontrar. Si,  es cierto, eso es una trampa. Las expectativas muchas veces juegan en contra a la hora de visitar un lugar. Pero como era de esperar, Roma es la excepción. Es mucho más colorida, romántica y querendona de lo que nos imaginamos.

Roma es el origen. De occidente, del cristianismo, del idioma latino, de la bella Italia y de la unificación. Roma es, un poco, la ciudad de todos.

Y, quizá, por eso hablar de Roma es un lugar común. Por que todos, venimos de ahí.

Terzani me dijo

“El conocimiento no proviene de libros, incluso de aquellos sagrados, pero sí a partir de la experiencia. La mejor manera de entender la realidad es a través de los sentimientos, intuición y no a través del intelecto. El intelecto es limitado.”

Tiziano Terzani 

“Oiganme bien, porque, aunque he hablado de colisión cultural, intelectual, religiosa y no militar, ahora les digo: ¿guerra han querido? ¿guerra quieren? Por lo que me concierne, que guerra sea. Hasta el último aliento.”

Oriana Fellaci

Debo empezar el relato con una confesión. Se supone que debía escribir sobre Italia, su gente, sus lugares, mis impresiones, pero no pude. Un ejercicio habitual que me gusta practicar (y se que no soy el único) es leer autores relacionados con el destino que voy a visitar. Es un proceso que empieza antes de comenzar el viaje, continúa durante el mismo y sigue después, a la vuelta. Así fue como llegué a estas cartas, a estas declaraciones de ideas de dos italianos que fueron contemporáneos entre sí. Ambos viajeros y ambos buenos escritores. Tiziano Terzani y Oriana Fallaci tuvieron demasiadas coincidencias. Ambos nacieron en Florencia, se dedicaron al periodismo y a viajar, y gracias a eso se conocieron personalmente en al guerra de Vietnam.

Con varios libros en el haber el destino los volvió a cruzar 30 años más tarde. Luego del famoso atentado del 11 de septiembre de 2001. En aquel entonces ambos padecían cáncer. Oriana vivía y recibía el tratamiento en Nueva York, en cambio Tiziano alternaba sus meses entre las montañas del Himalaya en India y su Italia natal.

Y estas vidas que parecen estar tan ligadas y cruzadas reaccionaron de una forma muy distinta al atentado. Oriana soltó toda su ira contra el mundo islámico en una serie de artículos que luego serían publicados en el libro “La rabia y el orgullo”.

Tiziano le contestó con una serie de artículos que también serían el punto de partida de un libro “Cartas contra la guerra”.

Oriana escribe su bronca desde Nueva York, Tiziano le contesta desde Kabul tratando de correrse del discurso político hegemónico y buscando ponerse en el lugar de los habitantes de la Afganistán. Sin dudas dos posiciones bien marcadas que ayudan a entender el conflicto y las razones por las cuales el mundo toma el rumbo que hoy 16 años después seguimos padeciendo.

¿Tan difícil es “El encuentro con el otro”? ¿Tanto nos cuesta entender en nuestra propia piel las miserias y penurias que tienen miles de hombres en el mundo? ¿Tan desconectados estamos los unos de los otros?

En aquel primer viaje por India en 2013 tenía la ingenuidad de pensar que el viaje cambia a las personas. Tardé en darme cuenta que no todos se toman el tiempo necesario para empatizar con los otros. Que las burbujas que se crean se las cargan en la mochila y que no importa donde vayan siempre van a tener su mundo propio para aislarse de ese otro, el que no les gusta o no quieren ver.

Por eso me llama la atención las cartas de Oriana, que vio y describió el mundo como pocas, pero que en los últimos años se volvió agría en su forma de escribir, con conclusiones como “De Afganistán a Sudán, de Indonesia a Pakistán, de Malasia a Irán, de Egipto a Irak, de Argelia a Senegal, de Siria a Kenia, de Libia al Chad, del Líbano a Marruecos, de Palestina al Yemen, de Arabia Saudita a Somalía, el odio por Occidente crece a ojos vista. Se agiganta como un fuego alimentado por el viento. Y los secuaces del fundamentalismo islámico se multiplican”.

En cambio, por eso rescato a Tiziano, que afrontó su enfermedad meditando en el medio del Himalaya. Y luego de visitar un hospital en Kabul, y llevar algunos regalos a los chicos un hombre herido lo increpa “Primero vienes a bombardearnos y luego a traernos bizcochos. Qué vergüenza”. Y Tiziano reflexiona: “No sé qué hacer. Busco en mi interior algunas justificaciones, algunas palabras que decir. Luego pienso en los soldados franceses, alemanes e italianos que pronto se unirán a esta guerra y me doy cuenta de que, al final de una vida en la que siempre he visto heridos y muertos causados por otros, aún tendré que ver, en este hospital o en otra parte, a las víctimas de mis bombas, de mis balas. y me avergüenzo de verdad”.

Dos maneras distintas de abordar el mismo problema. Y tal vez, el entorno en que uno se encuentre tiene que ver porque es cierto que estar en un rascacielos, rodeado de otros rascacielos, llenos de gente viviendo en pequeñas latas lo lleva a uno a sentirte sólo. El contacto con la naturaleza nos puede enseñar a valorar lo importante y a entender, que la paz primero tiene que estar adentro nuestro y que como alguna vez dijo Ghandi, al odio no se lo vence con más odio, sino con amor.

Dos cartas que valen la pena leer y confrontarlas, y, por más que pasen los años no pierden vigencia.

La poesía que la tecnología nos ha robado

“Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Lleva un mapa. Ve por tierra. Cruza a pie la frontera. Escribe un diario. Lee una novela sin relación con el lugar en el que estés. Evita usar el móvil. Haz algún amigo”.

Paul Theroux.

Recuerdo hace diez años uno de mis primeros grandes viajes, a Bolivia. Me parecía épico lanzarme en aquel entonces a ese totalmente desconocido país para mi. En realidad, todo me parecía épico en aquel entonces. Fuí con dos amigos y muy poca plata; coincidíamos con la primera asunción del presidente Evo Morales. En ese viaje de un mes alternaba alojamientos entre hostels y carpa. Las estaciones de tren o colectivos, bares o plazas eran los sitios ideales para conocer otros viajeros. Desde el día dos del viaje, nuestro grupo de tres se amplió. Amigos que hicimos en la ruta se unían a nuestro viaje, luego se separaban y más tarde los volvíamos a encontrar. Todo se debatía en una sobremesa y la gente de alrededor se unía a la charla. Es cómo si la gente estuviese concentrada en aquí y ahora. “El sábado que viene a las 19:00 horas nos volvemos a encontrar en Plaza Murillo” y funcionaba.

Aquel que tuvo la oportunidad de viajar hace 10 años puede notar el gran cambio que produjo la tecnología en los viajes. Cada persona genera su propio mundo con su móvil, tablet o computadora. Cada vez hay más auriculares y gente que come leyendo su muro de Facebook. Es verdad que en algún punto las redes sociales nos permiten estar más conectados, uno puede enterarse al instante del nacimiento de un sobrino o saludar a un amigo por el cumpleaños, pero también es verdad que se pierden el foco del lugar en el que estamos.

La tecnología incorporó grandes ventajas a los viajes, mapas, referencias y la posibilidad de comprar pasajes online. Pero es muy delgada la línea de no sobrepasar ese límite y terminar creyendo que todo se resume a unas pantallas de algunas pulgadas. El desafío es controlar ese impulso de verificar las notificaciones y dar lugar a las otras relaciones sociales, en carne y hueso. Estar presente aquí y ahora.

Hace un tiempo tuve la suerte de poder recorrer el Desierto de Gobi por poco más de una semana. Lejos de una ducha, un baño occidental o una conexión a internet. Lo viví de alguna forma como un proceso de desintoxicación colectiva, con la gente que me acompañaba ya no mirábamos una pantalla, sino atardeceres, paisajes y a nosotros mismos. Sin lugar a dudas, ese viaje, con conexión a internet no hubiese sido el mismo. Cuando se acaban las palabras nos dimos cuenta que el silencio en la vastedad del desierto no incomoda y que hay veces que une mucho más contemplar el mismo punto del horizonte que hablar banalidades. Y como ese se me ocurren varios momentos más en nuestros viajes, como el Pamir, travesías en barco, campamentos rodeados de hippies o pueblos en India que no aparecen en los mapas. A veces por decisión propia y otras tantas por cuestiones que no manejamos. Pero siempre volvemos a la misma conclusión. Es lindo desconectarse.

Recuerdo también aquella vez en Agra que salimos a caminar buscando un lugar para comer. El calor era insoportable y esa mañana nos habíamos levantando antes del alba para visitar el famoso Taj Mahal. Inesperadamente nos cruzamos un desfile de personas con música y un hombre montado en un caballo. Los seguimos con más curiosidad que otra cosa. Se detienen en un portón y poco a poco van entrando. Como veníamos caminando con ellos nos invitan a entrar. Era una boda, se realizaba en el parque de una casa donde estaban dispuestas mesas y sillas para los invitados. Nosotros dos estábamos ahí, sucios, desprolijos pero contentos. Sin esperarlo, sin planearlo nos invitaron a una boda hindú. Beatriz Sarlo no es para nada una de mis escritoras favoritas, pero cada tanto escribe algo interesante. En su libro viajes dice “Se viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie”. Los mejores viajes incluyen saltos fuera del programa, y por suerte esos saltos todavía no se pueden encontrar en internet o bajar desde una aplicación.

Que cada uno viaje como quiere, que cada uno ponga sus prioridades. Está el viajero que cruza la frontera y se detiene en un negocio de telefonía a comprar un chip de ese país para estar conectado y está, también, el viajero que se dejó el teléfono en su casa porque no le interesa saber nada. Imposible juzgar los modos de viajar, pero si quedara algún nostálgico como yo en alguna ruta del mundo le daría un solo consejo. Que dejemos la tecnología de lado, que no dejemos morir la épica, como la de aquellos viajes eternos que nos maravillaban, y que recuperemos un poco la poesía que el mundo parece perder.

Montserrat, Monasterio y montañas

Montserrat es uno de los nombres de mujer más típico de Cataluña. Sería como Marta en España, Li en China o Muhammad en el mundo árabe.

También es el nombre de una virgen. La virgen de Montserrat es la patrona de Cataluña y su historia tiene mucho que ver con este lugar. Un sitio donde naturaleza y espiritualidad coinciden de una manera armoniosa, con grandes vistas y escenarios a tan solo una hora de Barcelona. Una excursión muy recomendada para quienes visiten la ciudad.

MONSERRAT: MACIZO Y MONASTERIO

Montserrat es, también, el nombre de esta peculiar formación rocosa. La más alta e importante en Cataluña. En catalán, Montserrat significa monte- serrado. Curiosamente, esa es la forma de la montaña.

El Macizo de Montserrat se ve desde el aeropuerto. Es que sólo está a 30 kilómetros de Barcelona. Acá nomás para nosotros, a medio mundo de distancia para los locales. Es que sí, para quienes venimos de países extensos acá las distancias son cortas.

Montserrat ya se ve desde lo lejos. Es más, cualquier tren de cercanías pone en evidencia la montaña más alta de la región. Y desde Montserrat ya se ven los Pirineos. Pero claro, también se ve el mar.

La morfología de Montserrat es única y hace muy buena referencia a su nombre. Se trata, precisamente, de un enorme macizo que sobresale del paisaje. De lejos, parece una piedra fracturada. De cerca: dedos, salchichas gordas o restos de un castillo de arena que se fue venciendo con la fuerza de las olas. También, tiene algo de Gaudí. O mejor dicho, la Sagrada Familia tiene mucho de Montserrat en su diseño.

Los alrededores de Montserrat también valen la pena. Hay números caminos y rutas de senderismo, incluso refugios de montaña donde pasar la noche en caso de hacer recorridos largos.

Pero la aclamada de Montserrat no es solo natural. El macizo tiene mucha carga religiosa y espiritual; y de hecho, es uno de los sitios de peregrinajes más importante de España. Es más, desde aquí comienza uno de los caminos rumbo a Santiago de Compostela.

Según cuenta los más viejos, fue por el año 800 que semana a semana la montaña se iluminaba. Primero fueron pastores a ver de que se trataba, luego parte del cuerpo eclesial. Nunca encontraban nada pero siempre se veía una luz en la montaña. Un día, un obispo encontró una imagen de la virgen en una de las cuevas de la montaña. Intento quitarla pero no puedo. Consideraron entonces que en ese sitio debía construir una ermita. Con el paso de los siglos, la ermita devino en Iglesia, Basílica y, actualmente, en un Monasterio Benedictino.

De las primeras ermitas e iglesias solo quedan restos. Hoy, se ven reconstrucciones y construcciones modernas. Las construcciones originales no resistieron ni el paso del tiempo ni de las tropas napoleónicas ni de la guerra civil española. A pesar de réplicas, vale mucho la pena recorrer todos los rincones del monasterio y de la basílica.

La Virgen de Montserrat o La Moreneta como le dicen, también se puede ver. Aunque haya que hacer filas y colas. Así y todo, es la imagen más contemplada de todo Cataluña.

¿CÓMO VISITAR MONSERRAT?

Montserrat se encuentra a unos 30 kilómetros de Barcelona. Se puede acceder en tren o coche de alquiler. Desde el pueblo de Montserrat hay que tomar el funicular o el tren cremallera o, simplemente, caminar para ascender al Monasterio Benedictino.

Nosotros optamos por subir caminando. Hay varios caminos (algunos más directos y con más pendiente y otros que van uniendo ermitas y puntos panorámicos). Depende mucho de las ganas e intereses de cada uno.

NUESTRA EXPERIENCIA

Durante nuestro ascenso (habrán sido unas dos horas por un camino muy señalizado), nos encontramos con varias familias y grupos de amigos que habían comenzando su peregrinaje la noche anterior en las afueras de Barcelona. Incluso, con un niño de unos 12 años que se quejaba de que sus padres habían tomado una decisión “inhumana” (dicho por él). El niño llevaba caminando de las 2 AM.

