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Nostalgia de India

Me levanté en una Barcelona lluviosa y fría. Sola.

L. está en Croacia. Me vestí, comí un poco de fruta y en piloto automático encendí la computadora. Youtube. Ciclo de mantras indios agrupados bajo el título de “Morning Mantras”.

No sé como llegaron esos mantras a nosotros pero los adoptamos como propios, sobretodo mientras estábamos de viaje y teníamos toda nuestra vida circular y rutinaria. Si, nunca tuve más rutina que estando de viaje. Desayunar, escribir, mirar un mapa, decidir que hacíamos ese día.

Lo cierto es desde que nos vinimos a Barcelona (ya casi 9 meses) nunca había escuchado los mantras mañaneros.

Hoy sí. Y sin pensarlo ni planearlo. Y no puedo menos que sentir una enorme nostalgia de India.

El otro día alguien mencionó que habíamos vivido mucho tiempo en Asia. Le dijimos que no, que vivir lo que se dice vivir, no. Vivir en un lugar para mi es comprar en la misma verdulería, conocer al cajero del mercadito y tomar un té siempre en la misma taza. Pero en cierta parte, era verdad, vivimos en Asia. Pasamos más dos años recorriendo el continente asiático. De esos dos año, un año entero fue en India. Si, esa India sucia, caótica, desprolija, pobre pero que a mi (a nosotros) tanto nos gusta.

La primera vez que pisamos el país fue en abril del 2013. No sé porque fuimos a India. Nuestro plan inicial era viajar un año por Argentina. Pedir licencia en el trabajo y volver al poco tiempo. Lo cierto es que nunca volvimos. Tampoco nunca viajamos por Argentina. Un domingo de navidad sacamos el pasaje a India sin tener idea en qué nos metíamos.

Y así llegamos a India. Sin tener idea de en dónde nos metíamos, literal. Claro que al principio no fue fácil. Por su puesto, fue más que difícil adaptarse, al menos, para mi. Ludmila, chica del conurbano. Nunca había visto un mono colgado de un templo. Nunca había visto mujeres con sari y hombres con turbante. Apu de Los Simpson era mi único contacto con la cultura india. No comía picante, no me gustaban los olores y no me acostumbraba a esquivar vacas.

Lloré. Lloré dos días y pasé una semana enferma. Y me encantó. India me encantó. No sé qué, no sé cómo, no sé por qué. No soy yogui, no creo en Shiva ni en dioses azules con cabeza de animales. No creo en el río Ganges ni creo en las castas.

En realidad, si sé porque me gusta India. Porque, en realidad, me gusta como soy yo en India. Y eso que no me visto ni de Ravi Shankar ni mucho menos. Pero me gusta el no ser nadie. En India, fui centro de miradas pero nunca me importaron.

En India, pude pasarme una tarde entera sentada tomando un chai largo e infinito. En India escribía, pintaba, andaba en sandalias de goma y sólo tenia una remera que debería lavar todas las noches para volver a ponérmela limpia. En India soñé, soñamos, en escribir un libro.

India no nos fue indiferente. Y no puedo más que sentir cosquillas en la panza y que se me dibuje una sonrisa en la cara cada vez que nos pienso allá.

El año que pasamos en India no fue de corrido. Por visados, tuvimos que entrar y salir en cinco oportunidades. Las cinco veces que dejé India lo hice contenta de irme, porque India satura. Y las cinco veces, le pedí a Lucas que me haga acordar de mi cansancio y tedio cuando diga que quiera volver.

Pero no funciona. India me exprime la calma, me cachetea, me pega donde me duele, pero a la vez me abraza. India enseña, y hoy…. Una mañana de otoño en una Barcelona que quiere ser independiente, la nostalgia de India se me cuela en las manos. Debería estar escribiendo para terceros, cosa que pasa cuando vuelve al sistema. Pero el ciclo de “morning mantras” sigue sonando en Youtube y tengo muchas ganas de tomarme un chai.

También de retomar el Blog.

Roma, cuidad de todos

“Roma, La ciudad de la historia visible, donde el pasado de todo un hemisferio parece moverse en el cortejo fúnebre, con imágenes y trofeos ancestrales extraños reunidos desde lejos....”

George Elliot

Intentar escribir sobre una ciudad tan trillada como Roma no es una tarea fácil. Desde manuales de historia hasta guías de viajes exprés, parece estar todo dicho sobre esta ciudad. Pero esa no es la única dificultad a la hora de escribir. Además, de no saber qué decir ni cómo decirlo, tampoco sabría dónde ubicar el comienzo de este viaje.

El viaje a Italia empezó mucho antes de que la voz del comandate del avión anunciase que en 15 minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Fiumicino. Quizá comenzó en algún almuerzo de domingo en el conurbano bonaerense donde se hablaba de algún bisabuelo siciliano que nunca llegué a conocer, o quizá, cuando visitando el norte de Marruecos dimos con unas ruinas romanas en medio de mezquitas y bazares que temblaron con un terremoto hace más de doscientos años. Pero seguro que el viaje a Roma comenzó mucho antes.

De hecho, tardamos casi 30 años en colorear un parte del mapa que siempre había estado presente en nosotros. Casi 30 años para ponerle imágenes, caras, olores e impresiones a la capital de un país que está muy arraigado en nuestra cultura.

Volar a Roma, conocer Italia, visitar el Vaticano, la Plaza San Pedro, contemplar el Coliseo desde el monte Palatino… No, no era solamente un viaje a las raíces de nuestra historia de inmigrantes sino también un viaje a nuestra historia como humanidad. Es que sí, Roma fue la cuna de todo un universo simbólico. El punto de inicio, el origen, el sitio al que conducen todos los caminos.

Es difícil hablar de una ciudad así sin caer en lugares comunes. Roma no sólo es el escenario de películas, sea Fellini o de Woody Allen, sino también de libros, poemas, sueños y fantasías. Quizá, también alguna de las ciudad que Italo Calvino se inventó para entretener a Gengis Khan.

Uno construye muchas veces imágenes típicas de los lugares gracias a los libros, los cuentos de otros viajeros o de las películas. Y uno se imaginaba a Roma con sus callecitas estrechas con pizzerías con mesas en la calle y manteles cuadriculados. Y es verdad, es así pero también mucho más.

Roma son las bocinas en una esquina y el aperitivo a las 6 de la tarde. Un tano juntando las manos hacia el techo mientras exclama un “Salve Ragazzi”. Son las veredas rotas, las fuentes de agua fría que sólo los romanos saben usar, un balcón con plantas secas y un cura argentino celebrando una misa para 40.000 personas.

Roma es una estación de subte que convive con una columna de granito de no-sé-cuantos-siglos. Una remara de una loba amantando a Rómulo y Remo y un pobre tipo disfrazado de Gladiador cobrando 10 euros la foto.

Una pizza que tiene nada que ver con las de Guerrín. Un cartel que reza que en tal casa vivió un tal Greco y una Fontana Di Trevi blanca y resplandeciente plagada de gente. Pero sin Sophia Loren y con palitos de selfie.

Es la prosciutteria con amigos. Una cerveza Peroni y un negroni en la tabla de un bar que me recuerda Buenos Aires. Caminar por Trastevere, cruzar el río Tiber y contemplar el atardecer desde alguna de las colinas. Ver cúpulas, palomas, y a lo lejos, un coliseo entre andamios que sobrevive. A los terremotos, a tiranía de los hombres, a la historia y al paso de la memoria.

Roma es un canto a la nostalgia. Roma sobrevive. Se reinventa, y yo me siento en casa. Porque por más DNI español que tenga, los tanos tiene más que ver con uno que los catalanes. La puteada, el codazo, la sonrisa y el guiño del ojo.

Roma nos mostró todo lo que esperábamos encontrar. Si,  es cierto, eso es una trampa. Las expectativas muchas veces juegan en contra a la hora de visitar un lugar. Pero como era de esperar, Roma es la excepción. Es mucho más colorida, romántica y querendona de lo que nos imaginamos.

Roma es el origen. De occidente, del cristianismo, del idioma latino, de la bella Italia y de la unificación. Roma es, un poco, la ciudad de todos.

Y, quizá, por eso hablar de Roma es un lugar común. Por que todos, venimos de ahí.

Terzani me dijo

“El conocimiento no proviene de libros, incluso de aquellos sagrados, pero sí a partir de la experiencia. La mejor manera de entender la realidad es a través de los sentimientos, intuición y no a través del intelecto. El intelecto es limitado.”

Tiziano Terzani 

“Oiganme bien, porque, aunque he hablado de colisión cultural, intelectual, religiosa y no militar, ahora les digo: ¿guerra han querido? ¿guerra quieren? Por lo que me concierne, que guerra sea. Hasta el último aliento.”

Oriana Fellaci

Debo empezar el relato con una confesión. Se supone que debía escribir sobre Italia, su gente, sus lugares, mis impresiones, pero no pude. Un ejercicio habitual que me gusta practicar (y se que no soy el único) es leer autores relacionados con el destino que voy a visitar. Es un proceso que empieza antes de comenzar el viaje, continúa durante el mismo y sigue después, a la vuelta. Así fue como llegué a estas cartas, a estas declaraciones de ideas de dos italianos que fueron contemporáneos entre sí. Ambos viajeros y ambos buenos escritores. Tiziano Terzani y Oriana Fallaci tuvieron demasiadas coincidencias. Ambos nacieron en Florencia, se dedicaron al periodismo y a viajar, y gracias a eso se conocieron personalmente en al guerra de Vietnam.

Con varios libros en el haber el destino los volvió a cruzar 30 años más tarde. Luego del famoso atentado del 11 de septiembre de 2001. En aquel entonces ambos padecían cáncer. Oriana vivía y recibía el tratamiento en Nueva York, en cambio Tiziano alternaba sus meses entre las montañas del Himalaya en India y su Italia natal.

Y estas vidas que parecen estar tan ligadas y cruzadas reaccionaron de una forma muy distinta al atentado. Oriana soltó toda su ira contra el mundo islámico en una serie de artículos que luego serían publicados en el libro “La rabia y el orgullo”.

Tiziano le contestó con una serie de artículos que también serían el punto de partida de un libro “Cartas contra la guerra”.

Oriana escribe su bronca desde Nueva York, Tiziano le contesta desde Kabul tratando de correrse del discurso político hegemónico y buscando ponerse en el lugar de los habitantes de la Afganistán. Sin dudas dos posiciones bien marcadas que ayudan a entender el conflicto y las razones por las cuales el mundo toma el rumbo que hoy 16 años después seguimos padeciendo.

¿Tan difícil es “El encuentro con el otro”? ¿Tanto nos cuesta entender en nuestra propia piel las miserias y penurias que tienen miles de hombres en el mundo? ¿Tan desconectados estamos los unos de los otros?

En aquel primer viaje por India en 2013 tenía la ingenuidad de pensar que el viaje cambia a las personas. Tardé en darme cuenta que no todos se toman el tiempo necesario para empatizar con los otros. Que las burbujas que se crean se las cargan en la mochila y que no importa donde vayan siempre van a tener su mundo propio para aislarse de ese otro, el que no les gusta o no quieren ver.

Por eso me llama la atención las cartas de Oriana, que vio y describió el mundo como pocas, pero que en los últimos años se volvió agría en su forma de escribir, con conclusiones como “De Afganistán a Sudán, de Indonesia a Pakistán, de Malasia a Irán, de Egipto a Irak, de Argelia a Senegal, de Siria a Kenia, de Libia al Chad, del Líbano a Marruecos, de Palestina al Yemen, de Arabia Saudita a Somalía, el odio por Occidente crece a ojos vista. Se agiganta como un fuego alimentado por el viento. Y los secuaces del fundamentalismo islámico se multiplican”.

En cambio, por eso rescato a Tiziano, que afrontó su enfermedad meditando en el medio del Himalaya. Y luego de visitar un hospital en Kabul, y llevar algunos regalos a los chicos un hombre herido lo increpa “Primero vienes a bombardearnos y luego a traernos bizcochos. Qué vergüenza”. Y Tiziano reflexiona: “No sé qué hacer. Busco en mi interior algunas justificaciones, algunas palabras que decir. Luego pienso en los soldados franceses, alemanes e italianos que pronto se unirán a esta guerra y me doy cuenta de que, al final de una vida en la que siempre he visto heridos y muertos causados por otros, aún tendré que ver, en este hospital o en otra parte, a las víctimas de mis bombas, de mis balas. y me avergüenzo de verdad”.

Dos maneras distintas de abordar el mismo problema. Y tal vez, el entorno en que uno se encuentre tiene que ver porque es cierto que estar en un rascacielos, rodeado de otros rascacielos, llenos de gente viviendo en pequeñas latas lo lleva a uno a sentirte sólo. El contacto con la naturaleza nos puede enseñar a valorar lo importante y a entender, que la paz primero tiene que estar adentro nuestro y que como alguna vez dijo Ghandi, al odio no se lo vence con más odio, sino con amor.

Dos cartas que valen la pena leer y confrontarlas, y, por más que pasen los años no pierden vigencia.

La poesía que la tecnología nos ha robado

“Deja tu casa. Ve solo. Viaja ligero. Lleva un mapa. Ve por tierra. Cruza a pie la frontera. Escribe un diario. Lee una novela sin relación con el lugar en el que estés. Evita usar el móvil. Haz algún amigo”.

Paul Theroux.

Recuerdo hace diez años uno de mis primeros grandes viajes, a Bolivia. Me parecía épico lanzarme en aquel entonces a ese totalmente desconocido país para mi. En realidad, todo me parecía épico en aquel entonces. Fuí con dos amigos y muy poca plata; coincidíamos con la primera asunción del presidente Evo Morales. En ese viaje de un mes alternaba alojamientos entre hostels y carpa. Las estaciones de tren o colectivos, bares o plazas eran los sitios ideales para conocer otros viajeros. Desde el día dos del viaje, nuestro grupo de tres se amplió. Amigos que hicimos en la ruta se unían a nuestro viaje, luego se separaban y más tarde los volvíamos a encontrar. Todo se debatía en una sobremesa y la gente de alrededor se unía a la charla. Es cómo si la gente estuviese concentrada en aquí y ahora. “El sábado que viene a las 19:00 horas nos volvemos a encontrar en Plaza Murillo” y funcionaba.

Aquel que tuvo la oportunidad de viajar hace 10 años puede notar el gran cambio que produjo la tecnología en los viajes. Cada persona genera su propio mundo con su móvil, tablet o computadora. Cada vez hay más auriculares y gente que come leyendo su muro de Facebook. Es verdad que en algún punto las redes sociales nos permiten estar más conectados, uno puede enterarse al instante del nacimiento de un sobrino o saludar a un amigo por el cumpleaños, pero también es verdad que se pierden el foco del lugar en el que estamos.

