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Nostalgia de India

Me levanté en una Barcelona lluviosa y fría. Sola.

L. está en Croacia. Me vestí, comí un poco de fruta y en piloto automático encendí la computadora. Youtube. Ciclo de mantras indios agrupados bajo el título de “Morning Mantras”.

No sé como llegaron esos mantras a nosotros pero los adoptamos como propios, sobretodo mientras estábamos de viaje y teníamos toda nuestra vida circular y rutinaria. Si, nunca tuve más rutina que estando de viaje. Desayunar, escribir, mirar un mapa, decidir que hacíamos ese día.

Lo cierto es desde que nos vinimos a Barcelona (ya casi 9 meses) nunca había escuchado los mantras mañaneros.

Hoy sí. Y sin pensarlo ni planearlo. Y no puedo menos que sentir una enorme nostalgia de India.

El otro día alguien mencionó que habíamos vivido mucho tiempo en Asia. Le dijimos que no, que vivir lo que se dice vivir, no. Vivir en un lugar para mi es comprar en la misma verdulería, conocer al cajero del mercadito y tomar un té siempre en la misma taza. Pero en cierta parte, era verdad, vivimos en Asia. Pasamos más dos años recorriendo el continente asiático. De esos dos año, un año entero fue en India. Si, esa India sucia, caótica, desprolija, pobre pero que a mi (a nosotros) tanto nos gusta.

La primera vez que pisamos el país fue en abril del 2013. No sé porque fuimos a India. Nuestro plan inicial era viajar un año por Argentina. Pedir licencia en el trabajo y volver al poco tiempo. Lo cierto es que nunca volvimos. Tampoco nunca viajamos por Argentina. Un domingo de navidad sacamos el pasaje a India sin tener idea en qué nos metíamos.

Y así llegamos a India. Sin tener idea de en dónde nos metíamos, literal. Claro que al principio no fue fácil. Por su puesto, fue más que difícil adaptarse, al menos, para mi. Ludmila, chica del conurbano. Nunca había visto un mono colgado de un templo. Nunca había visto mujeres con sari y hombres con turbante. Apu de Los Simpson era mi único contacto con la cultura india. No comía picante, no me gustaban los olores y no me acostumbraba a esquivar vacas.

Lloré. Lloré dos días y pasé una semana enferma. Y me encantó. India me encantó. No sé qué, no sé cómo, no sé por qué. No soy yogui, no creo en Shiva ni en dioses azules con cabeza de animales. No creo en el río Ganges ni creo en las castas.

En realidad, si sé porque me gusta India. Porque, en realidad, me gusta como soy yo en India. Y eso que no me visto ni de Ravi Shankar ni mucho menos. Pero me gusta el no ser nadie. En India, fui centro de miradas pero nunca me importaron.

En India, pude pasarme una tarde entera sentada tomando un chai largo e infinito. En India escribía, pintaba, andaba en sandalias de goma y sólo tenia una remera que debería lavar todas las noches para volver a ponérmela limpia. En India soñé, soñamos, en escribir un libro.

India no nos fue indiferente. Y no puedo más que sentir cosquillas en la panza y que se me dibuje una sonrisa en la cara cada vez que nos pienso allá.

El año que pasamos en India no fue de corrido. Por visados, tuvimos que entrar y salir en cinco oportunidades. Las cinco veces que dejé India lo hice contenta de irme, porque India satura. Y las cinco veces, le pedí a Lucas que me haga acordar de mi cansancio y tedio cuando diga que quiera volver.

Pero no funciona. India me exprime la calma, me cachetea, me pega donde me duele, pero a la vez me abraza. India enseña, y hoy…. Una mañana de otoño en una Barcelona que quiere ser independiente, la nostalgia de India se me cuela en las manos. Debería estar escribiendo para terceros, cosa que pasa cuando vuelve al sistema. Pero el ciclo de “morning mantras” sigue sonando en Youtube y tengo muchas ganas de tomarme un chai.

También de retomar el Blog.

Roma, cuidad de todos

“Roma, La ciudad de la historia visible, donde el pasado de todo un hemisferio parece moverse en el cortejo fúnebre, con imágenes y trofeos ancestrales extraños reunidos desde lejos....”

George Elliot

Intentar escribir sobre una ciudad tan trillada como Roma no es una tarea fácil. Desde manuales de historia hasta guías de viajes exprés, parece estar todo dicho sobre esta ciudad. Pero esa no es la única dificultad a la hora de escribir. Además, de no saber qué decir ni cómo decirlo, tampoco sabría dónde ubicar el comienzo de este viaje.

El viaje a Italia empezó mucho antes de que la voz del comandate del avión anunciase que en 15 minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Fiumicino. Quizá comenzó en algún almuerzo de domingo en el conurbano bonaerense donde se hablaba de algún bisabuelo siciliano que nunca llegué a conocer, o quizá, cuando visitando el norte de Marruecos dimos con unas ruinas romanas en medio de mezquitas y bazares que temblaron con un terremoto hace más de doscientos años. Pero seguro que el viaje a Roma comenzó mucho antes.

De hecho, tardamos casi 30 años en colorear un parte del mapa que siempre había estado presente en nosotros. Casi 30 años para ponerle imágenes, caras, olores e impresiones a la capital de un país que está muy arraigado en nuestra cultura.

Volar a Roma, conocer Italia, visitar el Vaticano, la Plaza San Pedro, contemplar el Coliseo desde el monte Palatino… No, no era solamente un viaje a las raíces de nuestra historia de inmigrantes sino también un viaje a nuestra historia como humanidad. Es que sí, Roma fue la cuna de todo un universo simbólico. El punto de inicio, el origen, el sitio al que conducen todos los caminos.

Es difícil hablar de una ciudad así sin caer en lugares comunes. Roma no sólo es el escenario de películas, sea Fellini o de Woody Allen, sino también de libros, poemas, sueños y fantasías. Quizá, también alguna de las ciudad que Italo Calvino se inventó para entretener a Gengis Khan.

Uno construye muchas veces imágenes típicas de los lugares gracias a los libros, los cuentos de otros viajeros o de las películas. Y uno se imaginaba a Roma con sus callecitas estrechas con pizzerías con mesas en la calle y manteles cuadriculados. Y es verdad, es así pero también mucho más.

Roma son las bocinas en una esquina y el aperitivo a las 6 de la tarde. Un tano juntando las manos hacia el techo mientras exclama un “Salve Ragazzi”. Son las veredas rotas, las fuentes de agua fría que sólo los romanos saben usar, un balcón con plantas secas y un cura argentino celebrando una misa para 40.000 personas.

Roma es una estación de subte que convive con una columna de granito de no-sé-cuantos-siglos. Una remara de una loba amantando a Rómulo y Remo y un pobre tipo disfrazado de Gladiador cobrando 10 euros la foto.

Una pizza que tiene nada que ver con las de Guerrín. Un cartel que reza que en tal casa vivió un tal Greco y una Fontana Di Trevi blanca y resplandeciente plagada de gente. Pero sin Sophia Loren y con palitos de selfie.

Es la prosciutteria con amigos. Una cerveza Peroni y un negroni en la tabla de un bar que me recuerda Buenos Aires. Caminar por Trastevere, cruzar el río Tiber y contemplar el atardecer desde alguna de las colinas. Ver cúpulas, palomas, y a lo lejos, un coliseo entre andamios que sobrevive. A los terremotos, a tiranía de los hombres, a la historia y al paso de la memoria.

Roma es un canto a la nostalgia. Roma sobrevive. Se reinventa, y yo me siento en casa. Porque por más DNI español que tenga, los tanos tiene más que ver con uno que los catalanes. La puteada, el codazo, la sonrisa y el guiño del ojo.

Roma nos mostró todo lo que esperábamos encontrar. Si,  es cierto, eso es una trampa. Las expectativas muchas veces juegan en contra a la hora de visitar un lugar. Pero como era de esperar, Roma es la excepción. Es mucho más colorida, romántica y querendona de lo que nos imaginamos.

Roma es el origen. De occidente, del cristianismo, del idioma latino, de la bella Italia y de la unificación. Roma es, un poco, la ciudad de todos.

Y, quizá, por eso hablar de Roma es un lugar común. Por que todos, venimos de ahí.

Montserrat, Monasterio y montañas

Montserrat es uno de los nombres de mujer más típico de Cataluña. Sería como Marta en España, Li en China o Muhammad en el mundo árabe.

También es el nombre de una virgen. La virgen de Montserrat es la patrona de Cataluña y su historia tiene mucho que ver con este lugar. Un sitio donde naturaleza y espiritualidad coinciden de una manera armoniosa, con grandes vistas y escenarios a tan solo una hora de Barcelona. Una excursión muy recomendada para quienes visiten la ciudad.

MONSERRAT: MACIZO Y MONASTERIO

Montserrat es, también, el nombre de esta peculiar formación rocosa. La más alta e importante en Cataluña. En catalán, Montserrat significa monte- serrado. Curiosamente, esa es la forma de la montaña.

El Macizo de Montserrat se ve desde el aeropuerto. Es que sólo está a 30 kilómetros de Barcelona. Acá nomás para nosotros, a medio mundo de distancia para los locales. Es que sí, para quienes venimos de países extensos acá las distancias son cortas.

Montserrat ya se ve desde lo lejos. Es más, cualquier tren de cercanías pone en evidencia la montaña más alta de la región. Y desde Montserrat ya se ven los Pirineos. Pero claro, también se ve el mar.

La morfología de Montserrat es única y hace muy buena referencia a su nombre. Se trata, precisamente, de un enorme macizo que sobresale del paisaje. De lejos, parece una piedra fracturada. De cerca: dedos, salchichas gordas o restos de un castillo de arena que se fue venciendo con la fuerza de las olas. También, tiene algo de Gaudí. O mejor dicho, la Sagrada Familia tiene mucho de Montserrat en su diseño.

Los alrededores de Montserrat también valen la pena. Hay números caminos y rutas de senderismo, incluso refugios de montaña donde pasar la noche en caso de hacer recorridos largos.

Pero la aclamada de Montserrat no es solo natural. El macizo tiene mucha carga religiosa y espiritual; y de hecho, es uno de los sitios de peregrinajes más importante de España. Es más, desde aquí comienza uno de los caminos rumbo a Santiago de Compostela.

Según cuenta los más viejos, fue por el año 800 que semana a semana la montaña se iluminaba. Primero fueron pastores a ver de que se trataba, luego parte del cuerpo eclesial. Nunca encontraban nada pero siempre se veía una luz en la montaña. Un día, un obispo encontró una imagen de la virgen en una de las cuevas de la montaña. Intento quitarla pero no puedo. Consideraron entonces que en ese sitio debía construir una ermita. Con el paso de los siglos, la ermita devino en Iglesia, Basílica y, actualmente, en un Monasterio Benedictino.

De las primeras ermitas e iglesias solo quedan restos. Hoy, se ven reconstrucciones y construcciones modernas. Las construcciones originales no resistieron ni el paso del tiempo ni de las tropas napoleónicas ni de la guerra civil española. A pesar de réplicas, vale mucho la pena recorrer todos los rincones del monasterio y de la basílica.

La Virgen de Montserrat o La Moreneta como le dicen, también se puede ver. Aunque haya que hacer filas y colas. Así y todo, es la imagen más contemplada de todo Cataluña.

¿CÓMO VISITAR MONSERRAT?

Montserrat se encuentra a unos 30 kilómetros de Barcelona. Se puede acceder en tren o coche de alquiler. Desde el pueblo de Montserrat hay que tomar el funicular o el tren cremallera o, simplemente, caminar para ascender al Monasterio Benedictino.

Nosotros optamos por subir caminando. Hay varios caminos (algunos más directos y con más pendiente y otros que van uniendo ermitas y puntos panorámicos). Depende mucho de las ganas e intereses de cada uno.

NUESTRA EXPERIENCIA

Durante nuestro ascenso (habrán sido unas dos horas por un camino muy señalizado), nos encontramos con varias familias y grupos de amigos que habían comenzando su peregrinaje la noche anterior en las afueras de Barcelona. Incluso, con un niño de unos 12 años que se quejaba de que sus padres habían tomado una decisión “inhumana” (dicho por él). El niño llevaba caminando de las 2 AM.

El camino de montaña comienza a ser una ruta pavimentada a medida que uno se acerca el monasterio. Allí coincide la estación de funicular, la cremallera y el acceso vehicular. También, las tiendas de suvenires, los vendedores de agua y el baño publico.

El recinto del monasterio y la iglesia también están acá. Son construcciones enormes que impresionan a cualquiera.

Pero el centro de atención se los lleva la naturaleza. A pocos metros, los picos más altos de Montserrat corta como un serrucho el celeste del cielo. Desde el monasterio salen nuevos caminos, funiculares y rutas de senderismo para seguir explorando el macizo. Vale la pena esquivar las hordas de turismo asiático y caminar un poco por la naturaleza. Desde los miradores, además de contemplar el monasterio en su esplendor también se puede divisar Barcelona y varios de los pueblos y ciudades cercanas.

Odesa y las 15 naciones soviéticas

No sé de donde salió la insólita idea de recorrer las quince ex – naciones soviéticas. Se ve que era el motor (¿la excusa?) para comenzar un nuevo viaje. Un año por Asia no había sido suficiente y necesitábamos volver a la ruta. A encontrarnos con nosotros mismos en carreteras de polvo y habitaciones de extraños.

Empezamos en Lituania y terminamos en Ucrania” me decía Lucas, una tarde de primavera en Buenos Aires, mientras señalaba un mapa repleto de polvo. Un mapa único en su especie. Un mapa de National Geographic impreso en 1987 que me había encontrado en la biblioteca del barrio. Ahí, en aquel mapa, la URSS aún existía. Con un intenso color naranja esa inmensa porción del planeta que ocupaba un 25% del mapa era nuestro próximo destino. Desde el brillo de la pantalla de mi celular, Google Maps me devolvía el mismo mapa pero con 15 nuevos países. Muchos de ellos, nunca los había escuchado nombrar (¿Kazajistán, Azerbaiyán, Moldavia?). Pero ese era nuestro próximo viaje y Ucrania sería la última nación soviética que visitaríamos. No sabíamos cuándo ni cómo. Posiblemente, nos imaginábamos, llegaríamos a los 8 meses de comenzar el viaje, a dedo, con el idioma ruso ya aprendido y con los 14 países restantes ya sellados en el pasaporte.