El camino de montaña comienza a ser una ruta pavimentada a medida que uno se acerca el monasterio. Allí coincide la estación de funicular, la cremallera y el acceso vehicular. También, las tiendas de suvenires, los vendedores de agua y el baño publico.

El recinto del monasterio y la iglesia también están acá. Son construcciones enormes que impresionan a cualquiera.

Pero el centro de atención se los lleva la naturaleza. A pocos metros, los picos más altos de Montserrat corta como un serrucho el celeste del cielo. Desde el monasterio salen nuevos caminos, funiculares y rutas de senderismo para seguir explorando el macizo. Vale la pena esquivar las hordas de turismo asiático y caminar un poco por la naturaleza. Desde los miradores, además de contemplar el monasterio en su esplendor también se puede divisar Barcelona y varios de los pueblos y ciudades cercanas.

Odesa y las 15 naciones soviéticas

No sé de donde salió la insólita idea de recorrer las quince ex – naciones soviéticas. Se ve que era el motor (¿la excusa?) para comenzar un nuevo viaje. Un año por Asia no había sido suficiente y necesitábamos volver a la ruta. A encontrarnos con nosotros mismos en carreteras de polvo y habitaciones de extraños.

Empezamos en Lituania y terminamos en Ucrania” me decía Lucas, una tarde de primavera en Buenos Aires, mientras señalaba un mapa repleto de polvo. Un mapa único en su especie. Un mapa de National Geographic impreso en 1987 que me había encontrado en la biblioteca del barrio. Ahí, en aquel mapa, la URSS aún existía. Con un intenso color naranja esa inmensa porción del planeta que ocupaba un 25% del mapa era nuestro próximo destino. Desde el brillo de la pantalla de mi celular, Google Maps me devolvía el mismo mapa pero con 15 nuevos países. Muchos de ellos, nunca los había escuchado nombrar (¿Kazajistán, Azerbaiyán, Moldavia?). Pero ese era nuestro próximo viaje y Ucrania sería la última nación soviética que visitaríamos. No sabíamos cuándo ni cómo. Posiblemente, nos imaginábamos, llegaríamos a los 8 meses de comenzar el viaje, a dedo, con el idioma ruso ya aprendido y con los 14 países restantes ya sellados en el pasaporte.

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La azafata era alta. Muy rubia, muy blanca, muy alta. Tacos, minifalda y una capa muy gruesa de maquillaje que hacia sobresalir aún más sus ojos celeste. Con un inglés mezclado con ruso nos informa que estamos llegando y nos pregunta si tenemos visa. El avión aterriza y el frío se empieza a sentir con solo mirar por la ventanilla.

Habíamos subido al avión tres horas antes, en Praga. Era nuestra segunda vez en aquella ciudad que sacando su pasado comunista poco tenía que ver con nuestro viaje soviético. Como suele pasar, el viaje planeado nunca coincide con el viaje real.

No había muchos turistas en el vuelo y éramos los únicos que no teníamos el ruso como lengua materna. Tampoco habíamos aprendido a hablarlo salvo algunas frases de supervivencia.

El aeropuerto de Odesa es minúsculo. El avión quedó estacionado a unos 800 metros del edificio central. Era la único avión que había en el aeropuerto. Una pequeña combi recogió a los pasajeros y nos lleva al único edificio que se veía a la redonda. No hay cinta que gire con el equipaje, tampoco perros adictos a las drogas ni puestos de información turística. Un taxista nos llevó al hostel. El tachero resultó ser el tío de la recepcionista y el aeropuerto no estaba a más de 2 kilómetros de la ciudad. Daba la impresión de ser un pueblo perdido en el mapa.

Era de noche. Lloviznaba. Las calles estaban vacías y el poco movimiento que se veía en Odesa poco tenía que ver con las luces de Europa que horas atrás habíamos dejado en Praga.

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Odesa es una de las ciudades más importantes de Ucrania. Su ubicación estratégica, cerca de Rusia y a orillas del Mar Negro, tiene mucho que ver con su reputación y con los estragos de la historia.

Durante décadas Odesa constituyó uno de los principales puertos comerciales de los zares. Anexada al imperio ruso, Odesa fue sede del imperio y una de las ciudades más ricas de Europa. Teatros, puertos, avenidas, peatonales, balnearios, bibliotecas, universidades… Odesa era una ciudad modelo y el centro de intercambio entre Europa y Asia. Tal es así que hasta el propio Alejandro Pushkin decidió mover su residencia a la ciudad. Dicen que desde aquí escribió las obras mas importantes de su obra.

Pero no todo fue color de rosa. De la pomposidad zarista, Odesa pasó a ser un campo de batalla. A principio de 1900 y con todas las ideas soviéticas en efervescencia, la ciudad sufrió una increíble revolución obrera. Allí comenzó el declive de la ciudad. El clásico del cine “El acorazado Potiomkin” da cuenta de este punto de inflexión en la historia. Las famosas escaleras son de los pocos elementos que conectan a la actual Odesa con su pasado.

Y luego, los soviéticos. Ucrania ocupo un lugar crucial en el campo de juego de la URSS pero esa es otra historia

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Pero ahí estábamos nosotros. Intentando encontrarle el encanto a una ciudad que se esforzaba en hacerse notar. Una ciudad fría, repleta de clubs nocturnos y de edificios zaristas que buscaban no perder su pasado imperial.

Una ciudad donde solo se podía caminar. Del punto A al punto B, y luego al C. Intentando unir en el mapa distintos puntos de una ciudad que intenta posicionarse turísticamente; de un país que intenta posicionarse descreyendo de su pasado soviético y de su ligazón con los rusos.

Sí, la ciudad es linda, no vamos a negarlo. La opera de Odesa es imponente y las escaleras de Potiomkim ponen la piel de gallina. Pero eso, nada más. Quizá es una percepción teñida por el clima. Con lluvia y agua nieve no se aprecia una ciudad, sobre todo cuando todas las postales de la misma son de personas en traje de baño nadando a orillas del Mar Negro

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Ucrania daba la sensación de haberse quedado en el pasado. Quizá como el mapa que con polvo que aún data de 1987.

Nosotros, ahora, estamos en Barcelona. De los quince países soviéticos solo pudimos visitar 13. Así todo, el exótico mapa de National Geographic está colgado en nuestro living. Recordándonos que un día visitamos Odesa, un puntito minúsculo dentro de ese gigante país pintado de naranja intenso.

Curiosidades de China

China es un mundo aparte y todo gracias a sus habitantes. Los chinos, seres únicos en su especie. Chinos capaces de tomar agua hirviendo haciendo más ruido que un camión al arrancar y capaces de comer tortugas con palitos chinos. Curiosidades de China. Los chinos, los que no pueden decir la R y dicen “Algentina, Mechi, Mechi, Maladona” mientras cierran bien los ojos y abren bien la boca. Esos seres que se hacen querer tanto pero a que a la vez cuesta tanto comprender.

Estuvimos dos meses en China y no hubo un solo día en que los chinos no nos sorprendan. Por eso estas palabras. Les compartimos algunas curiosidades, detalles y mitos que fuimos encontrando y derrumbando durante nuestro viaje por China. Todos son “Made In China”:

  1. ¡Hagamos pis todos juntos!

Y no es broma. En China los baños son literalmente “públicos”. La mayoría se tratan de un único gran agujero sin puertas ni divisiones dónde todos hacemos pis o caca en cuclillas, adelante de todos y dónde a nadie le importa ver o ser visto por otras personas. No es apto para pudorosos y es ideal para grupos de amigos que no quieren dejar de charlar ni por dos segundos.

  1. Chinos cabuleros y supersticiosos

Los chinos son una de las sociedad más supersticiosas. Para ellos, por ejemplo, el número cuatro representa la muerte (porque en chino mandarín ambas palabras suenan muy parecido) por lo cual la mayoría de los ascensores no tienen el número 4, 14, 24… y tampoco tienen, por las dudas, el número 13.

En cambio, el número 8 es el número de la suerte ya que representa la prosperidad económica. Por lo cual, las compañías de celulares venden los número de teléfonos que contienen muchos 8 mucho más caros que el valor normal de la línea. A los chinos, también, les encantan los números capicúas. En los mercados, por ejemplo, se venden billetes capicúas (y sin tiene 8… el precio es desorbitante)

Pero las creencias no vienen sólo con los números. También confían en la saliva de tigre como estimulante sexual, en las uñas de tortuga como antioxidante y en la grasa de oso panda como digestivo.

  1. Los mapas mienten en China

Nunca fuimos de desconfiar de un mapa hasta llegar a China. Si los chinos son oportunistas, los mapas son caraduras mentirosos. Las distancias siempre son más grandes que lo que dice el mapa. Si algo parece caminable, seguramente no lo sea. En China, a los mapas hay que ponerlos varias veces en duda.

  1. Los números con las manos

Ante la dificultad del idioma, en China no queda otra que comunicarse por señas. Pero con los números, esa regla internacional no aplica. En China los número del 1 al 10 se representan todos utilizando una única manos. Por lo cual, del 6 al 10 son representaciones totalmente nuevas para nosotros.

  1. Chinos con el culo al aire

Así como suena. La mayoría de los bebés y niños pequeños andan con el culo al aire. Y no por no tener pantalones, sino que justamente es el pantalón el que tiene un agujero en la cola. Muchos, tampoco llevan pañal por lo cual la tarea de limpieza e higiene se resuelve bastante rápida.

  1. ¡Que elegancia la de China!

Si bien Shanghaí es la capital de la moda y allí hasta el más humilde de los mortales viste una camisa Gucci, al resto del país les importa poco y nada la moda. No te sorprenda ver a los chinos en pijama caminando por la calle o ver vistiendo a toda la familia con el mismo modelo haciendo juego.

  1. La comida china que comemos afuera de China no es la que comen ellos

Nosotros fuimos buscando arrolladitos primavera o el arroz tres delicias que comíamos en el Barrio Chino de Belgrano y no encontramos nada parecido. Igualmente, sigue siendo de nuestras cocinas favoritas. Nunca comimos tan ricos vegetales como en China. Con la carne, tuvimos nuestras reservas. ¡No sea cosa que ladre!

  1. Comida excéntrica

Los chinos son de comer cosas raras. Según su dicho, cualquier cosa que se mueva es comestible. Así fue que nos ofrecieron sus deliciosos huevos podridos, sopa de orejas de gato y tortuga al horno sin caparazón. Cuestiones como animales en extinción, conciencia alimentaria o vegetarianismo aún no llegaron a China.

  1. Todos bailando en la plaza

Fue lo más amamos de China. Si bien la mayoría de las ciudades son reconstrucciones nuevas, todas repiten el mismo escenario: Avenidas amplias, edificios altos y un gran parque con un pequeño lago artificial y una pagoda. Lo mejor es que en esos parques se repite siempre la misma escena: partidos de ping-pong, niños aprendiendo a andar en bici y señoras y señores bailando. Todos juntos, en coreografía, al ritmo de algún hitazo clásico chino. Algunos siguen el ritmo, otros hacen versiones libres, pero todos se mantienen en movimiento.

  1. Caminar para atrás y golpearse las piernas

Si bien a los chinos les gusta bailar, no lo hacen sólo por lo artístico sino por hacer algún tipo de actividad física. Además de seguir las coreografías, los chinos van por las plazas caminando para atrás, dándose golpecitos con las manos para activar la circulación y haciendo Tai-chi. Mucho Tai-Chi, todas las mañanas y en todas las plazas.

  1. Terapia intensiva para los árboles

Eso mismo. Nunca habíamos visto árboles con suero. ¡Todo es posible en China!

  1. Adiós cielo azul

La contaminación en China no es novedad, y así fue como pasamos un mes sin ver un solo cielo azul, mucho menos un rayito de sol. El cielo es gris y las personas utilizan barbijos casi todo el tiempo. Incluyo, muchos chinos utilizan una aplicación de celular para saber que tan contaminado esta el ambiente ese día y en base a eso se preparan para salir o no a la calle.

  1. Fumar en todo lugar

Para muchos la prohibición de fumar en espacios cerrados es obvia, pero en China no. Allá se puede fumar a toda hora y en todo lugar. Los chinos fuman dentro de los vagones de tren, dentro del banco e incluso, dentro del ascensor. Nos pasó de compartir ascensor desde el piso 1 hasta el piso 15 con un señor que se fumo todo su cigarrillo ahí adentro. Por supuesto, la colilla fue al suelo.

Nunca disfrutamos tanto del aire como cuando se abrieron las puertas del ascensor.

  1. ¡Brindemos! ¿Chin-Chin?

En China hay varias normas para tener en cuanta a la hora de tomar alcohol en grupo. Por ejemplo, nadie puede tomar si no brinda con alguien antes y cuando uno brinda, tiene que tomarse todo el vaso de una (fondo blanco). Por lo cual, si alguien quiere tomar, la otra persona esta obligada a tomar también. El brindis se hace al canto del “Gan-bhei”. Razón por la cual, todos terminan borrachos muy temprano.

Más de una vez nos paso de compartir este tipo de escenas con chinos. Con mucha inocencia le contamos que en “Algentina” decimos chin-chin cuando brindamos. Y brindamos, y dijimos chin-chin. Y todos los chinos de la mesa se empezaron a reír y a darse picos. No entendimos nada hasta que uno nos aclaro que “chin-chin” es besarse en chino. En fin, organizamos una secuencia de besos improvisados!

  1. Esa muralla sola que se ve desde un avión…

Los chinos se enorgullecen de su Gran Muralla China. Está presente en todos los menúes de restaurant, en todas los folletos turísticos y en cada casa cuelga un poster de la Murralla China. Para ellos es la obra máxima de la humanidad y es la única construcción realizada por el hombre que se ve desde el espacio. Pero, lamentablemente, tenemos que decirles que es mentira. La Muralla China no se ve desde dado que no es tan ancha y su color es igual al entorno. No por eso se vuelve menos atractiva. Sigue siendo una de las siete maravillas modernas más interesantes.

  1. ¡Segundo hijo más barato!