La tecnología incorporó grandes ventajas a los viajes, mapas, referencias y la posibilidad de comprar pasajes online. Pero es muy delgada la línea de no sobrepasar ese límite y terminar creyendo que todo se resume a unas pantallas de algunas pulgadas. El desafío es controlar ese impulso de verificar las notificaciones y dar lugar a las otras relaciones sociales, en carne y hueso. Estar presente aquí y ahora.

Hace un tiempo tuve la suerte de poder recorrer el Desierto de Gobi por poco más de una semana. Lejos de una ducha, un baño occidental o una conexión a internet. Lo viví de alguna forma como un proceso de desintoxicación colectiva, con la gente que me acompañaba ya no mirábamos una pantalla, sino atardeceres, paisajes y a nosotros mismos. Sin lugar a dudas, ese viaje, con conexión a internet no hubiese sido el mismo. Cuando se acaban las palabras nos dimos cuenta que el silencio en la vastedad del desierto no incomoda y que hay veces que une mucho más contemplar el mismo punto del horizonte que hablar banalidades. Y como ese se me ocurren varios momentos más en nuestros viajes, como el Pamir, travesías en barco, campamentos rodeados de hippies o pueblos en India que no aparecen en los mapas. A veces por decisión propia y otras tantas por cuestiones que no manejamos. Pero siempre volvemos a la misma conclusión. Es lindo desconectarse.

Recuerdo también aquella vez en Agra que salimos a caminar buscando un lugar para comer. El calor era insoportable y esa mañana nos habíamos levantando antes del alba para visitar el famoso Taj Mahal. Inesperadamente nos cruzamos un desfile de personas con música y un hombre montado en un caballo. Los seguimos con más curiosidad que otra cosa. Se detienen en un portón y poco a poco van entrando. Como veníamos caminando con ellos nos invitan a entrar. Era una boda, se realizaba en el parque de una casa donde estaban dispuestas mesas y sillas para los invitados. Nosotros dos estábamos ahí, sucios, desprolijos pero contentos. Sin esperarlo, sin planearlo nos invitaron a una boda hindú. Beatriz Sarlo no es para nada una de mis escritoras favoritas, pero cada tanto escribe algo interesante. En su libro viajes dice “Se viaja buscando esa intensidad de la experiencia, algo que asalta de modo inesperado y original, fuera de programa y, por lo tanto, imposible de ser integrado en una serie”. Los mejores viajes incluyen saltos fuera del programa, y por suerte esos saltos todavía no se pueden encontrar en internet o bajar desde una aplicación.

Que cada uno viaje como quiere, que cada uno ponga sus prioridades. Está el viajero que cruza la frontera y se detiene en un negocio de telefonía a comprar un chip de ese país para estar conectado y está, también, el viajero que se dejó el teléfono en su casa porque no le interesa saber nada. Imposible juzgar los modos de viajar, pero si quedara algún nostálgico como yo en alguna ruta del mundo le daría un solo consejo. Que dejemos la tecnología de lado, que no dejemos morir la épica, como la de aquellos viajes eternos que nos maravillaban, y que recuperemos un poco la poesía que el mundo parece perder.

Cortázar y Barcelona: una relación desconocida

Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914. En Bélgica ya que era donde su padre trabajaba como funcionario de la Embajada Argentina. Al poco tiempo, y coincidiendo con la primera guerra mundial, la familia Cortázar se trasladó a Barcelona y aquí vivieron dos años. Lo de Cortázar y Barcelona es una relación desconocida quizá como es, también, la relación de Freud con los viajes.

***

Desde aquel día y a lo largo de su vida, Cortázar fue perseguido por un sueño reiterativo. Según confesó años más tarde su sueño “trataba de una ciudad con raros edificios, todos coloridos y extrañas cúpulas. También un gran parque, un lugar mágico al cual su madre lo llevaba todas las tardes a tomar sol.” O al menos, ese decía ser el relato del sueño.

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Sesenta años más tarde y sospechando que aquel lugar de sus sueños podía ser el Parque Güell, Cortázar volvió a Barcelona. La sospecha se basaba en unas fotografías que había visto en una revista. Él nunca había asociado su sueño con aquella ciudad casi desconocida en la cual solo residió de muy pequeño. Él solo se debatía entre París y Buenos Aires, Barcelona no tenía lugar en su cabeza. O mejor dicho, en su consciencia.

Cortázar volvió a Barcelona y le pidió a Peri Rossi, su amiga uruguaya, que le acompañara al Parque Güell una tarde de otoño.

Julio Cortázar jugó a ser el detective de su propio sueño. Volvió a Barcelona buscando el origen de su sueño recurrente. Y al llegar a la ciudad se dio cuenta de que sí, que posiblemente aquel parque, aquel colorido Palacio de la Música y aquella ciudad entera era el origen de ese sueño de infancia.

Barcelona - Cortazar -2

Dicen que Cortázar se decepcionó. Que su sueño era mucho más pomposo e importante que la ciudad. Él dejó Barcelona decepcionado. Haber descubierto el origen de aquel sueño no importaba tanto, el sueño, su sueño, valía más que la realidad.

***

Nosotros por el contrario, de Barcelona nos fuimos a París. Quizá estábamos siguiendo las huellas de Cortázar, quizá el origen de nuestros propios sueños (incluso de los que soñamos despiertos) o, por ahí, solo estábamos yendo a visitar la ciudad más famosa del mundo.

Pero a diferencia de Cortázar, a nosotros Barcelona no nos decepcionó. Por el contrario, nos encantó. En aquel momento, nos fuimos sabiendo que íbamos a volver. Siempre, íbamos a volver.

Si te gusta Julio Cortázar y te apasionan los viajes, quizás quieras leer esta carta inédita que Cortázar escribió luego de visitar India.

 

Volver a escribir

No es fácil y cada día que pasa cuesta más. Los dedos se entumecen, las articulaciones crujen y las palabras comienzan a atolondrarse. Los pensamientos dejan de fluir y todo comienza a estar estanco.

La palabra. Posiblemente eso fue lo que pasó. La palabra desapareció, o mutó, o no sé. Dejó de salir. Y con la palabra también se fue la costumbre, la curiosidad, las ganas, el deseo. Pero no la sonrisa, la sonrisa siempre nos acompaña, por suerte.

Intento hacer memoria ¿Cuándo ocurrió? ¿En qué momento pasó esto? ¿Cómo es que quedó todo tan achanchado, casi abandonado?

Y mientras pienso y hago memoria… las telarañas de los dedos comienzan a aflojarse. Sí, claro. Hace mucho que no escribimos. Ni en nuestros cuadernos, ni en el blog. Intento pensar la causa, las causas, y me cuesta.

Volviendo un poco al pasado podría animarme a decir que todo comenzó en Irán. No sé si llamarlo problema, cansancio o malentendidos múltiples con nosotros mismos. Pero desde Irán no escribimos. No pudimos. Perdimos el hábito, las ganas, el motivo. No por que nos hayamos quedado sin historias para contar, pero no pudimos volver a sentarnos a escribir. A disponer del papel en blanco frente a nosotros, de cosquilleo que nos genera una idea en la cabeza o de la textura del teclado bajo nuestros dedos. No, desde Irán no pudimos volver a escribir.

Ahí quedó el blog. Abandonado en Nagorno Karabaj, esa enclave armenio en conflicto. Ese país que buscar ser libre, independiente, reconocido.

Desde que dejamos Irán hasta la fecha pasaron cinco meses y dieciséis países. Visitamos Georgia y Armenia y volamos a Grecia. Luego, Bulgaria, Serbia y Hungría. Nos metimos en Europa Central y volvimos a Austria y República Checa. Y volvimos a la ex-URSS para visitar Ucrania y Moldavia pasando por la extraña región de Transnitria. Y fuimos a Polonia, sólo para tomar un avión a Barcelona. Y nos enamoramos de Barcelona. Y mientras resolvíamos nuestra situación amorosa con la ciudad, visitamos Francia y Portugal. Y seguimos por España, esquivando Barcelona. Hasta que dijimos que no iba más y pisamos África. Nuestra primera vez en el continente negro coincidió con nuestra primera vez en Marruecos. Y volvimos a Barcelona. Y le dijimos que sí, finalmente.

Y entonces, ya por tercera vez en lo que llevan nuestras vidas, volvimos a tomar decisiones. Porque cuando todos nos preguntan cómo es que vivimos así o por qué somos de esta manera y empiezan a calcular la plata y pensar cómo vivimos y lo mal/bien que vivimos, nosotros nos reímos. Durante estos años sólo tomamos decisiones. Quizá ese sea el quid de nuestra vida.

Pero volvamos en nuestro “problema”. Haberle dicho si a Barna (a esta alturas ya somos intimas) fue poner en discusión muchas cosas. La escritura cayó en la volteada. Es cierto que el hábito no hace al monje, pero la escritura era el condimento importante de nuestros viajes. No escribíamos porque viajábamos sino que viajábamos porque escribíamos.

Siempre dijimos que la escritura respondía a nuestro egoísmo. Fue el modo que encontramos para tolerar este mundo tan distinto que nos rodeaba y nos rodea. ¿Por qué egoísta? Escribir fue y es para nosotros exclusivamente. Y ustedes, que nos leen desde siempre o de casualidad, son cómplices de nuestro egoísmo. Escribir es un modo de luchar contra la inmortalidad, de permanecer. De perpetuar el viaje y la existencia.

Pero, en realidad y siendo sinceros, somos tres los que escribimos. Ya no hay Lucas ni Ludmila, existe un él o ella, que se apropia de las palabras y las muestra como propias. Casi como si ese tercero es él que nos dicta que escribir. Él que aparece entre papeles e imágenes, entre las ramas de los árboles, entre rostros desconocidos. Algunos le dicen musa, otros inspiración, nosotros aún no le pusimos nombre. Simplemente lo escuchamos, lo llevamos a caminar y lo tipeamos”.

Pero algo había pasado. Algo se había roto. Ya no había nada que decir. La fuente, las palabras, las historia todo se había secado. Y por eso le dijimos que sí a Barcelona.

Necesitábamos parar. Acomodar sentires e ideas. Recuperar la perspectiva, pisar el suelo firme y dormir más de cinco noches en una misma cama. Las palabras no salían porque no estábamos cómodos. Extrañábamos la idea de casa, de hogar, de llaves propias y de una taza con el té que nos gusta.

Decidimos parar de viajar. Descansar los pies, la vista y las espaldas. Decidimos venirnos a vivir a Barcelona. A probar suerte. Por un tiempo. Un ciclo, una etapa más. Por que como ya descubrimos, nada es para siempre. Ninguna decisión tiene que ser pensada para siempre. Es el hoy. Ahora. Y ahora queremos estar quietos.

Y mágicamente (¿o no) descubrimos que aún nos quedan tantísimas historias por contar. Volvimos al ruedo, pero esta vez desde casa.

¡Y se siente muy lindo! ¡Y sí, es Barcelona, así que seguimos viajando igual!

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Nagorno Karabaj, el país que pocos reconocen

Recuerdo que llegué a la región de Nagorno Karabaj con la cabeza mareada de tantos pensamientos. Hoy, si reviso mis notas encuentro solamente garabatos que se plantean sobre el sentido del viaje y la vida. Preguntas que se extienden entre las hojas de mi cuaderno, pero que se cortan abruptamente al llegar a Shushi.

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El pueblo de Shushi sacude hasta a los más duros. Nada más al entrar uno ya tiene la sensación de estar en un lugar medio vivo y medio muerto. Edificios destruidos pero con ropa colgada en los balcones. Paredes llenas de agujeros de balas pero con grafitis coloridos. Un leve sol que se anima a salir pero una niebla espesa que cubre todo. Triste pero real. Así es el primer pueblo que visitamos en el no recocido país de Nagorno Karabaj.

Nagorno Karabaj es, en realidad, un enclave armenio en territorio de Azerbaiyán. Un país no reconocido por ningún miembro de la ONU. Un hueco en los mapas. Una frontera invisible pero tangible en sus controles y en la vasta presencia militar. Un pueblo que sufrió (y sufre) la guerra y luchó (y todavía lucha) por ser reconocido.

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Llegamos a Sushi a dedo (autostop) desde Armenia. En realidad, desde el único sitio que se puede llegar, ya que las fronteras de Nagorno Karabaj solo están abierta con Armenia. Las fronteras con Azerbaiyán están cerradas. Incluso, la República de Azerbaiyán no permite el ingreso de ningún viajero que haya estado en Nagorno.

El viaje hasta Sushi fue ameno, pero el mayor problema fue comunicarnos con el dueño del auto que nos levantó. El insistía que ir a Artsaj era una gran idea, que ahí estaban las montañas más lindas del mundo y que la culpa de todo esta guerra eran los políticos. Luego, entendimos que Artsaj era el antiguo nombre armenio de la región. Pero, por las dudas y mientras fuimos en el auto, nosotros le dijimos que sólo íbamos a ir a Nagorno Karabaj, no a Artsaj. Nagorno Karabaj es el nombre ruso de la región y significa altas montañas. Pero el hombre no se preocupó por nuestro desconocimiento, al contrario siempre alabó que las comunidades armenias de Argentina y Uruguay hayan colaborado mucho con el levantamiento del no-país después de la guerra. Nosotros queríamos saber más, pero el idioma era una barrera. Por suerte, en Sushi nos espera S., él sí hablaba inglés.

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El auto nos dejó a unos 5 kilómetros de la ciudad de Sushi. Decimos caminarlo, además el hombre tenía razón, las vistas eran increíbles. Caminamos por el borde de la montaña mirando hacia abajo la ciudad de Stepanaket, la capital de este no-país.

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Pero el paisaje idílico se interrumpió al poner un pie en la ciudad. Buscando la casa de nuestro anfitrión cruzamos callejones desérticos, que para mi no eran más que venas de asfalto y para ellos un campo de batalla. Casas destruidas y hoy ocupadas por la naturaleza.

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Nuestro anfitrión es un ex – soldado de la guerra que se nota que se entretiene contándole a los extranjeros sus experiencias. Cuando llegamos estaba sentado hablando con otro hombre, un tanto más joven. Los dos sentados bajo la sombra de un gran roble fumando cigarros y tomando café. Interrumpimos una discusión animada.