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La azafata era alta. Muy rubia, muy blanca, muy alta. Tacos, minifalda y una capa muy gruesa de maquillaje que hacia sobresalir aún más sus ojos celeste. Con un inglés mezclado con ruso nos informa que estamos llegando y nos pregunta si tenemos visa. El avión aterriza y el frío se empieza a sentir con solo mirar por la ventanilla.

Habíamos subido al avión tres horas antes, en Praga. Era nuestra segunda vez en aquella ciudad que sacando su pasado comunista poco tenía que ver con nuestro viaje soviético. Como suele pasar, el viaje planeado nunca coincide con el viaje real.

No había muchos turistas en el vuelo y éramos los únicos que no teníamos el ruso como lengua materna. Tampoco habíamos aprendido a hablarlo salvo algunas frases de supervivencia.

El aeropuerto de Odesa es minúsculo. El avión quedó estacionado a unos 800 metros del edificio central. Era la único avión que había en el aeropuerto. Una pequeña combi recogió a los pasajeros y nos lleva al único edificio que se veía a la redonda. No hay cinta que gire con el equipaje, tampoco perros adictos a las drogas ni puestos de información turística. Un taxista nos llevó al hostel. El tachero resultó ser el tío de la recepcionista y el aeropuerto no estaba a más de 2 kilómetros de la ciudad. Daba la impresión de ser un pueblo perdido en el mapa.

Era de noche. Lloviznaba. Las calles estaban vacías y el poco movimiento que se veía en Odesa poco tenía que ver con las luces de Europa que horas atrás habíamos dejado en Praga.

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Odesa es una de las ciudades más importantes de Ucrania. Su ubicación estratégica, cerca de Rusia y a orillas del Mar Negro, tiene mucho que ver con su reputación y con los estragos de la historia.

Durante décadas Odesa constituyó uno de los principales puertos comerciales de los zares. Anexada al imperio ruso, Odesa fue sede del imperio y una de las ciudades más ricas de Europa. Teatros, puertos, avenidas, peatonales, balnearios, bibliotecas, universidades… Odesa era una ciudad modelo y el centro de intercambio entre Europa y Asia. Tal es así que hasta el propio Alejandro Pushkin decidió mover su residencia a la ciudad. Dicen que desde aquí escribió las obras mas importantes de su obra.

Pero no todo fue color de rosa. De la pomposidad zarista, Odesa pasó a ser un campo de batalla. A principio de 1900 y con todas las ideas soviéticas en efervescencia, la ciudad sufrió una increíble revolución obrera. Allí comenzó el declive de la ciudad. El clásico del cine “El acorazado Potiomkin” da cuenta de este punto de inflexión en la historia. Las famosas escaleras son de los pocos elementos que conectan a la actual Odesa con su pasado.

Y luego, los soviéticos. Ucrania ocupo un lugar crucial en el campo de juego de la URSS pero esa es otra historia

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Pero ahí estábamos nosotros. Intentando encontrarle el encanto a una ciudad que se esforzaba en hacerse notar. Una ciudad fría, repleta de clubs nocturnos y de edificios zaristas que buscaban no perder su pasado imperial.

Una ciudad donde solo se podía caminar. Del punto A al punto B, y luego al C. Intentando unir en el mapa distintos puntos de una ciudad que intenta posicionarse turísticamente; de un país que intenta posicionarse descreyendo de su pasado soviético y de su ligazón con los rusos.

Sí, la ciudad es linda, no vamos a negarlo. La opera de Odesa es imponente y las escaleras de Potiomkim ponen la piel de gallina. Pero eso, nada más. Quizá es una percepción teñida por el clima. Con lluvia y agua nieve no se aprecia una ciudad, sobre todo cuando todas las postales de la misma son de personas en traje de baño nadando a orillas del Mar Negro

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Ucrania daba la sensación de haberse quedado en el pasado. Quizá como el mapa que con polvo que aún data de 1987.

Nosotros, ahora, estamos en Barcelona. De los quince países soviéticos solo pudimos visitar 13. Así todo, el exótico mapa de National Geographic está colgado en nuestro living. Recordándonos que un día visitamos Odesa, un puntito minúsculo dentro de ese gigante país pintado de naranja intenso.

La historia del gran Komitas
La tía de no se quién dijo alguna vez que viajar exacerba los sentidos. No lo sé, pero por lo pronto hay veces que recuerdo algunos lugares por sus paisajes, otras veces por su olor (sea agradable o no), muchas veces por su comida y cada tanto por la música. Respecto a la música pasa algo curioso y aquel que viaja a dedo lo sabe, somos “rehenes” musicales del conductor. Suenan canciones en otros idiomas y cuando quieren agasajarnos con algo en español ponen Enrique Iglesias. Por eso aprendimos algo de ruso, para pedir que no ponga Enrique Iglesias. “Niet, niet, Enrique Iglesias niet. Feo, caca”, y así logramos que nuestro conductor y DJ pase a la siguiente canción.

Armenia no fue la excepción. Era un día nublado y frío, todo nos parecía frío porque veníamos de Irán donde lo más fresco que logramos estar era cuando viajamos en la caja de una camioneta. La lluvia amagaba con caer en cualquier momento y cuando se detuvo el primer auto subimos.

Luego de las preguntas de rigor, sobre nuestra locura de viajar así, nuestro país de origen y la cantidad de lugares que recorrimos, la música tomó el papel protagónico en el auto. Si me preguntaban en ese momento hubiera dicho que parecían cantos gregorianos. El conductor y DJ nos preguntó: “¿Les gusta Komitas?” y ahí me acordé de haber leído algo sobre él en algún un capítulo de algún libro.

Komitas no era su nombre verdadero, sino el que adoptó cuando se convirtió en monje. Nació en 1869 en lo que hoy es Turquía, en aquel entonces vivían entre dos y tres millones de armenios en Turquía. Estudió música en Berlín y dedicó toda su vida a recopilar canciones armenias. Viajaba de pueblo en pueblo anotando y aprendiendo canciones populares que logró inmortalizar. Fue un viajero errante que se hacía pasar por juglar en los pueblos narrando grandes historias armenias a través de sus canciones. Incluso compuso misas que hasta el día de hoy se escuchan en las iglesias armenias.

Pero hubo un gran quiebre en su vida, como en la vida de millones de armenios. El gran genocidio llevado a cabo por los turcos. Hasta el genocidio de los Nazis con lo judíos, el genocidio armenio había sido el más grande de la historia. Murieron casi dos millones de armenios. A Komitas lo capturaron el 24 de abril de 1915, fecha considerada como el comienzo del genocidio. Lo llevaron al borde de un precipicio. Lo tuvieron ahí mirando el abismo. La hija del sultán turco, que era alumna suya, intervino por su liberación. Pero fue tarde. A Komitas no lo arrojaron al vacío pero la cercanía con la muerte lo dejó sin palabras, literalmente.

Lo trasladaron a París, a un hospital psiquiátrico. Komitas no volvió a hablar, ni a componer, ni a hacer música. Intentaron de mil maneras distintas para sacarle un palabra, una sonrisa o un gesto, pero no hubo caso. Murió en aquel hospital psiquiátrico en 1935, pero pareciera que su vida se la habían arrancado 20 años antes.

Entonces cuando el conductor me preguntó si me gustaba Komitas no pude más que asentir y pedirle que ponga el volumen un poco más fuerte.

Les compartimos 45 minutos de Komitas, para que piensen que sentíamos nosotros cuando recorríamos aquel dolido país, en ese auto, escuchando a Komitas y mirando el paisaje por la ventana.


#Wishlist – España

Cada día que pasa, la idea del slow travel y del viajar como locales nos atrapa más. Incluso, esta nueva sensación de “vivir” en distintas ciudades/países por algún periodo de tiempo se acerca más al concepto de nómadas que nos identifica.

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Es que no sólo nos permite volver a experimentar esas sensación de hogar sino que también nos permite conocer más en un profundidad un país. Hacer escapadas cortas y no tan cortas.

Tras dos meses de viaje por España, decidimos instalarnos un tiempo en Barcelona aún sabiendo que nos falta conocer mucho de del país. Es que en España es imposible aburrirse, toda la combinación de paisajes coinciden con una gastronomía única y riquísima dando un resultado final demasiado interesante.

Durante nuestra temporada en España, estos son los 10 lugares que queremos conocer:

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Los Pirineos

Sabemos que para asombrarse no hay que ir muy lejos. Las montañas nos encantan y saber que los Pirineos están tan cerca nos pone contentos.

El Pirineo Aragonés es el que más nos tienta.

Las islas Baleares

Como nos gustan las montañas, el mar también nos atrapa. Sobre todo, las islas. Teniendo el Mediterráneo tan cerca, las Islas Baleares ganan un puesto en la isla.

Eso si… ¡Fuera de temporada por favor!

Valencia

Cuando varias personas nos recomiendan una ciudad… se nos prende la lamparita. Así nos pasó con la Comunidad Valenciana. Una escapada de fin de semana largo más la posibilidad de hacer camping en Valencia suena a combo perfecto.

El camino de Santiago

Si bien estuvimos fugazmente en Galicia, el camino de Santiago nos quedó pendiente. Tenemos que volver, caminar y vivirlo.

¿Vacaciones de verano?

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Trujillo

Estuvimos casi dos semanas en Extremadura y no hubo chances de ir a Trujillo. Un día llovía, al otro no había autobuses y al tercero llovía de vuelta. Extremadura nos encantó y queremos volver en verano. Trujillo no se nos va a escapar de nuevo.

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La Costa del sol

Tenemos que volver a Málaga y visitar el Museo-Casa Picasso, pero también queremos recorrer la Costa del Sol. Como soñar no cuesta nada, ir de Nerja a Marbella tomando mate seduce a cualquiera.

Asturias

Otro gran pendiente de nuestro viaje por España. No oímos más que buenos comentarios sobre la ciudad de Oviedo y sobre la Costa del Cantábrico. ¿Será cuestión de ir a conocer, no?

Córdoba

Dos visitas a Sevilla y ninguna a Córdoba. La balanza andaluza está desequilibrada. Semana santa será le excusa perfecta para volver a pisar Andalucía y conocer finalmente la famosa y reconocida mezquita de Córdoba.

¿Tendrá algo que ver con La Alhambra?

¿Tendrá algo que ver con Granada?

El País Vasco

El País Vasco fue el gran pendiente de nuestro viaje por España. Ahora volvimos para darle revancha.

San Sebastián será parada obligada, luego dejaremos que nuestros amigos vascos nos guíen por sus tierras. ¡Eso si, con sidras por favor!

¿Vos estuviste en España? ¿Qué sitio nos recomendás sumar a nuestra Wishlist de pendientes ibéricos?

*Post Patrocinado

Cortázar y Barcelona: una relación desconocida

Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914. En Bélgica ya que era donde su padre trabajaba como funcionario de la Embajada Argentina. Al poco tiempo, y coincidiendo con la primera guerra mundial, la familia Cortázar se trasladó a Barcelona y aquí vivieron dos años. Lo de Cortázar y Barcelona es una relación desconocida quizá como es, también, la relación de Freud con los viajes.

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Desde aquel día y a lo largo de su vida, Cortázar fue perseguido por un sueño reiterativo. Según confesó años más tarde su sueño “trataba de una ciudad con raros edificios, todos coloridos y extrañas cúpulas. También un gran parque, un lugar mágico al cual su madre lo llevaba todas las tardes a tomar sol.” O al menos, ese decía ser el relato del sueño.

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Sesenta años más tarde y sospechando que aquel lugar de sus sueños podía ser el Parque Güell, Cortázar volvió a Barcelona. La sospecha se basaba en unas fotografías que había visto en una revista. Él nunca había asociado su sueño con aquella ciudad casi desconocida en la cual solo residió de muy pequeño. Él solo se debatía entre París y Buenos Aires, Barcelona no tenía lugar en su cabeza. O mejor dicho, en su consciencia.

Cortázar volvió a Barcelona y le pidió a Peri Rossi, su amiga uruguaya, que le acompañara al Parque Güell una tarde de otoño.

Julio Cortázar jugó a ser el detective de su propio sueño. Volvió a Barcelona buscando el origen de su sueño recurrente. Y al llegar a la ciudad se dio cuenta de que sí, que posiblemente aquel parque, aquel colorido Palacio de la Música y aquella ciudad entera era el origen de ese sueño de infancia.

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Dicen que Cortázar se decepcionó. Que su sueño era mucho más pomposo e importante que la ciudad. Él dejó Barcelona decepcionado. Haber descubierto el origen de aquel sueño no importaba tanto, el sueño, su sueño, valía más que la realidad.

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Nosotros por el contrario, de Barcelona nos fuimos a París. Quizá estábamos siguiendo las huellas de Cortázar, quizá el origen de nuestros propios sueños (incluso de los que soñamos despiertos) o, por ahí, solo estábamos yendo a visitar la ciudad más famosa del mundo.

Pero a diferencia de Cortázar, a nosotros Barcelona no nos decepcionó. Por el contrario, nos encantó. En aquel momento, nos fuimos sabiendo que íbamos a volver. Siempre, íbamos a volver.

Si te gusta Julio Cortázar y te apasionan los viajes, quizás quieras leer esta carta inédita que Cortázar escribió luego de visitar India.

 

Nagorno Karabaj, el país que pocos reconocen

Recuerdo que llegué a la región de Nagorno Karabaj con la cabeza mareada de tantos pensamientos. Hoy, si reviso mis notas encuentro solamente garabatos que se plantean sobre el sentido del viaje y la vida. Preguntas que se extienden entre las hojas de mi cuaderno, pero que se cortan abruptamente al llegar a Shushi.