Las políticas chinas del hijo único son de público conocimiento, pero hace un tiempo el gobierno comenzó a flexibilizarse y a permitir a las familias tener un segundo hijo siempre y cuando el primer hijo sea mujer. Si es primer hijo es hombre, ahí se acaba la cuestión salve que paguen una multa de varios miles de yuanes.

Pero algunos estados, con el afán de recaudar y de que no decrezca la pirámide poblacional comenzaron a hacer descuento y prorrogas para que China siga siendo el país más poblado del mundo. De este modo, nos aseguran chinos para largo rato.

La historia del gran Komitas
La tía de no se quién dijo alguna vez que viajar exacerba los sentidos. No lo sé, pero por lo pronto hay veces que recuerdo algunos lugares por sus paisajes, otras veces por su olor (sea agradable o no), muchas veces por su comida y cada tanto por la música. Respecto a la música pasa algo curioso y aquel que viaja a dedo lo sabe, somos “rehenes” musicales del conductor. Suenan canciones en otros idiomas y cuando quieren agasajarnos con algo en español ponen Enrique Iglesias. Por eso aprendimos algo de ruso, para pedir que no ponga Enrique Iglesias. “Niet, niet, Enrique Iglesias niet. Feo, caca”, y así logramos que nuestro conductor y DJ pase a la siguiente canción.

Armenia no fue la excepción. Era un día nublado y frío, todo nos parecía frío porque veníamos de Irán donde lo más fresco que logramos estar era cuando viajamos en la caja de una camioneta. La lluvia amagaba con caer en cualquier momento y cuando se detuvo el primer auto subimos.

Luego de las preguntas de rigor, sobre nuestra locura de viajar así, nuestro país de origen y la cantidad de lugares que recorrimos, la música tomó el papel protagónico en el auto. Si me preguntaban en ese momento hubiera dicho que parecían cantos gregorianos. El conductor y DJ nos preguntó: “¿Les gusta Komitas?” y ahí me acordé de haber leído algo sobre él en algún un capítulo de algún libro.

Komitas no era su nombre verdadero, sino el que adoptó cuando se convirtió en monje. Nació en 1869 en lo que hoy es Turquía, en aquel entonces vivían entre dos y tres millones de armenios en Turquía. Estudió música en Berlín y dedicó toda su vida a recopilar canciones armenias. Viajaba de pueblo en pueblo anotando y aprendiendo canciones populares que logró inmortalizar. Fue un viajero errante que se hacía pasar por juglar en los pueblos narrando grandes historias armenias a través de sus canciones. Incluso compuso misas que hasta el día de hoy se escuchan en las iglesias armenias.

Pero hubo un gran quiebre en su vida, como en la vida de millones de armenios. El gran genocidio llevado a cabo por los turcos. Hasta el genocidio de los Nazis con lo judíos, el genocidio armenio había sido el más grande de la historia. Murieron casi dos millones de armenios. A Komitas lo capturaron el 24 de abril de 1915, fecha considerada como el comienzo del genocidio. Lo llevaron al borde de un precipicio. Lo tuvieron ahí mirando el abismo. La hija del sultán turco, que era alumna suya, intervino por su liberación. Pero fue tarde. A Komitas no lo arrojaron al vacío pero la cercanía con la muerte lo dejó sin palabras, literalmente.

Lo trasladaron a París, a un hospital psiquiátrico. Komitas no volvió a hablar, ni a componer, ni a hacer música. Intentaron de mil maneras distintas para sacarle un palabra, una sonrisa o un gesto, pero no hubo caso. Murió en aquel hospital psiquiátrico en 1935, pero pareciera que su vida se la habían arrancado 20 años antes.

Entonces cuando el conductor me preguntó si me gustaba Komitas no pude más que asentir y pedirle que ponga el volumen un poco más fuerte.

Les compartimos 45 minutos de Komitas, para que piensen que sentíamos nosotros cuando recorríamos aquel dolido país, en ese auto, escuchando a Komitas y mirando el paisaje por la ventana.


Genocidio Armenio, una cuestión inconclusa

“Propongo al Congreso el exterminio total de los armenios del Imperio otomano; es necesario aniquilarlos. Para llevar a cabo este propósito hay que actuar, frente a todas las dificultades, absueltos de conciencia, de sentimientos de humanidad, pues la cuestión no es de conciencia ni de sentimientos humanitarios: es sólo de índole política, íntimamente vinculado con el beneficio y futuro de Turquía.
Así terminará inmediatamente la Cuestión Armenia.
El gobierno turco se liberará de la intromisión extranjera en sus asuntos internos.
El país se desembarazará de la raza armenia y así brindará un amplio campo a los turcos.
Las riquezas de los armenios pasarán a ser propiedad del gobierno turco.
Anatolia será territorio habitado exclusivamente por turcos.
Se aplastará el obstáculo más importante para el logro del ideal panturánico.”

Nazim Fehti, secretario general del CUP. 14 de septiembre de 1910

***

Pasaron más de cuatro meses desde que visitamos Armenia y en el medio pasaron muchas cosas. Siento que escribir sobre esto no tiene mucho sentido. Pero creo firmemente que escribir, en este caso, es una forma de reclamar justicia y denunciar una situación que millones parecen negar.

Si bien es cierto que Armenia es tierra de vinos, cultura, paisajes montañosos, monasterios y tradición cristiana, para nosotros su mayor atractivo radica en su gente. El pueblo armenio siempre nos llamó la atención. Quizá por tener amigos descendientes de armenios, quizá por la injusta historia y por el poco reconocimiento mundial de su genocidio. Quizá por eso, en nuestro viaje por el país decidimos prestar atención a un sólo detalle en nuestro viaje por el país: sus habitantes.

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Tras una vuelta por las lindísimas montañas, los increíbles monasterios y el no-reconocido Estado de Nagorno Karabaj, nos propusimos alcanzar Ereván, la capital de Armenia.

La ciudad es pequeña, tal es así que se puede recorrer caminando. Priman los parques, las plazas, iglesias y las construcciones europeas. La ciudad está sobre una colina, por lo cual basta con sólo subir un poco para obtener vistas increíbles.

Desde cualquier esquina se puede ver el Monte Ararat, uno de los picos más altos de la región. El Monte Ararat supo ser el orgullo armenio, pero eso también se lo robaron. Ahora es parte de Turquía.

El Monte Ararat de fondo

El Monte Ararat de fondo

Pero el encanto de Ereván no sólo se ve en sus calles ni en sus habitantes sino, también, en sus alrededores. A pocos kilómetros de acá, está Novavank un monasterio del siglo IX ubicado en el centro de una garganta montañosa. También visitamos Khor Virap, otro monasterio casi al pie del monte Ararat donde se dice que Noé ancló su arca.

Pero en realidad, no quiero enumerar las puntos agradables de la ciudad ni todo lo que el país tiene. En realidad, quiero decir todo lo contrario. Quiero decir lo que falta: justicia.

El Genocidio Armenio, como tantas otras cosas, tampoco lo estudié en la escuela. Menos en la universidad. En realidad, me enteré por una amiga de apellido largo, difícil y que termina en –ian. Y sólo, porque estábamos en el 2015 y se cumplían 100 años del genocidio y ella me dijo que iba a ir a la marcha que se realizaba en Buenos Aires.

Tampoco sabía del genocidio de Camboya en manos de los jemeres rojos, tampoco de los desaparecidos de Stalin en los gulags de Siberia. Supongo que son pocos, también, los extranjeros que saben de los más de 30.000 desaparecidos argentinos. El genocidio perpetuado por Hitler es el más conocido, pero no por ello el único ni el más voraz.

SOBRE EL GENOCIDIO ARMENIO:

El Genocidio Armenio no tuvo otro fin más que borrar de lleno la existencia de la etnia armenia y consistió en la deportación forzosa de entre un millón y medio a dos millones de armenios. Fue llevado a cabo por el Gobierno Otomano de los Jóvenes Turcos entre 1915 y 1923.

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Hasta 1914 el pueblo armenio era considerado dhimmi, concepto con el que la ley islámica denomina a judíos y cristianos que habitan en estados islámicos y cuya presencia es tolerada sólo a cambio de un pago de ciertos impuestos y de la aceptación de una posición social inferior. Cabe mencionar que los territorios armenios estaban ocupados por el Imperio Otomano y que el gobierno zarista con sede en Moscú ya comenzaba a tener intereses en esa región.

Pero el 24 de abril de 1915, el gobierno turco consideró que el clima en Armenia ya estaba demasiado caldeado y que era hora de hacer algo. Ese día se ordenó el arresto de 250 armenios intelectuales. Con el correr de los días, la orden de arresto se hizo extensiva a millones de personas. Todos los armenios detenidos fueron confinados a campos de concentración, la mayoría situados cerca de Siria e Irak. Muchos de los armenios nunca llegaron a los campos; murieron por el camino víctimas de las duras condiciones de la marcha, la inanición o los abusos indiscriminados del propio ejército que les “escoltaba”. Los que lograron sobrevivir asumieron la condiciones de refugiados y se exiliaron a otros países.

Es curioso que en 1939 cuando Hitler comienza a dejar traslucir la idea de campos de concentración para judíos menciona en su defensa que “Después de todo, ¿quién habla hoy en día de la aniquilación de los armenios?

En el año 2017, solamente 29 países reconocen el Genocidio Armenio como tal. La Republica de Turquía sigue negando el atropello cometido. No reconocen ni el número de muertos ni las razones de muerte. Argumentan que murieron en combates e incidentes internos. Las relaciones entre ambos países son pésimas y las fronteras terrestres están cerradas. Incluso muchos territorios siguen en conflicto, el bíblico Monte Ararat es un ejemplo de ello.

EL MUSEO DEL GENOCIDIO ARMENIO:

El museo del Genocidio Armenio en Ereván me llamaba mucho la atención. Decidimos ir caminando, sin saber que eso implicaba salirnos de la ciudad y trepar una colina. Y también, por no saberlo, entramos por la parte de atrás; Cruzando el bosque de pinos que celebridades y lideres políticos y culturales plantaron en señal de reconocimiento del holocausto.

Lo primero que vimos fue una gran estructura metálica. En su interior una llama que nunca dejaba de flamear. Alrededor, 12 altísimas paredes de hormigón que lo hacían sentir a uno muy pequeño (cada pared representa una de las 12 provincias perdidas del territorio armenio). A nuestro lado, decenas de armenios llorando. Mujeres, hombres, jóvenes, ancianos, parejas. Llorando a moco tendido, dejando velas y ramos de rosas, cintas con nombres, estampitas y objetos personales. Llorando a sus muertos. ¿Sería la primera vez que pisaban su tierra? ¿Qué sentirían? ¿Cómo es cargar con el sufrimiento de ser expulsado de tu tierra?

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Finalmente ingresamos al museo. Frío, oscuro, silencioso. Repleto de imágenes congeladas y leyendas que dan cuenta del horror: mutilaciones, violaciones, fusilamientos y torturas. Nos recordó mucho nuestra visita a los campos de Auschwitz en Polonia.

Son muchas las comparaciones con el holocausto judío. Cada día son más los historiadores e informes que dejan entrever que Hitler se inspiró en las ideas del Genocidio Armenio.

Lo cierto es que hoy Armenia es un país vacío, sin justicia ni reconocimiento internacional. Lo que no cargaron los turcos, los soviéticos se ocuparon de hacerlo suyo. Armenia hoy solo tiene 3.000.000 de habitantes. Son más los armenios que viven en el exterior que dentro de las fronteras de su país.

Tener memoria y dar voz a las injusticias que encontramos durante el viaje es, una vez más, la única respuesta que podemos encontrar para intentar, al menos desde nuestro lugar, dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontramos. Quizá sólo por eso tenía ganas de escribir y volver a recordar todo lo que sentimos en Armenia.

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Guía de viaje a España

ACLARACIONES SOBRE ESTA GUÍA DE VIAJE A ESPAÑA

La información recogida aquí se corresponde con nuestro viaje a España en noviembre y diciembre del 2016.

Esperamos que cumpla su objetivo: serle útil a futuros viajeros. Cualquier duda, pregunta o comentario, no duden en hacerlo llegar.

¡Buen viaje y disfruten de España!

INTRODUCCIÓN PARA VIAJAR A ESPAÑA

Siendo tierra de vinos y aceitunas, de mares y montañas verdes, de toreros y flamenco, el Reino de España es, sin duda, uno de los países más lindos que visitamos. Quizá por eso decidimos volver.

España no es un país “grande” pero está dividido en diecisiete regiones autónomas. Cada región es un mundo completamente distinto. Distinta cultura, distinta gastronomía, distinta geografía y, en algunos casos, distintos idiomas.

España es un país que a todos nos es familiar. Quizá por el idioma o por nuestro pasado migratorio, sea como fuere es un país que merece ser visitado en cualquier viaje por Europa.

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Parque El Retiro – Madrid

VISA

La mayoría de las nacionalidades latinoamericanas y europeas no requieren visa para ingresar a España ya que es parte de la Unión Europea y de la Zona Schengen. El tiempo máximo permitido de estadía es de 90 días.

MONEDA

La moneda es el Euro aunque la gente mayor siga hablado de “pesetas”. Para ver la cotización actual del euro con cualquier otra moneda xe.com

Nosotros, por lo general, utilizamos tarjetas de crédito y euros en efectivo. Muchos sitios aceptan dólares pero lo toman a un valor muy bajo.

IDIOMA

El idioma oficial es el castellano aunque levemente modificado por el acento español (¡Hostias, tío!).

Muchas comunidades tienen su propio idioma como, por el ejemplo, el gallego, el vasco o el catalán, el es muy común oírlo y verlo en las calles. Pero no pasa nada, todos hablan español y en general no tienen problema de hablarlo con turistas.

En las regiones turísticas (casi) todos hablan inglés, por lo cual el idioma no es problema.

Casa Batló - Barcelona

Casa Batló – Barcelona

CLIMA

España tiene una geografía diversa y muy interesante. Nace al sur de Francia y se extiende (curiosamente) hasta las lejanas Islas Canarias en la costa de África.

