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La poesía que la tecnología nos ha robado

“Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Lleva un mapa. Ve por tierra. Cruza a pie la frontera. Escribe un diario. Lee una novela sin relación con el lugar en el que estés. Evita usar el móvil. Haz algún amigo”.

Paul Theroux.

Recuerdo hace diez años uno de mis primeros grandes viajes, a Bolivia. Me parecía épico lanzarme en aquel entonces a ese totalmente desconocido país para mi. En realidad, todo me parecía épico en aquel entonces. Fuí con dos amigos y muy poca plata; coincidíamos con la primera asunción del presidente Evo Morales. En ese viaje de un mes alternaba alojamientos entre hostels y carpa. Las estaciones de tren o colectivos, bares o plazas eran los sitios ideales para conocer otros viajeros. Desde el día dos del viaje, nuestro grupo de tres se amplió. Amigos que hicimos en la ruta se unían a nuestro viaje, luego se separaban y más tarde los volvíamos a encontrar. Todo se debatía en una sobremesa y la gente de alrededor se unía a la charla. Es cómo si la gente estuviese concentrada en aquí y ahora. “El sábado que viene a las 19:00 horas nos volvemos a encontrar en Plaza Murillo” y funcionaba.

Aquel que tuvo la oportunidad de viajar hace 10 años puede notar el gran cambio que produjo la tecnología en los viajes. Cada persona genera su propio mundo con su móvil, tablet o computadora. Cada vez hay más auriculares y gente que come leyendo su muro de Facebook. Es verdad que en algún punto las redes sociales nos permiten estar más conectados, uno puede enterarse al instante del nacimiento de un sobrino o saludar a un amigo por el cumpleaños, pero también es verdad que se pierden el foco del lugar en el que estamos.

La tecnología incorporó grandes ventajas a los viajes, mapas, referencias y la posibilidad de comprar pasajes online. Pero es muy delgada la línea de no sobrepasar ese límite y terminar creyendo que todo se resume a unas pantallas de algunas pulgadas. El desafío es controlar ese impulso de verificar las notificaciones y dar lugar a las otras relaciones sociales, en carne y hueso. Estar presente aquí y ahora.

Hace un tiempo tuve la suerte de poder recorrer el Desierto de Gobi por poco más de una semana. Lejos de una ducha, un baño occidental o una conexión a internet. Lo viví de alguna forma como un proceso de desintoxicación colectiva, con la gente que me acompañaba ya no mirábamos una pantalla, sino atardeceres, paisajes y a nosotros mismos. Sin lugar a dudas, ese viaje, con conexión a internet no hubiese sido el mismo. Cuando se acaban las palabras nos dimos cuenta que el silencio en la vastedad del desierto no incomoda y que hay veces que une mucho más contemplar el mismo punto del horizonte que hablar banalidades. Y como ese se me ocurren varios momentos más en nuestros viajes, como el Pamir, travesías en barco, campamentos rodeados de hippies o pueblos en India que no aparecen en los mapas. A veces por decisión propia y otras tantas por cuestiones que no manejamos. Pero siempre volvemos a la misma conclusión. Es lindo desconectarse.

Recuerdo también aquella vez en Agra que salimos a caminar buscando un lugar para comer. El calor era insoportable y esa mañana nos habíamos levantando antes del alba para visitar el famoso Taj Mahal. Inesperadamente nos cruzamos un desfile de personas con música y un hombre montado en un caballo. Los seguimos con más curiosidad que otra cosa. Se detienen en un portón y poco a poco van entrando. Como veníamos caminando con ellos nos invitan a entrar. Era una boda, se realizaba en el parque de una casa donde estaban dispuestas mesas y sillas para los invitados. Nosotros dos estábamos ahí, sucios, desprolijos pero contentos. Sin esperarlo, sin planearlo nos invitaron a una boda hindú. Beatriz Sarlo no es para nada una de mis escritoras favoritas, pero cada tanto escribe algo interesante. En su libro viajes dice “Se viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie”. Los mejores viajes incluyen saltos fuera del programa, y por suerte esos saltos todavía no se pueden encontrar en internet o bajar desde una aplicación.