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El pueblo de Shushi sacude hasta a los más duros. Nada más al entrar uno ya tiene la sensación de estar en un lugar medio vivo y medio muerto. Edificios destruidos pero con ropa colgada en los balcones. Paredes llenas de agujeros de balas pero con grafitis coloridos. Un leve sol que se anima a salir pero una niebla espesa que cubre todo. Triste pero real. Así es el primer pueblo que visitamos en el no recocido país de Nagorno Karabaj.

Nagorno Karabaj es, en realidad, un enclave armenio en territorio de Azerbaiyán. Un país no reconocido por ningún miembro de la ONU. Un hueco en los mapas. Una frontera invisible pero tangible en sus controles y en la vasta presencia militar. Un pueblo que sufrió (y sufre) la guerra y luchó (y todavía lucha) por ser reconocido.

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Llegamos a Sushi a dedo (autostop) desde Armenia. En realidad, desde el único sitio que se puede llegar, ya que las fronteras de Nagorno Karabaj solo están abierta con Armenia. Las fronteras con Azerbaiyán están cerradas. Incluso, la República de Azerbaiyán no permite el ingreso de ningún viajero que haya estado en Nagorno.

El viaje hasta Sushi fue ameno, pero el mayor problema fue comunicarnos con el dueño del auto que nos levantó. El insistía que ir a Artsaj era una gran idea, que ahí estaban las montañas más lindas del mundo y que la culpa de todo esta guerra eran los políticos. Luego, entendimos que Artsaj era el antiguo nombre armenio de la región. Pero, por las dudas y mientras fuimos en el auto, nosotros le dijimos que sólo íbamos a ir a Nagorno Karabaj, no a Artsaj. Nagorno Karabaj es el nombre ruso de la región y significa altas montañas. Pero el hombre no se preocupó por nuestro desconocimiento, al contrario siempre alabó que las comunidades armenias de Argentina y Uruguay hayan colaborado mucho con el levantamiento del no-país después de la guerra. Nosotros queríamos saber más, pero el idioma era una barrera. Por suerte, en Sushi nos espera S., él sí hablaba inglés.

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El auto nos dejó a unos 5 kilómetros de la ciudad de Sushi. Decimos caminarlo, además el hombre tenía razón, las vistas eran increíbles. Caminamos por el borde de la montaña mirando hacia abajo la ciudad de Stepanaket, la capital de este no-país.

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Pero el paisaje idílico se interrumpió al poner un pie en la ciudad. Buscando la casa de nuestro anfitrión cruzamos callejones desérticos, que para mi no eran más que venas de asfalto y para ellos un campo de batalla. Casas destruidas y hoy ocupadas por la naturaleza.

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Nuestro anfitrión es un ex – soldado de la guerra que se nota que se entretiene contándole a los extranjeros sus experiencias. Cuando llegamos estaba sentado hablando con otro hombre, un tanto más joven. Los dos sentados bajo la sombra de un gran roble fumando cigarros y tomando café. Interrumpimos una discusión animada.

Nagorno Karabaj siempre fue parte de Armenia, hace diecisiete siglos” nos dijo S. antes de que nos sentemos. “El problema comenzó con el genocidio armenio y cuando los turcos llegaron acá. La gente se escondió en las montañas para que no los encuentres y ellos poblaron la zona con azeríes. Pero los azeríes invadieron la zona, su reclamo por estas tierras no tiene sentido. Ellos quisieron destruir algunos monasterios del siglo tres DC. Si realmente fuese su tierra, ¿Por qué quieren destruirla?” Casi que así nos presentamos. Cualquier otra forma no hubiese tenido sentido. Nosotros vinimos para poder ver esta historia a los ojos.

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Luego la situación continúo empeorándose, Stalin…” haciendo una larga pausa y tomando aire agregó, “…Stalin nació en Georgia, conocía bien el Cáucaso. Sabía de los problemas de esta tierra encerrada por dos mares y repleta de montañas. Sabía del problema entre los armenios y los azeríes y no hizo más que empeorarlo. Decidió dejar Nagorno Karabaj bajo el control de Bakú (capital de Azerbaiyán) porque de esta manera se aseguraba que Armenia dependa de la ayuda rusa.” El cuello se lo iba poniendo rojo y las venas hinchando. Pero no se detuvo ahí. “Porque en la época soviética estábamos bajo la influencia rusa, pero todos sabíamos que cuando Rusia se vaya la guerra iba a estallar. En 1988 Nagorno Karabaj votó para separarse de Azerbaiyán y unirse a Armenia. Tal es así que tenemos su misma moneda y su mismo idioma. Hasta nuestra bandera es parecida. Pero no, nadie dijo nada. Ahí mismo empezó la guerra. Rusia nunca nos reconoció, siempre se puso del lado del más fuerte. Pero el pueblo armenio se levantó en armas, porque la defensa de Nagorno Karabaj era también la defensa de toda Armenia y la última frontera de Europa y del cristianismo.”

Es que sí, al oeste los límites de Europa están muy claros. Con todos los mares delimitando el principio del continente. ¿Pero hacia el este? ¿Dónde termina Europa?

Los límites tienen que ser culturales. Armenia es el extremo sureste del cristianismo. Nosotros somos el último eslabón de Europa, somos la frontera con Asia. Y los musulmanes vienen por todo. Pasa en el oeste de Europa, como en Francia hace poco, y pasa también acá.” Agrega S. cada vez más enojado.

El último conflicto armado entre azeríes y armenios fue en abril del 2016, unos meses antes de nuestra visita. S. ya no era más parte del ejercito, pero su hijo sí y combatió en aquel enfrentamiento.

El atardecer encontró hablando y en el cielo se tiño de rosa. Nagorno Karabaj es una de esas tierras con paisajes encantadores, de los más lindos del mundo, como puede ser la Patagonia o los Alpes Suizos. Con monasterios milenarios, montañas, verdes valles y ríos de agua transparente.

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Pero, lamentablemente, está atravesada por una guerra que no los deja pensar ni reflexionar. Ellos tiene que actuar. O mejor dicho no pierden el tiempo pensando, como yo, en lo frágil de la condición humana. Su mundo se reduce a algo mucho más concreto, en un nosotros somos los buenos y ellos son los malos. Entonces ya no queda lugar para cualquier otra discusión.

En Nagorno Karabaj yo tampoco puede pensar en otra cosa más que en la cercanía e inmediatez de la guerra. Quizá por eso mi cuaderno también quedó en blanco.

Armenia y sus habitantes

El sentimiento fue proporcionalmente inverso que a la entrada. Ahora no me preguntaba en que momento debía cubrirme, sino por el contrario contaba los pasos que faltaban hasta cruzar la línea imaginaria que separa a Irán de Armenia. Sólo en ese punto iba a poder sacarme mi improvisado hiyab. También iba a sacarme la camisa de manga larga y con suerte, las calzas que tenia debajo de la pollera. Es que con 39 grados, me costaba mucho andar tan cubierta.

Se ve que no era la única. Delante nuestro, un grupo de cinco mujeres iraníes esperaban que les devuelvan sus pasaportes ya sellados. No les daban las piernas para correr. Buscaron refugio en el primer árbol que se ve del otro lado del puente que separa ambos países, justo debajo de la bandera roja, azul y naranja. Ahí, se sacaron toda la ropa que pueden. Quedaron en short y musculosa. Comenzó una sesión de fotos, maquillaje, y risas. Ellas festejan haber alcanzado cierto estado de libertad, yo, en cambio, trato de pensar cuál de las dos posturas es más opresiva. Pero también aprovecho, y me saco todo la ropa que llevo de más. Las vuelvo a mirar; siguen sacándose fotos. Las leyes, muchas veces, suelen producir el efecto contrario de lo que intentan regular. Las leyes religiosas de la República Islámica de Irán son un claro ejemplo.

Del otro lado, seguían las mismas “libertades”. Todos los locales eran clubs nocturnos y anunciaban cerveza fría. Así fue que nos enteramos que Armenia era el terreno de libertinaje para muchísimos iraníes. Casi, para todos los iraníes que podían salir del país sin problema. Pero nosotros no buscábamos eso. Armenia representaba mucho más que cervezas y poder vestir musculosas.

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Armenia, siendo sinceros, era un país que siempre nos llamó la atención y al que le tenemos un cariño especial. Posiblemente por su cercanía con Argentina y por la cantidad de amigos armenios, quizá por su historia. Armenia nos generaba simpatía, pero también pena, tristeza y desconsuelo. Además, viajar por Armenia nos devolvía un poco a nuestro mundo conocido. Después de tantos meses viajando por países musulmanes, hinduistas o budistas, encontrarnos con el cristianismo cara a cara era todo un adelanto. Armenia es un país por el cual sentíamos empatía, un país en el cual no nos llamaba tanto la atención los paisajes ni los sitios turísticos, sino su gente. Sus habitantes. En Armenia sólo queríamos hacer una cosa: hablar con su gente.

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Para eso, no hay mejor manera que hacer dedo. Viajar haciendo autostop nos obliga a subirnos al auto de un desconocido por cierta cantidad de kilómetros y compartir nuestras historias. Así comenzamos a esperar el primer auto. Pasó uno, pasó otro. Todos querían plata. Decidimos seguir esperando. Teníamos que hacer solamente cien kilómetros hasta la ciudad de Goris. Nos frenó una pareja que escuchaba reggaeton a todo volumen y nos llevó diez kilómetros más adelante. Decidimos parar a almorzar al lado de la ruta. Pedimos un khachapuri, un pan relleno de queso, huevo frito y manteca. Volvimos a la banquina a seguir esperando. Finalmente pasó (y frenó) un auto. Nos lleva hasta mitad de camino. Se trata de L., una armenia-rusa que vive en Ereván y viaja alrededor del país por trabajo. Habla inglés y es la mejor introducción que podemos tener al país.

Con L. charlamos bastante. Le preguntamos por la situación actual del país, por su trabajo y por sus aspiraciones. Reconocé que ni ella ni su mamá hablan armenio. Su idioma es el ruso. La URSS cayó, pero sigue presente.

Avanzamos rápido y eso que es todo camino de montañas, con curvas y contracurvas. En Armenia, las distancias son cortas. Es un país chico y con pocos habitantes. Pero no siempre fue así. Armenia perdió territorio y población con el avance atropellador de la historia. Decidí preguntarle a L. por sus sitios favoritos en el país. Nosotros no teníamos ningún itinerario armado, por lo cual, sus sugerencias podrían ayudarnos.

Ella comenzó a divagar. Que es un país chico, que está en los conflicto, que las montañas quedaron del otro lado, que el bíblico Monte Ararat quedó en Turquía, que la mayoría de los armenios están fuera del país. Trató de ser concisa y le pido que sólo me diga el nombre de un lugar. De su lugar favorito en Armenia. Piensa. “El monasterio de Dilijian, ese es mi lugar preferido pero hace muchos años que no voy” nos dijo L. A los pocos kilómetros nos despedimos.

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De noche y con mucho frío llegamos a Goris. Nuestra primer para en el país. Teníamos la dirección de nuestro alojamiento anotada en un papel. La sorpresa fue descubrir que los nombres de las calles no estaban en letras latinas, ni en letras cirílicas. Todo estaba en armenio, un idioma tan complejo como antiguo.

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El traducir los caracteres uno por uno parecía una tarea bastante imposible. Decidimos preguntarle a un tipo que estaba estacionando el auto. No reconoce ni el nombre del hotel ni la dirección, pero nos invita a la casa. Ahí podemos usar internet y buscar la dirección correcta. La casa era de piedra, con balcones, ventanales y muchas flores. Combinada perfectamente con el cariz medieval que tiene la ciudad de Goris.

Para entrar a la casa, debemos sacarnos los zapatos. Adentro estaba su mujer y sus dos hijos, también sus padres, su cuñada y tres sobrinos. Todos se ponen de pie para saludarnos. Nadie pregunta nada ni interroga al hombre. Entrar con dos desconocidos era lo más natural del mundo. Nos ofrecen café, vodka, vino y galletitas. En ese orden. También bombones y una computadora para poder buscar la dirección del hotel.

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Cada vez que decíamos Argentina, ellos se ponían contentos. “Argentina-Armenia, amigos” decían y unían ambas manos como Alfonsín, en señal radical de la victoria. Y así, el dueño de casa comenzó a enumerar todos los argentinos-armenios que conocía. La cuenta era fácil, sólo había que decir apellidos que terminaban en –ian. Cuando ya estábamos dispuestos a salir de nuevo en busca del hotel, el hombre se ofrece a llevarnos en su auto.

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El Monasterio de Tatev es el sitio de orgullo de los armenios. El orgullo es doble. Por un lado, se trata de una construcción impresionante hecha en roca en el filo de una montaña y por otro, para llegar hasta allá arriba uno puede tomar en cable-carril más largo del mundo, según los records Guinness.

Nosotros no optamos por el cablecarril sino que hicimos dedo en la ruta de tierra que conduce al Monasterio. A medida que el camino se iba metiendo más y más en el valle, nosotros no dejábamos de sorprendernos de tanto verde. Es que sí, veníamos del desierto donde ver un árbol era todo un espectáculo. Acá, por el contrario, no nos daban los dedos para contar todos los tonos de verdes y marrones.

El monasterio nos dejó boquiabiertos. Fue retroceder miles de años en la Historia de la humanidad. Curiosamente, Armenia fue la primer nación en adoptar el catolicismo como religión y la misma, aún hoy, sigue intacta.