Nagorno Karabaj siempre fue parte de Armenia, hace diecisiete siglos” nos dijo S. antes de que nos sentemos. “El problema comenzó con el genocidio armenio y cuando los turcos llegaron acá. La gente se escondió en las montañas para que no los encuentres y ellos poblaron la zona con azeríes. Pero los azeríes invadieron la zona, su reclamo por estas tierras no tiene sentido. Ellos quisieron destruir algunos monasterios del siglo tres DC. Si realmente fuese su tierra, ¿Por qué quieren destruirla?” Casi que así nos presentamos. Cualquier otra forma no hubiese tenido sentido. Nosotros vinimos para poder ver esta historia a los ojos.

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Luego la situación continúo empeorándose, Stalin…” haciendo una larga pausa y tomando aire agregó, “…Stalin nació en Georgia, conocía bien el Cáucaso. Sabía de los problemas de esta tierra encerrada por dos mares y repleta de montañas. Sabía del problema entre los armenios y los azeríes y no hizo más que empeorarlo. Decidió dejar Nagorno Karabaj bajo el control de Bakú (capital de Azerbaiyán) porque de esta manera se aseguraba que Armenia dependa de la ayuda rusa.” El cuello se lo iba poniendo rojo y las venas hinchando. Pero no se detuvo ahí. “Porque en la época soviética estábamos bajo la influencia rusa, pero todos sabíamos que cuando Rusia se vaya la guerra iba a estallar. En 1988 Nagorno Karabaj votó para separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia. Tal es así que tenemos su misma moneda y su mismo idioma. Hasta nuestra bandera es parecida. Pero no, nadie dijo nada. Ahí mismo empezó la guerra. Rusia nunca nos reconoció, siempre se puso del lado del más fuerte. Pero el pueblo armenio se levantó en armas, porque la defensa de Nagorno Karabaj era también la defensa de toda Armenia y la última frontera de Europa y del cristianismo.”

Es que sí, al oeste los límites de Europa están muy claros. Con todos los mares delimitando el principio del continente. ¿Pero hacia el este? ¿Dónde termina Europa?

Los límites tienen que ser culturales. Armenia es el extremo sureste del cristianismo. Nosotros somos el último eslabón de Europa, somos la frontera con Asia. Y los musulmanes vienen por todo. Pasa en el oeste de Europa, como en Francia hace poco, y pasa también acá.” Agrega S. cada vez más enojado.

El último conflicto armado entre azeríes y armenios fue en abril del 2016, unos meses antes de nuestra visita. S. ya no era más parte del ejercito, pero su hijo sí y combatió en aquel enfrentamiento.

El atardecer encontró hablando y en el cielo se tiño de rosa. Nagorno Karabaj es una de esas tierras con paisajes encantadores, de los más lindos del mundo, como puede ser la Patagonia o los Alpes Suizos. Con monasterios milenarios, montañas, verdes valles y ríos de agua transparente.

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Pero, lamentablemente, está atravesada por una guerra que no los deja pensar ni reflexionar. Ellos tiene que actuar. O mejor dicho no pierden el tiempo pensando, como yo, en lo frágil de la condición humana. Su mundo se reduce a algo mucho más concreto, en un nosotros somos los buenos y ellos son los malos. Entonces ya no queda lugar para cualquier otra discusión.

En Nagorno Karabaj yo tampoco puede pensar en otra cosa más que en la cercanía e inmediatez de la guerra. Quizá por eso mi cuaderno también quedó en blanco.

Persépolis y el ocaso del Imperio persa

“Que no venga a esta nación ni el ejercito enemigo ni la hambruna ni la mentira. Esta petición le hago yo a Ahura Mazda con todos los dioses.”

Palabras de Darío I situadas en la escalera de acceso a Persépolis.

 

“Cada vez que contempla uno ciudades, templos, palacios ya muertos, se pregunta por la suerte que corrieron sus constructores. Por su dolor, sus columnas vertebrales rotas, por los ojos que saltaron de sus cuencas al recibir el impacto de una esquirla, por su reumatismo. Por su vida desgraciada. Su sufrimiento. Y entonces surge la siguiente pregunta: ¿podrían existir tamañas maravillas sin ese sufrimiento ¿Sin el látigo del vigilante? ¿Sin ese miedo que anida en el esclavo? ¿Sin esa soberbia que anida en el soberano? En una palabra, ¿no habrá sido el gran arte del pasado obra de lo que el hombre tiene de malo y negativo? Y al mismo tiempo, ¿no lo habrá creado su convicción de que lo negativo y lo débil que lleva dentro puede ser vencido sólo por lo bello, sólo por el esfuerzo y la voluntad de crearlo? ¿Y de que lo único que no cambia nunca es la forma de la belleza? ¿Y de la necesidad de ella que vive en nosotros?”

Viajes con Heródoto – Ryszard Kapuściński

Mirá como se me pone la piel de gallina”. Nos decía Mohamed, el chico que nos estaba llevando gentilmente y sin esperar nada a cambio hacia la puerta de Persépolis. “Esta es la verdadera alma de Irán. El motivo de nuestra grandeza. Todo gracias al glorioso imperio persa”, agrega mientras enciende las balizas, habíamos llegado al gran complejo histórico. Dos mil quinientos años pasaron de la fundación de la ciudad pero la memoria sigue intacta.

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Nuestro conductor era joven, no llega a los treinta años pero se emocionaba mientras nos hablaba de sus reyes y sus dioses. “Yo soy musulmán, pero se que el Islam es algo que vino de afuera. Sin embargo, todo lo que hizo el Imperio Persa se construyó desde adentro, fuimos nosotros.”

La distancia entre Shiraz y Persépolis es corta, unos treinta kilómetros y la conversación se acabó de forma repentina. Creo que ambas partes nos quedamos con ganas de hablar más. Hasta incluso le ofrecimos que venga con nosotros y sea nuestro guía, pero sus obligaciones laborales hizo que fuera imposible. Intercambiamos contactos, por las dudas.
Persépolis en realidad es un nombre extranjero que proviene del griego. Significa ciudad persa. En Irán lo llaman de otra forma Tajt-e Yamshid (lo que significa, Trono de Yamshid). Es la mayor atracción turística del país e históricamente el lugar más importante.

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A pesar de ser temprano el sol ya pegaba de lleno en aquel árido lugar. Algo común. Como nos fue común en el viaje escuchar de todos los iraníes hablar maravillas de Persépolis, hayan estado o no. Hay algo del orgullo nacional que se desarrolla a partir de la grandeza de los estados. Todos los pueblos tienen su momento de apogeo. Suelen haber pasado por momentos donde ocupaban un territorio mucho más grande que hoy en día. El Imperio Persa ocupó desde India al Mar Mediterráneo, controlando lugares como Egipto o Asia Central. De ahí la devoción por aquel pasado que lo califican como “glorioso”.

Pero así no le pareció a Jomeini, aquel vetusto ayatollah que lideró la revolución iraní, que quiso demolerlo por tratarse de un lugar muy identificado con el Sha y sus banquetes. Sólo el pueblo de Irán pudo frenarlo haciendo manifestaciones para demostrar su rechazo. Gracias a esas marchas es que hay podemos seguir disfrutando de gran parte de la vieja capital persa.

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Al llegar a Persépolis (ya con el ticket en mano) lo primero que uno ve es una larga escalera imponente. En realidad son dos simétricas que luego convergen. De ahí en adelante caminar por Persépolis suele ser tranquilo y la emoción dependerá de lo mucho que a uno le interese.

Nosotros quedamos como suspendidos en el tiempo moviéndonos en cámara lenta por cada uno de los relieves de las piedras. Nos quedamos chiquitos entendiendo la cantidad de milenios que nos separan y dándonos cuenta que vivimos en un mundo donde hace miles de años se lucha, por el motivo que sea, para tener un lugar, por el que fuere.

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La ciudad está construida en una gran terraza donde están distribuidos todos los palacios y otros edificios reales como el tesoro o el harén. De todos ellos quedan algunas piedras en forma de columna o algunas otras con representaciones de animales con cabezas humanas, grifos, vasallos o grabados.

Jerjes I, gran rey persa, llegó hasta Atenas logrando saquear la Acrópolis. Ese fue el momento de esplendor del imperio. Ciento cincuenta años después Alejandro Magno llegó a Persépolis arrasando con todo lo que se le puso por delante.

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Hay dos teorías alrededor de la destrucción de Persépolis. La primera y más sobria habla de una decisión política de Alejandro Magno para demostrar el cambio de poder y que ahora era él el que mandaba. Pero es cierto que en sus anteriores campañas no había ordenado destruir otras ciudades conquistadas. Entonces es ahí que empieza a tomar fuerza la segunda hipótesis. Alejandro, en un noche de borrachera con el buen vino de la región, se dejó persuadir por Tais, una cortesana que lo acompañaba, y lanzó una antorcha sobre el palacio de Jerjes I para vengar el anterior saqueo de Atenas.

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Sea como fuere, hoy los turistas nos privamos de ver en su plenitud las maravillosas construcciones, como así también de probar el famoso vino de Shiraz, prohibido por el estado islámico.

Esa misma noche llamamos a Mohamed que no había dicho que podía conseguir una botella de vino de un buen precio. Todo sea para brindar por la memoria de los pueblos.

Info útil

*Como llegar:

  • La más sencillo y caro es tomar un taxi. Se puede compartir. En la calle sin siquiera preguntar nos habían dicho 80.000 tomens (24 USD) por ir a Persepolis, luego a Naqsh-e Rostam. Un plan de medio día.
  • Otra opción es tomar colectivos (savari) que salen de la estación Karandish en Shiraz. Si no hay directo a Persépolis pueden ir a primero a Marvdasht y de ahí a Persépolis.
  • Nosotros fuimos a dedo. Tan simple como ir hasta Qur’an Gate (Qur’an Darvaza), caminar un poco hasta una playa de estacionamiento y de ahí empezar a agitar el pulgar. Luego, desde el estacionamiento de Persépolis conseguimos quien nos lleve a Naqsh-e Rostam.

* Precio:

  • Persépolis vale 20.000 tomens (6 USD). Naqsh-e Rostam 20.000 (6 USD). Este último no vale tanto la pena.

* Donde dormir en Shiraz:

  • Nosotros nos alojamos en Taha Hostel. La habitación estaba muy bien e incluía desayuno. Es algo así como el lugar donde van todos los mochileros, por lo tanto es un buen punto para intercambiar información.
Cruzar el mar Caspio en un barco carguero

Eran las cuatro de la mañana, no había señales del amanecer ni tampoco del barco carguero que cruzaría el mar Caspio para llevarnos de Kazajistán a Azerbaiyán. Estábamos sentados en el puerto de Aktaú, en la intemperie y en unas sillas improvisadas tomando un té con un joven bielorruso y un viejo turco, conductor de un camión que también estaba esperando para cruzar. Nos perdimos la mitad de la conversación, un poco porque era en ruso, otro poco por el sueño.

Sabíamos que los barcos que cruzan el mar Caspio eran impuntuales, pero imaginamos que podíamos esperar ya a bordo, durmiendo, o en algún cómodo sillón. Pero no, todo está pensado para camioneros. No es un barco de pasajeros. Los camioneros duermen en sus camiones, que son como sus casas donde llevan desde cocina hasta un DVD portátil. Nosotros quedamos a merced de la noche, como el bielorruso. Él tenía la ventaja de poder hablar ruso con los kazajos, pero nosotros, también, teníamos nuestra ventaja. Él no tenía ticket, nosotros sí.

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Recién a las cinco de la mañana llegó el barco. Hicimos migraciones, nos despedimos del bielorruso con la esperanza de verlo arriba del barco y nos metimos en un camarote caluroso para tratar de dormir un poco. Dormimos hasta que casi nos tiraron la puerta abajo para avisarnos que estaba el desayuno. En el medio, había pasado sólo dos horas.

Era un barco que incluía todas las comidas pero lejos estaba de ser un crucero de lujo. Si bien teníamos un camarote para nosotros solos, era precario. El óxido era el principal protagonista de todo. En total éramos alrededor de veinte pasajeros. Dieciséis camioneros turcos, una pareja de franceses y nosotros (el bielorruso finalmente no subió). Lo curioso es que con los únicos que compartíamos un idioma común era con los franceses, pero fue con quienes menos nos comunicamos.

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Las comidas eran sosas, pero las señoras que la servían eran amables. El mayor pasatiempo de los pasajeros era tomar té, jugar a las cartas y fumar. El nuestro pasear por la cubierta, mirar el horizonte y leer.

Para ser sinceros, el camino más fácil para llegar a Azerbaiyán hubiese sido haberse tomado el avión, pero nos inclinamos por otra opción un poco más lenta: cruzar desde Kazajistán a Azerbaiyán en barco. A fin de cuentas, se trata de un medio de transporte que está en peligro de extinción. Los barcos se van dejando de usar. Todo por la necesidad de ser modernos.

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El último barco que nos habíamos tomado fue rumbo las Islas Andamán. En total, cinco días en el Océano Índico marcados por la rutina. Horario de lectura, de comida, de escritura, de más comida, de charlas, de cartas. Mientras eso transcurría sentía estar viviendo la muerte de un medio de transporte. Los barcos para pasajeros van a desaparecer a excepción de los lujosos cruceros.

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Por eso, cuando surgió la posibilidad de ir en barco hasta a Azerbaiyán no lo dudé, le insistí a Ludmila y me dispuse a disfrutar de uno de los placeres que se nos priva bastante. 
Uno de los mayores lujos del barco es disponer de tiempo para dejar que la mente fantaseé y nos lleve por viejos recuerdos y nuevas ideas. Una especie de meditación en altamar para curar los dolores del alma. Una cura simple pero que nadie tiene tiempo de practicarla.

Fue un viaje corto, de 30 horas, pero sirvió para sentir el viento en la cara, ver las gaviotas volar y pensar en lo que todavía queda del viaje.

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La excusa para hablar sobre nosotros

“Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn’t do than by the ones you did so. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover.”

Mark Twain

“Nuestra historia es simple. Podría ser la historia de cualquiera persona acá presente, pero con sólo una única diferencia: Nosotros nos animamos. Nosotros tomamos la decisión y lo hicimos: salimos a cumplir nuestro sueño. Uno de nuestros tantos sueños.”

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Así comenzaba la charla que dimos semanas atrás en Aktau, una ciudad de Kazajistán ubicada a orillas en el Mar Caspio. La charla tenía lugar en la terraza de un hotel cinco estrellas, ubicado frente al mar, desde donde se veía el sol caer como una bola roja sobre la perfección del horizonte.