Precisar un tipo de clima en España es complejo porque cada región es completamente distinta. No es lo mismo el frío que puede hacer en el Pirineo Aragonés en invierno que el clima Mediterráneo que hace en Málaga durante febrero.

Por lo cual, es importante precisar que al estar en el hemisferio norte el verano es de junio a agosto y el invierno de diciembre a marzo. Según la zona, en invierno hace bastante frío y en verano bastante calor. Lo ideal es ir siempre en otoño (septiembre-noviembre) o primavera (marzo-junio) para no sufrir las temperaturas en extremo.

PRESUPUESTO

España es uno de los países más baratos de Europa occidental. Pero digamos que dentro del país los precios varían mucho. Cataluña y el País Vasco son las regiones más caras mientras que Andalucía y Galicia las más baratas. Pero vamos, con ingenio se puede encontrar el modo de viajar sin gastarnos todo nuestro presupuesto. Como siempre, un viaje puede ser tan caro y tan barato como uno de deseé y planeé. En nuestro caso siempre viajamos de un modo económico, al mejor estilo mochilero.

Arroyo de la Luz - Extremadura

Arroyo de la Luz – Extremadura

Nosotros no realizamos excursiones pagas (nos las ingeniamos para realizarlas nosotros mismos) y solemos optar por transporte público antes que tomar un taxi o autos privados con chofer.  Viajamos lento y de manera pausada. Solemos informarnos bastante sobre precios, distancias, medios de transporte o cualquier otra variable que intervenga.

Cuando más rápido uno quiere viajar y más destinos en menos tiempo quiere ver, el presupuesto se encarece mucho más.

Un presupuesto muchilero (holgado) promedio en España puede ser de unos 30 euros al día/por persona. Incluye alojamiento (hostel con baño compartido), comida y transportes públicos. Lo más caro en España son las entradas a museos o sitios históricos.

Por ejemplo, la Sagrada Familia en Barcelona cuesta 18 euros por persona y La Alhambra, otros 16 euros más. Eso sí, hay descuentos para estudiantes menores de 26 y jubilados mayores de 65 años. A su vez, muchos museos y sitios históricos suelen tener días y horarios donde la entrada es gratuita o reducida.

¿Tendrá algo que ver con La Alhambra?

¿Tendrá algo que ver con La Alhambra?

Nuestro presupuesto en España se descompone en tres cosas básicas. Comer, dormir y viajar:

COMIDA

Lo mejor de España son las cañas, el vermouth de grifo, el jamón y las tapas. Bueno, en realidad toda la comida en España es riquísima y con muchísimas opciones carnívoras y vegetarianas.

Desde grandes paellas o exquisitas tortillas, todo está buenísimo. Eso sí, bien graso y aceitoso para que el gusto se sienta más.

Cada región de España suele tener su oferta gastronómica, no es lo mismo el Pulpo a la Gallega en Galicia que una Paella Valenciana en Valencia. Lo mejor es pedir siempre lo típico de cada zona.

El vino también es famoso, aunque siendo sinceros, los vinos de Argentina son mejores.

ALOJAMIENTO

Las opciones de alojamiento van desde hoteles de súper lujo hasta hostels compartidos a muy bajo precio.

Para nosotros, la mejor opción sobre todo si se trata de un grupo familia fue alquilar un departamento. El precio es por día y la mejor opción es Airbnb (con este link pueden obtener 35€ de crédito). Es decir, suelen ser casas de familia con habitación de alquiler. Algunas con baño privado, alguna incluyen desayuno, etc. Hay muchas opciones y cada una de adapta a los distintos presupuesto.

La zona y la época del año influyen muchísimos en los precios. En temporada baja los hoteles suelen hacer grandes rebajas en sus precios. Las Islas Baleares, por ejemplo, tiene opciones de alojamiento mucho más caras que en resto del país pero en invierno los precios son regalados.

TRANSPORTE

España, como ya dijimos, es un país que se adapta a todos los presupuesto y estilos de viaje. Es un país relativamente chico que se puede recorrer muy bien en bicicleta, en tren (con los pases globales se ahorra mucho dinero) con vehículos de alquiler, coches compartidos y en transporte público. Lo que no es tan común en España y todos ponen cara rara es hacer autostop (viajar a dedo). Nosotros no lo intentamos pero escuchamos que no es fácil.

Otra opción barata para viajar en España son los vuelos low-cost. Desde Madrid o Barcelona hay muchísimas opciones y los precios si uno compra con tiempo y sin despachar equipaje son muy baratos.

Nosotros llegamos a Barcelona en avión desde Polonia. Teníamos poco más dos meses para recorrer el país por lo cual optamos por hacerlo tranquilos y a nuestro ritmo. Utilizamos transporte publico (autobuses), el famoso tren AVE (de alta velocidad) y Bla bla car (coches compartidos entre particulares). En algunas regiones, como Galicia por ejemplo, utilizamos un vehículo de alquiler.

Si disponen del tiempo y del dinero, alquilar un coche es una de las mejores opciones para recorrer España. Las distancias son cortas y es casi todo autovía. Está lleno de gasolineras, indicaciones y el idioma hace que todo sea más fácil.

Además, hay muchos bosques, costas y espacios naturales a los cuales solo se puede llegar en auto. El coche propio siempre da más libertad.

Hay muchísimas agencias de vehículos de alquiler y suele haber promociones muy interesantes y que vale la pena aprovechar. También, comprar un coche y luego venderlo si se va estar un tiempo prolongado no es una mala idea.

Además, podemos obtener otras ventajas de esta forma de viaje, como a través de las tarjetas puntos de las gasolineras. A veces no las ofrecen sino que hay que preguntar por ellas. Una de las más conocidas son las tarjetas MiBP porque tienen muchos convenios con otras empresas y permiten ahorrar bastante dinero con sus descuentos en varias tiendas por departamento y, además, se pueden aprovechar sus descuentos en lubricantes, carburantes y en otros productos útiles para el coche.

ITINERARIO

En total estuvimos dos meses en España y este fue nuestro itinerario:

Barcelona (Cataluña)

Barcelona fue una ciudad que siempre quisimos conocer, y fue la primer ciudad de la península ibérica que visitamos. Siendo claros: nos encantó, la combinación Gaudí, Mar Mediterráneo y montañas se ganó nuestro amor. Pasamos más de una semana y no nos dieron ni los pies ni los ojos para ver todo lo que la ciudad ofrece.

Si, es cierto que es una ciudad muy turística pero es muy fácil escaparse del malón.

Zaragoza (Aragón)

Ya en la región de Aragón, Zaragoza se parece mucho a la “España” que imaginábamos. El acento, las cañas, la vida en las calles, tiene su aire.

El centro histórico de Zaragoza es precioso y tiene la suerte de albergar la Catedral de Nuestra Señora del Pilar con obras de Goya incluida.

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Madrid

Madrid nos recordó mucho a Buenos Aires. Quizá demasiado.

Es una capital tranquila, con el gran Parque El Retiro que le da mucho aire y verde a la ciudad. Tanto el Museo El Prado como el Reina Sofía con una parada obligada para cualquier amante del arte.

Cáceres (Extremadura)

Ni los españoles nos creían cuando les decíamos que íbamos a ir a Extremadura. Es una de las regiones menos visitadas de España y para nosotros una de las bonitas. Extremadura, muy cerquita de Portugal, conserva ciudad antiquísimas como Cáceres o Plasencia combinado con unas dehesas preciosas llenas de verde y vida. Ideal para juntar castañas y setas.

Sevilla (Andalucía)

La Giralda, el Real Alcázar y los sevillanos son de lo más lindo de España. Es una ciudad preciosa con un casco histórico muy bien conservado combinado con el carisma y acentazo andalu’ de los sevillanos. Además, muy buena comida!

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Granada (Andalucía)

La alhambra es única. Para recorrerla con tiempo y sin apuro. Realmente un sitio encantador donde la cultura islámica se mezcla con occidente. Una obra de arte.

Si a eso le sumamos Sierra Nevada y el Albaicín la combinación es explosiva. Granada es hermosa, no hay dudas.

Málaga (Andalucía)

Habíamos oído hablar mucho y muy bien de Málaga y de la Costa del Sol. Tuvimos la suerte de coincidir con una tormenta tropical que resulto causar una de las mayores inundaciones de la zona en los últimos años. Lo cierto es que no pudimos ver nada de Málaga ni alrededores. Deberemos volver.

Santiago de Compostela (Galicia)

Dicen que en Galicia siempre llueve, y más en invierno. Tuvimos la suerte de visitar Santiago de Compostela con sol y calorcito.

La catedral de Santiago es imponente aunque es cierto que ahora esta en renovación y toda la fachada esta tapada. Una ciudad para caminar y perderse.

Vigo (Galicia)

La lluvia de Málaga fue el anticipo de lo que nos iba a llover luego en Vigo. La ciudad es bonita y tener el mar siempre tan cerca le da unos puntos extras. Vale la pena caminar por el casco histórico.

Pero para nosotros Vigo tuvo un valor especial. Desde ahí salían los barcos de gallegos con rumbo a Argentina y desde Vigo comenzamos un viaje por Galicia a nuestras raíces. Conocimos los pueblos respectivos de donde fueron oriundos nuestros abuelos.

Tenerife (Islas Canarias)

Volamos a Tenerife y perdimos registro de donde estábamos ¿España? ¿África? ¿O Latinoamérica? El acento, la comida, la gente… Tenerife es distinto al resto de España, no hay dudas.

La isla es grande y es ideal para recorrer con vehículo de alquiler.

Las playas volcánicas y el imponente Teide (pico más alto de España) hacen de Tenerife un sitio muy particular.

RECOMENDACIONES Y CONSEJOS PARA VIAJAR A ESPAÑA

Interiorizate: España está atravesada por una historia política muy complicada e interesante. Tratá de llegar a España conociendo algo, de su geografía, cultura, historia política y de su situación actual.

Planificá: Un viaje sale mejor cuando uno lo planifica, al menos un poco. No somos partidarios de un viaje plenamente organizado, con reservas y un itinerario definido. Somos partidarios de que el viaje se vaya armando a sí mismo, pero eso no quita que uno planifique, al menos, algo. Mira un mapa, que lugares te gustaría conocer, por qué, fijate si te quedan de paso, arma un posible recorrido. Tener en cuenta tu presupuesto, tus gustos y tus ganas.

– Dejá los prejuicios en casa, en serio. Tratá de no quedarte con lo obvio.

– España es un país seguro, es casi inexistente la inseguridad y los robos. No existen, en parte, porque la policía esta todo el tiempo y a todo momento rondando por ahí. Igualmente, estate atento a tener ciertas precauciones.

¿CONVIENE VIAJAR CON SEGURO MÉDICO?

Nunca se sabe si lo vamos a necesitas, por lo cual, nosotros igual nos sacamos uno. Seguramente no lo uses, pero por las dudas…

Lo que es cierto es que como argentinos en la Zona Schengen es obligatorio para entrar. No conocemos ningún caso que se lo hayan pedido, pero mejor tenerlo y no usarlo, a necesitarlo y no tenerlo. Hay muchas ofertas y promociones, 2×1, descuentos. Les recomendamos que chequeen posibles cotizaciones y tipos de coberturas en Asegura tu viaje.

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Cortázar y Barcelona: una relación desconocida

Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914. En Bélgica ya que era donde su padre trabajaba como funcionario de la Embajada Argentina. Al poco tiempo, y coincidiendo con la primera guerra mundial, la familia Cortázar se trasladó a Barcelona y aquí vivieron dos años. Lo de Cortázar y Barcelona es una relación desconocida quizá como es, también, la relación de Freud con los viajes.

***

Desde aquel día y a lo largo de su vida, Cortázar fue perseguido por un sueño reiterativo. Según confesó años más tarde su sueño “trataba de una ciudad con raros edificios, todos coloridos y extrañas cúpulas. También un gran parque, un lugar mágico al cual su madre lo llevaba todas las tardes a tomar sol.” O al menos, ese decía ser el relato del sueño.

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Sesenta años más tarde y sospechando que aquel lugar de sus sueños podía ser el Parque Güell, Cortázar volvió a Barcelona. La sospecha se basaba en unas fotografías que había visto en una revista. Él nunca había asociado su sueño con aquella ciudad casi desconocida en la cual solo residió de muy pequeño. Él solo se debatía entre París y Buenos Aires, Barcelona no tenía lugar en su cabeza. O mejor dicho, en su consciencia.

Cortázar volvió a Barcelona y le pidió a Peri Rossi, su amiga uruguaya, que le acompañara al Parque Güell una tarde de otoño.

Julio Cortázar jugó a ser el detective de su propio sueño. Volvió a Barcelona buscando el origen de su sueño recurrente. Y al llegar a la ciudad se dio cuenta de que sí, que posiblemente aquel parque, aquel colorido Palacio de la Música y aquella ciudad entera era el origen de ese sueño de infancia.

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Dicen que Cortázar se decepcionó. Que su sueño era mucho más pomposo e importante que la ciudad. Él dejó Barcelona decepcionado. Haber descubierto el origen de aquel sueño no importaba tanto, el sueño, su sueño, valía más que la realidad.

***

Nosotros por el contrario, de Barcelona nos fuimos a París. Quizá estábamos siguiendo las huellas de Cortázar, quizá el origen de nuestros propios sueños (incluso de los que soñamos despiertos) o, por ahí, solo estábamos yendo a visitar la ciudad más famosa del mundo.

Pero a diferencia de Cortázar, a nosotros Barcelona no nos decepcionó. Por el contrario, nos encantó. En aquel momento, nos fuimos sabiendo que íbamos a volver. Siempre, íbamos a volver.

Si te gusta Julio Cortázar y te apasionan los viajes, quizás quieras leer esta carta inédita que Cortázar escribió luego de visitar India.

 

Nagorno Karabaj, el país que pocos reconocen

Recuerdo que llegué a la región de Nagorno Karabaj con la cabeza mareada de tantos pensamientos. Hoy, si reviso mis notas encuentro solamente garabatos que se plantean sobre el sentido del viaje y la vida. Preguntas que se extienden entre las hojas de mi cuaderno, pero que se cortan abruptamente al llegar a Shushi.