El Monasterio de Tatev, al igual que otros tantos monasterios del país, está hecho en piedra maciza. La arquitectura es medieval, las paredes son anchas, las ventanas pequeñas y las vistas siempre son majestuosas. Al ser representaciones de la Iglesia Ortodoxa Armenia, no hay estatuas ni figuras de los santos. Sólo imágenes e íconos, coronados en marcos dorados. Los popes, a su vez, caminan todos vestidos de negros, con sus barbas largas y sus crucifijos brillantes. Las mujeres, debemos cubrirnos la cabeza para poder entrar a las iglesias. También, debemos salir caminando para atrás. No sea cosa que nos demos vuelta y le demos la espalda al Señor.

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Nuestra ruta por Armenia continuó. Seguimos viajando a dedo, visitando monasterio y observando el monte Ararat a lo lejos. Se ve desde números sitios aunque ya no sea más parte de Armenia.

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Visitamos Ereván, la capital. Allí, nuestros rasgos occidentales se camuflaban entre la población y todos nos hablaban en ruso. Retoños soviéticos que siguen están a la orden del día. También visitamos los monasterios de Noravank y de Khor Virap. Ambos son construcciones antiquísimas, cargadas de historias e interés.

Nos quedaban pocos días en Armenia y decidimos hacerle caso a L. Dejamos Ereván para ir al norte, al Lago Sevan. Desde ahí, alcanzaríamos Dilijian. Según muchos, Dilijian son los Alpes suizos del país. Posiblemente por ser una zona muy frondosa, con parques nacionales y monasterios perdidos entre las montañas. Sí, en Armenia hay muchos árboles, monasterios y montañas. Aunque muchas hoy sean parte de Turquía o Azerbaiyán.

El famoso monasterio que nos había recomendado L. Estaba a unos diez kilómetros de Dilijian. Decidimos ir a dedo pero a mitad de camino nos arrepentimos. Había sol y el camino iba por medio de un bosque. Decidimos caminar. En eso, un auto pone balizas y frena a unos metros más adelante. Dudamos si paró por nosotros o no.

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La puerta se abre y salta L. con una sonrisa de oreja a oreja. “Sabía que eran ustedes. Los reconocí por las alturas. ¿Van al monasterio? Suban”. L. nos presentó a su mamá. Nos dijo que nuestra pregunta por su sitio favorito la dejó pensando y le dieron muchas ganas de volver a Dilijian, su sitio favorito.

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Sí, Armenia es el país dónde la misma persona pueden levantarte dos veces en la ruta. Porque, a pesar de que las montañas hayan quedado del otro, el encanto del país sigue siendo su gente.

Aclaración:

En realidad, Armenia es el país donde la misma persona puede levantarte tres veces en la ruta. Porque el día siguiente, L. nos volvió a levantar. Aunque esta vez fue en un punto de encuentro y a un horario acordado.

Kurdistán, prejuicios y hospitalidad de un pueblo

En nuestro viaje por el Kurdistán Iraní nuestras pupilas archivaron paisajes montañosos, lagos y distintos pueblitos anclados en algunos valles perdidos. Pero lo que más recordamos no es algo que nuestros ojos puedan guardar porque si hay algo que identifica a Kurdistán, es su cultura milenaria. Descendiente de los medos, imperio que coexistió con el Persa.

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Kurdistán, en realidad, es una región que abarca varios países. Irán, por supuesto, pero también Irak, Siria y Turquía. Tienen su propio idioma y la mayoría son musulmanes sunitas, algo que sobresale en un país musulmán chiita como lo es Irán. Hoy los kurdos son más de cuarenta millones.

El pueblo kurdo se hizo famoso por los conflictos bélicos que afronta la región: la revolución en Siria y la guerra contra el Estado Islámico (ISIS por sus siglas en Inglés, Islamic State of Iraq and Syria).

Hoy en día los kurdos no tienen un Estado que los representa. La mayoría de su pueblo está desperdigado en cuatro países distintos, aunque muchas veces se comportan como si las fronteras impuestas no existieran. Por ejemplo, a las amenazas del ISIS en territorios kurdos sirios e iraquíes respondieron incluso los kurdos de otros países formando una de las líneas más importante de defensa. En la región de Kobane, por ejemplo, un ejército de mujeres guerrilleras toman acciones diariamente para defender las fronteras de su territorio, de su identidad y de su historia. A fin de cuentas, su pedido pide volver a definir las fronteras del pueblo kurdo.

Pueden leer esta nota de Proyecto Kahlo que cuenta cómo este mismo ejército de mujeres guerrilleras toman acciones diariamente para defender las fronteras de su territorio, de su identidad y de su historia en el Kurdistán Sirio.

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Antes de llegar a Irán, habitantes de países vecinos (y algunos no tanto) nos insistían sobre el peligro de viajar por aquel país. “Son terroristas, los van a matar”. Nada de eso pasó. Y desde que llegamos los iraníes no pararon de decirnos que ellos no eran terroristas, sino buena gente y que es todo eso es culpa de la prensa internacional. Pero nos advirtieron que los terroristas eran otros, los kurdos. De esos sí teníamos que tener cuidado. Algo que se repite en todo el globo. El vecino siempre es más peligroso. En los países bálticos nos advertían sobre los rusos, los rusos sobre los mongoles y estos sobre los chinos.

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Estábamos en las afueras Marivan, un poco tarde, haciendo dedo para llegar a Sanandaj (capital de Kurdistán) donde nos esperaba una familia que habíamos conocido días atrás. Hacía calor, como siempre en Irán, y no esperamos ni cinco minutos hasta que paró el primer auto. Bajó un hombre kurdo, vestido con las típicas ropas kurdas. No teníamos idioma en común. Nuestras frases en farsi se acabaron rápidamente por lo que seguimos comunicándonos por señas. El conductor demostró paciencia y luego de que entendimos hacia donde se dirigía nos abrió el baúl para poner las mochilas. La siguiente imagen nos hizo dudar. Tenía dos rifles y varias municiones. Por un instante dudamos, ¿Qué hacer? Subimos igual.

Desde ese momento hasta que bajamos trató de explicarnos que las armas del baúl eran para cazar. Consiente del prejuicio impuesto a su pueblo, se moría de vergüenza. Nos invitó a dormir a su casa, pero como nos estaban esperando en Sanandaj, tuvimos que rechazar la propuesta. Entonces propuso parar a tomar un té.

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Bajamos y nos sentamos los tres juntos. El silencio incómodo del no tener un idioma en común reinaba. El kurdo que atendía la casa de té tenía un gran bigote y hablaba un poco de inglés. Cuatro o cinco frases que repetía varias veces. Luego de emocionarse hasta las lágrimas gritando Maradona y Messi entendimos que nos invitó a su casa, que estaba en una aldea no muy lejos. También tuvimos que rechazar la propuesta. No nos dejaron pagar el té. El que nos llevaba tampoco pudo, todo fue una invitación del dueño de la casa de té.

Seguimos un poco más con nuestro conductor hasta que nos dejó en un bifurcación. Nos dimos la mano y extrañamente nos pidió perdón. Nos sacamos una foto y se fue.

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No comparto ni la tenencia de armas ni la caza, pero tampoco las estigmatizaciones que reciben los pueblos. “Los colombianos son narcotraficantes, los rusos fríos, los indios sucios y los kurdos peligrosos”.

Nuestra experiencia es totalmente subjetiva como cualquier otra, pero si hay algo en lo que ayuda viajar es a destruir prejuicios. Y sí, somos reiterativos, pero que hospitalarios son los kurdos.

Info útil

*Transporte:

  • Recorrimos todo a dedo. Lo más fácil para transportarse y la mejor manera para conocer gente.

* Alojamiento:

  • Utilizamos mucho couchsurfing o simplemente aceptamos las propuestas de los kurdos que nos invitaban a sus casas. Tuvimos tantas que muchas las rechazamos.

* ¿Qué ver?:

  • Sanandaj: Es una ciudad. No es la gran cosa pero fue nuestra puerta de entrada y salida.
  • Marivan: Tiene el lago Zarivar que es pintoresco, pero sobre todo por los pueblitos que lo rodean.
  • Cuevas Quri Qaleh: Es un sistema de cuevas, que para nosotros no fue la gran cosas pero los iraníes las adoran.
  • Palangan: Pequeña aldea súper pintoresca.
  • El valle de Howraman y alguno de sus pueblitos.
  • Para nosotros no hubo grandes puntos de interés. Lo mejor la gente y la cultura kurda.
Persépolis y el ocaso del Imperio persa

“Que no venga a esta nación ni el ejercito enemigo ni la hambruna ni la mentira. Esta petición le hago yo a Ahura Mazda con todos los dioses.”

Palabras de Darío I situadas en la escalera de acceso a Persépolis.

 

“Cada vez que contempla uno ciudades, templos, palacios ya muertos, se pregunta por la suerte que corrieron sus constructores. Por su dolor, sus columnas vertebrales rotas, por los ojos que saltaron de sus cuencas al recibir el impacto de una esquirla, por su reumatismo. Por su vida desgraciada. Su sufrimiento. Y entonces surge la siguiente pregunta: ¿podrían existir tamañas maravillas sin ese sufrimiento ¿Sin el látigo del vigilante? ¿Sin ese miedo que anida en el esclavo? ¿Sin esa soberbia que anida en el soberano? En una palabra, ¿no habrá sido el gran arte del pasado obra de lo que el hombre tiene de malo y negativo? Y al mismo tiempo, ¿no lo habrá creado su convicción de que lo negativo y lo débil que lleva dentro puede ser vencido sólo por lo bello, sólo por el esfuerzo y la voluntad de crearlo? ¿Y de que lo único que no cambia nunca es la forma de la belleza? ¿Y de la necesidad de ella que vive en nosotros?”

Viajes con Heródoto – Ryszard Kapuściński

Mirá como se me pone la piel de gallina”. Nos decía Mohamed, el chico que nos estaba llevando gentilmente y sin esperar nada a cambio hacia la puerta de Persépolis. “Esta es la verdadera alma de Irán. El motivo de nuestra grandeza. Todo gracias al glorioso imperio persa”, agrega mientras enciende las balizas, habíamos llegado al gran complejo histórico. Dos mil quinientos años pasaron de la fundación de la ciudad pero la memoria sigue intacta.

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Nuestro conductor era joven, no llega a los treinta años pero se emocionaba mientras nos hablaba de sus reyes y sus dioses. “Yo soy musulmán, pero se que el Islam es algo que vino de afuera. Sin embargo, todo lo que hizo el Imperio Persa se construyó desde adentro, fuimos nosotros.”

La distancia entre Shiraz y Persépolis es corta, unos treinta kilómetros y la conversación se acabó de forma repentina. Creo que ambas partes nos quedamos con ganas de hablar más. Hasta incluso le ofrecimos que venga con nosotros y sea nuestro guía, pero sus obligaciones laborales hizo que fuera imposible. Intercambiamos contactos, por las dudas.
Persépolis en realidad es un nombre extranjero que proviene del griego. Significa ciudad persa. En Irán lo llaman de otra forma Tajt-e Yamshid (lo que significa, Trono de Yamshid). Es la mayor atracción turística del país e históricamente el lugar más importante.

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A pesar de ser temprano el sol ya pegaba de lleno en aquel árido lugar. Algo común. Como nos fue común en el viaje escuchar de todos los iraníes hablar maravillas de Persépolis, hayan estado o no. Hay algo del orgullo nacional que se desarrolla a partir de la grandeza de los estados. Todos los pueblos tienen su momento de apogeo. Suelen haber pasado por momentos donde ocupaban un territorio mucho más grande que hoy en día. El Imperio Persa ocupó desde India al Mar Mediterráneo, controlando lugares como Egipto o Asia Central. De ahí la devoción por aquel pasado que lo califican como “glorioso”.

Pero así no le pareció a Jomeini, aquel vetusto ayatollah que lideró la revolución iraní, que quiso demolerlo por tratarse de un lugar muy identificado con el Sha y sus banquetes. Sólo el pueblo de Irán pudo frenarlo haciendo manifestaciones para demostrar su rechazo. Gracias a esas marchas es que hay podemos seguir disfrutando de gran parte de la vieja capital persa.

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Al llegar a Persépolis (ya con el ticket en mano) lo primero que uno ve es una larga escalera imponente. En realidad son dos simétricas que luego convergen. De ahí en adelante caminar por Persépolis suele ser tranquilo y la emoción dependerá de lo mucho que a uno le interese.

Nosotros quedamos como suspendidos en el tiempo moviéndonos en cámara lenta por cada uno de los relieves de las piedras. Nos quedamos chiquitos entendiendo la cantidad de milenios que nos separan y dándonos cuenta que vivimos en un mundo donde hace miles de años se lucha, por el motivo que sea, para tener un lugar, por el que fuere.

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La ciudad está construida en una gran terraza donde están distribuidos todos los palacios y otros edificios reales como el tesoro o el harén. De todos ellos quedan algunas piedras en forma de columna o algunas otras con representaciones de animales con cabezas humanas, grifos, vasallos o grabados.

Jerjes I, gran rey persa, llegó hasta Atenas logrando saquear la Acrópolis. Ese fue el momento de esplendor del imperio. Ciento cincuenta años después Alejandro Magno llegó a Persépolis arrasando con todo lo que se le puso por delante.

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Hay dos teorías alrededor de la destrucción de Persépolis. La primera y más sobria habla de una decisión política de Alejandro Magno para demostrar el cambio de poder y que ahora era él el que mandaba. Pero es cierto que en sus anteriores campañas no había ordenado destruir otras ciudades conquistadas. Entonces es ahí que empieza a tomar fuerza la segunda hipótesis. Alejandro, en un noche de borrachera con el buen vino de la región, se dejó persuadir por Tais, una cortesana que lo acompañaba, y lanzó una antorcha sobre el palacio de Jerjes I para vengar el anterior saqueo de Atenas.

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Sea como fuere, hoy los turistas nos privamos de ver en su plenitud las maravillosas construcciones, como así también de probar el famoso vino de Shiraz, prohibido por el estado islámico.

Esa misma noche llamamos a Mohamed que no había dicho que podía conseguir una botella de vino de un buen precio. Todo sea para brindar por la memoria de los pueblos.