Había casi veinte mesas, todas ocupadas. Los kazajos son elegantes y esa terraza invitaba a hacerlo. Todos estaban bien vestidos, tomando una margarita y comiendo quesos franceses.

Ahí estamos nosotros dos, improvisando una charla mitad en inglés, mitad en ruso, en zapatillas. Haciendo lo que más nos gusta, contar historias:

***

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Somos Lucas y Ludmila, de Buenos Aires, Argentina. Casi treinta años y una carrera universitaria. Vivíamos en un lindo departamento amueblado, teníamos un auto, libros, electrodomésticos y un balcón con muchas plantas. Un día, decimos deshacernos todo. Renunciar a nuestros trabajos, regalar las plantas y donar nuestra ropa. Ese día sacamos dos boletos de avión con destino a Nueva Delhi, India. No teníamos previsto fecha de regreso.

Nuestra familia y nuestros amigos nos trataron de locos. Estábamos equivocados. Estábamos a punto de desperdiciar toda nuestra vida. Teníamos que casarnos, tener hijos, formar una familia, comprar más plantas y conseguir un trabajo mejor. Pero nosotros no queríamos eso para nosotros. Al menos, no en aquel momento. Nosotros queríamos viajar. Conocer el mundo y conocer las personas que habitan el mundo. No queríamos quedarnos sólo con los estereotipos que vemos en televisión ni con los libros de historia, queríamos conocer el mundo de primera mano: a través de nuestros propios ojos y en profundidad.

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Llegar a India no fue fácil. Nosotros también teníamos nuestros propios miedos. Nunca habíamos viajado tan lejos ni a culturas tan distintas. Los primeros cinco minutos en la estación de Nueva Delhi fueron terribles: bocinas, ruido, gente, olores fuertes, vacas, basura, mendigos, niños desnudos pidiéndonos plata. Fue un golpe duro. Una cachetada. De pronto y por arte de magia, habíamos dejado la burbuja en la que vivíamos en Buenos Aires y habíamos llegado a la otra punta del mundo. Una parte del mundo donde pasan cosas, donde estallan bombas, donde la gente tiene hambre y donde las vacas se pasean por las calles. Todo lo que habíamos visto de India en películas y documentales, ahora cobraba vida delante de nuestros ojos.

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Mis pensamientos fueron dos: “Esto es de verdad y yo quiero volver a mi casa”. En ese instante, un grupo de mujeres nos rodeó y empezaron a tirarnos de la ropa y de las mochilas pidiéndonos plata. Yo quería llorar. Como pudimos, conseguimos una habitación en un hotel mugriento. Me pasé una semana enferma. Triste, descompuesta y dudando de haber tomado la decisión incorrecta. Pero ya estábamos ahí. Habíamos volado desde Buenos Aires y no teníamos fecha de regreso. Decidimos tomar coraje y darle una nueva oportunidad a India. Sacamos un boleto de tren hasta Amritsar, la frontera con Pakistán.

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De aquel día pasaron más de tres años. Tres años en los que estuvimos viajando alrededor del mundo. Hasta el momento, recorrimos más de cuarenta países en tres continentes: América, Europa y Asia (nuestro favorito).

presentación - aktau - kazajistan -8Tres años donde conocimos infinidad de personas, de historias, problemáticas sociales, modos de pensar, distintas religiones y distintos modos de vivir. Donde aprendimos historia, geografía, religión pero donde, sobre todo, nos enfrentamos a la cantidad de prejuicios y desconocimiento que tenemos. Pero en estos tres años no solo viajamos de un lugar a otro, de un país a otro, sino que, también, escribimos sobre nuestro viajes. Documentando todo lo que vimos para que quienes no pueden viajar, si lo hagan desde la comodidad de sus casas. Escribimos, también, para achicar distancias culturales. A fin de cuentas, sólo conocemos el mundo a través de los diarios y la televisión y ellos nunca dicen la verdad.

Por ejemplo, de los países en vías de desarrollo recibimos solamente malas noticias. Unas de las cosas buenas de ser escritores de viaje es que podemos dar buenas noticias de lugares como Bangladesh o Bosnia y Herzegovina (que suenan como países terroristas). Ellos son personas como nosotros, amán, sueñan, llorar, ríen, festejan. Las diferencias culturales son algo mínimo pero nos hacen creer que es el todo.

Sí, lo primero que aprendimos en estos tres años de viajes es que a los países los hacen las personas que en ellos habitan. Nos pasó en Europa, cuando estábamos a punto de cruzar a Rusia en pleno conflicto con Crimea. Todos nos decía que Rusia era peligroso, que nos iban a secuestrar y a matar. ¡Que no vayamos por nada del mundo!

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En total estuvimos casi tres meses en Rusia; Cruzamos desde San Petersburgo hasta Mongolia. Más de 6.000 kilómetros donde casi exclusivamente hicimos dedo (autostop). Nadie nos mató, ni nos secuestró. Al contrario, el pueblo ruso fue uno de los más hospitalarios. Son buena gente pero con muy mala prensa internacional.

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La gente de los distintos países está dispuesta y orgullosa de mostrarte su cultura. Los niveles de hospitalidad que uno recibe en la ruta son increíbles. Sobre todo en países que están catalogados como “Ahí no hay que ir”.

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Nosotros no viajamos de manera superficial. Tratamos de meternos en cada destino y no somos los únicos. Cada vez es más la gente que se toma el viaje como un estilo de vida y no como un simple plan de vacaciones dos semanas al año. Podemos decir que no viajamos por las fotos, ni para sacarnos una selfie, viajamos para aprender a ser mejores personas.

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Pero no siempre nos va bien en el viajar. Muchas veces nos encontramos en situaciones peligrosas donde tuvimos miedo. Ante cualquier situación complicada o que nos sentimos inseguros siempre tenemos un arma que nos protege y que hasta ahora nos va muy bien: SONREÍR.

También confiar en el instinto. Cuanto más lo usamos, más aprendemos a escucharlo. Viajar es fácil, en lugares remotos no hay que entrar en pánico, simplemente hay que rodearse de buena gente y ver que la gente en todo el mundo va a tratar de ayudarte y no de lastimarte.

En resumen, podemos decir que viajamos para

√ Aprender: Historia, cultura o religión, por ejemplo. Aprendemos de las cosas buenas de cada país y tratamos de implementar en nuestro día a día y también, aprendemos de las cosas malas. Tratando de evitarla y cambiar.

√ Conectarnos: Con nosotros mismos, con la naturaleza, con las personas.

√ Sorprendernos: Viajando descubrimos todo un mundo nuevo del cual no teníamos idea.

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Viajar, por su parte, atenta contra nuestro etnocentrismo. Nos muestra que no somos los únicos, ni los mejores. Que nuestro país no es el ideal, que nuestras políticas internacionales no son buenas, que nuestro empleo es malo, etc. Nos demuestra que las cosas no son como creemos que son. Viajar nos obliga a cambiar el chip básico de la vida. Y para eso la empatía es primordial, conocer al otro, comprenderlo y no juzgarlo sólo por ser distinto.

Durante el viaje hicimos cosas que nunca creímos que íbamos a hacer, conocimos personas que nos cambiaron y vivimos cosas que vamos a recordar por el resto de nuestras vidas.

Mucha gente cuando le contamos de nuestra historia nos dice: “Oh, yo quiero viajar tanto como ustedes”, y la realidad es que la mayoría de nosotros en este recinto, en realidad, puede hacerlo. El mundo no es un lugar peligroso como nuestras familias, los medios y la sociedad nos hace creer. Se necesita tiempo, que es algo que todos tenemos. Y es mentira que se necesita coraje, simplemente un poquito al principio para comenzar. Tampoco se necesita ser millonario ni gastar miles de dólares. Los gastos se resumen en tres grandes grupos. Transporte, comida y alojamiento. Si se lleva esos gastos a un mínimos aceptable (para uno mismo) puede llegar a ser más barato que vivir en tu propia ciudad. Para eso se necesita ingenio: La necesitad es la madre de las invenciones.

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Pero viajar también tiene su parte negativa, por eso no es para todos. Uno a veces extraña, se siente solo (por más que viajemos acompañados), uno se enferma, hace mucho calor o mucho frío. Si uno supera eso y sale a la ruta con ánimos entonces significa que la ruta es el camino.

presentación - aktau - kazajistan -14Los viajes dependen en definitiva de la gente que uno conoce. Playas paradisíacas, fiestas o paisajes increíbles no se disfrutan si uno no conecta con la gente adecuada. La mejor manera de describir un paisaje es a través de la gente que lo habita. Y estas cosas pasan cuando uno deja la comida del sillón, apaga la televisión y empieza a vivir la realidad por si misma.

Cruzamos Rusia de punta a punta, estuvimos en el desierto de Gobbi, en la muralla China y en el Tíbet. Descansamos en las playas de Tailandia y tomamos el café más rico del mundo en Vietnam. Nos tomamos un barco por cinco días para ir a las Islas Andamán, estuvimos un año en India viviendo en monasterios y con monjes budistas, nos bañamos con elefantes y aprendimos a comer con las manos en Bangladesh y con palitos chinos en China. Estuvimos tres veces en Kazajistán y recorrimos la ruta de la seda. Estuvimos en Europa, cuatro meses yendo desde Croacia hasta Estonia. Reconstruimos la antigua Yugoslavia, y la ex – Checoslovaquia. Ahora, estamos recorriendo la URSS y luego, Irán. Nos gustan los viajes cargados de historia, de política y nos apasionan los destinos/lugares no comunes. Viajamos por países ricos y por países en desarrollo, viajamos en primera clase de trenes súper rápidos y viajamos a dedo. Dormimos en carpa y en hoteles de cinco estrellas. Comemos con las manos, con palitos chinos y cubiertos de plata. Nos adaptamos, nos flexibilizamos.

Viajar, hoy para nosotros, es sinónimos de vivir. Nuestra vida es el viaje, por que a fin de cuentas, es el modo que encontramos de sentirnos vivos. Y en el peor de los casos, es el modo de juntar una buena cantidad se historias para contarle a nuestros futuros hijos cuando se vayan a dormir.

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Moynaq: La tragedia del Mar Aral

Hay algo de excentricidad y falta de sentido común en lo que hacemos. No puede ser de otra manera en dos personas que deciden viajar sin rumbo por el continente asiático. Pero está vez fue distinto, se trataba de esperar a un argentino que no conocíamos en la ciudad más fea de Uzbekistán para luego terminar haciendo los tres, cien kilómetros por el medio del desierto por donde casi no pasan autos. Así fue como llegamos a Moynaq.

***

No recuerdo haberlo estudiado en geografía en la escuela. La primera vez que tuve noción del Mar Aral fue a partir de un capítulo del libro “El Imperio” del escritor polaco Kapuscinski.

Moynar - Mar Aral - Uzbekistán -3Si uno mira en un mapa el sur de Europa y Asia de oeste a este, puede ver cuatro mares: el Mediterráneo, el Negro, el Caspio y el Mar Aral. El problema es que si uno mira un mapa ahora, le va a costar encontrar el cuarto. El Mar Aral se está secando.

Dos ríos largos que cruzan todo Asia Central son los que llegan a este mar. Sobre esos ríos es donde se construyeron todas las ciudades milenarias de la ruta de la seda. El Syr Darya de 2.200 kilómetros de longitud recorre el norte de la región y el Amu Darya de 1.500 kilómetros recorre el sur.

Asia Central es desierto y más desierto. Altas temperaturas en verano y tormentas de arena. Esos dos ríos hacen que cambie el paisaje de la región. Con árboles de nueces y orquídeas, campos cultivados, sandías, uvas, melones y manzanas. Son los verdaderos oasis. En los intensos días de calor de verano el mayor placer que encontramos fue sentarnos bajo la sombra de uno de esos árboles y disfrutar el fresco del atardecer.

Otro cultivo que históricamente creció muy bien en la zona fue el algodón. En la década del sesenta, en plena época soviética, se decidió aumentar la producción de algodón. Para regar los nuevos campos, trajeron topadoras desde todo los rincones del imperio para armar canales a partir de estos dos ríos. La producción de algodón aumentó, pero convirtieron el oasis de Uzbekistán en un desierto.

Especialmente en el desierto, donde el agua escasea, no es muy difícil comprender el frágil equilibrio en que se encuentra el ecosistema. Si alguien saca agua de más, alguno tendrá de menos. Y eso pasó. Bañaron las plantaciones de algodón y el agua ya casi no llegó al Mar Aral.

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En 1990 Kapuscinski había escrito que una tercera parte del mar había desaparecido. Ya en ese entonces se hablaba de catástrofe. Hoy se calcula que más del 80% del mar se secó.

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La alegría que teníamos por haber logrado hacer esos desérticos cien kilómetros a dedo se desvanecieron a poner un pie sobre Moynaq. Antiguamente Moynaq era la principal ciudad pesquera del Mar Aral, una ciudad con playa, puerto y vida, sobretodo. Hoy, en realidad, es un pueblo fantasma, donde reina el silencio. Solo reina el silencio.

El camionero que nos levantó no entendió como nosotros estábamos sacando la cámara para sacarle una foto al cartel que anunciaba la entrada al pueblo. El emblema de la ciudad tenía consistía de un pez saltando sobre un mar plateado. El tipo tampoco entendió por qué le preguntamos por el camino al Mar Aral. Sólo levantó el brazo y nos dijo que caminemos, pero no indicó ninguna dirección.

Entramos a un café, hoy en ruinas. Una señora desalineada nos sirvió té y tres platos de sopa de aceite y carne. Le preguntamos por el camino al Mar Aral. Nos devolvió una mirada tan incomoda como desafiante. Dijo que caminemos, pero está vez su mano señaló una dirección. Teníamos que seguir por la única calle del pueblo, serían unos tres kilómetros.

Empezamos a caminar y las miradas del pueblo se clavaron en nosotros. Las preguntas de cortesía quedan aplacadas. Nadie nos dijo nada. Finalmente llegamos a algún lado. Un cartel anunciaba que llegamos al Mar Aral, pero nosotros no vimos ningún rastro. Sólo más desierto y barcos encallados. De la nada salió un hombre, tenía la cara cansada y las manos curtidas del sol, parecía muy mayor pero no debería tener más de 40 años. Nos señaló un cartel. Se trataba de una explicación mal traducida al inglés dónde se muestra el grado de deterioro del Mar Aral a lo largo de los años.