Que cada uno viaje como quiere, que cada uno ponga sus prioridades. Está el viajero que cruza la frontera y se detiene en un negocio de telefonía a comprar un chip de ese país para estar conectado y está, también, el viajero que se dejó el teléfono en su casa porque no le interesa saber nada. Imposible juzgar los modos de viajar, pero si quedara algún nostálgico como yo en alguna ruta del mundo le daría un solo consejo. Que dejemos la tecnología de lado, que no dejemos morir la épica, como la de aquellos viajes eternos que nos maravillaban, y que recuperemos un poco la poesía que el mundo parece perder.

Pamir: Caminos y desierto

Una hora y media esperamos en una ruta desolada. Nada se veía a nuestro alrededor, salvo altísimas montañas que imponían su respeto con sus fríos y blancos picos. La carretera se perdía en las montañas, y a los costados desierto, sequedad y un sol que daba de lleno en todo el paisaje sin que una sola sombra se interponga en su camino. Lo único que se diferenciaba a lo lejos era una yurta de donde salieron dos nenes que a paso lento se nos acercaron. Empezaron a hablar en un idioma ininteligible para nosotros. Se corrían el uno al otro por la inmensidad de la nada y volvían a nosotros, como si fuéramos el punto de descanso, con pequeñas hojas que arrancaban de unos arbustos que parecían pedir agua a gritos.

Pamir - Tayikistán -3

Llegamos a Sari Tash gracias a un camionero kirguiso. Nosotros nos bajamos y él siguió rumbo a China. Desde ahí caminamos cuatro kilómetros hasta la bifurcación. La nada misma. Nuestro permiso para entrar al Pamir empezaba al día siguiente. Si nos encontraba la noche ahí estaba en los planes.

El Pamir es una de las cordilleras más altas del mundo. Si bien la mayoría del cordón montañoso se encuentra en Tayikistán, el Pamir se extiende desde Kirguistán hasta Afganistán. Su fama se debe, en parte, por ser la segunda ruta a más alta del mundo.

Una hora y media esperamos. Habíamos pensado que iba a ser duro, pocos autos, un promedio de 10 autos por día. A lo lejos venía el primero. Lo paramos con señas agónicas. Eran tres personas que trabajaban en el puesto fronterizo del lado de Kirguistán. Les contamos un poco nuestra historia y encantados de Messi, Maradona y Natalia Oreiro nos llevaron

EL COREANO

Llevaba una boina en la cabeza y una pipa en su boca. Sos ojos achinados interrumpían la imagen perfecta del profesor universitario europeo. Tal vez por eso o porque tenía puesto un saco pero sin los parches en los codos. Vino caminando hacía nosotros, que estábamos acomodando las mochilas y pensando donde poner la carpa, y comenzó a preguntarnos entusiasmado por nuestro viaje, por haber llegado hasta acá a dedo y lamentándose de tener que regresar a Bishkek. Nos contó que trabajaba en un noticiero de la televisión coreana y le tocó ir a Argentina a hacer una nota sobre las cataratas del Iguazú. Mientras hablábamos de los actuales impactos ambientales y las diferencias en el tema entre Brasil y Argentina se acercó un hombre panzón vestido con gorro y pantalón militar y una muscula blanca manchada con restos de comida.

EL GRUPO

  • Soy Wolfgang, de Austria. ¿Hablan inglés?

Fue tan rápido que no llegué a entender que me decía, mi respuesta fue un simple “¿qué?” en español

-¿Hablás inglés?
– Sí.
– Me dijeron que los tengo que llevar hasta la otra frontera (del lado tayiko). Apúrense a sellar los pasaportes que ya salimos.