Info útil

*Como llegar:

  • La más sencillo y caro es tomar un taxi. Se puede compartir. En la calle sin siquiera preguntar nos habían dicho 80.000 tomens (24 USD) por ir a Persepolis, luego a Naqsh-e Rostam. Un plan de medio día.
  • Otra opción es tomar colectivos (savari) que salen de la estación Karandish en Shiraz. Si no hay directo a Persépolis pueden ir a primero a Marvdasht y de ahí a Persépolis.
  • Nosotros fuimos a dedo. Tan simple como ir hasta Qur’an Gate (Qur’an Darvaza), caminar un poco hasta una playa de estacionamiento y de ahí empezar a agitar el pulgar. Luego, desde el estacionamiento de Persépolis conseguimos quien nos lleve a Naqsh-e Rostam.

* Precio:

  • Persépolis vale 20.000 tomens (6 USD). Naqsh-e Rostam 20.000 (6 USD). Este último no vale tanto la pena.

* Donde dormir en Shiraz:

  • Nosotros nos alojamos en Taha Hostel. La habitación estaba muy bien e incluía desayuno. Es algo así como el lugar donde van todos los mochileros, por lo tanto es un buen punto para intercambiar información.
Teherán, desaparecer en Irán

– ¿Me lo pongo ahora?
– Pero si todavía estamos en Azerbaiyán. No seas ridícula, esperá a que hagamos migraciones.
– ¿Me lo pongo ahora?
– No sé. Todavía no entramos pero como vos quieras.

El cartel intervino en la escena. “Bienvenidos a la República Islámica de Irán”. El cartel cumplía una doble función, nos daba la bienvenida a uno de los principales protagonistas del mal llamado “eje del mal” y por otro lado, me indicaba que ese era el momento.

La leyenda iba acompañada por un dibujo de la bandera de Irán. Me llamó la atención el detalle del centro: con la revolución, el león con la espada fue reemplazo con una representación de Alá. Los colores siguen siendo los mismos. Al lado de la bandera y sin perder importancia estaba el retrato. Mejor dicho, los retratos. Jomeini y Jamenei me miraban de manera inquietante. Tenían razón, era hora.

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Debajo de ellos, un cartel indicaba que a partir de ahora comenzaba a regir la Sharia, la ley islámica y quien no la cumpla será severamente castigado. Abrí la mochila y saqué el pañuelo rojo. Tenía que cubrirme la cabeza, también los brazos y las piernas. Se acabó la temporada de shorts y musculosas. Con la cámara del celular revisé que nada haya quedado a luz. Siendo sincera, no es la primera vez que debo cubrirme. En Rusia era condición para entrar en las iglesias ortodoxas y en India lo hacía a menudo sobre todo cuando estuvimos tan cerca de Pakistán. Pero saber, que ahora, era obligatorio me abrumaba por completo.

Las fronteras terrestres suelen ser curiosas. En realidad, se trata de un mismo pedazo de tierra pero totalmente distinto. No hay free-shop ni maquinitas de café como en los aeropuertos, o al menos, acá no hay nada de eso. Sólo un largo pasillos. “Tierras internacionales”.

Un policía nos dio la bienvenida a la República Islámica de Irán con un perfecto inglés. El oficial de migraciones nos invitó a sentarnos y nos ofreció agua fresca. No estaba tan mal, sobre todo si uno es consciente de estar ingresando a un país catalogado de “peligroso”, “terrorista” e “islámico”. Como si los tres adjetivos fueran sinónimos.

Con un sello en el pasaporte totalmente atemporal (el calendario persa va por el año 1394) pusimos un pie en la primer ciudad fronteriza. Apabullante. Carteles en farsi, números persas, muchísimos autos, muchísimas personas, mujeres con chador, otras con hiyab, muchísimos taxis. Y ahí, en ese malón de gente, comencé a desaparecer.

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Nuestro destino era Teherán, la capital de Irán. Estaba lejos, más de quinientos kilómetros pero viendo el tráfico, el buen estado de la ruta y la hospitalidad de la gente decidimos hacer el esfuerzo e ir de un solo tirón y en un sólo día.

Primero nos levantó un buen hombre, orgulloso de Irán y de su condición de iraní. Para él, era un pena que occidente confunda todo y no sepa separar un terrorista de un musulmán. Para mi, era imposible entender como él no me hablaba salvo utilizando la tercera persona por intermedio de Lucas. “¿Y ella como se llama? ¿Y ella es su esposa? ¿Y ya le dio hijos? ¿Y ella a que se dedica?” Al principio no entendía la lógica y respondía yo misma. “Soy Ludmila, tengo 27. Soy Psicóloga, etc.” Pero mis respuestas no llegaban a ningún lado, Lucas debía hablar por mi. “Ah, y ahora viajan y escriben. Escriban sobre Irán” dijo el hombre y así nos despedimos. Bah, se despidieron. El saludo dirigido a mi fue pura cortesía.

Luego, frenó un camión. De esos largos y pesados. De esos lentos pero desde los cuales se obtienen las mejores vistas panorámicas. En general, los camiones tiene solo dos asientos. Por cual, uno de los dos –léase yo- suele ir en la cama que los camiones tiene por detrás. Sí, los camiones son verdaderas casas rodantes. Pero esta vez fue distinto. Si yo iba atrás, iba a ir cerca del camionero y no podía ser. Lucas debía ir en el medio. Mediando la situación, de nuevo.

La historia se repite. Yo sacaba temas de conversación pero el camionero, muy atento, le ofrecía galletitas a Lucas para que él me convide a mi. Y así, me fui llamando al silencio. No tenía sentido seguir intentando hablar.

Del silencio al sueño, en mi caso, hay un solo paso. Para quienes no me conocen soy de las pocas personas que pueden dormir en cualquier lado y en cualquier situación. Incluso, parada en el tren o en un corto trayecto de ascensor.

Acá fue lo mismo. Las luces de la ciudad oficiaron de despertador. Estábamos entrando a Teherán. Eran las dos de la mañana pero las calles estaban despiertas. Los carteles de Jomeini y Jamenei estaban por todas partes y miles de personas iban y volvían, quien sabe en que orden.

Llegar a Teherán es uno de esos momentos cúlmines en nuestro historial viajero. Irán es un país especial y Teherán, su brumosa capital. Y la bruma es literal, posiblemente causada por su más de doce millones de habitantes. También es la ciudad de la revolución. La ciudad de la cual escapó el Sha y a la cual regresó Jomeini victorioso, luego de su exilió. Allí la revolución se gestó, explotó y finalmente terminó. De eso pasaros apenas cuarenta años. Es historias reciente.

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Un taxi nos llevó al hostel. La ciudad es demasiado enorme y tardamos 40 minutos para cruzarla. Quizá no parece tanto tiempo, pero si consideramos que son las dos de la mañana parece mucho más. El taxista tenía cara de pocos amigos y se enojaba al ver que no teníamos la dirección en farsi sino en inglés. Así y todo decidió llevarnos. Se perdía, no encontraba la calle, que en realidad era una callecita que sale de la calle principal y que tenía el mismo el nombre. Yo quería preguntarle por la revolución, pero no podía. El tacho, sin embargo, decidió preguntarle a unos pibes que estaban charlando en una esquina por el hostel. Así fue como lo conocimos a Meghregan, quien nos buscó la dirección en farsi en su celular.

Al otro día, Meghregan nos esperaba a almorzar en su casa. Nos recibió su mamá. Lo primero que hizo, fue darme tres besos e insistentemente, me sacó el pañuelo de la cabeza. No se si me pedía disculpas o que, pero insistió en que no debía taparme en su casa. Ella estaba en musculosa y fumaba. Meghregan nos ofreció algunas cervezas. Todo un acto de ilegalidad.

Su abuelo fue uno de los muchachos del Sha. Hoy él y su familia son la oposición al no muy democrático gobierno. Su papá pasó más de diez años en cárcel, fue un preso político y la realidad es que se notaba. Se notaba en su postura, en su mirada y los años que le llevaba a su esposa. Quería hacerle muchas preguntas, pero no podía. Mi lugar estaba en ayudar a la mamá a poner la mesa y en tomar un té con los muchachos.

Comimos abgusht, una suerte de estofado que se come en dos tandas. La primera parte de la comida consiste en una sopa (precisamente el caldo donde se cocino la carne) acompañada de pan sin miga. La segunda, en comer la carne pero procesada con otros vegetales. La comida iraní no tiene absolutamente nada de especial.

Luego del almuerzo, Meghregan nos invitó a dar una vuelta por la ciudad. Las vueltas de la vida y las calles contramano hacen que lleguemos a la Embajada de EEUU. El semáforo se puso en rojo. La embajada estaba llena de grafitis y de consignas antiimperialistas. A su vez, Jomeini y Jamenei miran de reojo con ánimos de satisfacción. Nadie puede negar que ganaron una batalla al enemigo más grande, pero tampoco podemos afirmar que haya sido una victoria con grandes beneficios. La revolución era algo necesario, pero se terminó transformando en otra dictadura. Jomeini, Jamenei y millones más pedían libertad, se opinión al régimen dictatorial del Sha pero ¿cuál fue el resultado?

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Hoy, por su puesto, la embajada no funciona como tal. Meghregan se muere de ganas de conocer EEUU, pero sabe que no es fácil. Yo no entendía nada y me invadían las preguntas. El problema era que no tenía a quien preguntarle. Igualmente le pregunto.

Verde. Avanzamos. Una señora que va en el auto de al lado me hace señas. Se me cayó el pañuelo y tengo el cabello descubierto. A veces me olvido de la ley islámica y se me ocurren hacer preguntas. Es que no podía de ser otra manera, Irán es un país para hacer preguntas. Muchas.

Ser fugaz en Azerbaiyán

“La escritura como método de captura. El impulso de atrapar pequeñas realidades al paso e interpretarlas en tiempo real. Como la red que quiere pescar su propia agua”
Andrés Neuman

Fue en la embajada de Azerbaiyán en Kazajistán. Teníamos dos opciones: aplicar a una visa convencional de 30 días y de no sé cuantos dólares o, aplicar a una visa de tránsito. Nos inclinamos por esta última opción. Cinco días para conocer Azerbaiyán.

En un momento dudamos ¿No sería muy poco? ¿No es que nos gusta viajar lento y profundo? Pero por otro lado ¿Por qué no? ¿Por qué no experimentar un poco de turismo exprés y contemporáneo?

Nuestro viaje por Azerbaiyán fue un viaje a vuelo de pájaro. Dónde sólo tomamos notas mentales de lo que veíamos, no teníamos tiempo para sacar ni siquiera un cuaderno y una birome. Cinco días para conocer uno de los países que más a crecido en los últimos años.

***

La República de Azerbaiyán es una de las quince ex – repúblicas socialistas soviéticas (ex – URSS) y está ubicado en la región del Cáucaso (esa zona montañosa que se extiende entre el Mar Negro y el Mar Caspio). Es uno de los países más desarrollados de la región y eso se debe a su gran reserva de gas y petróleo.

Es un país musulmán, pero ahí el islam se vive muy relajado. La cultura azerí es descendiente de Turquía y su idioma es una lengua túrquica. Ambos países son una suerte de aliados en la región, sobre todo contra Armenia.

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Las fronteras de Azerbaiyán son un tanto confusas. Si bien es el país con mayor territorio en el Caucaso, muchos de estos territorios están en conflicto. Un ejemplo: la región de Nagorno Karabaj antes era parte de Armenia.

La geografía es aburrida. Desierto, montañas peladas y muchas torres de petróleo. Si bien el país esta bañado por el Mar Caspio, el color verde no abunda. La gente, es extraña. Ensimismada y asustada. Para ellos, los armenios son terroristas y en cualquier momento los atacan.

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Nosotros, llegamos a Azerbaiyán en barco. El puerto de barcos cargueros está a ochenta kilómetros de la ciudad de Bakú. La única pregunta que nos hicieron mientras hacíamos migraciones fue si habíamos ido o pensábamos ir a Armenia. Por las dudas, dijimos que no. Nos devolvieron los pasaportes y ahí se leía bien clarito: “Visa de tránsito – máxima estadía: 5 días” . A continuación, el baúl de un auto ofició de casa de cambio y así nos hicimos de nuestros primeros manat.

Nuestra primer (y casi única) parada fue la pomposa capital: Bakú. Un oasis artificial en medio del desierto y a orillas del Mar Caspio. Llegamos a la ciudad en un camión que transportaba sandías. Nos dejó en el centro. Costó reconocer donde estábamos. ¿Era una ciudad de Europa? ¿Aún seguíamos en Asia?

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Los bazares habían desaparecido y en su lugar las tiendas más ostentosas tenían lugar: Gucchi, Prada y Luis Vitton. Semáforos, parkings y plazas bien prolijas y nuevas. Todo era ordenado y parecía funcionar correctamente. El único problema fue cruzar la calle. La ciudad no está pensada para peatones. En Bakú todos se mueven en auto, parecería que caminar es de pobre. Y ellos, son ricos. Muy ricos y se mueren de ganas de demostrar(te)lo.

La arquitectura nos desencajó. Contamos más de veinte rascacielos que trepaban entre las viejas construcciones europeas. Intentamos preguntarnos por la arquitectura, pero no pudimos. No teníamos tiempo, las preguntas no estaban contempladas.

Vimos un señor sentado en un banco. Vestía chaqueta militar y algún que otro prendedor comunista. La tentación fue fuerte. Queríamos sentarnos al lado, obtener información, crear un vinculo. Pero este es un viaje de pedacitos superpuestos. Nos quedamos sólo con la imagen, el viejo comunista esperando a su amigo, también viejo y también soviético, para jugar al backgammon y tomar un té con limón. De fondo, el edificio emblemático de Bakú: las tres llamas. Ojalá nunca dejen de flamear, si eso pasa significa que Azerbaiyán se quedo sin gas y sin petróleo. ¡Todo se vendría abajo!