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El pueblo de Shushi sacude hasta a los más duros. Nada más al entrar uno ya tiene la sensación de estar en un lugar medio vivo y medio muerto. Edificios destruidos pero con ropa colgada en los balcones. Paredes llenas de agujeros de balas pero con grafitis coloridos. Un leve sol que se anima a salir pero una niebla espesa que cubre todo. Triste pero real. Así es el primer pueblo que visitamos en el no recocido país de Nagorno Karabaj.

Nagorno Karabaj es, en realidad, un enclave armenio en territorio de Azerbaiyán. Un país no reconocido por ningún miembro de la ONU. Un hueco en los mapas. Una frontera invisible pero tangible en sus controles y en la vasta presencia militar. Un pueblo que sufrió (y sufre) la guerra y luchó (y todavía lucha) por ser reconocido.

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Llegamos a Sushi a dedo (autostop) desde Armenia. En realidad, desde el único sitio que se puede llegar, ya que las fronteras de Nagorno Karabaj solo están abierta con Armenia. Las fronteras con Azerbaiyán están cerradas. Incluso, la República de Azerbaiyán no permite el ingreso de ningún viajero que haya estado en Nagorno.

El viaje hasta Sushi fue ameno, pero el mayor problema fue comunicarnos con el dueño del auto que nos levantó. El insistía que ir a Artsaj era una gran idea, que ahí estaban las montañas más lindas del mundo y que la culpa de todo esta guerra eran los políticos. Luego, entendimos que Artsaj era el antiguo nombre armenio de la región. Pero, por las dudas y mientras fuimos en el auto, nosotros le dijimos que sólo íbamos a ir a Nagorno Karabaj, no a Artsaj. Nagorno Karabaj es el nombre ruso de la región y significa altas montañas. Pero el hombre no se preocupó por nuestro desconocimiento, al contrario siempre alabó que las comunidades armenias de Argentina y Uruguay hayan colaborado mucho con el levantamiento del no-país después de la guerra. Nosotros queríamos saber más, pero el idioma era una barrera. Por suerte, en Sushi nos espera S., él sí hablaba inglés.

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El auto nos dejó a unos 5 kilómetros de la ciudad de Sushi. Decimos caminarlo, además el hombre tenía razón, las vistas eran increíbles. Caminamos por el borde de la montaña mirando hacia abajo la ciudad de Stepanaket, la capital de este no-país.

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Pero el paisaje idílico se interrumpió al poner un pie en la ciudad. Buscando la casa de nuestro anfitrión cruzamos callejones desérticos, que para mi no eran más que venas de asfalto y para ellos un campo de batalla. Casas destruidas y hoy ocupadas por la naturaleza.

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Nuestro anfitrión es un ex – soldado de la guerra que se nota que se entretiene contándole a los extranjeros sus experiencias. Cuando llegamos estaba sentado hablando con otro hombre, un tanto más joven. Los dos sentados bajo la sombra de un gran roble fumando cigarros y tomando café. Interrumpimos una discusión animada.

Nagorno Karabaj siempre fue parte de Armenia, hace diecisiete siglos” nos dijo S. antes de que nos sentemos. “El problema comenzó con el genocidio armenio y cuando los turcos llegaron acá. La gente se escondió en las montañas para que no los encuentres y ellos poblaron la zona con azeríes. Pero los azeríes invadieron la zona, su reclamo por estas tierras no tiene sentido. Ellos quisieron destruir algunos monasterios del siglo tres DC. Si realmente fuese su tierra, ¿Por qué quieren destruirla?” Casi que así nos presentamos. Cualquier otra forma no hubiese tenido sentido. Nosotros vinimos para poder ver esta historia a los ojos.

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Luego la situación continúo empeorándose, Stalin…” haciendo una larga pausa y tomando aire agregó, “…Stalin nació en Georgia, conocía bien el Cáucaso. Sabía de los problemas de esta tierra encerrada por dos mares y repleta de montañas. Sabía del problema entre los armenios y los azeríes y no hizo más que empeorarlo. Decidió dejar Nagorno Karabaj bajo el control de Bakú (capital de Azerbaiyán) porque de esta manera se aseguraba que Armenia dependa de la ayuda rusa.” El cuello se lo iba poniendo rojo y las venas hinchando. Pero no se detuvo ahí. “Porque en la época soviética estábamos bajo la influencia rusa, pero todos sabíamos que cuando Rusia se vaya la guerra iba a estallar. En 1988 Nagorno Karabaj votó para separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia. Tal es así que tenemos su misma moneda y su mismo idioma. Hasta nuestra bandera es parecida. Pero no, nadie dijo nada. Ahí mismo empezó la guerra. Rusia nunca nos reconoció, siempre se puso del lado del más fuerte. Pero el pueblo armenio se levantó en armas, porque la defensa de Nagorno Karabaj era también la defensa de toda Armenia y la última frontera de Europa y del cristianismo.”

Es que sí, al oeste los límites de Europa están muy claros. Con todos los mares delimitando el principio del continente. ¿Pero hacia el este? ¿Dónde termina Europa?

Los límites tienen que ser culturales. Armenia es el extremo sureste del cristianismo. Nosotros somos el último eslabón de Europa, somos la frontera con Asia. Y los musulmanes vienen por todo. Pasa en el oeste de Europa, como en Francia hace poco, y pasa también acá.” Agrega S. cada vez más enojado.

El último conflicto armado entre azeríes y armenios fue en abril del 2016, unos meses antes de nuestra visita. S. ya no era más parte del ejercito, pero su hijo sí y combatió en aquel enfrentamiento.

El atardecer encontró hablando y en el cielo se tiño de rosa. Nagorno Karabaj es una de esas tierras con paisajes encantadores, de los más lindos del mundo, como puede ser la Patagonia o los Alpes Suizos. Con monasterios milenarios, montañas, verdes valles y ríos de agua transparente.

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Pero, lamentablemente, está atravesada por una guerra que no los deja pensar ni reflexionar. Ellos tiene que actuar. O mejor dicho no pierden el tiempo pensando, como yo, en lo frágil de la condición humana. Su mundo se reduce a algo mucho más concreto, en un nosotros somos los buenos y ellos son los malos. Entonces ya no queda lugar para cualquier otra discusión.

En Nagorno Karabaj yo tampoco puede pensar en otra cosa más que en la cercanía e inmediatez de la guerra. Quizá por eso mi cuaderno también quedó en blanco.

Armenia y sus habitantes

El sentimiento fue proporcionalmente inverso que a la entrada. Ahora no me preguntaba en que momento debía cubrirme, sino por el contrario contaba los pasos que faltaban hasta cruzar la línea imaginaria que separa a Irán de Armenia. Sólo en ese punto iba a poder sacarme mi improvisado hiyab. También iba a sacarme la camisa de manga larga y con suerte, las calzas que tenia debajo de la pollera. Es que con 39 grados, me costaba mucho andar tan cubierta.

Se ve que no era la única. Delante nuestro, un grupo de cinco mujeres iraníes esperaban que les devuelvan sus pasaportes ya sellados. No les daban las piernas para correr. Buscaron refugio en el primer árbol que se ve del otro lado del puente que separa ambos países, justo debajo de la bandera roja, azul y naranja. Ahí, se sacaron toda la ropa que pueden. Quedaron en short y musculosa. Comenzó una sesión de fotos, maquillaje, y risas. Ellas festejan haber alcanzado cierto estado de libertad, yo, en cambio, trato de pensar cuál de las dos posturas es más opresiva. Pero también aprovecho, y me saco todo la ropa que llevo de más. Las vuelvo a mirar; siguen sacándose fotos. Las leyes, muchas veces, suelen producir el efecto contrario de lo que intentan regular. Las leyes religiosas de la República Islámica de Irán son un claro ejemplo.

Del otro lado, seguían las mismas “libertades”. Todos los locales eran clubs nocturnos y anunciaban cerveza fría. Así fue que nos enteramos que Armenia era el terreno de libertinaje para muchísimos iraníes. Casi, para todos los iraníes que podían salir del país sin problema. Pero nosotros no buscábamos eso. Armenia representaba mucho más que cervezas y poder vestir musculosas.

***

Armenia, siendo sinceros, era un país que siempre nos llamó la atención y al que le tenemos un cariño especial. Posiblemente por su cercanía con Argentina y por la cantidad de amigos armenios, quizá por su historia. Armenia nos generaba simpatía, pero también pena, tristeza y desconsuelo. Además, viajar por Armenia nos devolvía un poco a nuestro mundo conocido. Después de tantos meses viajando por países musulmanes, hinduistas o budistas, encontrarnos con el cristianismo cara a cara era todo un adelanto. Armenia es un país por el cual sentíamos empatía, un país en el cual no nos llamaba tanto la atención los paisajes ni los sitios turísticos, sino su gente. Sus habitantes. En Armenia sólo queríamos hacer una cosa: hablar con su gente.

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Para eso, no hay mejor manera que hacer dedo. Viajar haciendo autostop nos obliga a subirnos al auto de un desconocido por cierta cantidad de kilómetros y compartir nuestras historias. Así comenzamos a esperar el primer auto. Pasó uno, pasó otro. Todos querían plata. Decidimos seguir esperando. Teníamos que hacer solamente cien kilómetros hasta la ciudad de Goris. Nos frenó una pareja que escuchaba reggaeton a todo volumen y nos llevó diez kilómetros más adelante. Decidimos parar a almorzar al lado de la ruta. Pedimos un khachapuri, un pan relleno de queso, huevo frito y manteca. Volvimos a la banquina a seguir esperando. Finalmente pasó (y frenó) un auto. Nos lleva hasta mitad de camino. Se trata de L., una armenia-rusa que vive en Ereván y viaja alrededor del país por trabajo. Habla inglés y es la mejor introducción que podemos tener al país.

Con L. charlamos bastante. Le preguntamos por la situación actual del país, por su trabajo y por sus aspiraciones. Reconocé que ni ella ni su mamá hablan armenio. Su idioma es el ruso. La URSS cayó, pero sigue presente.

Avanzamos rápido y eso que es todo camino de montañas, con curvas y contracurvas. En Armenia, las distancias son cortas. Es un país chico y con pocos habitantes. Pero no siempre fue así. Armenia perdió territorio y población con el avance atropellador de la historia. Decidí preguntarle a L. por sus sitios favoritos en el país. Nosotros no teníamos ningún itinerario armado, por lo cual, sus sugerencias podrían ayudarnos.

Ella comenzó a divagar. Que es un país chico, que está en los conflicto, que las montañas quedaron del otro lado, que el bíblico Monte Ararat quedó en Turquía, que la mayoría de los armenios están fuera del país. Trató de ser concisa y le pido que sólo me diga el nombre de un lugar. De su lugar favorito en Armenia. Piensa. “El monasterio de Dilijian, ese es mi lugar preferido pero hace muchos años que no voy” nos dijo L. A los pocos kilómetros nos despedimos.

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De noche y con mucho frío llegamos a Goris. Nuestra primer para en el país. Teníamos la dirección de nuestro alojamiento anotada en un papel. La sorpresa fue descubrir que los nombres de las calles no estaban en letras latinas, ni en letras cirílicas. Todo estaba en armenio, un idioma tan complejo como antiguo.

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El traducir los caracteres uno por uno parecía una tarea bastante imposible. Decidimos preguntarle a un tipo que estaba estacionando el auto. No reconoce ni el nombre del hotel ni la dirección, pero nos invita a la casa. Ahí podemos usar internet y buscar la dirección correcta. La casa era de piedra, con balcones, ventanales y muchas flores. Combinada perfectamente con el cariz medieval que tiene la ciudad de Goris.

Para entrar a la casa, debemos sacarnos los zapatos. Adentro estaba su mujer y sus dos hijos, también sus padres, su cuñada y tres sobrinos. Todos se ponen de pie para saludarnos. Nadie pregunta nada ni interroga al hombre. Entrar con dos desconocidos era lo más natural del mundo. Nos ofrecen café, vodka, vino y galletitas. En ese orden. También bombones y una computadora para poder buscar la dirección del hotel.

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Cada vez que decíamos Argentina, ellos se ponían contentos. “Argentina-Armenia, amigos” decían y unían ambas manos como Alfonsín, en señal radical de la victoria. Y así, el dueño de casa comenzó a enumerar todos los argentinos-armenios que conocía. La cuenta era fácil, sólo había que decir apellidos que terminaban en –ian. Cuando ya estábamos dispuestos a salir de nuevo en busca del hotel, el hombre se ofrece a llevarnos en su auto.

***

El Monasterio de Tatev es el sitio de orgullo de los armenios. El orgullo es doble. Por un lado, se trata de una construcción impresionante hecha en roca en el filo de una montaña y por otro, para llegar hasta allá arriba uno puede tomar en cable-carril más largo del mundo, según los records Guinness.

Nosotros no optamos por el cablecarril sino que hicimos dedo en la ruta de tierra que conduce al Monasterio. A medida que el camino se iba metiendo más y más en el valle, nosotros no dejábamos de sorprendernos de tanto verde. Es que sí, veníamos del desierto donde ver un árbol era todo un espectáculo. Acá, por el contrario, no nos daban los dedos para contar todos los tonos de verdes y marrones.

El monasterio nos dejó boquiabiertos. Fue retroceder miles de años en la Historia de la humanidad. Curiosamente, Armenia fue la primer nación en adoptar el catolicismo como religión y la misma, aún hoy, sigue intacta.

El Monasterio de Tatev, al igual que otros tantos monasterios del país, está hecho en piedra maciza. La arquitectura es medieval, las paredes son anchas, las ventanas pequeñas y las vistas siempre son majestuosas. Al ser representaciones de la Iglesia Ortodoxa Armenia, no hay estatuas ni figuras de los santos. Sólo imágenes e íconos, coronados en marcos dorados. Los popes, a su vez, caminan todos vestidos de negros, con sus barbas largas y sus crucifijos brillantes. Las mujeres, debemos cubrirnos la cabeza para poder entrar a las iglesias. También, debemos salir caminando para atrás. No sea cosa que nos demos vuelta y le demos la espalda al Señor.