Nuestra intención no era ir a ningún otro lado, a nadie le habíamos preguntando por conseguir un lugar en un auto, sin embargo el viaje nos venía bien. Aún hoy nos queda la duda si esto fue por ayuda del coreano o de los tres tipos que trabajaban en la frontera. Rápidamente fuimos al puesto de control, y en menos de cinco minutos ya habíamos dejado Kirguistán.

– ¿Ustedes también tienen el permiso a partir de mañana? – preguntaron casi los dos al mismo tiempo.

Rubios hasta la ceja, de nacionalidad danesa y sonrisa fácil. Dos chicos tan blancos que contrastaban con aquel paisaje. Al parecer no éramos los únicos que teníamos permisos para el día siguiente. (Además sacaban fotos excelentes, si quieren las pueden ver acá y leer su historia en inglés).

Los daneses viajaban en un cuatriciclo. Habíamos visto viajeros en motos, a bicicleta, incluso uno caminando llevando un carrito, pero nunca un cuatriciclo.

Atamos las mochilas en el techo y nos metimos dentro de una 4×4 junto a Wolfgang y Alma, su amigo kirguiso y también gordo que no hablaba mucho inglés. Atrás llevábamos un tráiler donde había dos motos con patente austríaca.

BIENVENIDOS A TAYIKISTÁN

Entre ambos puestos fronterizos hay veinticinco kilómetros de distancia y un paso de montaña más 4.000 m.s.n.m. Todo el trayecto fuimos pensando que hacer después de que nos dejen en la frontera. ¿Poner la carpa por ahí? ¿Pedirle un lugar para dormir a la policía fronteriza? Algo seguramente íbamos a conseguir para avanzar. Tal vez al día siguiente.

Ese trayecto entre ambas fronteras fue una de las partes más lindas del Pamir: la altura, la soledad y el desierto. Mientras, el austríaco nos hablaba de lo vagos que eran los daneses, que venían de una familia adinerada y que eran malcriados. Le contestábamos a cada una de sus ofensivas señalando una montaña, un águila o alguna marmota. Mientras nos preguntábamos y seguíamos sin entender cuál era la relación entre los daneses y el austríaco.

Pamir - Tayikistán -2

Lo que para nosotros resultó un simple sello en el pasaporte, para los que viajaban con vehículo representó una sucesión de oficinas a la espera de una coima. Wolfgang calculó que pagó alrededor de cien dólares de “propinas” entre ambas fronteras, más allá de tener todos los papeles en regla.

Ya con los seis pasaportes en nuestro poder nos invitaron a seguir con ellos. Pero Wolfgang fue en el cuatriciclo y los daneses entraron en el auto. En ese tramo nos enteramos que el austríaco tenía una agencia de turismo un poco improvisada, y otro poco ilegal, y que estos daneses eran sus primeros clientes. Mucho no nos importaba si lograban llevarnos los doscientos kilómetros que separan al pueblo de Murghab desde la frontera. Pero ellos se sentían engañados por lo lento que avanzaban (por el tráiler con las motos) y se quejaban de que era todo espontáneo y no tenían un itinerario definido. No perder su vuelo de regreso era su mayor preocupación. Nosotros escuchábamos y seguíamos señalando picos nevados.

ÁRBITROS A MÁS DE 4.000 MSNM

La altura empezaba a pesar y nos sentíamos como hijos de padres separados que tienen que escuchar las quejas de ambas partes. Alma que iba bastante callado hasta que empezó a vomitar. Paramos.

Mientras Alma vomitaba tratando de contener sus tripas adentro y la noche se aproximaba, Wolfgang empezó a discutir con los daneses sobre cual era el mejor lugar para dormir. Parecía una pelea de pareja. No se pusieron de acuerdo, nos tiraron la pelota a nosotros. “Elijan ustedes”.