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Caminamos por la costanera y por la ciudad vieja (ahora devenida en tiendas de imagen y souvenirs). El contraste es rotundo. Lo antiguo y lo moderno conviven. Sin dudas, la ciudad sufre cierta esquizofrenia cultural. Me llamó la atención no ver gente pobre, nadie pide plata.

Esa noche conocimos a A. Un ucraniano que vino acá a juntar plata, básicamente. Según él, este es un gran lugar para vivir. A él le gustan los edificios modernos, las luces, la tecnología, la plata, el desarrollo, el buen vivir etc. Para mi, la ciudad es infinitamente aburrida. Le preguntamos por sus años soviéticos, para nosotros es sorprendente que en algún momento Ucrania y Azerbaiyán fueron el mismo país y compartieron bandera. Él me esquiva la pregunta. “Ahora todo es mejor”, y su Iphone comienza a sonar. La conversación se interrumpe, quizá para siempre.

Vagabundeamos de una punta a la otra. Lo mejor es el mediodía: nos compramos fiambre y nos vamos a comer unos sanguchitos al rio. Los azeríes nos miran incrédulos. ¡Somos un espectáculo! Pero nosotros no los miramos a ellos. Nuestro viaje no da lugar al ver ni al observar.

Los cinco días corren rápido. Tenemos que dejar el país. Decimos ir a frontera con Irán. En realidad, queremos ir a Armenia pero la frontera está cerrada. Irán es el desvió y la excusa. Salimos de la ciudad a dedo. El paisaje urbano se va perdiendo y volvemos al mismo punto del comienzo: el gran desierto con reservas de gas y petróleo.

El conductor del primer auto es un idiota. Nos trata de pobres, de ridículos, de sucios. Somos todo lo que él quiere evitar: ser tercermundista. Igualmente, nos llevó casi cien kilómetros, nos regaló bebidas y nos dio su tarjeta. Creo que en cierto punto le recordamos su pasado, pasado que el prefiere evitar. Ahora estamos mucho mejor, ¿no?

Al segundo auto no lo paramos. El nos paró a nosotros. Se trata de un viejo camión Kamaz modelo ’70. Va a 30 kilómetros por hora y transporta ladrillos. El tipo habla ruso y con eso nos comunicamos. Es un ex soldado rojo. Estudió en Rusia y estuvo en el frente en los años de la guerra con Armenia. Guerra que aún persiste. Nos advierte de no ir a Armenia, esos tipos son terroristas.

Tenemos que hacer solo ciento cincuenta kilómetros con él pero tardamos más de diez horas. Paramos a tomar un té y paramos a almorzar. Además, cada cincuenta kilómetros tenemos que frenar para que el motor se enfrié un poco. Pero no es problema, disfrutamos su compañía. Lo mejor fue el almuerzo. Un viejo puesto al lado de la ruta. Comemos sandía, tomates, quesos, aceitunas, carne de cabra y yogurth. Es el Cáucaso que nos imaginábamos, pero sin vino. Eso lo hacen los terroristas armenios.

Ya de noche llegamos a la frontera con Irán. Estaba cerrada. Teníamos que esperar a las 9 de la mañana del día siguiente. En la plaza de Astara hay una casa de té. Preguntamos si podemos poner la carpa ahí. El dueño nos dijo que sí y nos convidó un vaso de vodka. Con ayuda de Google Translator nos dice que mejor no, que en vez de la carpa vayamos a dormir a su casa. Decimos que sí.

Y nos vamos a la casa de un completo extraño que ni siquiera habla ruso (como si el idioma ruso nos diese cierta familiaridad). Allá nos espera su mujer, sus hijos y sus hermanos. Somos los primeros turistas que ven y las preguntas no se hacen esperar.

Comemos helado, té, frutas y más helados. Nos sacamos fotos y nos dan su cuarto para dormir. Insistimos en dormir en el living pero no hay modo. Al día siguiente nos dejaron en la frontera. Del otro lado espera la República islámica de Irán.

Pero aún estamos en Azerbaiyán aunque no entendamos nada, absolutamente nada. La ligereza de un viaje por un país tan pesado fue una ventaja. No nos enteramos de nada pero, a la vez, todo fue nuevo y asombroso.

***

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Este viaje fue una manera distinta de viajar y de pensar los tiempos del viaje. Es un viaje instantáneo, sin tiempo de procesar nada. Uno traduce lo que ve, lo captura con el ojo de la cámara y hace una interpretación libre sobre eso. Además, Azerbaiyán está atravesado por la modernidad, tiene un dilema de cultural y muchísimas contradicciones.

Nuestro viaje por Azerbaiyán no fue excepción, sino que fue correlativo a como se viaja hoy en día: rápida y torpemente. Sin ningún tipo de literatura.

Fue un viaje fragmentario. Pero la vida es fragmentaria, por lo tanto que importa.

Cruzar el mar Caspio en un barco carguero

Eran las cuatro de la mañana, no había señales del amanecer ni tampoco del barco carguero que cruzaría el mar Caspio para llevarnos de Kazajistán a Azerbaiyán. Estábamos sentados en el puerto de Aktaú, en la intemperie y en unas sillas improvisadas tomando un té con un joven bielorruso y un viejo turco, conductor de un camión que también estaba esperando para cruzar. Nos perdimos la mitad de la conversación, un poco porque era en ruso, otro poco por el sueño.

Sabíamos que los barcos que cruzan el mar Caspio eran impuntuales, pero imaginamos que podíamos esperar ya a bordo, durmiendo, o en algún cómodo sillón. Pero no, todo está pensado para camioneros. No es un barco de pasajeros. Los camioneros duermen en sus camiones, que son como sus casas donde llevan desde cocina hasta un DVD portátil. Nosotros quedamos a merced de la noche, como el bielorruso. Él tenía la ventaja de poder hablar ruso con los kazajos, pero nosotros, también, teníamos nuestra ventaja. Él no tenía ticket, nosotros sí.

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Recién a las cinco de la mañana llegó el barco. Hicimos migraciones, nos despedimos del bielorruso con la esperanza de verlo arriba del barco y nos metimos en un camarote caluroso para tratar de dormir un poco. Dormimos hasta que casi nos tiraron la puerta abajo para avisarnos que estaba el desayuno. En el medio, había pasado sólo dos horas.

Era un barco que incluía todas las comidas pero lejos estaba de ser un crucero de lujo. Si bien teníamos un camarote para nosotros solos, era precario. El óxido era el principal protagonista de todo. En total éramos alrededor de veinte pasajeros. Dieciséis camioneros turcos, una pareja de franceses y nosotros (el bielorruso finalmente no subió). Lo curioso es que con los únicos que compartíamos un idioma común era con los franceses, pero fue con quienes menos nos comunicamos.

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Las comidas eran sosas, pero las señoras que la servían eran amables. El mayor pasatiempo de los pasajeros era tomar té, jugar a las cartas y fumar. El nuestro pasear por la cubierta, mirar el horizonte y leer.

Para ser sinceros, el camino más fácil para llegar a Azerbaiyán hubiese sido haberse tomado el avión, pero nos inclinamos por otra opción un poco más lenta: cruzar desde Kazajistán a Azerbaiyán en barco. A fin de cuentas, se trata de un medio de transporte que está en peligro de extinción. Los barcos se van dejando de usar. Todo por la necesidad de ser modernos.

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El último barco que nos habíamos tomado fue rumbo las Islas Andamán. En total, cinco días en el Océano Índico marcados por la rutina. Horario de lectura, de comida, de escritura, de más comida, de charlas, de cartas. Mientras eso transcurría sentía estar viviendo la muerte de un medio de transporte. Los barcos para pasajeros van a desaparecer a excepción de los lujosos cruceros.

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Por eso, cuando surgió la posibilidad de ir en barco hasta a Azerbaiyán no lo dudé, le insistí a Ludmila y me dispuse a disfrutar de uno de los placeres que se nos priva bastante. 
Uno de los mayores lujos del barco es disponer de tiempo para dejar que la mente fantaseé y nos lleve por viejos recuerdos y nuevas ideas. Una especie de meditación en altamar para curar los dolores del alma. Una cura simple pero que nadie tiene tiempo de practicarla.

Fue un viaje corto, de 30 horas, pero sirvió para sentir el viento en la cara, ver las gaviotas volar y pensar en lo que todavía queda del viaje.

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La excusa para hablar sobre nosotros

“Twenty years from now you will be more disappointed by the things that you didn’t do than by the ones you did so. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover.”

Mark Twain

“Nuestra historia es simple. Podría ser la historia de cualquiera persona acá presente, pero con sólo una única diferencia: Nosotros nos animamos. Nosotros tomamos la decisión y lo hicimos: salimos a cumplir nuestro sueño. Uno de nuestros tantos sueños.”

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Así comenzaba la charla que dimos semanas atrás en Aktau, una ciudad de Kazajistán ubicada a orillas en el Mar Caspio. La charla tenía lugar en la terraza de un hotel cinco estrellas, ubicado frente al mar, desde donde se veía el sol caer como una bola roja sobre la perfección del horizonte.

Había casi veinte mesas, todas ocupadas. Los kazajos son elegantes y esa terraza invitaba a hacerlo. Todos estaban bien vestidos, tomando una margarita y comiendo quesos franceses.

Ahí estamos nosotros dos, improvisando una charla mitad en inglés, mitad en ruso, en zapatillas. Haciendo lo que más nos gusta, contar historias:

***

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Somos Lucas y Ludmila, de Buenos Aires, Argentina. Casi treinta años y una carrera universitaria. Vivíamos en un lindo departamento amueblado, teníamos un auto, libros, electrodomésticos y un balcón con muchas plantas. Un día, decimos deshacernos todo. Renunciar a nuestros trabajos, regalar las plantas y donar nuestra ropa. Ese día sacamos dos boletos de avión con destino a Nueva Delhi, India. No teníamos previsto fecha de regreso.

Nuestra familia y nuestros amigos nos trataron de locos. Estábamos equivocados. Estábamos a punto de desperdiciar toda nuestra vida. Teníamos que casarnos, tener hijos, formar una familia, comprar más plantas y conseguir un trabajo mejor. Pero nosotros no queríamos eso para nosotros. Al menos, no en aquel momento. Nosotros queríamos viajar. Conocer el mundo y conocer las personas que habitan el mundo. No queríamos quedarnos sólo con los estereotipos que vemos en televisión ni con los libros de historia, queríamos conocer el mundo de primera mano: a través de nuestros propios ojos y en profundidad.

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Llegar a India no fue fácil. Nosotros también teníamos nuestros propios miedos. Nunca habíamos viajado tan lejos ni a culturas tan distintas. Los primeros cinco minutos en la estación de Nueva Delhi fueron terribles: bocinas, ruido, gente, olores fuertes, vacas, basura, mendigos, niños desnudos pidiéndonos plata. Fue un golpe duro. Una cachetada. De pronto y por arte de magia, habíamos dejado la burbuja en la que vivíamos en Buenos Aires y habíamos llegado a la otra punta del mundo. Una parte del mundo donde pasan cosas, donde estallan bombas, donde la gente tiene hambre y donde las vacas se pasean por las calles. Todo lo que habíamos visto de India en películas y documentales, ahora cobraba vida delante de nuestros ojos.

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Mis pensamientos fueron dos: “Esto es de verdad y yo quiero volver a mi casa”. En ese instante, un grupo de mujeres nos rodeó y empezaron a tirarnos de la ropa y de las mochilas pidiéndonos plata. Yo quería llorar. Como pudimos, conseguimos una habitación en un hotel mugriento. Me pasé una semana enferma. Triste, descompuesta y dudando de haber tomado la decisión incorrecta. Pero ya estábamos ahí. Habíamos volado desde Buenos Aires y no teníamos fecha de regreso. Decidimos tomar coraje y darle una nueva oportunidad a India. Sacamos un boleto de tren hasta Amritsar, la frontera con Pakistán.

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De aquel día pasaron más de tres años. Tres años en los que estuvimos viajando alrededor del mundo. Hasta el momento, recorrimos más de cuarenta países en tres continentes: América, Europa y Asia (nuestro favorito).

presentación - aktau - kazajistan -8Tres años donde conocimos infinidad de personas, de historias, problemáticas sociales, modos de pensar, distintas religiones y distintos modos de vivir. Donde aprendimos historia, geografía, religión pero donde, sobre todo, nos enfrentamos a la cantidad de prejuicios y desconocimiento que tenemos. Pero en estos tres años no solo viajamos de un lugar a otro, de un país a otro, sino que, también, escribimos sobre nuestro viajes. Documentando todo lo que vimos para que quienes no pueden viajar, si lo hagan desde la comodidad de sus casas. Escribimos, también, para achicar distancias culturales. A fin de cuentas, sólo conocemos el mundo a través de los diarios y la televisión y ellos nunca dicen la verdad.

Por ejemplo, de los países en vías de desarrollo recibimos solamente malas noticias. Unas de las cosas buenas de ser escritores de viaje es que podemos dar buenas noticias de lugares como Bangladesh o Bosnia y Herzegovina (que suenan como países terroristas). Ellos son personas como nosotros, amán, sueñan, llorar, ríen, festejan. Las diferencias culturales son algo mínimo pero nos hacen creer que es el todo.

Sí, lo primero que aprendimos en estos tres años de viajes es que a los países los hacen las personas que en ellos habitan. Nos pasó en Europa, cuando estábamos a punto de cruzar a Rusia en pleno conflicto con Crimea. Todos nos decía que Rusia era peligroso, que nos iban a secuestrar y a matar. ¡Que no vayamos por nada del mundo!

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En total estuvimos casi tres meses en Rusia; Cruzamos desde San Petersburgo hasta Mongolia. Más de 6.000 kilómetros donde casi exclusivamente hicimos dedo (autostop). Nadie nos mató, ni nos secuestró. Al contrario, el pueblo ruso fue uno de los más hospitalarios. Son buena gente pero con muy mala prensa internacional.