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No sabíamos que hacer ¿Sacar fotos? ¿Pedirle perdón al pobre hombre? En esos casos, lo mejor es el silencio. Nos quedamos las cuatro sentados debajo de la única sombra que había a la redonda. Nosotros mirábamos para todos lados, el hombre sólo tenía la vista clavada en el horizonte, ahí dónde se debería ver el mar.

Emprendimos la vuelta sin perder el horizonte de vista. Hacíamos el esfuerzo, tratábamos de buscar un poco de agua entre tanta arena, pero no. No se veía nada.

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Un solo colectivo al día sale de Moynaq y nosotros lo habíamos perdido. No teníamos otra opción más que volver como llegamos: a dedo. Le hicimos señas a una camioneta, paró. Eran dos tipos, hablaban un poco inglés y llevaban muchísimas maquinas y equipamientos chinos. Nos contaron que eran científicos. Hace años que vienen trabajando en el “problema” del Mar Aral. “Problema”, así llaman ellos a una de las catástrofes naturales más grandes de la historia. El idioma no nos ayudó pero ellos lograron trasmitirnos su preocupación. El mar se sigue secando, no hay nada para evitarlo. La mayor dificultad, ahora, radica en los altos niveles de sal en la región. Actualmente, cada litro de agua del Mar Aral contiene 150 gramos de sal. La perspectiva es que el año próximo ascienda a 180 gramos. Esto se traduce en una sola cosa: más problemas. Ningún pez puede vivir en ese entorno. El aire queda intoxicado de sal y eso afecta a la salud de los habitantes. Las tormentas de arena también llevan sal por lo cual los pocos cultivos, las pocas casas y las personas que quedan se resienten. En silencio hicimos los últimos kilómetros. Nos despedimos deseándonos lo imposible: suerte.

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Sonreír, más que un acto de cortesía es una falta de respeto y cualquier carcajada parecía ser interpretada como burla. Hoy Moynaq está a más de cien kilómetros de la costa. La mayoría de sus habitantes se fueron a vivir a otros lugares. Los que se quedaron fue porque no tenían adonde ir. Hoy sólo quedan unos cuantos barcos encallados en la arena que le muestran al hombre que tan estúpidos podemos ser.

Las vueltas de Tayikistán

“Teníamos todo el impulso; estábamos montados en la cresta use una ola alta y hermosa… Y ahora, menos de cinco días después, puedes subir a la cima de una colina empinada y mirar hacia el este, y si sabes mirar con los ojos adecuados, casi podrás ver el punto hasta donde llegó el agua, ese lugar en el que la ola finalmente rompió y comenzó a retroceder.”

EL VIAJE

Afghanistan, very bad” nos dice el viejo mientras señala las montañas del otro lado del valle. Su dedo pulgar se inclina hacia abajo en señal de desapruebo, y luego con gestos no da a entender lo peor: pistolas, barbas largas, fundamentalistas religiosos. Con la otra mano, intenta mantener el volante de su viejo e impecable Lada blanco. Las ruedas patinan, el camino es de barro rojo y hace días que llueve. Las construcciones chinas aun no terminaron esta ruta.

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Tayikistán podría repetir la misma historia que todos los países de la región. Tierras de nómadas, influencia islámica, pueblos pequeños que hacían de base en la Ruta de la seda, conquistas zaristas y dominación soviética. Y en cierto modo la repite, pero con ciertas particularidades. La Tayikistán la lengua tiene la misma raíz que el farsi, como Irán o Afganistán, pero tanto Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán tienen una lengua que proviene del turco. Pero al igual que el resto de los países de Asia Central, Tayikistán también fue parte de la URSS y antes del imperio ruso.

Si bien acá es donde culturalmente menos influencia rusa notamos, era un lugar estratégico. Tayikistán era la frontera sur del gran imperio rojo (incluso del imperio zarista). Acá se acababa el comunismo. Del otro lado, los ingleses (en realidad India, siendo colonia Británica). El corredor de Walkhan, en Afganistán, fue el gran tapón imaginario que separó ambos absolutismos, ambas economías, ambos mundos. Los tayikos no se sienten cercanos a Moscú, pese a tener varios veteranos que combatieron en al segunda guerra mundial. Ellos se sienten persas, antes con Afganistán no tenían fronteras. Pero no, ahora es distinto.

Balizas. Un kilómetro de autos detenidos. Un camión volcó hace horas y aún no hay nadie trabajando en la zona. Nos bajamos del auto, a mirar y a esperar. Una hora, dos, cuatro. Nada. Ni una grúa ni nada que pueda solucionar el problema. Unos conductores se ponen a correr piedras y a trazar un camino paralelo en la montaña. Nosotros miramos Afganistán del otro lado del valle.

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Decidimos seguir a pie. La próxima ciudad estaba a quince kilómetros y el camión parecía querer seguir volcado por unas cuantas horas más. En realidad, nuestro destino final era Dusambé, la capital de Tayikistán. Estaba a solo 300 kilómetros, pero lo que pensábamos hacer en seis horas ya parecía imposible.

Intentamos seguir a dedo, pero resulta ser que casi todos los autos acá son taxis y por ende quieren cobrarnos por llevarnos. Algo entendible si tenemos en cuenta que en el país no existe el transporte público. Seguimos intentando hasta que finalmente damos con uno que acepta llevarnos. Nos deja a mitad de camino.

Ya la noche caía sobre nosotros, por lo cual empezamos a buscar un lugar donde poner la carpa. Una señora nos manda a un café. Le decimos que no buscamos dónde comer, sino donde dormir. Ella insiste. Caminamos hacia el café, y nos dicen que podemos dormir ahí mientras nos señala una mesa con sillones al aire libre. Por las dudas, armamos la carpa. No queremos volver a ser devorados por mosquitos.

A la mañana siguiente, arrancamos de nuevo. Por experiencia, sabemos que los 200 kilómetros que nos faltan pueden tomarnos el día entero. Y así fue. Llegamos a Dusambé a las doce de la noche. Mojados, cansados, con ganas de una ducha caliente y de dormir. Dormir después de muchos días en una cama y con almohadas de verdad (nuestra ropa enrollada no cuenta como almohada). Los poco más de 500 kilómetros que teníamos que hacer desde el Pamir hasta Dusambé nos tomaron 40 horas reloj. Rutas en mal estado, coches en mal estado, policía corrupta y muchas montañas. Pero las montañas comenzaron a quedar atrás y ahora el camino es monótono. Campos amarillos, casas de cemento a mitad de camino y cabras pastando al costado de la ruta. Cuanto más cerca estábamos de Dusambé, más gente, más negocios y más tráfico. Mientras mirábamos otro atardecer desde la ventanilla de un auto desconocido nosotros sólo queríamos una sola cosa: llegar.

DUSAMBÉ (O DUSHAMBE)

Dusambé significa lunes en tayiko. Nunca fue una ciudad muy grande. Incluso, el trajín de la ciudad sólo ocurría los lunes que era el día en que se abría el mercado. Toda la gente del valle bajaba a la ciudad para comercializar. Pero Dusambé fue el lugar que los soviéticos decidieron tomar como capital de su creación: la republica socialista soviética de Tayikistán.

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Esa primer noche no vimos mucho. Buscamos el hotel que teníamos anotado y nos fuimos a dormir. Los días siguientes tampoco vimos mucho. ¿Será que la ciudad no tiene mucho por mostrar? ¿O qué uno se cansa de ver siempre un poco de lo mismo? Le dimos tres días. El tiempo justo que necesitábamos para aplicar a la visa de Turkmenistán. Tres días y no sacamos ni una sola foto.

ISKANDERKUL Y KHOJAND

Nos fuimos al norte. La promesa de estar de nuevo en las montañas, del lago Iskanderkul y del Valle de Ferganá nos mantenía ilusionados con Tayikistán. Pero no dábamos pie con bola. Después del Pamir, cualquier montaña parecía insignificante.

Si en el sur todas las conversaciones giraban en torno a Afganistán, en el norte eran el relación a Uzbekistán. Hasta la ciudad de Khojand llegaron los persas y también Alejandro Magno. Incluso, fue él quien encontró el Lago Iskanderkul mientras conquistaba el cordón de montañas Fan. Pero todo ese pasado histórico les había sido arrebatado cuando los soviéticos dividieron las naciones de Asia Central. Los tayikos reclaman como suyas las ciudad de Samarcanda y Bujará, pero los uzbekos no van a entregar por ninguna razón su turística fuente de ingresos. Los tayikos se conforman con Khojand una ciudad del mismo estilo, que aún conserva minaretes y mezquitas y que fue un eslabón más en la Ruta de la seda. Cuando los tayikos nos preguntaban a nosotros que nos parecía les decíamos que era una ciudad linda, que era muy pintoresco. Pero mentimos, no vimos nada que nos llame la atención. Los más interesante es el mercado: venden fruta barata y los melones más carnosos que hayamos probado.

El cuaderno seguía en blanco y la memoria de la cámara, vacía. No veíamos nada para contar. Quizá fuimos por el camino equivocado, seguíamos buscando los paisajes espectaculares del Pamir, las grandes historias que transcurrieron en la altura y la hospitalidad de las montañas. Nos fuimos de Khojand, como si nada hubiese pasado. Teníamos que volver a Dusambé, a buscar nuestra visa y huir hacia Uzbekistán. La idea original era parar en algunos lugares intermedios, pero decidimos ir de un único tirón. Tayikistán entró en una hipérbola negativa dónde nada tiene encanto. A veces pasa, no todos los lugares nos parecen hermosos ni fantásticos, seguramente por nuestra culpa. ¿Perdimos la oportunidad de penetrar más en su cultura y conocer su modo de pensar? Seguramente.

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Quizá, luego del Pamir el encanto de Tayikistán se centro más en su gente que en sus arquitecturas o paisajes. Gente arrollada por la historia. Por la historia de las invasiones, de las conquistas, de los soviéticos y de los chinos, que vienen a ser rutas para que el viejo del Lada no siga patinando y pueda usar las dos manos para decir que está preocupado por Afganistán, que está del otro lado del valle. Y !Zaz! la ola se rompió. El idilio del Pamir terminó. Era lógico, algo tan magnífico en todas su formas iba a dejar en otra perspectiva el resto del país. Tal vez, cruzar una nueva frontera, renueve las percepciones.

 

Comida instantánea, viajes instantáneos

“Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo.”

La lentitud – Milan Kundera

Ella vuelve a su casa y saca del freezer una bandeja de comida congelada que compró en el supermercado. La pone en el microondas tres minutos y ya tiene la cena lista. Se siente con el plato de comida frente a la computadora y busca “Imperdibles para ver en dos días en Praga”. Decide anotar el nombre de la plaza del reloj astrológico y decide anotar, también, el nombre del Puente Carlos. No sea cosa que se olvide y se pierda de verlo y sacarse su selfie ahí mismo. Esos dos son los “must to see” de la ciudad. Su instinto, aún humano, la lleva a buscar una lapicera y una hoja de papel. Pero se arrepiente. Abre una aplicación de su celular y ahí lo anota. Por las dudas, abre Facebook y pregunta en uno de los tantísimos grupos de viaje, que  es lo que hay para “ver y hacer” en dos días en Praga. Yo le respondería que sentarse a tomar una cerveza en alguno de esos bares viejos perdidos en alguna callejuela lejos del centro, pero se que no me va a escuchar. Ella no quiere perderse absolutamente de nada. Volver del viaje sin su foto, sería bochornoso.

Estos dos momentos, la comida instantánea y las “indispensables” guías de viaje, no parecen hechos relacionados pero lo están. En un mundo donde no hay tiempo de cocinar, seleccionar los ingredientes, saborear la comida, compartir la mesa, charlar, tampoco hay tiempo para preparar un viaje. Quedan pocos valientes que leen un libro o crónica de viaje (ni hablar de un libro de historia) o abren un mapa; la mayoría buscan imprescindibles en internet o miran un video resumido en Youtube. Hoy todo es instantáneo y la preparación de un viaje se condensa en siete consejos y 650 palabras. Los partidarios de la comida rápida son, también, partidarios de las lecturas rápidas. Su estilo “fast food” no incluye lecturas literarias. En todo caso información y sólo con un fin práctico.

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Cuando vivía el Buenos Aires todo me llevaba a correr. Amanecía con la prisa de no llegar tarde a la carrera del frenesí. El viaje, en ese sentido, fue un punto de inflexión.

Fue en una tarde de primavera soleada y fría en el Himalaya, en India. Estábamos varados entre los pueblos de Sonmarg y Kargil. La ruta estaba cortada. Un derrumbe de nieve había caído sobre el camino, hace horas que estábamos ahí esperando a las maquinas para que despejen la ruta.

Bajé del Jeep y empecé a caminar en largas zancadas entre los autos detenidos que esperaban. Cuando llegué el punto exacto del bloqueo, maldiciendo las condiciones de la ruta y de todo el tiempo desperdiciado, vi a familias de indios (nenes, padres y abuelos), jugando con la nieve que obstruía la ruta. Parecía ser el único impaciente. Volví al Jeep y vi a mis compañeros, sentados en el piso con sus ropas abrigadas y gorros de lana tomando té y señalando los picos nevados que nos rodeaban. Ahora, además del único impaciente, parecía ser el único que no se permitía disfrutar de uno de los paisajes más descomunales que tuve en frente. La paciencia y la contemplación no suelen ser práctica habituales.

Vivimos en un mundo instantáneo donde todo tiene un carácter de urgencia. Son muy pocos los que se toman el tiempo para leerle un cuento a sus hijos a la noche, incluso para leer una novela o ver una película de más de noventa minutos. Y esta vida rápida invade todos los aspectos de nuestra existencia y hasta hace que nuestros viajes, también, sean rápidos. Y por rápidos no me refiero necesariamente a la cantidad de días. Da lo mismo que tengas un fin de semana, quince días o un mes. Siempre se corre igual.

Las guías de viaje y los blogs tenemos gran parte de la culpa de eso. “10 cosas imperdibles para hacer un París”, “Lo que no podés dejar de ver en Tokio”, “9 + 2 consejos para ahorrar en tu viajes”. El viajero ya ni siquiera tiene tiempo de pensar o experimentar su viaje. Ni siquiera de darle un significado. Ya no hay lugar para la sorpresa ni para la instantaneidad. Las casillas de correos explotan de mensajes que preguntan sobre cómo recorrer tal ciudad, como volar más barato hasta allá, o donde comer mejor. Y lo peor, lo más terrible, es que todas esas respuestas ya están. Google lo tiene. Lamentablemente, parecería que hoy en día sólo se viaja para decir “yo también estuve ahí” y por supuesto, subir la correspondiente foto a las redes sociales.