Alma seguía vomitando, estábamos a más de 4200 m.s.n.m. (todos amanecimos a 700). Dije lo que me pareció más lógico. “Bajemos lo más posible, al menos hasta el Lago Karakul”. Íbamos a llegar de noche, y tener que elegir los lugares para la carpa a tientas, pero íbamos a poder dormir mejor.

Manejamos algunas horas más y paramos. El lugar no era el ideal, pero las estrellas, el cansancio y el dolor de cabeza no nos permitía seguir mucho más.

Pamir - Tayikistan

Así fue la primer noche

SOL, Y OTRA VEZ

Amaneció como a las seis. El lugar era un idilio, desolado paisaje con un lago azul de fondo y montañas nevadas. A las diez los daneses fueron a un pueblo a veinte kilómetros a comprar pan. A las once nuestro compañero Wolfgang se levantó. Recién a las doce emprendimos la marcha. Nosotros seguíamos con ellos, aunque no éramos parte del tour.

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Pamir - Tayikistán

Y así amaneció

Alma siguió vomitando, los daneses y Wolfgang se turnaban el cuatriciclo mientras discutían un poco y nosotros aprovechábamos para contemplar el paisaje. Así llegamos a Murghab. Otra vez, casi de noche fuimos a buscar un lugar para poner la carpa. Otra vez nos tocó elegir a nosotros.

LA COSTA DE LOS MOSQUITOS

Mientras Alma se arrepentía entre vómitos por haber dejado su Bishkek natal, nosotros divisamos un arroyo con pasto alrededor (Sí, increíblemente había pasto a esas alturas). Parecía ser el lugar ideal, pero con tan sólo bajar del auto una bola, literalmente una bola, de mosquitos se abalanzó sobre nosotros. Igualmente acampamos ahí. No podíamos usar las dos manos porque una tenía que estar libre para espantar a esos diminutos depredadores. Ocupaban cada espacio de piel libre. Tan pronto armamos la carpa nos metimos adentro. Matamos a los que habían entrado y nos fuimos a dormir. La mañana siguiente fue igual pero en sentido inverso. Desarmamos lo más rápido posible para poder huir a otro lugar y desayunar tranquilos.

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EN BUSCA DEL CRÁTER

Dudamos si seguir con ellos o separarnos. Murghab era nuestra meta y nos sentíamos en medio de un conflicto de pareja. Por otro lado podíamos aprovechar los lugares libres de la camioneta y recorrer un poco más con ellos. Ir lugares que de otra forma no iríamos. Fuimos, ellos no tenían problemas en llevarnos.

Fueron varios kilómetros por caminos invisibles que surcaban las pequeñas piedras en el gran desierto del Pamir. Nos perdimos, nos llenamos de polvo, vimos tornados y siguieron las peleas, pero Alma ya había dejado de vomitar.

Llegar al cráter fue comprobar que no era más que un pozo relativamente pequeño en una zona rocosa y polvorienta. Si nos remitimos a los datos, el lago Karakul (donde dormimos la primera noche) fue creado por un meteorito y era mucho más interesante.

Pamir - Tayikistán

En el cráter con Wolfgang y Alma

La expedición fue un fracaso, o por lo menos nada emotiva. A la vuelta tuvimos que esperar a Wolfgang que se fue a pasear con el cuatriciclo. Los daneses nos advertían que iba a pedir que les devuelvan el dinero. Nosotros nos queríamos ir. Ya habíamos compartido demasiado tiempo juntos.

VER EL PAMIR POR NUESTRA CUENTA

Caminábamos lentamente saliendo de Murghab, un poco viendo donde poner la carpa y otro poco viendo los autos que pasaban. Ya habíamos dejado a nuestro querido grupo atrás. No muy lejos había un control policial, caminando hacia allá y pensando que no teníamos que dormir otra vez cerca de un arroyo se detuvo un auto al lado nuestro.

  • ¿A dónde van? – Preguntaron dos hombres, uno con un sombrero típico kirguiso y el conductor con un sombrero típico tayiko.
  • A Alichur – Contestamos. Un pueblo del que sólo teníamos pocas buenas referencias.
  • Vamos, los llevamos.