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Nuestra ruta por Armenia continuó. Seguimos viajando a dedo, visitando monasterio y observando el monte Ararat a lo lejos. Se ve desde números sitios aunque ya no sea más parte de Armenia.

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Visitamos Ereván, la capital. Allí, nuestros rasgos occidentales se camuflaban entre la población y todos nos hablaban en ruso. Retoños soviéticos que siguen están a la orden del día. También visitamos los monasterios de Noravank y de Khor Virap. Ambos son construcciones antiquísimas, cargadas de historias e interés.

Nos quedaban pocos días en Armenia y decidimos hacerle caso a L. Dejamos Ereván para ir al norte, al Lago Sevan. Desde ahí, alcanzaríamos Dilijian. Según muchos, Dilijian son los Alpes suizos del país. Posiblemente por ser una zona muy frondosa, con parques nacionales y monasterios perdidos entre las montañas. Sí, en Armenia hay muchos árboles, monasterios y montañas. Aunque muchas hoy sean parte de Turquía o Azerbaiyán.

El famoso monasterio que nos había recomendado L. Estaba a unos diez kilómetros de Dilijian. Decidimos ir a dedo pero a mitad de camino nos arrepentimos. Había sol y el camino iba por medio de un bosque. Decidimos caminar. En eso, un auto pone balizas y frena a unos metros más adelante. Dudamos si paró por nosotros o no.

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La puerta se abre y salta L. con una sonrisa de oreja a oreja. “Sabía que eran ustedes. Los reconocí por las alturas. ¿Van al monasterio? Suban”. L. nos presentó a su mamá. Nos dijo que nuestra pregunta por su sitio favorito la dejó pensando y le dieron muchas ganas de volver a Dilijian, su sitio favorito.

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Sí, Armenia es el país dónde la misma persona pueden levantarte dos veces en la ruta. Porque, a pesar de que las montañas hayan quedado del otro, el encanto del país sigue siendo su gente.

Aclaración:

En realidad, Armenia es el país donde la misma persona puede levantarte tres veces en la ruta. Porque el día siguiente, L. nos volvió a levantar. Aunque esta vez fue en un punto de encuentro y a un horario acordado.

Itinerario por Georgia con vehículo de alquiler

Sólo disponíamos de diez días para recorrer Georgia. Comenzamos a evaluar las distintas opciones e itinerarios posibles. Tuvimos que priorizar que nos interesa conocer y en base a eso, comenzar a planificar.

* Podés leer nuestra guía completa de viaje a Georgia en este apartado *

Decidimos recorrer Georgia con vehículo de alquiler. De ese modo, íbamos a tener más independencia y aprovechar más los días. Además, las distancias son relativamente cortas y con unos paisajes de los más extraordinarios.

En general con condiciones de las rutas con buenas, salvo algunos tramos y caminos de montaña.

Decidimos optar por el servicio de alquiler de Cars4rent. Ellos ofrecen camionetas 4×4 en alquiler. Para nosotros, es el tipo de vehículo ideal para recorrer Georgia.

Al ser la mayoría del país camino de montaña (y muchas veces sin asfalto) uno necesita contar con un vehículo que este a las alturas de las circunstancia. Al ser un vehículo grande, uno también puede pasar la noche ahí y disfrutar de la libertad de parar a donde le den a uno ganas. En Georgia eso es en casi todo los rincones, ya que los paisajes son realmente postales.

NUESTRO ITINERARIO POR GEORGIA

Día 1 – Tbilisi:

Cruzamos a Georgia desde Armenia haciendo dedo (autostop) por la frontera de Sadakhlo.

Nuestra primer parada fue Tbilisi, la atractiva capital. Estuvimos tres días donde recorrimos sus iglesias medievales, su fortaleza, mezquita y un pintoresco casco antiguo al mejor estilo Buenos Aires.

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La ciudad de Tbilisi (o Tiflis, en español) estuvo, a lo largo de la historia, en manos de reyes georgianos, persas, árabes, mongoles, timúridas (los mismos que Samarcanda) y rusos. Toda el intercambio cultural aún se palpa en las calles y a ambos lados del rio.

¿QUÉ VER EN TBILISI?

– La Fortaleza de Narikala y la estatua de la Madre Georgia

– Catedral de la Santísima Trinidad

–  Iglesia de Metekhi y la estatua del rey Gorgasali

– El Puente de la Amistad y el Parque Rike

– Plaza de la Libertad y la zona nueva de Tbilisi

– Mezquita y Baños (o Hamanes) de Abanotubani

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Durante nuestro primer día en Tbilisi, conocimos a Georgi (de Cars4rent) y decimos seguir recorriendo el país vehiculizados. Como ya dijimos, la mejor manera de recorrer Georgia si se dispone de poco tiempo.

Nos alojamos en el Hotel Old Meidan

Día 2 – David Gareji

Ya con la camioneta, nos fuimos por el día a David Gareja, un monasterio con cuevas y mucha historia cerca de la frontera con Azerbaiyán. Está a unos 70 km de Tbilisi, y para llegar se cruza una serie de caminos secundarios y semiáridos de lo más pintoresco.

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En el camino, paramos en varios pueblitos a hacer fotos. Vale la pena ir por el día y volver a dormir a Tbilisi. En caso de querer dormir en Udabno, a unos 10 kilómetros del monasterio, hay un solo hostel. Lo llevan unos polacos, tiene onda pero nos pareció un poco caro y sobrevalorado.

Día 3 – Kutaisi (y muchas paradas intermedias)

Al día siguiente, nos pusimos en dirección a Kutaisi, a unos 230 kilómetros desde Tbilisi. En el camino decidimos hacer varias paradas intermedias.

Primero paramos en la antigua capital de Georgia, Mtskheta, a unos 25 kilómetros de Tbilisi. Ahí visitamos la Catedral de Svetitskhoveli y el Monasterio de Samtavro, dónde vivió Santa Nina, patrona de Georgia.

Desde ahí cruzamos al monasterio de Jvari, desde donde se obtienen unas vistas increíbles de Mtskheta y de la confluencia de los ríos.

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Volvimos a agarrar el auto para hacer unos 70 kilómetros hasta Uplistsikhe, la ciudad de piedra. Se trata de un conjunto de cuevas y piedras dónde se dice que llegaron a vivir 20.000 personas durante el siglo III AC. Sí, un sitio muy antiguo. Es Patrimonio de Unesco y la entrada cuesta 3 laris.

Para nuestra opinión, había demasiados turistas juntos y no se podía apreciar nada de lo que se veía. Además, allá arriba sopla mucho mucho viento pero las vistas del valle son hermosas.

Hicimos 20 kilómetros más hasta la ciudad de Gori. Ahí paramos a almorzar y a visitar el museo de Joseph Stalin, ya que esa es su ciudad natal. El museo cuenta la historia del dictador soviético, mostrando los aspectos menos sombríos de su historia. Es una lástima que mucho de los carteles estén sólo en ruso o georgiano. La entrada esta entre 5 y 10 laris según sea uno estudiante o no, o quiera comprar la entrada a un vagón de tren soviético o no.

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Ya a mitad de la tarde, llegamos a Kutaisi. Con la luz que quedaba del día aprovechamos para recorrer la ciudad. Lo más atractivo fue subir hasta la catedral de Bagatri. La iglesia es impresionante y las vistas de la ciudad son muy lindas.

Nos alojamos en Green Flower Guest House

Día 4 – Monasterios en Kutaisi y viaje a Mestia

Al día siguiente, salimos temprano rumbo a visitar dos monasterios cercanos a Kutaisi. Ambos están a unos 10 kilómetros de la ciudad. Primero visitamos el monasterio de Motsameta, es pequeño pero ubicado en el filo de la montaña. Basta cerrar un poco los ojos para remontarse en el tiempo y sentirse en la época de reyes medievales.

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Luego, visitamos el monasterio de Gelati. Este último se ganó el honor de ser el monasterio más pintoresco de Georgia. Si bien es cierto que por fuera estaba en remodelación, por dentro apreciamos muchísimos frescos de épocas antiquísimas. Además de las vistas del valle y de las montañas, observamos a muchísimos monjes en oración.

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Finalmente, seguimos viajes hasta Mestia. En total teníamos unos 230 kilómetros por delante, de los cuales cien eran por un empinado camino de montaña. Habremos tardado unas seis horas en llegar.

Mestia es la ciudad más importante del Parque Nacional Svaneti. En encanto de Mestia no reside en la ciudad sino en todos sus alrededores.

En total estuvimos tres días en Mestia y nos alojamos en el Hotel Svaneti.

Día 5: Mestía y el pueblo de Ushguli

Aprovechamos la camioneta para visitar por el día el hermosísimo pueblo de Ushguli, uno de los pueblos más altos de Europa. Ushguli esta a sólo 50 kilómetros de Mestia pero el camino para llegar esta en muy mal estado. Es todo una aventura y si o si se necesita una 4×4 o alguna camioneta similar. Igualmente, conocimos muchos viajeros que van a Ushguli caminando o en bicicleta. Algo que nos quedó pendiente.

Ushguli es todo un pueblo de cuento con unas vistas demasiado lindas. Es un pueblo que vive del turismo, por lo cual está lleno de guesthouse, restoranes y cafés.

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Día 6: Mestia, Mazeti y el glacia Ushba

Al día siguiente, fuimos al pueblo de Mazeri a unos 15 kilómetros de Mestia. Ahí dejamos la camioneta e iniciamos un trekking al imponente glaciar Ushba.

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La caminata al glaciar Ushba es de unos 12 kilómetros en total. Seis en subida (y bastante empinada) y los otros seis, por su puesto, en bajada. A mitad de caminata hay unas cascadas que dicen ser las altas de Georgia. El camino es muy pintoresco y el glaciar es imponente. Cuando nosotros llegamos estaba todo nublado pero por suerte, las nubes nos dieron tregua y pudimos disfrutar de unas vistas impresionantes.

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Día 7: Sairme

Finalmente, decidimos cruzar el país para ir a conocer el Parque Nacional Kazbegi. Como hacer todo el viaje de una era una locura, volvimos a cortar camino en Kutaisi. Pero esta vez, no lo hicimos en la ciudad, sino en Sairme. Se trata de un completo de sanatorios y aguas termales ubicado a unos 50 km de la ciudad de Kutaisi.

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El complejo de Sairme cuenta con un hotel muy moderno. Ahí dormimos.

Día 8: Stepantsminda – Kazbegi

Al día siguiente completamos el trayecto hasta Stepantsminda. La ruta fue complicada, sobre todo por la cantidad de camiones que se dirigían a Rusia (es la única frontera abierta). El tráfico fue contrarrestado por los paisajes. Sin dudas, esta es la ruta más linda del Georgia. Llegamos casi de noche por lo cual sólo recorrimos la ciudad. Nos alojamos en UpTown Kazbegi

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Día 9: Regreso a Tbilisi

Aprovechamos la mañana en Stepantsminda para visitar la catedral de Gergeti. Leímos que el camino en auto era complicado, por lo cual lo hicimos caminando. Lo cierto es que podríamos haber subido con la 4×4 sin ningún problema.

Ya más cerca del mediodía, decidimos volver. Desandamos lo andado para volver a Tbilisi.

Durante nuestra última noche en Tbilisi nos alojamos en Hotel Citrus.

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CONSEJOS PARA RECORRER GEORGIA CON VEHICULO DE ALQUILER

  • Parking: Salvo que este expresado lo contrario, se puede dejar el auto en cualquier sitio. Incluso en Tbilisi.
  • El país es muy seguro, por lo cual, no pasa nada por dejar el auto en la calle. Por la dudas, nosotros nunca dejamos nada de valor adentro y siempre cerramos bien las puertas.
  • Respetá las máximas de velocidad y las señales de tráfico. Hay muchos radares y policías controlando.
  • Evita los caminos de montaña de noche. Algunas curvas son, realmente, muy cerrada.
  • Levantá a todos los autopistas que veas por ahí.
Kurdistán, prejuicios y hospitalidad de un pueblo

En nuestro viaje por el Kurdistán Iraní nuestras pupilas archivaron paisajes montañosos, lagos y distintos pueblitos anclados en algunos valles perdidos. Pero lo que más recordamos no es algo que nuestros ojos puedan guardar porque si hay algo que identifica a Kurdistán, es su cultura milenaria. Descendiente de los medos, imperio que coexistió con el Persa.

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Kurdistán, en realidad, es una región que abarca varios países. Irán, por supuesto, pero también Irak, Siria y Turquía. Tienen su propio idioma y la mayoría son musulmanes sunitas, algo que sobresale en un país musulmán chiita como lo es Irán. Hoy los kurdos son más de cuarenta millones.

El pueblo kurdo se hizo famoso por los conflictos bélicos que afronta la región: la revolución en Siria y la guerra contra el Estado Islámico (ISIS por sus siglas en Inglés, Islamic State of Iraq and Syria).

Hoy en día los kurdos no tienen un Estado que los representa. La mayoría de su pueblo está desperdigado en cuatro países distintos, aunque muchas veces se comportan como si las fronteras impuestas no existieran. Por ejemplo, a las amenazas del ISIS en territorios kurdos sirios e iraquíes respondieron incluso los kurdos de otros países formando una de las líneas más importante de defensa. En la región de Kobane, por ejemplo, un ejército de mujeres guerrilleras toman acciones diariamente para defender las fronteras de su territorio, de su identidad y de su historia. A fin de cuentas, su pedido pide volver a definir las fronteras del pueblo kurdo.

Pueden leer esta nota de Proyecto Kahlo que cuenta cómo este mismo ejército de mujeres guerrilleras toman acciones diariamente para defender las fronteras de su territorio, de su identidad y de su historia en el Kurdistán Sirio.