En aquella ruta del Himalaya hice algo anacrónico, algo en vías de extinción. Realicé un viaje que no era una carrera con una lista de pendiente por cumplir lo antes posible y volver agotados a nuestras casas alborotándonos de recuerdos completamente olvidables. Un viaje, en realidad, se trata de guardar unos pocos recuerdos inolvidables, esos que todavía hoy podemos oler, escuchar o palpar.

Para eso nada mejor que “viajar lento”, porque es la mejor forma de tener experiencias que son únicas, auténticas, ricas en significado y en detalles. Poder conectar con esas experiencias nos llevará al centro de nosotros mismos en ese lugar. Son experiencias que nunca vamos a poder encontrar en Google.

No es que las guías de viaje sean malas de por sí (nosotros escribimos algunas e incluso son las entradas más vistas), pero reconozcámoslo: no tienen alma, ni poesía, ni sentimientos. Generan viajes repetidos y listas de lugares para ver. En cambio, en el pasado hubo grandísimos viajeros y no hay nada mejor que viajar acompañado de uno de sus libros. Tiziano Terzani decía: “Los libros eran mis mejores compañeros de viaje. Estaban callados cuando quería que estuvieran callados, me hablaban cuando necesitaba que me hablasen. Un compañero de viaje, en cambio, es difícil, porque impone su presencia, sus exigencias. Un libro no, un libro calla, pero está lleno de cosas hermosísimas.”

Por lo tanto, contra la locura universal de la vida rápida, dónde la comida instantánea para microondas va ganando terreno, levanto la bandera en contra. En contra de los “Cinco lugares que sí o sí tenés que ver”, los “Diez consejos necesarios para tu existencia” y “las guías indispensables”. Google está lleno de información desde como preparar una valija, tutoriales de como despacharla en el aeropuerto, hasta videos explicando como subirse a un subte en una ciudad asiática.

Los blogs de viaje estamos creando una generación de lectores vagos y holgazanes que no se detienen a pensar por ellos mismos. Esto hace que los viajes modernos condensen “todo lo que hay para ver” logrando así llenarse de recuerdos olvidables con el tiempo. En vez de buscar aquellos inolvidables, que nunca pero nunca van a aparecer en una guía.

Varkala y su mundo

Pusimos el despertador a las 6 am. Un horario muy poco frecuente en nosotros pero queríamos levantarnos temprano. Nos correspondían las dos horas de playa que perdimos ayer. Cargamos el termo con agua caliente, compramos dos panes, uno con canela y el otro con chocolate, y buscamos en el fondo de la mochila la bolsita que tenia lo último que nos quedaba de yerba.

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Llegamos a Varkala ayer, cuándo ya había caído la tarde. Nuestros planes de ir a la playa ni bien llegáramos se fueron desarmando uno a uno cuándo en la estación de Ernakulam avisaron que nuestro tren tenía demoras. Al principio dijeron treinta minutos, luego una hora, luego dos. El tren terminó llegando cinco horas más tarde. Pero en India eso no es problema. La mayoría de los viajes se componen de tiempos muertos y perdidos. India no es la excepción. El tiempo transcurre a otro ritmo. No importa que el tren se demore cinco horas, que el tráfico se atasque porque una vaca no cruza la calle o que un autobús no salga porque al chofer le dieron ganas de tomarse otro chai. Acá el tiempo es un bien material del cual, también, hay que aprender a renunciar.

El tiempo no nos poseé ni nosotros a él, pero que lindo hubiese sido si podíamos meter los pies en el mar ayer a la tarde como habíamos planeado. Mirando el agua desde el vagón y con los últimos rayos del sol llegamos a la ciudad. Ningún autorickshaw (moto-taxi) quería poner el taxímetro para llevarnos y nos pedían un precio desorbitante para hacer cinco kilómetros. Eso podía significar una sola cosa: habíamos llegados a un lugar híper-turístico.

Efectivamente Varkala es uno de los guetos mochileros más populares en India. La ciudad no es muy grande y toda la costa está ocupada por hoteles, guest-house, restaurantes, locales de ropa, de masajes y de alfombras. Acá es mucho más fácil conseguir una pizza que un chai.

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En Varkala hay muchos turistas new age: grupos de occidentales que vienen a la India en busca de una iluminación espiritual. Los hay de todo tipo. El que paga el curso de yoga pero no va porque se queda dormido como el fanático que cada vez que puede va con su colchoneta a realizar sus asanas. Están los que se pasan varías horas hablando de sus éxitos espirituales y están los que se pasan varias horas practicando. Pero hay algo que me resulta raro. Se creó una especie de carrera por alcanzar la espiritualidad, como si fuese un bien más de mercado. Cómo algunos corren detrás del celular y del auto, algunos otros corren detrás de los cursos de yoga y meditación. El que se ilumina primero, gana. Se olvidan del mundo circundante y se meten en ellos mismos, y así van por la vida. Quizá esa es mi mayor crítica. Andan por India sin ver a su alrededor, andan por el mundo sin saber que se está cayendo a bajo. No importa, ellos respiran, exhalan y buscan su nirvana. Yo en cambio soy más visceral. No puedo sentarme a meditar cuándo tengo tres nenes mirándome y pidiéndome plata para comer. Tampoco puedo encerrarme en un ashram cuando el mundo transcurre afuera y necesita de mi cambio y compromiso. El aquí y ahora no debe desconocer el contexto que habitamos. Pienso el proceso al revés, mi interior es un punto de llegada y para llegar tengo que conectarme antes con el suelo que habito. Sino, voy a ir por la vida buscando quien sabe qué.

Lo peor es que intento encontrar el error en mi modo de pensarme y buscó acercarme a ellos. Les sonrío y les pregunto donde toman clases de yoga, (quizá puedo animarme a probar algunas clases) ¿Y qué me dicen? Que no me entienden, con toda su parsimonia y su tono de voz new age. Repito más lento: Where you take yoga classes?. Y-O-G-A. Su respuesta: “Ah, i-oga? La i griega rioplatense es algo que tengo que practicar.

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Nos pasamos toda la mañana viendo como la playa se llena poco a poco y mirándolos a ellos hacer sus rutinas de saludo al sol. Luego, van todos a desayunar al restaurant que la guía Lonely Planet recomendó el año pasado. Los miro y suspiro. Están buscando algo y, al menos, no les hacen mal a nadie. Y ya no nos queda más yerba. Pensamos en ponerla a secar al sol pero creo que con el chai vamos a estar bien, lastima acá que no se consigue.

Así es la rutina de Varkala. Los yoguis caminan con sus colchonetas, los rusos se ponen rojos de tanto sol y los empleados de los locales comienzan a baldear el piso a las 7 am. La mayoría son nepalíes que vienen a hacer temporadas de trabajo. Los sueldos son bajísimos y la ganancia está en las propinas. Pero los viajeros new age no dejan propinas, el dinero siembra la impureza del alma. Bueno, nosotros tampoco dejamos muchas propinas. Me preguntó que sentirá un nepalí al ver el mar todos los días, supongo que debe ser lo mismo que sentirá un boliviano. Con la única diferencia que estos últimos alguna vez lo tuvieron y luego se los arrebataron.

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El mar. Eso fue único que nos trajo hasta acá y lo que nos hizo madrugar. Cuándo uno comienza a viajar y tiene que cambiar de cama cada dos o tres días empieza a buscar objetos que le den a uno cierta idea de cotidianeidad. A mi me pasa con el mar. Cada vez que lo veo siento que de algún modo estoy dónde quiero estar, aunque sea un hogar interno. Cada mar me hace pensar en todos los mares que vi antes. El mar de Tailandia, el de China, el mar Báltico, el mar Adriático, el mar Argentino. Algunos más verdes, otros más fríos, con más o menos olas y otros más sucios. El mar siempre es el mar, más allá de la simpleza de la afirmación. El ruido de las olas cuando rompen, el viento cuándo pega en la cara, los pies que se hunden en la arena. Son pequeños hábitos que se repiten de playa a playa y que me permiten, por momentos, sentirme un poco más en casa. Sentir que algo de mi entorno es mío, es conocido, me pertenece aunque sólo sea por unos días.

Queda agua para un mate más. Lucas quiere meterse al agua y tomárselo cuándo sale. Son los pequeños placeres que nos damos. Luego, empezamos a caminar. A dos kilómetros de la playa new age empieza la playa india. La basura es lo primero que nos llama la atención. Ropa mojada, envoltorios de helado, botellas de plásticos, portarretratos de amores muertos y muchas flores. Los indios vienen a Varkala sólo para visitar un templo y hacer las respectivas ofrendas en el mar. Se meten al agua con sari, jean y camisa, andan por la arena con zapatos de cueros y los guardavidas no dejan que se metan muy hondo. Los indios en el agua son unos aparatos, inocentes y divertidos.

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Seguimos caminando y cada vez hay menos gente. Los indios, los hippies, los oportunistas, los que alquilan las sombrillas, los místicos, todos quedaron allá atrás. Desde acá los acantilados se ven más rojos y la arena parece más dorada. Desde acá los locales de comida parecen puntos de colores y el parapente que sobrevuela la playa parece un gran pájaro. Nos sentamos a descansar. Viajar por India agota los sentidos, la paciencia y la mente.

Con una mirada cómplice elegimos que este va a ser el lugar. Y lo hacemos cuándo el sol comienza a caer sobre el mar. Lucas empieza a preparar el último mate con lo último que nos queda de yerba.

¿Por qué India?

* Aclaración: Si bien este post intenta reflejar nuestras sensaciones y experiencias personales en India. Los motivos acerca de por qué uno decide conocer este destino se pueden hacer extensivo a todos los viajeros que han visitado, o tienen intenciones de visitar, el país. Aclarada la doble lectura del texto, seguimos adelante:

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Desde que decidimos viajar a India sin fecha de regreso esta pregunta dio vueltas en nuestra cabeza. No teníamos en claro porque queríamos ir a ese país, no sabíamos mucho, ni teníamos contacto alguno con su cultura. Tampoco sabemos por qué nos gustó ni por qué terminamos pasando más tiempo de lo que teníamos previsto.

Cuando dejamos India, allá en marzo del 2014, lo hicimos con la promesa de volver. Incluso, desembarcamos en Buenos Aires sabiendo que efectivamente íbamos a volver.

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Dos años después, nuestra promesa se cumplió. Volvimos a India por cuarta vez. En total, contando salidas y entradas, visas que se vencían y pasajes que no podíamos cambiar, pasamos ocho meses en este país. Y ahora venimos por otro tanto.

Y por más que lo intentemos tampoco logramos darle una respuesta a la pregunta de por qué volvimos ¿Por qué India?

¿Qué nos atrae de ese modo de vivir y de pensar? ¿Qué es lo que nos llama la atención de esa cultura? ¿Qué buscamos cuándo decidimos conocer realidades tan distintas?

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India genera misterio. Su mismo nombre abre un sin fin de interrogantes y suena muy prometedor. Un nombre tan ajeno como conocido. Porque lo cierto es que todos tenemos cierta idea y preconceptos sobre el profundo y complejo país. Las vacas en la calle, la basura, el namasté, la pobreza, el esplendor de los palacios, los camellos, las castas, la sociedad patriarcal, la cultura milenaria, los sadhus, la trascendencia. Esto es lo más sorprendente de India: lo absoluto.

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Por supuesto que entre quienes deciden visitar India no se presentan los mismos motivos. Algunos viajan sólo por la foto en el Taj Mahal (en incluso se llevan vestimenta especial para la ocasión). Otros viajan para tomar cursos de medicina ayurvedica o instructorados de yoga. Otros por la curiosidades y por lo exótico. Otros por negocios, a mayor o menos escala la ropa india se vende en cualquier parte del mundo. Otros sueñan con los mercados y los bazares de especias. Otros por la comida. Otros por los económicos y efectivos tratamientos dentales. Otros en búsqueda de la iluminación. Nos sorprendió muchísimo la cantidad de occidentales que renuncian a su vida capitalista para iniciarse en los caminos espirituales. En ese aspecto, India está idealizada. Si bien la espiritualidad se vive en la calle, lo cierto es que la sociedad está creciendo para el otro lado. Los occidentales renuncian al Iphone para acercarse a Dios, los indios renuncian a Dios para acercarse al Iphone. Otros aún nos seguimos preguntando el por qué. Y así vamos y volvemos.

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Los motivos de un viaje a India son múltiples e India parece satisfacerlos todos. Lo único común es el resultado: no deja a nadie indiferente. Podríamos detenernos un buen rato hablando de las expectativas, y la autenticidad que supone viajar a India, pero eso ya lo hicimos en otro lado.

Si tuviésemos que esbozar una respuesta de por qué India podría basarte en nuestros temores. No hay nada más peligroso que la comodidad y, últimamente, estamos muy cómodos viajando.

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Más aún, volvemos a India para seguir adentranos en su mundo y comprender, en la medida que nuestras mentes racionales lo permitan, un poco más su entramado social. Pero también volvemos porque extrañamos. No tanto a India sino a quienes somos nosotros cuando estamos en India

Extrañamos la vida simple del chai (bebida típica a base de té con leche que se sirve en la calle) a media tarde con un paquete de galletitas Parle. Extrañamos el Thali, las calles sin veredas y con cabras, sacarnos las sandalias antes de entrar a cada templo, hogar o negocio, el comer huevos a escondidas en algunos lugares porque está prohibido, lavarnos los pies todas las noches por la cantidad de tierra que juntaron a lo largo del día, buscar lugares que sirvan un desayuno no tan picante, los timos, el regateo, la sonrisas de los niños y la mirada penetrante de los viejos. Extrañamos la escalinatas del río Ganges y la gente que ahí espera la muerte, porque India debe ser el único lugar del mundo dónde la muerte se espera pacíficamente. Extrañamos no entender absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Extrañamos la humildad, la pasión y la fe.

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El karma. La paradoja constante. El sin sentido, lo absurdo, lo inadmisible. Extrañamos los dualismos: la pobreza extrema y el desarrollo capitalista, la renuncia de los sabios y el aferramiento de los aprendices. India nos hace ir a dormir llorando y levantarnos amando estar vivos. Esas cosas ocurren, por más que suenen imposibles. Extrañábamos la humanidad, por eso volvimos.

Extrañábamos ser y no ser nosotros mismos, porque en India la identidad desaparece. Acá no existen Lucas y Ludmila, no existe la psicología ni SAP, ni nada que conozcamos. Volvemos porque queremos escribir un libro, y esta vez parece que va en serio.