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La gente de los distintos países está dispuesta y orgullosa de mostrarte su cultura. Los niveles de hospitalidad que uno recibe en la ruta son increíbles. Sobre todo en países que están catalogados como “Ahí no hay que ir”.

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Nosotros no viajamos de manera superficial. Tratamos de meternos en cada destino y no somos los únicos. Cada vez es más la gente que se toma el viaje como un estilo de vida y no como un simple plan de vacaciones dos semanas al año. Podemos decir que no viajamos por las fotos, ni para sacarnos una selfie, viajamos para aprender a ser mejores personas.

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Pero no siempre nos va bien en el viajar. Muchas veces nos encontramos en situaciones peligrosas donde tuvimos miedo. Ante cualquier situación complicada o que nos sentimos inseguros siempre tenemos un arma que nos protege y que hasta ahora nos va muy bien: SONREÍR.

También confiar en el instinto. Cuanto más lo usamos, más aprendemos a escucharlo. Viajar es fácil, en lugares remotos no hay que entrar en pánico, simplemente hay que rodearse de buena gente y ver que la gente en todo el mundo va a tratar de ayudarte y no de lastimarte.

En resumen, podemos decir que viajamos para

√ Aprender: Historia, cultura o religión, por ejemplo. Aprendemos de las cosas buenas de cada país y tratamos de implementar en nuestro día a día y también, aprendemos de las cosas malas. Tratando de evitarla y cambiar.

√ Conectarnos: Con nosotros mismos, con la naturaleza, con las personas.

√ Sorprendernos: Viajando descubrimos todo un mundo nuevo del cual no teníamos idea.

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Viajar, por su parte, atenta contra nuestro etnocentrismo. Nos muestra que no somos los únicos, ni los mejores. Que nuestro país no es el ideal, que nuestras políticas internacionales no son buenas, que nuestro empleo es malo, etc. Nos demuestra que las cosas no son como creemos que son. Viajar nos obliga a cambiar el chip básico de la vida. Y para eso la empatía es primordial, conocer al otro, comprenderlo y no juzgarlo sólo por ser distinto.

Durante el viaje hicimos cosas que nunca creímos que íbamos a hacer, conocimos personas que nos cambiaron y vivimos cosas que vamos a recordar por el resto de nuestras vidas.

Mucha gente cuando le contamos de nuestra historia nos dice: “Oh, yo quiero viajar tanto como ustedes”, y la realidad es que la mayoría de nosotros en este recinto, en realidad, puede hacerlo. El mundo no es un lugar peligroso como nuestras familias, los medios y la sociedad nos hace creer. Se necesita tiempo, que es algo que todos tenemos. Y es mentira que se necesita coraje, simplemente un poquito al principio para comenzar. Tampoco se necesita ser millonario ni gastar miles de dólares. Los gastos se resumen en tres grandes grupos. Transporte, comida y alojamiento. Si se lleva esos gastos a un mínimos aceptable (para uno mismo) puede llegar a ser más barato que vivir en tu propia ciudad. Para eso se necesita ingenio: La necesitad es la madre de las invenciones.

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Pero viajar también tiene su parte negativa, por eso no es para todos. Uno a veces extraña, se siente solo (por más que viajemos acompañados), uno se enferma, hace mucho calor o mucho frío. Si uno supera eso y sale a la ruta con ánimos entonces significa que la ruta es el camino.

presentación - aktau - kazajistan -14Los viajes dependen en definitiva de la gente que uno conoce. Playas paradisíacas, fiestas o paisajes increíbles no se disfrutan si uno no conecta con la gente adecuada. La mejor manera de describir un paisaje es a través de la gente que lo habita. Y estas cosas pasan cuando uno deja la comida del sillón, apaga la televisión y empieza a vivir la realidad por si misma.

Cruzamos Rusia de punta a punta, estuvimos en el desierto de Gobbi, en la muralla China y en el Tíbet. Descansamos en las playas de Tailandia y tomamos el café más rico del mundo en Vietnam. Nos tomamos un barco por cinco días para ir a las Islas Andamán, estuvimos un año en India viviendo en monasterios y con monjes budistas, nos bañamos con elefantes y aprendimos a comer con las manos en Bangladesh y con palitos chinos en China. Estuvimos tres veces en Kazajistán y recorrimos la ruta de la seda. Estuvimos en Europa, cuatro meses yendo desde Croacia hasta Estonia. Reconstruimos la antigua Yugoslavia, y la ex – Checoslovaquia. Ahora, estamos recorriendo la URSS y luego, Irán. Nos gustan los viajes cargados de historia, de política y nos apasionan los destinos/lugares no comunes. Viajamos por países ricos y por países en desarrollo, viajamos en primera clase de trenes súper rápidos y viajamos a dedo. Dormimos en carpa y en hoteles de cinco estrellas. Comemos con las manos, con palitos chinos y cubiertos de plata. Nos adaptamos, nos flexibilizamos.

Viajar, hoy para nosotros, es sinónimos de vivir. Nuestra vida es el viaje, por que a fin de cuentas, es el modo que encontramos de sentirnos vivos. Y en el peor de los casos, es el modo de juntar una buena cantidad se historias para contarle a nuestros futuros hijos cuando se vayan a dormir.

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Moynaq: La tragedia del Mar Aral

Hay algo de excentricidad y falta de sentido común en lo que hacemos. No puede ser de otra manera en dos personas que deciden viajar sin rumbo por el continente asiático. Pero está vez fue distinto, se trataba de esperar a un argentino que no conocíamos en la ciudad más fea de Uzbekistán para luego terminar haciendo los tres, cien kilómetros por el medio del desierto por donde casi no pasan autos. Así fue como llegamos a Moynaq.

***

No recuerdo haberlo estudiado en geografía en la escuela. La primera vez que tuve noción del Mar Aral fue a partir de un capítulo del libro “El Imperio” del escritor polaco Kapuscinski.

Moynar - Mar Aral - Uzbekistán -3Si uno mira en un mapa el sur de Europa y Asia de oeste a este, puede ver cuatro mares: el Mediterráneo, el Negro, el Caspio y el Mar Aral. El problema es que si uno mira un mapa ahora, le va a costar encontrar el cuarto. El Mar Aral se está secando.

Dos ríos largos que cruzan todo Asia Central son los que llegan a este mar. Sobre esos ríos es donde se construyeron todas las ciudades milenarias de la ruta de la seda. El Syr Darya de 2.200 kilómetros de longitud recorre el norte de la región y el Amu Darya de 1.500 kilómetros recorre el sur.

Asia Central es desierto y más desierto. Altas temperaturas en verano y tormentas de arena. Esos dos ríos hacen que cambie el paisaje de la región. Con árboles de nueces y orquídeas, campos cultivados, sandías, uvas, melones y manzanas. Son los verdaderos oasis. En los intensos días de calor de verano el mayor placer que encontramos fue sentarnos bajo la sombra de uno de esos árboles y disfrutar el fresco del atardecer.

Otro cultivo que históricamente creció muy bien en la zona fue el algodón. En la década del sesenta, en plena época soviética, se decidió aumentar la producción de algodón. Para regar los nuevos campos, trajeron topadoras desde todo los rincones del imperio para armar canales a partir de estos dos ríos. La producción de algodón aumentó, pero convirtieron el oasis de Uzbekistán en un desierto.

Especialmente en el desierto, donde el agua escasea, no es muy difícil comprender el frágil equilibrio en que se encuentra el ecosistema. Si alguien saca agua de más, alguno tendrá de menos. Y eso pasó. Bañaron las plantaciones de algodón y el agua ya casi no llegó al Mar Aral.

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En 1990 Kapuscinski había escrito que una tercera parte del mar había desaparecido. Ya en ese entonces se hablaba de catástrofe. Hoy se calcula que más del 80% del mar se secó.

***

La alegría que teníamos por haber logrado hacer esos desérticos cien kilómetros a dedo se desvanecieron a poner un pie sobre Moynaq. Antiguamente Moynaq era la principal ciudad pesquera del Mar Aral, una ciudad con playa, puerto y vida, sobretodo. Hoy, en realidad, es un pueblo fantasma, donde reina el silencio. Solo reina el silencio.

El camionero que nos levantó no entendió como nosotros estábamos sacando la cámara para sacarle una foto al cartel que anunciaba la entrada al pueblo. El emblema de la ciudad tenía consistía de un pez saltando sobre un mar plateado. El tipo tampoco entendió por qué le preguntamos por el camino al Mar Aral. Sólo levantó el brazo y nos dijo que caminemos, pero no indicó ninguna dirección.

Entramos a un café, hoy en ruinas. Una señora desalineada nos sirvió té y tres platos de sopa de aceite y carne. Le preguntamos por el camino al Mar Aral. Nos devolvió una mirada tan incomoda como desafiante. Dijo que caminemos, pero está vez su mano señaló una dirección. Teníamos que seguir por la única calle del pueblo, serían unos tres kilómetros.

Empezamos a caminar y las miradas del pueblo se clavaron en nosotros. Las preguntas de cortesía quedan aplacadas. Nadie nos dijo nada. Finalmente llegamos a algún lado. Un cartel anunciaba que llegamos al Mar Aral, pero nosotros no vimos ningún rastro. Sólo más desierto y barcos encallados. De la nada salió un hombre, tenía la cara cansada y las manos curtidas del sol, parecía muy mayor pero no debería tener más de 40 años. Nos señaló un cartel. Se trataba de una explicación mal traducida al inglés dónde se muestra el grado de deterioro del Mar Aral a lo largo de los años.

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No sabíamos que hacer ¿Sacar fotos? ¿Pedirle perdón al pobre hombre? En esos casos, lo mejor es el silencio. Nos quedamos las cuatro sentados debajo de la única sombra que había a la redonda. Nosotros mirábamos para todos lados, el hombre sólo tenía la vista clavada en el horizonte, ahí dónde se debería ver el mar.

Emprendimos la vuelta sin perder el horizonte de vista. Hacíamos el esfuerzo, tratábamos de buscar un poco de agua entre tanta arena, pero no. No se veía nada.

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Un solo colectivo al día sale de Moynaq y nosotros lo habíamos perdido. No teníamos otra opción más que volver como llegamos: a dedo. Le hicimos señas a una camioneta, paró. Eran dos tipos, hablaban un poco inglés y llevaban muchísimas maquinas y equipamientos chinos. Nos contaron que eran científicos. Hace años que vienen trabajando en el “problema” del Mar Aral. “Problema”, así llaman ellos a una de las catástrofes naturales más grandes de la historia. El idioma no nos ayudó pero ellos lograron trasmitirnos su preocupación. El mar se sigue secando, no hay nada para evitarlo. La mayor dificultad, ahora, radica en los altos niveles de sal en la región. Actualmente, cada litro de agua del Mar Aral contiene 150 gramos de sal. La perspectiva es que el año próximo ascienda a 180 gramos. Esto se traduce en una sola cosa: más problemas. Ningún pez puede vivir en ese entorno. El aire queda intoxicado de sal y eso afecta a la salud de los habitantes. Las tormentas de arena también llevan sal por lo cual los pocos cultivos, las pocas casas y las personas que quedan se resienten. En silencio hicimos los últimos kilómetros. Nos despedimos deseándonos lo imposible: suerte.

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Sonreír, más que un acto de cortesía es una falta de respeto y cualquier carcajada parecía ser interpretada como burla. Hoy Moynaq está a más de cien kilómetros de la costa. La mayoría de sus habitantes se fueron a vivir a otros lugares. Los que se quedaron fue porque no tenían adonde ir. Hoy sólo quedan unos cuantos barcos encallados en la arena que le muestran al hombre que tan estúpidos podemos ser.

Las delicias de Samarcanda

“Y ahora, ¡pasea tu mirada sobre Samarcanda! ¿No es la reina de la tierra? Más altiva que todas las ciudades, cuyos destinos tiene entre sus manos.”

Edgar Allan Poe

El codazo se clavó justo en mi costilla. No me lo esperaba. Estaba mirando para el otro lado. Los conductores en Asia Central tienen esa particular costumbre. Al momento de comenzar una oración lanzan un codazo a su derecha, impactando por lo general en mis costillas o en mi brazo. Pero ese último codazo fue el único que valió la pena de todo el viaje de quince horas que nos trajo desde Tayikistán hasta Samarcanda, Uzbekistán. A nuestra derecha, iluminadas y sobresalientes, habían 3 madrazas de color turquesa, el Registán. Los dos con la boca abierta contemplábamos lo increíble de la imagen. Solamente comparable con el Taj Mahal, la Muralla China o Angkor Wat. El taxi nos dejó en el hotel, arrojamos las mochilas en la habitación y salimos corriendo como dos nenes en un parque de diversiones a ver de vuelta aquello que nos había dejado perplejos. Ya no importaba el cansancio del viaje.

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A la mañana siguiente, y más con el correr de los días, nos dimos cuenta que Samarcanda es mucho más espectacular de noche, pero sobre todo si es de luna llena como nos tocó a nosotros. Porque además de no tener que soportar los más de cuarenta grados de la tarde, el suelo se vuelve negro y espeso, y toda la luz es absorbida por las cúpulas y sus azulejos. Y no sólo en el Registán. En toda la ciudad abundan las mezquitas, madrazas o mausoleos de cúpulas azules.

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Samarcanda es una famosa ciudad antigua que estuvo bajo el dominio persa, griego, turco, árabe y hasta fue saqueada por los mongoles. Pero su apogeo (y la construcción de todos estas mezquitas, mausoleos y madrazas) fue durante la dinastía timúrida. Samarcanda fue su capital y Timur su gran líder.

Es curioso el personaje de Timur o también conocido como Tamerlan: famoso en occidente gracias a lo sanguinario de sus campañas, Timur dejó unos de los legados arquitectónicos mas pintorescos de la historia. Un líder que arrasó pueblos pero no su arte. En cada ciudad conquistada capturaba a los artistas y los enviaba a Samarcanda, la ciudad que era su orgullo.