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Antes de llegar a Irán, habitantes de países vecinos (y algunos no tanto) nos insistían sobre el peligro de viajar por aquel país. “Son terroristas, los van a matar”. Nada de eso pasó. Y desde que llegamos los iraníes no pararon de decirnos que ellos no eran terroristas, sino buena gente y que es todo eso es culpa de la prensa internacional. Pero nos advirtieron que los terroristas eran otros, los kurdos. De esos sí teníamos que tener cuidado. Algo que se repite en todo el globo. El vecino siempre es más peligroso. En los países bálticos nos advertían sobre los rusos, los rusos sobre los mongoles y estos sobre los chinos.

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Estábamos en las afueras Marivan, un poco tarde, haciendo dedo para llegar a Sanandaj (capital de Kurdistán) donde nos esperaba una familia que habíamos conocido días atrás. Hacía calor, como siempre en Irán, y no esperamos ni cinco minutos hasta que paró el primer auto. Bajó un hombre kurdo, vestido con las típicas ropas kurdas. No teníamos idioma en común. Nuestras frases en farsi se acabaron rápidamente por lo que seguimos comunicándonos por señas. El conductor demostró paciencia y luego de que entendimos hacia donde se dirigía nos abrió el baúl para poner las mochilas. La siguiente imagen nos hizo dudar. Tenía dos rifles y varias municiones. Por un instante dudamos, ¿Qué hacer? Subimos igual.

Desde ese momento hasta que bajamos trató de explicarnos que las armas del baúl eran para cazar. Consiente del prejuicio impuesto a su pueblo, se moría de vergüenza. Nos invitó a dormir a su casa, pero como nos estaban esperando en Sanandaj, tuvimos que rechazar la propuesta. Entonces propuso parar a tomar un té.

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Bajamos y nos sentamos los tres juntos. El silencio incómodo del no tener un idioma en común reinaba. El kurdo que atendía la casa de té tenía un gran bigote y hablaba un poco de inglés. Cuatro o cinco frases que repetía varias veces. Luego de emocionarse hasta las lágrimas gritando Maradona y Messi entendimos que nos invitó a su casa, que estaba en una aldea no muy lejos. También tuvimos que rechazar la propuesta. No nos dejaron pagar el té. El que nos llevaba tampoco pudo, todo fue una invitación del dueño de la casa de té.

Seguimos un poco más con nuestro conductor hasta que nos dejó en un bifurcación. Nos dimos la mano y extrañamente nos pidió perdón. Nos sacamos una foto y se fue.

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No comparto ni la tenencia de armas ni la caza, pero tampoco las estigmatizaciones que reciben los pueblos. “Los colombianos son narcotraficantes, los rusos fríos, los indios sucios y los kurdos peligrosos”.

Nuestra experiencia es totalmente subjetiva como cualquier otra, pero si hay algo en lo que ayuda viajar es a destruir prejuicios. Y sí, somos reiterativos, pero que hospitalarios son los kurdos.

Info útil

*Transporte:

  • Recorrimos todo a dedo. Lo más fácil para transportarse y la mejor manera para conocer gente.

* Alojamiento:

  • Utilizamos mucho couchsurfing o simplemente aceptamos las propuestas de los kurdos que nos invitaban a sus casas. Tuvimos tantas que muchas las rechazamos.

* ¿Qué ver?:

  • Sanandaj: Es una ciudad. No es la gran cosa pero fue nuestra puerta de entrada y salida.
  • Marivan: Tiene el lago Zarivar que es pintoresco, pero sobre todo por los pueblitos que lo rodean.
  • Cuevas Quri Qaleh: Es un sistema de cuevas, que para nosotros no fue la gran cosas pero los iraníes las adoran.
  • Palangan: Pequeña aldea súper pintoresca.
  • El valle de Howraman y alguno de sus pueblitos.
  • Para nosotros no hubo grandes puntos de interés. Lo mejor la gente y la cultura kurda.
Persépolis y el ocaso del Imperio persa

“Que no venga a esta nación ni el ejercito enemigo ni la hambruna ni la mentira. Esta petición le hago yo a Ahura Mazda con todos los dioses.”

Palabras de Darío I situadas en la escalera de acceso a Persépolis.

 

“Cada vez que contempla uno ciudades, templos, palacios ya muertos, se pregunta por la suerte que corrieron sus constructores. Por su dolor, sus columnas vertebrales rotas, por los ojos que saltaron de sus cuencas al recibir el impacto de una esquirla, por su reumatismo. Por su vida desgraciada. Su sufrimiento. Y entonces surge la siguiente pregunta: ¿podrían existir tamañas maravillas sin ese sufrimiento ¿Sin el látigo del vigilante? ¿Sin ese miedo que anida en el esclavo? ¿Sin esa soberbia que anida en el soberano? En una palabra, ¿no habrá sido el gran arte del pasado obra de lo que el hombre tiene de malo y negativo? Y al mismo tiempo, ¿no lo habrá creado su convicción de que lo negativo y lo débil que lleva dentro puede ser vencido sólo por lo bello, sólo por el esfuerzo y la voluntad de crearlo? ¿Y de que lo único que no cambia nunca es la forma de la belleza? ¿Y de la necesidad de ella que vive en nosotros?”

Viajes con Heródoto – Ryszard Kapuściński

Mirá como se me pone la piel de gallina”. Nos decía Mohamed, el chico que nos estaba llevando gentilmente y sin esperar nada a cambio hacia la puerta de Persépolis. “Esta es la verdadera alma de Irán. El motivo de nuestra grandeza. Todo gracias al glorioso imperio persa”, agrega mientras enciende las balizas, habíamos llegado al gran complejo histórico. Dos mil quinientos años pasaron de la fundación de la ciudad pero la memoria sigue intacta.

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Nuestro conductor era joven, no llega a los treinta años pero se emocionaba mientras nos hablaba de sus reyes y sus dioses. “Yo soy musulmán, pero se que el Islam es algo que vino de afuera. Sin embargo, todo lo que hizo el Imperio Persa se construyó desde adentro, fuimos nosotros.”

La distancia entre Shiraz y Persépolis es corta, unos treinta kilómetros y la conversación se acabó de forma repentina. Creo que ambas partes nos quedamos con ganas de hablar más. Hasta incluso le ofrecimos que venga con nosotros y sea nuestro guía, pero sus obligaciones laborales hizo que fuera imposible. Intercambiamos contactos, por las dudas.
Persépolis en realidad es un nombre extranjero que proviene del griego. Significa ciudad persa. En Irán lo llaman de otra forma Tajt-e Yamshid (lo que significa, Trono de Yamshid). Es la mayor atracción turística del país e históricamente el lugar más importante.

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A pesar de ser temprano el sol ya pegaba de lleno en aquel árido lugar. Algo común. Como nos fue común en el viaje escuchar de todos los iraníes hablar maravillas de Persépolis, hayan estado o no. Hay algo del orgullo nacional que se desarrolla a partir de la grandeza de los estados. Todos los pueblos tienen su momento de apogeo. Suelen haber pasado por momentos donde ocupaban un territorio mucho más grande que hoy en día. El Imperio Persa ocupó desde India al Mar Mediterráneo, controlando lugares como Egipto o Asia Central. De ahí la devoción por aquel pasado que lo califican como “glorioso”.

Pero así no le pareció a Jomeini, aquel vetusto ayatollah que lideró la revolución iraní, que quiso demolerlo por tratarse de un lugar muy identificado con el Sha y sus banquetes. Sólo el pueblo de Irán pudo frenarlo haciendo manifestaciones para demostrar su rechazo. Gracias a esas marchas es que hay podemos seguir disfrutando de gran parte de la vieja capital persa.

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Al llegar a Persépolis (ya con el ticket en mano) lo primero que uno ve es una larga escalera imponente. En realidad son dos simétricas que luego convergen. De ahí en adelante caminar por Persépolis suele ser tranquilo y la emoción dependerá de lo mucho que a uno le interese.

Nosotros quedamos como suspendidos en el tiempo moviéndonos en cámara lenta por cada uno de los relieves de las piedras. Nos quedamos chiquitos entendiendo la cantidad de milenios que nos separan y dándonos cuenta que vivimos en un mundo donde hace miles de años se lucha, por el motivo que sea, para tener un lugar, por el que fuere.

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La ciudad está construida en una gran terraza donde están distribuidos todos los palacios y otros edificios reales como el tesoro o el harén. De todos ellos quedan algunas piedras en forma de columna o algunas otras con representaciones de animales con cabezas humanas, grifos, vasallos o grabados.

Jerjes I, gran rey persa, llegó hasta Atenas logrando saquear la Acrópolis. Ese fue el momento de esplendor del imperio. Ciento cincuenta años después Alejandro Magno llegó a Persépolis arrasando con todo lo que se le puso por delante.

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Hay dos teorías alrededor de la destrucción de Persépolis. La primera y más sobria habla de una decisión política de Alejandro Magno para demostrar el cambio de poder y que ahora era él el que mandaba. Pero es cierto que en sus anteriores campañas no había ordenado destruir otras ciudades conquistadas. Entonces es ahí que empieza a tomar fuerza la segunda hipótesis. Alejandro, en un noche de borrachera con el buen vino de la región, se dejó persuadir por Tais, una cortesana que lo acompañaba, y lanzó una antorcha sobre el palacio de Jerjes I para vengar el anterior saqueo de Atenas.

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Sea como fuere, hoy los turistas nos privamos de ver en su plenitud las maravillosas construcciones, como así también de probar el famoso vino de Shiraz, prohibido por el estado islámico.

Esa misma noche llamamos a Mohamed que no había dicho que podía conseguir una botella de vino de un buen precio. Todo sea para brindar por la memoria de los pueblos.

Info útil

*Como llegar:

  • La más sencillo y caro es tomar un taxi. Se puede compartir. En la calle sin siquiera preguntar nos habían dicho 80.000 tomens (24 USD) por ir a Persepolis, luego a Naqsh-e Rostam. Un plan de medio día.
  • Otra opción es tomar colectivos (savari) que salen de la estación Karandish en Shiraz. Si no hay directo a Persépolis pueden ir a primero a Marvdasht y de ahí a Persépolis.
  • Nosotros fuimos a dedo. Tan simple como ir hasta Qur’an Gate (Qur’an Darvaza), caminar un poco hasta una playa de estacionamiento y de ahí empezar a agitar el pulgar. Luego, desde el estacionamiento de Persépolis conseguimos quien nos lleve a Naqsh-e Rostam.

* Precio:

  • Persépolis vale 20.000 tomens (6 USD). Naqsh-e Rostam 20.000 (6 USD). Este último no vale tanto la pena.

* Donde dormir en Shiraz:

  • Nosotros nos alojamos en Taha Hostel. La habitación estaba muy bien e incluía desayuno. Es algo así como el lugar donde van todos los mochileros, por lo tanto es un buen punto para intercambiar información.
Teherán, desaparecer en Irán

– ¿Me lo pongo ahora?
– Pero si todavía estamos en Azerbaiyán. No seas ridícula, esperá a que hagamos migraciones.
– ¿Me lo pongo ahora?
– No sé. Todavía no entramos pero como vos quieras.

El cartel intervino en la escena. “Bienvenidos a la República Islámica de Irán”. El cartel cumplía una doble función, nos daba la bienvenida a uno de los principales protagonistas del mal llamado “eje del mal” y por otro lado, me indicaba que ese era el momento.

La leyenda iba acompañada por un dibujo de la bandera de Irán. Me llamó la atención el detalle del centro: con la revolución, el león con la espada fue reemplazo con una representación de Alá. Los colores siguen siendo los mismos. Al lado de la bandera y sin perder importancia estaba el retrato. Mejor dicho, los retratos. Jomeini y Jamenei me miraban de manera inquietante. Tenían razón, era hora.

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Debajo de ellos, un cartel indicaba que a partir de ahora comenzaba a regir la Sharia, la ley islámica y quien no la cumpla será severamente castigado. Abrí la mochila y saqué el pañuelo rojo. Tenía que cubrirme la cabeza, también los brazos y las piernas. Se acabó la temporada de shorts y musculosas. Con la cámara del celular revisé que nada haya quedado a luz. Siendo sincera, no es la primera vez que debo cubrirme. En Rusia era condición para entrar en las iglesias ortodoxas y en India lo hacía a menudo sobre todo cuando estuvimos tan cerca de Pakistán. Pero saber, que ahora, era obligatorio me abrumaba por completo.

Las fronteras terrestres suelen ser curiosas. En realidad, se trata de un mismo pedazo de tierra pero totalmente distinto. No hay free-shop ni maquinitas de café como en los aeropuertos, o al menos, acá no hay nada de eso. Sólo un largo pasillos. “Tierras internacionales”.

Un policía nos dio la bienvenida a la República Islámica de Irán con un perfecto inglés. El oficial de migraciones nos invitó a sentarnos y nos ofreció agua fresca. No estaba tan mal, sobre todo si uno es consciente de estar ingresando a un país catalogado de “peligroso”, “terrorista” e “islámico”. Como si los tres adjetivos fueran sinónimos.

Con un sello en el pasaporte totalmente atemporal (el calendario persa va por el año 1394) pusimos un pie en la primer ciudad fronteriza. Apabullante. Carteles en farsi, números persas, muchísimos autos, muchísimas personas, mujeres con chador, otras con hiyab, muchísimos taxis. Y ahí, en ese malón de gente, comencé a desaparecer.

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Nuestro destino era Teherán, la capital de Irán. Estaba lejos, más de quinientos kilómetros pero viendo el tráfico, el buen estado de la ruta y la hospitalidad de la gente decidimos hacer el esfuerzo e ir de un solo tirón y en un sólo día.

Primero nos levantó un buen hombre, orgulloso de Irán y de su condición de iraní. Para él, era un pena que occidente confunda todo y no sepa separar un terrorista de un musulmán. Para mi, era imposible entender como él no me hablaba salvo utilizando la tercera persona por intermedio de Lucas. “¿Y ella como se llama? ¿Y ella es su esposa? ¿Y ya le dio hijos? ¿Y ella a que se dedica?” Al principio no entendía la lógica y respondía yo misma. “Soy Ludmila, tengo 27. Soy Psicóloga, etc.” Pero mis respuestas no llegaban a ningún lado, Lucas debía hablar por mi. “Ah, y ahora viajan y escriben. Escriban sobre Irán” dijo el hombre y así nos despedimos. Bah, se despidieron. El saludo dirigido a mi fue pura cortesía.