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Tres años de apuntes nómadas

“Ir y venir, seguir y guiar, dar y tener, entrar y salir de fase, amar la trama más que el desenlace”
Jorge Drexler

Hace tres años, precisamente un día entre navidad y año nuevo, decidimos sacar un pasaje a la India sin un itinerario armado. No teníamos idea de lo que eso significaba. Nos era demasiado ajeno y lejano. Para nosotros un salto chico, disimulado, ínfimo. Volar a India, renunciar al laburo, vender todo lo que teníamos. No caíamos en lo que estábamos haciendo. Quizá por eso lo hicimos ¿Fue un instante de lucidez o de locura?

El paso siguiente fue anunciarlo a las familias y abrir este blog. Una suerte de cuaderno virtual, testigo de nuestros pensamientos. Apuntes nómadas. Lo abrimos para la familia y los amigos, también para nosotros. Nos permite ordenar todo lo que vivimos y no procesábamos. Pronto comenzó a leernos más y más gente y nunca dejamos de estar agradecidos por ello. En cierta ocasión le dedicamos unas palabras.

La escritura fue nuestro seva, esa tarea desinteresada que no hacia más que enlazarnos con nosotros. Fue nuestra terapia, nuestro vinculo con el viaje. El modo de tolerar ese mundo tan distinto que nos rodeaba y nos rodea. Escribir fue lo más egoísta que hicimos. Fue y es para nosotros exclusivamente. Y ustedes, que nos leen desde siempre o de casualidad, son cómplices de nuestro egoísmo. Escribir es un modo de luchar contra la inmortalidad, de permanecer. De perpetuar el viaje y la existencia

Extracto de Post #100

Pensamos bastante en el cómo celebrar este aniversario viajero-escritor. Empezamos a recapitular para atrás. Y recién ahí caímos en la cuenta de que nunca habíamos notado cierto detalle. Nunca habíamos reparado en ellos, en quienes hacen que esto de estar lejos y en movimiento nos sea tan ameno. En quienes nos abrazaron sin conocernos, en quienes nos abrieron las puertas de sus casas, en quieres nos cebaron un mate y nos regalaron una sonrisa.

Estos tres años son un agradecimiento al camino y a todas las personas que el camino nos presentó. A los camioneros rusos, a las jóvenes chinas, al viejo de Hungría, a nuestros amigos, a nuestras familias, a las de siempre y a las adoptivas.

Tres años -7

Tres años de viaje y nunca estuvimos solos.

*Spoiler: Este post se puede convertir en el más bizarro de todos. Otros van a contar cosas sobre nosotros que nunca dijimos. Serán quienes fueron nuestros compañeros de viaje (por algunas horas, días o meses) los que toman la palabra en este festejo:


Después de una noche terrible en un colectivo nepalí llenos de borrachos y de música a todo volumen llegamos a la frontera de India. Del otro lado nos esperaba la ciudad de Daarjeling. Volvíamos a aquel país que tanto nos había fascinado. Pero no íbamos a cruzar solos, ahí conocimos al Memo:

Recuerdo que yo salía de Nepal, tomamos el mismo camion que nos llevó hacia la frontera; entramos a la oficina los 3 a que nos sellaran los pasaportes y nos fuimos a Darjeeling. Seguro Lucas va a recordar ese trayecto por los Himalayas en la parte trasera del 4×4, no paraba de vomitar, jajaja, lo siento, Lucas, pero a veces nos toca pasar esos ratos. Al llegar a Darjeeling buscamos un hostal y recuerdo que estaba lindo. Nunca olvidare nuestra visita a los sembradíos de té. Los 3 íbamos con playeras verdes, lo recuerdo bien ese día.

La tarde fue muy bonita, estábamos en un restaurant tomando té, la vista era hermosa en las montañas.

Otro día, fuimos a caminar a un templo lindo, que nos dijeron que desde allí, se veía la 3era montaña más alta del mundo y que si a veces el clima lo permitía, podia verse el Everest. Justo en esa caminata nos dimos cuenta que Lucas y yo, usábamos el mismo tipo de calcetines Nike Dri fit, y claro Lucas traía 2 izquierdos o 2 derechos no recuerdo jajaja.

Por último y no menos importante, recuerdo bien que llegamos a cortarnos el pelo a una peluquería y Lucas, después de 3,4 meses sin rasurarse, decidió rasurarse ahi, me quede impresionado con la técnica del peluquero.

India – 2013

Junto al Memo

Junto al Memo

Ver a un francés con la remera de México y que hable de “chelas”, “no mames güey” y de “cabrones” no pasa todos los días. En Vang Vieng  encontramos uno junto a Bere. Ella sí es mexicana. Ambos escriben sobre viajes y gatos en Sin Destino Fijo.

Estábamos Mat y yo comiendo en un mini restaurante en Vang Vieng, Laos, yo me devoraba un laap tan delicioso con algunas -varias- chelas, cuando una pareja se acerca a nosotros y nos dice:

“¿Vos sos una bloguera de viajes?”

Y ahí comenzó todo. Quedamos de vernos esa tarde para unas chelas, y dando fondo a varias, charlamos de lo más sabroso. Nos encantó su manera distinta de haber vivido India, tan distinta de la nuestra… de la de la mayoría.

A la mañana siguiente nos encontramos por la calle (no es difícil en Vang Vieng), y ahí los vi tal como siempre los volvería a ver en vivo o en recuerdo: con un mate en la mano, caminando tranquilos, juntos, sonriendo….

Son pocos dentro de este gremio tan snob y saturado -los bloggers de viaje- a los que leo, sigo, y admiro. Ludmila y Lucas son parte de esos pocos.

¡Felicidades chamacos! Que los viajes sigan y que nos den para reencontrarnos, y compartir charlas; ustedes con su mate y nosotros con las chelas.

Laos – 2013

Tres años -2

Tren en India, estado de Rajastán. Mediodía, calor. Estábamos viajando con Laura y Álvaro. Apenas nos escuchó hablar se emocionó. El acento río platease se extraña. Varios días estuvimos viajando con Mathias.

Primero que nada contar como nos conocimos…como olvidarlo!! Fue en un vagón de un tren indio casi vacío rumbo a Jodhpur en el Rajastán, yo ya instalado en mi asiento asignado veo que suben 2 parejas de mochileros. Al ver que dentro de todo el vagón vacío les tocan los asientos al lado mío y todavía resultan ser argentinos….ahí es cuando dices.. lo que es el destino locooo!!

Con una de estas dos parejas Alvaro y Laura solo pude compartir algunos días en Jodhpur. Pero tuve la suerte de compartir otros destinos de India junto a estas dos personas maravillosas que son Lucas y Ludmila.

Festejar la Fiesta Holi en Jaisalmer y disfrutar del Safari por el desierto en camello son recuerdos que tengo con ellos que nunca me voy a olvidar. Saber que continúan viajando y han hecho de eso su estilo de vida por 3 años me llena de alegría.

India – 2014

Tres años -3

El verano europeo estaba en su esplendor y nosotros en Zagreb, capital de Croacia. De sólo estar en la calle vendiendo postales conocimos a unos argentinos, que a su vez conocieron a otro. Como una historia en cadena, así llegamos a Matías.

Supe de ellos dos la noche anterior a conocerlos. Yo estaba en Croacia haciendo voluntariados y tocando música en la calle para juntar unos mangos cuando un argentino de por ahí me dijo que había una pareja de argentinos que viajaba rumbo a Rusia y vendían postales, cuadernos y libros. “¿¡Un tipo alto y una chica bastante más bajita!?”, le pregunté. “¡Sí! ¿Cómo sabés?”, me dijo. La noche anterior me había enganchado con un post suyo sobre los países comunistas y me flasheó su ruta de viaje. Por aquel entonces leía varios blogs de viajeros, pero nunca antes había oído de ellos.

¡Qué carajo! Son muy copados, sencillos e interesantes. Fue la primera vez que tomaba unas birras entre argentinos desde hacía un tiempo por decisión propia. Me colaron en su hostel, me convidaron galletitas, me cebaron unos mates con lo poco de yerba que les quedaba y me regalaron mi primer libro aurografiado por sus autores (fue el primer libro que autografiaban, jeje) ¡Ojalá nos volvamos a cruzar y tengan un nuevo libro porque el primero me supo a poco!

Croacia – 2015

Berlín estaba en nuestra ruta del viaje y teníamos un contacto. Virtual por cierto, pero contacto al fin. Uno nunca sabe como pueden terminar esos encuentros, pero teníamos la sospecha de que nos íbamos a llevar bien con Valen y Jasper, escriben en Un poco de sur

A Lucas, Ludmila y a sus mochilas en viaje los conocimos por eso de las casualidades -que son más bien causalidades-, tuvimos la suerte de unirnos a un grupo de bloggers del que ellos también hacen parte. Gracias a ello nos hemos reído virtualmente más de una vez, hemos visto como su proyectos crecen y por cosas de la vida acabamos recibiéndolos en la ciudad a la que ahora llamamos “hogar”. Allí tuvimos el placer de disfrutar de su compañía en carne y hueso por unos pocos días mientras discutimos entre cervezas y solucionamos el mundo.

Se fueron y nos dejaron con imágenes de su paso por la india en libretas hechas a mano donde hoy apuntamos las ideas del próximo viaje con la esperanza de volveremos a cruzar en el futuro en algún otro punto del globo. Nos quedamos con las ganas de conocer al primo de Lucas y doble de Jesper de tomarnos unos mates y algún Fernet -y de seguir solucionando el mundo, claro-.

Igual nos toca en otro continente, que más da, eso si, prometemos no volver a bailar la macarena jamás.

Berlin – 2015

En Varsovia nos alojaron por Couchsurfing Pawel y Eva, una pareja de polacos tomadores de mate y amantes de Argentina.

Conocimos a Ludmila y Lucas en Julio 2015 cuando vinieron a Varsovia, Polonia. Se nota que son viajeros expertos, con miles de kilómetros y muchos meses recorridos en el mundo, siempre dispuestos a conocer los lugares que visitan y compartir anécdotas de sus viajes. Pasamos un fin de semana juntos, recorriendo la ciudad, charlando, tomando mate y mirando películas rioplatenses. Lo que nos sorprendió en ellos era su gran admiración por Ryszard Kapuscinski, un escritor, reportero, periodista y viajero polaco que les inspiró a viajar y conocer el mundo. Su entusiasmo por la literatura de Kapuscinski los llevó al cementerio de Varsovia donde, como es de costumbre, dejaron biromes en la tumba de ese escritor polaco. Ludmila y Lucas son muy buena onda y siempre muy bienvenidos acá. Los esperamos con unos mates.
Varsovia – 2015

Tres años -4

Esteban, el curioso es un caso aparte. Un loco suelto que aterrizó en Moscú proveniente de Uzbekistán. Juntos estuvimos unos días vendiendo postales, sacando fotos.

Recorriendo el mundo tuve el place de encontrarme con una pareja viajera como pocas. Lo mejor fue compartir unos días en Moscú. Ahí, a unos metros de la Plaza Roja, compartimos mate, venta de postales y muchas charlas con los locales. Una parte de mi viaje que recuerdo con alegría y con el deseo de volver a verlos.
Moscú – 2015

Tres años -8

8 días en el Desierto de Gobi con 6 personas puede ser mucho tiempo. Algunas secuelas dejó. Como este extracto de Lola, la venezolana devenida en mexicana:

En septiembre de 2015 se empezó a escribir el guión de María de La Mongolia, el nuevo bestseller de las telenovelas mexicanas. Por supuesto, era toda una controversia volver a tener a Thalía en un papel protagónico, después de tantos años, así que se barajaron otros nombres, como el de Jackie Bracamontes, y algunas rubias pero localmente impopulares actrices argentinas.

Mientras tanto, la historia iba tomando forma en su tierra raíz: Mongolia. Bajo un nuevo formato audiovisual, 6 viajeros formaban parte de un reality show, bajo la inocente idea de que tomaban un tour rumbo al desierto de Gobi.

Allí conocí a María La Refugiada y a El Terrorista – de nombre desconocido- , los famosos y muy populares – en el futuro – padres de María de La Mongolia. En su alter ego, pensaban que eran blogueros de viajes y (esta es la parte más divertida) que en realidad no tenían hijos.

Lo cierto es que al final María La Refugiada y El Terrorista terminaron envueltos en varias historias oscuras, incluyendo la de las botellas de vodka desaparecidas, algunos temas de diplomacia germano-colombiana y franco-latina, la controversia de la comida para los locales, y otra que incluía el color de las uñas de un vendedor al borde de una carretera.

Estoy segura de que hoy esos dos personajes aman comer cordero con grasa, extrañan desayunar pan con mermelada todos los días del mundo, y dejaron a nuevos antagonistas de novela en Mongolia, además de un pañuelo extraviado en China.

Felices 3 años, Papás Mochilas.
Mongolia – 2015

Tres años -10

O el de Jean-Romain, el franchute que hablaba español con acento raro:

Recuerdo que la primera vez que vi a Lucas, fue en Idre Hostel en Ulanbaatar. Yo estaba buscando compañeros para visitar el país, y preguntaba en los hosteles. Tenía la impresión de estar viendo a un oso con su barba.

La primera cosa que me dijo fue que yo parecía un maricón, perfecto para empezar este viaje. Con suerte, conocí a Ludmila después, y era más amable. Decidí hacer mi viaje con estas dos increíbles personas, además de Claudia de Colombia, María de Mongolia y Markus de Alemania. Juntos, éramos lo que se llama:” La familia de Mongolia”.

Después de 8 días, no era posible olvidar todo lo que pasamos juntos. Ahora debo ver a un psiquiatra dos veces por semana.
Mongolia – 2015

Tres años -9

Tres años -6

Es difícil reunir tres años en un sólo post. Este fue sólo un resumen. Fueron muchísimos nuestros compañeros de viaje. Incluso, hay otros que pasan más desapercibidos, como Messi o Maradona que son la excusa perfecta para comenzar una conversación esta parte del mundo. O nuestras mochileras, sandalias y cuadernos.

No los vamos a aburrir más, simplemente agradecerles a cada uno de ustedes por estar del otro lado. Y si por alguna razón están dudando si irse o no de viaje, tengan ese estado de lucidez y háganlo. Acá va a ver dos argentinos con mate y con ganas de cruzarlos en alguna esquina del planeta.

Abrazos y feliz año.

Angkor Wat, donde habita el olvido

“Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Una vez me contó, un amigo común que la vio, donde habita el olvido.”