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Así como encabezaba cada expedición militar, también lo hacía con cada obra de arte en la ciudad. Un hombre que fue un conquistador, sanguinario, guerrero pero que, también, tenía una parte sensible capaz de ordenar construir maravillas como las de la ciudad.

Un personaje tan controvertido que hasta Borges escribió un poema con su nombre [1].

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Luego de la separación de la Unión Soviética, Uzbekistán necesitaba un héroe para recuperar su nacionalismo. El elegido fue Timur, y Samarcanda su capital cultural. Por eso cada esquina, monumento o mausoleo sigue evocando su historia.

Pero tenemos un consejo para los que vayan para allá. Samarcanda no se trata solamente de su pasado, sus increíbles construcciones y el nombre de Timur. Si uno se anima a caminar por afuera del centro turístico, verá que hay muchas casas que todavía respetan la arquitectura antigua. Y probablemente lo inviten a uno a sentarse en un patio lleno de sombra por una frondosa vid, le conviden una taza de té (que por ahí lo llaman chai) y por más que no haya idioma que los comunique, recién ahí, en esa muestra de hospitalidad, sentirá uno que está en Samarcanda, famosa ciudad de la antigua ruta de la seda.

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TEMERLAN (1336-1405) – JORGE LUIS BORGES

Mi reino es de este mundo. Carceleros
y cárceles y espadas ejecutan
la orden que no repito. Mi palabra
más ínfima es de hierro. Hasta el secreto
corazón de las gentes que no oyeron
nunca mi nombre en su confín lejano
es un instrumento dócil a mi arbitrio.
Yo, que fui un rabadán de la llanura,
he izado mis banderas en Persépolis
y he abrevado la sed de mis caballos
en las aguas del Ganges y del Oxus.
Cuando nací, cayó del firmamento
una espada con signos talismánicos;
yo soy, yo seré siempre aquella espada.
He derrotado al griego y al egipcio,
he devastado las infatigables
leguas de Rusia con mis duros tártaros,
he elevado pirámides de cráneos,
he uncido a mi carroza cuatro reyes
que no quisieron acatar mi cetro,
he arrojado a las llamas en Alepo
el Alcorán, El Libro de los Libros,
anterior a los días y a las noches.
Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo
a la blanca Zenócrate de Egipto,
casta como la nieve de las cumbres.
Recuerdo las pesadas caravanas
y las nubes de polvo del desierto,
pero también una ciudad de humo
y mecheros de gas en las tabernas.
Sé todo y puedo todo. Un ominoso
libro no escrito aún me ha revelado
que moriré como los otros mueren
y que, desde la pálida agonía,
ordenaré que mis arqueros lancen
flechas de hierro contra el cielo adverso
y embanderen de negro el firmamento
para que no haya un hombre sólo que no sepa
que los dioses han muerto. Soy los dioses.
Que otros acudan a la astrología
judiciaria, al compás y al astrolabio,
para saber qué son. Yo soy los astros.
En las albas inciertas me pregunto
por qué no salgo nunca de esta cámara,
por qué no condesciendo al homenaje
del clamoroso Oriente. Sueño a veces
con esclavos, con intrusos, que mancillan
a Tamerlán con temeraria mano
y le dicen que duerma y que no deje
de tomar cada noche las pastillas
mágicas de la paz y del silencio.
Busco la cimitarra y no la encuentro.
Busco mi cara en el espejo; es otra.
Por eso lo rompí y me castigaron.
¿Por qué no asisto a las ejecuciones,
por qué no veo el hacha y la cabeza?
Esas cosas me inquietan, pero nada
puede ocurrir si Tamerlán se opone
y Él, acaso, las quiere y no lo sabe.
Y yo soy Tamerlán. Rijo el Poniente
y el Oriente de oro, y sin embargo…
¿Qué llevar y cómo armar tu mochila de viaje?

Parecen ser dos preguntas sencillas, pero no lo son. Detrás del “qué llevar” se esconden muchos (o pocos) secretos, estilos y tipos de viaje. Lo mismo, detrás del “cómo armar” la mochila. Esto no pretende ser una guía definitiva ni nada parecido. Es sólo nuestra experiencia, las reflexiones a las que llegamos luego de estar cargando por casi tres años las mochilas en nuestras espaldas y por hacer de ellas nuestro hogar itinerante.

Si aún no tenés mochilas de viaje, si aún no te decidiste o no sabes qué mochila comprar, te recomendar comenzar por nuestros CONSEJOS PARA COMPRAR UNA MOCHILA DE VIAJE. Dicho eso, seguimos.

¿QUÉ LLEVAR EN LA MOCHILA?

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Depende mucho del viaje que hagas. No es lo mismo viajar por el Sudeste Asiático en verano, o en Siberia en invierno. Tampoco es lo mismo un viaje por Europa de ciudad en ciudad que uno por la Patagonia con carpa, aislante y calentador. Es importante conocer el clima y el estilo de viaje que buscamos. Eso delimita bastante lo que vamos a llevarnos.

Cada cosa que llevemos es algo que vamos a tener que cargar en nuestras espalda.

Cada pantalón de más va a pesar, cada potecito de crema va a pesar y cada par de zapatos “por si voy a un lugar elegante” van a pesar. De este modo, la regla del “quizá me es útil” o “lo llevo por las dudas” no aplica. Salvo, que uno sea una especie de superhéroe y pueda caminar buscando un hotel en Nueva Delhi con 25 kilos en la espalda y 40 grados de calor. Nosotros no podemos, y aprendimos a ser minimalistas: a llevar lo mínimo indispensable y a vivir simple.

No hace faltan ocho camisas, quizá dos son suficientes. O al menos, nosotros llevamos pocas y las lavamos todas las noches a mano para sacarles la transpiración del día. Lo mismo con la ropa interior y las medias. Y si no te gusta lavar tu ropa, también podes mandar a lavar. Pero tampoco se trata solo de llevar poco y lavarlo, también uno puede ir comprando ropa a medida que el viaje avance. Por ejemplo, sólo cargó un único pantalón largo y con el uso que le doy, comenzó a romperse. No tenía otro pantalón “por las dudas”, por lo cual no me quedó otra más que ir al mercado y comprar otro a un muy buen precio. Lo mismo con el frío. En Rusia nos agarro el invierno, y en un local de segunda mano compramos ropa térmica (de no haber sido así, la hubiésemos cargado sin usarla por más de seis meses en la mochila).

Hay que aplicar el sentido común y ser criterioso. En mi caso, suelo pensar que me llevaría. Lo anoto en un papel y luego, tacho la mitad de las cosas. Y así y todo, cargo cosas de más. Últimamente, estoy aplicando la técnica de los “20 días”. Si algo no lo use durante los últimos 20 días, significa que está de más. Por lo cual, lo donó o lo intercambió con otra persona. Eso sí, para viajar con poco hay que ser desapegado. Y no es fácil, nada fácil.

Dicen que el peso de la mochila no debe ser superar el 25% de nuestro peso corporal. A nosotros eso, nos parece mucho. En mi caso, trato de que mi mochila de 55 + 10 litros grande no supere los 12 kilos (lo ideal serían 10, lo sé). En cambio, la mochila de Lucas de 65 + 10 litros no supera los 15 kilos. A su vez, cada uno lleva una mochila de mano dónde ponemos las cosas de valor (cámara, computadora, mapas y cuadernos que necesitamos tener a mano).

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LO QUE HAY QUE LLEVAR

  • Al menos, dos mudas de ropa. Si algo se esta lavando, hay que tener otra cosa para ponerse.
  • Un rompevientos, piloto, chubasquero o campera de lluvia. Como te guste llamarlo!
  • Un pañuelo, sobre todo las mujeres. Muchas nos veces nos van a pedir que nos tapemos la cabeza, los hombros o las piernas para entrar a algún sitio. Es importante conocer el código de vestimenta del país que visitemos.
  • Un pareo o pañuelo grande también es útil. Sirve como sábana para los trayectos nocturnos en tren, sirve como lona para la playa o como mantel para un picnic improvisado. También, fue nuestra sabana en India. Allá, las condiciones de limpieza son otras.
  • Trata de llevar cosas que combinen entre si o que no sean muy llamativas. Mismo, los colores oscuros se lavan más fácil que ese lindo pantalón blanco.
  • Repelente de mosquito + protector solar. Los efectos de su ausencia son conocidos por todos.
  • Botiquín: Para nuestro primer viaje largo viajamos con un botiquín enorme. Teníamos todo, incluso pócimas para picaduras de serpiente (bueno, tanto no pero si muchos medicamentos “por las dudas”). Lo que nos pasó es que como no nos gusta automedicarnos, cada vez que nos sentimos mal acudimos al seguro médico. Y siempre, nos dieron los medicamentos. Por lo cual, salvo algún ibuprofeno no tocamos nada de nuestro botiquín. Cuando pasó un año, estaba todo vencido y tuvimos que tirarlo. Ahora viajamos con un botiquín pequeño que solo lleva curitas, algún analgésico, algo para el malestar estomacal, Pervinox y Caladryl para las picaduras. Nada más, para el resto confiamos en Asegura tu viaje.
  • Termo o botella para cargar agua + tazas y juegos de cubiertos. No son indispensables, pero si están se les da uso. El termo nos viene muy bien para cargarlo con té y soportar las esperas del autostop. Las tazas, nos permiten inventarnos un café por ahí y los juego de cubiertos nos salvaron en nuestros primeros días en China (ahora, somos expertos en palitos chinos) y en India. Come arroz con la mano derecha no es algo podamos hacer sin desperdiciar la mitad del plato.
  • Para nosotros también es útil llevar bolsitas Ziploc, toallas compactas, candados, hilo y aguja, encendedor, adaptadores, una zapatilla (nos ha pasado encontrarnos con un solo enchufe y muchas cosas por cargar), fotocopias del pasaporte y un pequeño kit de higiene personal (no siempre hay champú y esas cosas).

¿BOLSA DE DORMIR, CARPA, AISLANTES?

Depende del destino del viaje y del estilo de cada uno. Para nuestro viaje por India y el Sudeste asiático sólo llevamos bolsa de dormir que nos sirvió bastante. Sobre todo para las veces que hicimos Couchsurfing o cuando nos tocaban sábanas muy muy sucias (cosas que sólo pasan en India).

Ahora, para Rusia y Asia Central la carpa nos vino muy bien ya que hay muchos sitios impresionantes donde se puede acampar libremente. Incluso, más de una vez nos salvo cuando haciendo dedo (autostop) se nos vino la noche. Pero… una carpa + dos bolsas de dormir + dos aislantes inflables pesan. Si bien todo es compacto y ocupa poco espacio no dejan de ser 5 kilos extras que cargamos en total.

¿CÓMO ARMAR LA MOCHILA DE VIAJE?

Lo ideal es viajar con una buena mochila que sea cómoda y funcional, sobre todo en lo que se refiere a la distribución del peso entre nuestros hombros, espalda y cadera. Para que la mochila nos sea cómoda, hay que armarla bien. Una buena mochila mal armada es igual a nada.

Si la mochila es de calidad, trae varias tiras y sujetadores. No son de facha, sino que son para ajustar lo mejor la mochila a posible a nuestro cuerpo. Si pesa mucho, va a ser incomoda por más tiras y ajusten que tenga. Es importante ajustar a nuestra altura y contentura corporal. Lo ideal es una vez que este armada (es decir, con peso) ajustar el cinturón, la pechera y los hombros. No nos tiene que apretar, pero no tiene que quedar suelta. Lo ideal es ajustar, soltar, apretar un poquito más hasta que las sintamos cómoda.

DISTRIBUCIÓN DEL PESO

No sólo se trata de seleccionar que llevarnos sino, también, de cómo llevarlo. Es decir, cómo armar la mochila. Muchas mochilas traen varios bolsillos, cierres externos y compartimientos. Esas son lo ideal. Nadie quiere desarmar toda la mochila para buscar el par de medias térmicas que quedaron en el fondo. Pero además de simplificarnos la vida viajera, los compartimientos nos permiten distribuir el peso. Por ejemplo:

  • En la parte de abajo es ideal no poner mucho peso. Las bolsas de dormir, el botiquín, el termo vacío, las ojotas, la toalla, en fin… algo que no pese mucho y que necesitemos que este a mano. Casi siempre, el compartimiento de abajo tiene un cierre exterior.
  • Junto a la espalda lo que más pesa: carpa (si no la vamos a usar esa noche), cuadernos, libros.
  • Hacia el exterior y en el extremo superior, lo ideal es poner la ropa. Nosotros solemos enrollarla para que ocupe menos espacio e intentamos armar una especie de tetris para que no nos queden huecos o espacios vacíos. Un poco de fuerza ayuda a dejar todo lo más compacto posible. A la hora de poner la ropa, también hay que pensar un poco y ser ingenioso. Dejemos más cerca de la superficie lo que vamos a necesitar en el corto plazo. Nadie quiere armar y desarmar toda la mochila, todos los días.
  • En los bolsillos exterior solemos guardo el champú, el repelente, el protector solar, los cepillos de dientes, etc. Un buen modo de saber si el peso quedo equilibrado es intentar pararlas. Si se caen de costado es que algo quedo más, cuando más se sostenga por si sola, menos se va a sentir el peso.

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El siguiente video explica de manera muy didáctica como armar la mochila de viaje. Está en inglés, pero se puede activar la opción de subtitulo.

CONCLUSIÓN

No hay modos únicos. Cada quien encontrada el modo más útil de armar su mochila, sabrá que es necesario llevar y sabrá cuando es momento de dejar parte del equipaje. Lo bueno de viajar liviano es que nos da libertad, nos permite ser flexibles y nos enseña que a fin de cuentas no necesitamos tantas cosas como nos hace creer. Durante tres años vivimos con los 12 kilos que llevamos en la espalda, y sabemos que aún cargamos muchas cosas de más.

¿TODAVIA TE FALTA LA MOCHILA? LEÉ NUESTROS CONSEJOS PARA COMPRAR UNA MOCHILA DE VIAJE.