Y así fue como por segunda vez conseguimos un lugar en un asiento de un auto en el medio del Pamir y sin preguntar.

Cronometrado, las frases que aprendimos en ruso nos sirven para hablar los primeros 15 o 20 minutos. Como mucho. Luego todo se vuelve palabras sueltas, gestos y la ayuda del diccionario que tenemos. Para un viaje de dos horas a veces parece poco. Pero teniendo un paisaje tan fácil de contemplar a los costados no era tan terrible.

LA FAMILIA DE ALICHUR

Alichur es un pueblito de cincuenta casas rodeado de montañas nevadas, sacado de un cuento. Con una mezquita y una escuela, todos se conocen. Hacía frío. Dejamos al kirguiso en su casa y el tayiko nos mira por el espejo retrovisor y nos pregunta:

  • ¿Dónde van a dormir?
  • En carpa.
  • Carpa no. En mi casa
  • ¿Ponemos la carpa en tu casa?
  • Carpa no.

Estacionó en la puerta de la casa. Con más vergüenza que otra cosa nosotros bajamos las mochilas, nos sacamos las zapatillas sucias y entramos. Lo seguimos hasta un cuarto grande con todo el piso y las paredes llenas de alfombras. Afuera se hacía de noche, debía ser la noche más fría hasta ahora. Nos sentamos en el suelo.

Al rato entró Lola, la hija mayor, con una bandeja con pan, papas y té. Lola tenía los ojos claros y unos quince años. Aprendió inglés en la escuela, se notaba que hablaba bien pero con nosotros era muy tímida. Le hicimos algunos chistes y se río. Una de las sonrisas más sinceras que nos pareció encontrar en el camino. Tal vez por lo inesperado de la hospitalidad, o por el paisaje que seguía seduciéndonos.

Para comer nos dejaron solos, ellos comieron aparte. Pero luego de la cena vinieron todos. Lola era la intérprete y la madre la más curiosa. Nunca habían tenido un turista en su casa y estaban contentos de tenernos. Nosotros agradecemos que haya gente en el mundo capaz de no sólo llevarte sino también alojarte cuando afuera hacen temperaturas bajo cero.

A la mañana siguiente nos levantamos a las seis y media. Ya era tarde. Estaban todos despiertos y tenían nuestro desayuno listo. A la despedida no pararon de decirnos “vuelvan alguna vez”. No se si lo podremos cumplir, por las dudas anotamos su dirección en un cuaderno.

Pamir - Tayikistán

La familia

EL DESIERTO

Diez minutos pasaron desde que llegamos a la ruta y ya estábamos arriba de dos camiones chinos. Íbamos separados, cada uno en un camión distinto pero de la misma flota. En realidad, los camioneros son de nacionalidad china, pero se sienten más uigures. Sobre todo cuando a mis primeras frases en chino, el tipo me miró perplejo como diciendo quiero tener un viaje en silencio.

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Demoramos diez horas, dos pinchaduras de rueda y doscientos cincuenta kilómetros recorridos. La mayor parte por el medio de un desierto. La otra por la frontera con Afganistán.

Las sensaciones en el desierto son austeras y el calor, el viento, la falta de sombras hacen que las formas se desfiguren. Pero el cielo con sus montañas era envolvente y las nubes se veían mas llenas.

Pareciese que en el desierto la austeridad y la hospitalidad van de la mano y la falta de sensorialidad lleva a la reflexión interna. Todos los grandes profetas de las religiones buscaron retirarse al desierto no huyendo de ellos mismo, sino para encontrarse.

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Habíamos pensado que viajar por el Pamir a dedo iba a resultar difícil, nos preocupamos, nos preparamos y finalmente logramos hacerlo. Pero les aseguro que mucho más difícil es atravesar los desiertos de nuestras mentes.