Joaquín Sabina

Si este es el esfuerzo, el resultado debe valer la pena” me dijo L todo transpirado. Las cejas habían dejado de cumplir su función y la transpiración se le metía en los ojos. Ya teníamos pedaleados unos cinco kilómetros, aún nos faltaban otros tres para llegar. Todavía no eran ni las nueve de la mañana.

Angkor-Wat-6En el medio de la selva de Camboya, uno de los países mas pobres del mundo y dónde la historia golpeó duro en los últimos años con invasiones, guerras y exterminios, existe un conjunto de templos que no se entiende como no es una de las siete maravillas modernas: Angkor Wat. Un sitio que llegó a albergar alrededor de mil templos. Hoy, conserva más de cien y están invadidos por raíces de árboles enormes, flores y miles de turistas.

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La mayoría de los templos están rodeados por canales que amortiguan el agua y la lluvia en la época de monzones. Un puente de piedra porosa nos permite cruzar el canal y adentrarnos en el primer recinto. Erróneamente se conoce todo el complejo como Angkor Wat cuando ese es sólo el nombre del uno de los templos (y no necesariamente el más espectacular). Dicen que es el principal y que se erigió en honor a Shiva, pero sin desconocer la trilogía divina, de ahí las tres torres talladas. Estas no eran lo único notable, también los pasillos, las escaleras, los gravados y las paredes de casi un metro de espesor. O quizá lo maravilloso es que todo esto tiene casi mil años. No sabíamos por dónde empezar a mirar, esa fue la verdad.

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Templos imponentes de dioses brahmánicos evocan un pasado glorioso: el del Imperio jemer, que aunque no se estudie en los manuales de historia, por varios siglos ocupó Camboya, Laos, Vietnam, Tailandia, parte Malasia y Myanmar. Angkor Wat es el testimonio de sus años dorados. Todos los pueblos tuvieron su momento de apogeo y el jemer no fue la excepción.

A medida que pasaban las horas, subía el sol y el calor se intensificaba. Ya éramos dos gotas de sudor pedaleando en unas bicicletas que no paraban de hacer ruido. Esa mañana habíamos decidido alquilarlas, buscamos las más baratas de la ciudad: un dólar cada una. No frenaban muy bien, no tenían luces ni aceite en la cadena, pero se movían. Mientras pedaleábamos no dejábamos de sorprendernos de lo que veíamos. Eso era lo mejor de las bicis, no nos perdíamos ningún detalles del paisaje.

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¿Y cómo es que todo esto paso a ser un par de ruinas?” Le pregunte a L. Siempre sospecho que él tiene las respuestas a casi todas mis preguntas. No entendía como un imperio que logró construir semejantes maravillas concluyó de un momento para otro. Él tampoco. Poco se conoce del ocaso de los jemeres. Llama la atención como desaparecieron, sin dejar rastros, sólo un gran legado llamado Angkor Wat. Los historiadores hablan de una gran sequía, o de pestes, o de invasiones extranjeras. Todas teorías, nada concreto.

Angkor Wat estuvo largo tiempo descansando de los ojos del mundo, salvo por algún que otro monje budista. La naturaleza avanzó, los ocultó y se mimetizó con los templos. El mundo occidental los descubre recién en 1860. A principio del siglo pasado sólo se podía llegar navegando lagos y ríos. Nosotros fuimos en bici, los chinos en autobuses con aire acondicionado y algunos gringos en tuk tuk.

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Poco antes del atardecer llegamos a unos de esos templos que aparecen como un pequeño punto en el mapa. Ningún turista se detiene ahí, pero a nosotros el calor nos obligó a hacerlo. Era tan impresionante como todos los anteriores. Cualquiera de los templos de Angkor Wat, en cualquier otra parte del mundo, es una atracción por sí misma. Lo bueno era que en este templo éramos los únicos. Subimos por una empinada escalera hasta la cúspide y nos sentamos a descansar. Aunque no podíamos descansar la vista, seguíamos mirando maravillados a nuestro alrededor.

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Si esto tiene casi mil años ¿Cómo se construyó? ¿Se ayudaron de elefantes para mover tantas piedras? ¿Cómo las subieron y las tallaron? ¿Cuántas almas humanas se perdieron en la construcción? Porque siempre, estas construcciones monumentales se levantan con la vida y sufrimiento de otros. Lo vimos en el Taj Mahal y con la Gran Muralla China.

¿Y cuántos se habrán escondido entre estas piedras en los años locos de los jemeres rojos? Porque Pol Pot volvió a creer en la grandeza del Imperio jemer, e intentó retomar su antiguo esplendor, pero de un modo por demás sanguinario. Su dictadura, en la década del 70, mató a más de dos millones de camboyanos. Ellos también desaparecieron sin dejar rastros.

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La historia de Camboya intentaba acomodarse en nuestras cabezas mientras observábamos todo desde allá arriba. Los pensamientos iban y venían, como el viento que soplaba. Y siempre los pensamientos vuelven a uno. O quizá volvían a nosotros porque éramos los únicos que estábamos en ese templo.

Angor Wat, de alguna manera, encierra el ciclo de la vida. Ese primer momento de gestación, de crecimiento, de plenitud, y luego: la caída. Todo cae, como la piedrita que sin querer pateé cuesta abajo. Nos creemos poderosos, los dueños del mundo y luego ¡zas! nos desplomamos. A veces más rápido, a veces más lento, a veces sin intervalos. A veces sin saber las razones, Después, el olvido. Es inevitable.

Aún en Angkor Wat, el gran complejo arqueológico con fama mundial, hay más de un templo dónde lo único que habita es el olvido.

Angkor-Wat-1-3Dibujo de Henry Mouhot sobre Angkor Wat en 1860

Info útil

* En la ciudad de Siem Reap, que está a 6 kilómetros de Angkor Wat, se pueden alojar en la tranquila Residence Blanc D’Angkor y disfrutar de su reconfortante pileta.

Conquistar la Gran Muralla China

Miré para abajo y sólo vi el precipicio. Traté de respirar profundo y recordar que en la montaña la mente puede más que el cuerpo: un movimiento en falso me depositaba bien abajo, en el fondo del valle. No se si muerto, pero seguro que con muchas fracturas. Tenía miedo y no podíamos fallar. No tenía miedo por mi, me sentía confiado que podía sortear los obstáculos. La altura y cierta práctica me ayudaban, pero temía por mis dos compañeras. De alguna forma me sentía responsable de nuestra aventura por la Gran Muralla China.

Volver no era una opción, no porque seamos orgullosos, sino porque camino abajo era mucho más riesgoso que el que se veía para arriba. Es uno de esos momentos dónde uno se pregunta para que vino.

La historia comenzó en Beijing. Queríamos visitar la Muralla China, no queríamos ir a la parte reconstruida artificialmente y llena de chinos en masa. Queríamos visitar la parte autentica y poco conocida de la muralla. Teníamos información de un camino alternativo que se podía realizar fácilmente. La idea era pasar la noche ahí, sabíamos que iba a hacer frío. Llevábamos abrigos, bolsas de dormir y suficiente comida.

Luego de una larga combinación de colectivos llegamos al punto de inicio. Comimos algo de arroz y empezamos a subir. La muralla se veía allá arriba. Lo que parecía un pequeño sendero por la montaña poco a poco se fue complicando con el correr de los kilómetros. Tal es así que después de caminar un rato tuvimos que seguir escalando en cuatro patas. Las pendientes inclinadas, las piedras resbaladizas y las rocas sueltas hacían que cada paso sea una prueba de fe sin premeditar. Más de una vez confiamos en alguna rama o tronco toda nuestra vida.

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Esas dos o tres horas que teníamos previstas se transformaron en cuatro o cinco.

La última parte antes de llegar a la muralla fue la peor. Como era de esperarse, estaba destruida y el camino era una subida abrupta sobre escombros sueltos. Al riesgo de caerse y resbalarse se le sumaba el riesgo de golpearnos entre nosotros con las piedras que iban cayendo con nuestros pasos. Tuvimos que subir de a uno por vez, no era la última que iba a pasar.

Llegamos con poco tiempo antes del atardecer, las piernas me temblaban, las manos nos sangraban por haberme sujetados de las piedras, pero vi un hermoso atardecer y no puedo hacer otra cosa más que maldecir. Ya estábamos sobre la muralla pero no se veía camino a seguir. Nerviosos, asustados y abrazados vimos los últimos instantes de luz del día. Parecía que nos esperaba a propósito, no hubiésemos podido seguir a oscuras.

Lo primero que vimos una vez arriba

Lo primero que vimos una vez arriba

Preocupados sobre que hacer el día siguiente empezamos a prepararlas las cosas para irnos a dormir. Cenamos pan con pate metidos adentro de las bolsas de dormir.

Fue una noche fría, ventosa y preciosa con luna llena. Queríamos dormir bajo su luz pero el viento era tan fuerte que lo hacia imposible. Decidimos resguardarnos en lo que supo ser una torre de vigilancia. Ahora abandonada y derrumbada, del techo no quedaba mucho y las paradas tenían agujeros por dónde pasaba una persona, pero al menos reparaba un poco el viento.

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La luna nos iluminaba. No queríamos prender la linterna, teníamos miedo de que alguien nos viera. No era muy legal lo que estábamos haciendo. Pero lo cierto es que el camino era tan difícil que pocos se animarían a subir para decirnos algo.

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Además de fría fue una noche tétrica dónde en uno de mis sueños me encontraba con el diablo y todos sus compañeros que describe Bulgakov en “El maestro y Margarita”. Salíamos de fiesta por distintos bares y hacíamos cosas que sólo el diablo puede hacer.

L. asegura haber visto a alguien de blanco caminar por la muralla. Se asustó mucho y no pudo dormir en toda la noche. Según cuenta ella, cada vez que cerraba los ojos veía el precipicio que escalamos y se despertaba sobresaltada. Eso es verdad, muchas veces la escuché angustiada. No sólo el precipicio se le venía a la mente sino que tenía la sensación de que en cualquier momento se derrumbaba arriba nuestro lo poco que quedaba del techo.

De lo que sí estamos seguros es que dos veces en la noche escuchamos los pasos de una persona caminando cerca nuestro. La primera vez pensamos que era el viento, la segunda nos levantamos para ver. No había nada. Ninguno pudo volver a dormir.

La muralla china fue un lugar trágico. Miles de personas murieron en su construcción, otro tanto murió defendiéndola y muchos más queriendo conquistarla. Dicen que es el mayor cementerio del mundo y muchos cuerpos descansan entre las rocas. La energía se sentía y no había que ser muy perceptivo para enterarse de lo que pasaba. Estábamos solos y con frío en algunos de los 21.000 kilómetros de la Muralla China.

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Pero a mi lo que más me preocupaba era como seguir. No se veía camino. No podíamos volver al punto de partida. A lo lejos se veían las luces de un pueblo pequeño o de una base militar, sea lo que fuere para acceder ahí debíamos bajar una pared de 5 metros saltando a las piedras. Tampoco parecía fácil.

Así seguia el camino...

Así seguia el camino…

El amanecer fue el momento más fotogénico de la aventura. Un sol rojo salía desde atrás de la muralla mientras disipaba la bruma de las montañas y la luna iba desapareciendo poco a poco. Dicho encuentro entre el sol y la luna valió la pena. Como la bruma nuestros miedos se fueron despejando poco a poco con la salida del sol. Pudimos relajarnos y disfrutar del paisaje que contemplábamos.

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Me adelanté en el desayuno y escalé una parte muy destruida, tratando de encontrar un camino para seguir. Caminé unos 15 minutos subiendo piedras hasta encontrar algo que podía ser un camino. Volví a buscar al resto.

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Emprendimos el andar de nuevo, primero escalando. La complejidad aconteció cuando había que subir abrazando la montaña con el riesgo de caer unos cuantos metros y con el contrapeso de las mochila que nos tiraban para atrás. Traté de respirar profundo y recordar que en la montaña la mente puede más que el cuerpo: un movimiento en falso me depositaba bien abajo, en el fondo del valle. No se si muerto, pero seguro que con muchas fracturas. Tenía miedo y no podíamos fallar. No tenía miedo por mi, me sentía confiado que podía sortear los obstáculos. La altura y cierta práctica me ayudaban, pero temía por mis dos compañeras.

Muy despacio con las piernas que temblaban y ayudándonos entre nosotros logramos hacerlo. Haber cruzado esa parte ayudó al autoestima y ahora, cualquier otro obstáculo parecía sencillo.

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Poco a poco el camino comenzó a hacerse más fácil. Logramos caminar sobre la muralla, esquivando plantas y troncos, pero ya sin necesidad de trepar ni rezar a algún dios hindú. De a poco también, comenzamos a ver otros turistas que venían en nuestra dirección desde la parte reconstruida de la muralla.

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Ellos venían bien vestidos, limpios y con energía. Nosotros estábamos sucios, llenos de tierra, con la ropa rasgada y con una expresión de sorpresa en nuestros rostros.

Finalmente llegamos a la parte reconstruida. Nada tenía que ver con lo que habíamos visto nosotros 15 kilómetros más atrás. Allá piedras amontonadas tomadas por la naturaleza pero llenas de historia, acá piedras prolijas con miradores y letreros en inglés ¿Era la misma muralla? ¿Cuál era la más legitima?

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Caminamos con los turistas, sacamos fotos, nos relajamos. La noche anterior parecía un recuerdo extraño y lejano. Aunque cada tanto cerraba los ojos y la imagen del precipicio se me representaba a mi también.

Los tres estábamos cansados. Las piernas nos dolían, las rodillas nos pedían descanso. Los brazos estaban arañados y teníamos muchos moretones del día anterior. Decidimos sentarnos y descansar. Necesitábamos contemplar dónde estábamos. Trepar hasta la Muralla China y pasar la noche como polizones no es algo que se hace muy seguido. Pero ¿Por qué la fama de este lugar? ¿Dónde radica el encanto?


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Centenas de contingentes llegaban por hora, es una de las maravillas del mundo moderno y dicen que la única construcción humana que puede ver desde el espacio. Es todo un símbolo pero no dejábamos de pensar en las batallas y muertes que la muralla se cobró. Hoy es un lugar aclamado pero no representa otra cosa más que el mayor mal del hombre: la intolerancia entre los pueblos. La muralla solo sirvió para separar y segregar. La guerra fue más fácil que el entendimiento.

La muralla tiene más de 2.000 años aunque es cierto que se fue construyendo por partes pero hoy sólo el 30% sigue en pie. La muralla fue algo a conquistar y eso fue, precisamente, lo que nosotros hicimos ayer a la noche.

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