Luego, frenó un camión. De esos largos y pesados. De esos lentos pero desde los cuales se obtienen las mejores vistas panorámicas. En general, los camiones tiene solo dos asientos. Por cual, uno de los dos –léase yo- suele ir en la cama que los camiones tiene por detrás. Sí, los camiones son verdaderas casas rodantes. Pero esta vez fue distinto. Si yo iba atrás, iba a ir cerca del camionero y no podía ser. Lucas debía ir en el medio. Mediando la situación, de nuevo.

La historia se repite. Yo sacaba temas de conversación pero el camionero, muy atento, le ofrecía galletitas a Lucas para que él me convide a mi. Y así, me fui llamando al silencio. No tenía sentido seguir intentando hablar.

Del silencio al sueño, en mi caso, hay un solo paso. Para quienes no me conocen soy de las pocas personas que pueden dormir en cualquier lado y en cualquier situación. Incluso, parada en el tren o en un corto trayecto de ascensor.

Acá fue lo mismo. Las luces de la ciudad oficiaron de despertador. Estábamos entrando a Teherán. Eran las dos de la mañana pero las calles estaban despiertas. Los carteles de Jomeini y Jamenei estaban por todas partes y miles de personas iban y volvían, quien sabe en que orden.

Llegar a Teherán es uno de esos momentos cúlmines en nuestro historial viajero. Irán es un país especial y Teherán, su brumosa capital. Y la bruma es literal, posiblemente causada por su más de doce millones de habitantes. También es la ciudad de la revolución. La ciudad de la cual escapó el Sha y a la cual regresó Jomeini victorioso, luego de su exilió. Allí la revolución se gestó, explotó y finalmente terminó. De eso pasaros apenas cuarenta años. Es historias reciente.

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Un taxi nos llevó al hostel. La ciudad es demasiado enorme y tardamos 40 minutos para cruzarla. Quizá no parece tanto tiempo, pero si consideramos que son las dos de la mañana parece mucho más. El taxista tenía cara de pocos amigos y se enojaba al ver que no teníamos la dirección en farsi sino en inglés. Así y todo decidió llevarnos. Se perdía, no encontraba la calle, que en realidad era una callecita que sale de la calle principal y que tenía el mismo el nombre. Yo quería preguntarle por la revolución, pero no podía. El tacho, sin embargo, decidió preguntarle a unos pibes que estaban charlando en una esquina por el hostel. Así fue como lo conocimos a Meghregan, quien nos buscó la dirección en farsi en su celular.

Al otro día, Meghregan nos esperaba a almorzar en su casa. Nos recibió su mamá. Lo primero que hizo, fue darme tres besos e insistentemente, me sacó el pañuelo de la cabeza. No se si me pedía disculpas o que, pero insistió en que no debía taparme en su casa. Ella estaba en musculosa y fumaba. Meghregan nos ofreció algunas cervezas. Todo un acto de ilegalidad.

Su abuelo fue uno de los muchachos del Sha. Hoy él y su familia son la oposición al no muy democrático gobierno. Su papá pasó más de diez años en cárcel, fue un preso político y la realidad es que se notaba. Se notaba en su postura, en su mirada y los años que le llevaba a su esposa. Quería hacerle muchas preguntas, pero no podía. Mi lugar estaba en ayudar a la mamá a poner la mesa y en tomar un té con los muchachos.

Comimos abgusht, una suerte de estofado que se come en dos tandas. La primera parte de la comida consiste en una sopa (precisamente el caldo donde se cocino la carne) acompañada de pan sin miga. La segunda, en comer la carne pero procesada con otros vegetales. La comida iraní no tiene absolutamente nada de especial.

Luego del almuerzo, Meghregan nos invitó a dar una vuelta por la ciudad. Las vueltas de la vida y las calles contramano hacen que lleguemos a la Embajada de EEUU. El semáforo se puso en rojo. La embajada estaba llena de grafitis y de consignas antiimperialistas. A su vez, Jomeini y Jamenei miran de reojo con ánimos de satisfacción. Nadie puede negar que ganaron una batalla al enemigo más grande, pero tampoco podemos afirmar que haya sido una victoria con grandes beneficios. La revolución era algo necesario, pero se terminó transformando en otra dictadura. Jomeini, Jamenei y millones más pedían libertad, se opinión al régimen dictatorial del Sha pero ¿cuál fue el resultado?

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Hoy, por su puesto, la embajada no funciona como tal. Meghregan se muere de ganas de conocer EEUU, pero sabe que no es fácil. Yo no entendía nada y me invadían las preguntas. El problema era que no tenía a quien preguntarle. Igualmente le pregunto.

Verde. Avanzamos. Una señora que va en el auto de al lado me hace señas. Se me cayó el pañuelo y tengo el cabello descubierto. A veces me olvido de la ley islámica y se me ocurren hacer preguntas. Es que no podía de ser otra manera, Irán es un país para hacer preguntas. Muchas.

Ser fugaz en Azerbaiyán

“La escritura como método de captura. El impulso de atrapar pequeñas realidades al paso e interpretarlas en tiempo real. Como la red que quiere pescar su propia agua”
Andrés Neuman

Fue en la embajada de Azerbaiyán en Kazajistán. Teníamos dos opciones: aplicar a una visa convencional de 30 días y de no sé cuantos dólares o, aplicar a una visa de tránsito. Nos inclinamos por esta última opción. Cinco días para conocer Azerbaiyán.

En un momento dudamos ¿No sería muy poco? ¿No es que nos gusta viajar lento y profundo? Pero por otro lado ¿Por qué no? ¿Por qué no experimentar un poco de turismo exprés y contemporáneo?

Nuestro viaje por Azerbaiyán fue un viaje a vuelo de pájaro. Dónde sólo tomamos notas mentales de lo que veíamos, no teníamos tiempo para sacar ni siquiera un cuaderno y una birome. Cinco días para conocer uno de los países que más a crecido en los últimos años.

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La República de Azerbaiyán es una de las quince ex – repúblicas socialistas soviéticas (ex – URSS) y está ubicado en la región del Cáucaso (esa zona montañosa que se extiende entre el Mar Negro y el Mar Caspio). Es uno de los países más desarrollados de la región y eso se debe a su gran reserva de gas y petróleo.

Es un país musulmán, pero ahí el islam se vive muy relajado. La cultura azerí es descendiente de Turquía y su idioma es una lengua túrquica. Ambos países son una suerte de aliados en la región, sobre todo contra Armenia.

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Las fronteras de Azerbaiyán son un tanto confusas. Si bien es el país con mayor territorio en el Caucaso, muchos de estos territorios están en conflicto. Un ejemplo: la región de Nagorno Karabaj antes era parte de Armenia.

La geografía es aburrida. Desierto, montañas peladas y muchas torres de petróleo. Si bien el país esta bañado por el Mar Caspio, el color verde no abunda. La gente, es extraña. Ensimismada y asustada. Para ellos, los armenios son terroristas y en cualquier momento los atacan.

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Nosotros, llegamos a Azerbaiyán en barco. El puerto de barcos cargueros está a ochenta kilómetros de la ciudad de Bakú. La única pregunta que nos hicieron mientras hacíamos migraciones fue si habíamos ido o pensábamos ir a Armenia. Por las dudas, dijimos que no. Nos devolvieron los pasaportes y ahí se leía bien clarito: “Visa de tránsito – máxima estadía: 5 días” . A continuación, el baúl de un auto ofició de casa de cambio y así nos hicimos de nuestros primeros manat.

Nuestra primer (y casi única) parada fue la pomposa capital: Bakú. Un oasis artificial en medio del desierto y a orillas del Mar Caspio. Llegamos a la ciudad en un camión que transportaba sandías. Nos dejó en el centro. Costó reconocer donde estábamos. ¿Era una ciudad de Europa? ¿Aún seguíamos en Asia?

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Los bazares habían desaparecido y en su lugar las tiendas más ostentosas tenían lugar: Gucchi, Prada y Luis Vitton. Semáforos, parkings y plazas bien prolijas y nuevas. Todo era ordenado y parecía funcionar correctamente. El único problema fue cruzar la calle. La ciudad no está pensada para peatones. En Bakú todos se mueven en auto, parecería que caminar es de pobre. Y ellos, son ricos. Muy ricos y se mueren de ganas de demostrar(te)lo.

La arquitectura nos desencajó. Contamos más de veinte rascacielos que trepaban entre las viejas construcciones europeas. Intentamos preguntarnos por la arquitectura, pero no pudimos. No teníamos tiempo, las preguntas no estaban contempladas.

Vimos un señor sentado en un banco. Vestía chaqueta militar y algún que otro prendedor comunista. La tentación fue fuerte. Queríamos sentarnos al lado, obtener información, crear un vinculo. Pero este es un viaje de pedacitos superpuestos. Nos quedamos sólo con la imagen, el viejo comunista esperando a su amigo, también viejo y también soviético, para jugar al backgammon y tomar un té con limón. De fondo, el edificio emblemático de Bakú: las tres llamas. Ojalá nunca dejen de flamear, si eso pasa significa que Azerbaiyán se quedo sin gas y sin petróleo. ¡Todo se vendría abajo!

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Caminamos por la costanera y por la ciudad vieja (ahora devenida en tiendas de imagen y souvenirs). El contraste es rotundo. Lo antiguo y lo moderno conviven. Sin dudas, la ciudad sufre cierta esquizofrenia cultural. Me llamó la atención no ver gente pobre, nadie pide plata.

Esa noche conocimos a A. Un ucraniano que vino acá a juntar plata, básicamente. Según él, este es un gran lugar para vivir. A él le gustan los edificios modernos, las luces, la tecnología, la plata, el desarrollo, el buen vivir etc. Para mi, la ciudad es infinitamente aburrida. Le preguntamos por sus años soviéticos, para nosotros es sorprendente que en algún momento Ucrania y Azerbaiyán fueron el mismo país y compartieron bandera. Él me esquiva la pregunta. “Ahora todo es mejor”, y su Iphone comienza a sonar. La conversación se interrumpe, quizá para siempre.

Vagabundeamos de una punta a la otra. Lo mejor es el mediodía: nos compramos fiambre y nos vamos a comer unos sanguchitos al rio. Los azeríes nos miran incrédulos. ¡Somos un espectáculo! Pero nosotros no los miramos a ellos. Nuestro viaje no da lugar al ver ni al observar.

Los cinco días corren rápido. Tenemos que dejar el país. Decimos ir a frontera con Irán. En realidad, queremos ir a Armenia pero la frontera está cerrada. Irán es el desvió y la excusa. Salimos de la ciudad a dedo. El paisaje urbano se va perdiendo y volvemos al mismo punto del comienzo: el gran desierto con reservas de gas y petróleo.

El conductor del primer auto es un idiota. Nos trata de pobres, de ridículos, de sucios. Somos todo lo que él quiere evitar: ser tercermundista. Igualmente, nos llevó casi cien kilómetros, nos regaló bebidas y nos dio su tarjeta. Creo que en cierto punto le recordamos su pasado, pasado que el prefiere evitar. Ahora estamos mucho mejor, ¿no?

Al segundo auto no lo paramos. El nos paró a nosotros. Se trata de un viejo camión Kamaz modelo ’70. Va a 30 kilómetros por hora y transporta ladrillos. El tipo habla ruso y con eso nos comunicamos. Es un ex soldado rojo. Estudió en Rusia y estuvo en el frente en los años de la guerra con Armenia. Guerra que aún persiste. Nos advierte de no ir a Armenia, esos tipos son terroristas.

Tenemos que hacer solo ciento cincuenta kilómetros con él pero tardamos más de diez horas. Paramos a tomar un té y paramos a almorzar. Además, cada cincuenta kilómetros tenemos que frenar para que el motor se enfrié un poco. Pero no es problema, disfrutamos su compañía. Lo mejor fue el almuerzo. Un viejo puesto al lado de la ruta. Comemos sandía, tomates, quesos, aceitunas, carne de cabra y yogurth. Es el Cáucaso que nos imaginábamos, pero sin vino. Eso lo hacen los terroristas armenios.

Ya de noche llegamos a la frontera con Irán. Estaba cerrada. Teníamos que esperar a las 9 de la mañana del día siguiente. En la plaza de Astara hay una casa de té. Preguntamos si podemos poner la carpa ahí. El dueño nos dijo que sí y nos convidó un vaso de vodka. Con ayuda de Google Translator nos dice que mejor no, que en vez de la carpa vayamos a dormir a su casa. Decimos que sí.

Y nos vamos a la casa de un completo extraño que ni siquiera habla ruso (como si el idioma ruso nos diese cierta familiaridad). Allá nos espera su mujer, sus hijos y sus hermanos. Somos los primeros turistas que ven y las preguntas no se hacen esperar.

Comemos helado, té, frutas y más helados. Nos sacamos fotos y nos dan su cuarto para dormir. Insistimos en dormir en el living pero no hay modo. Al día siguiente nos dejaron en la frontera. Del otro lado espera la República islámica de Irán.

Pero aún estamos en Azerbaiyán aunque no entendamos nada, absolutamente nada. La ligereza de un viaje por un país tan pesado fue una ventaja. No nos enteramos de nada pero, a la vez, todo fue nuevo y asombroso.

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Este viaje fue una manera distinta de viajar y de pensar los tiempos del viaje. Es un viaje instantáneo, sin tiempo de procesar nada. Uno traduce lo que ve, lo captura con el ojo de la cámara y hace una interpretación libre sobre eso. Además, Azerbaiyán está atravesado por la modernidad, tiene un dilema de cultural y muchísimas contradicciones.

Nuestro viaje por Azerbaiyán no fue excepción, sino que fue correlativo a como se viaja hoy en día: rápida y torpemente. Sin ningún tipo de literatura.

Fue un viaje fragmentario. Pero la vida es fragmentaria, por lo tanto que importa.