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Nostalgia de India

Me levanté en una Barcelona lluviosa y fría. Sola.

L. está en Croacia. Me vestí, comí un poco de fruta y en piloto automático encendí la computadora. Youtube. Ciclo de mantras indios agrupados bajo el título de “Morning Mantras”.

No sé como llegaron esos mantras a nosotros pero los adoptamos como propios, sobretodo mientras estábamos de viaje y teníamos toda nuestra vida circular y rutinaria. Si, nunca tuve más rutina que estando de viaje. Desayunar, escribir, mirar un mapa, decidir que hacíamos ese día.

Lo cierto es desde que nos vinimos a Barcelona (ya casi 9 meses) nunca había escuchado los mantras mañaneros.

Hoy sí. Y sin pensarlo ni planearlo. Y no puedo menos que sentir una enorme nostalgia de India.

El otro día alguien mencionó que habíamos vivido mucho tiempo en Asia. Le dijimos que no, que vivir lo que se dice vivir, no. Vivir en un lugar para mi es comprar en la misma verdulería, conocer al cajero del mercadito y tomar un té siempre en la misma taza. Pero en cierta parte, era verdad, vivimos en Asia. Pasamos más dos años recorriendo el continente asiático. De esos dos año, un año entero fue en India. Si, esa India sucia, caótica, desprolija, pobre pero que a mi (a nosotros) tanto nos gusta.

La primera vez que pisamos el país fue en abril del 2013. No sé porque fuimos a India. Nuestro plan inicial era viajar un año por Argentina. Pedir licencia en el trabajo y volver al poco tiempo. Lo cierto es que nunca volvimos. Tampoco nunca viajamos por Argentina. Un domingo de navidad sacamos el pasaje a India sin tener idea en qué nos metíamos.

Y así llegamos a India. Sin tener idea de en dónde nos metíamos, literal. Claro que al principio no fue fácil. Por su puesto, fue más que difícil adaptarse, al menos, para mi. Ludmila, chica del conurbano. Nunca había visto un mono colgado de un templo. Nunca había visto mujeres con sari y hombres con turbante. Apu de Los Simpson era mi único contacto con la cultura india. No comía picante, no me gustaban los olores y no me acostumbraba a esquivar vacas.

Lloré. Lloré dos días y pasé una semana enferma. Y me encantó. India me encantó. No sé qué, no sé cómo, no sé por qué. No soy yogui, no creo en Shiva ni en dioses azules con cabeza de animales. No creo en el río Ganges ni creo en las castas.

En realidad, si sé porque me gusta India. Porque, en realidad, me gusta como soy yo en India. Y eso que no me visto ni de Ravi Shankar ni mucho menos. Pero me gusta el no ser nadie. En India, fui centro de miradas pero nunca me importaron.

En India, pude pasarme una tarde entera sentada tomando un chai largo e infinito. En India escribía, pintaba, andaba en sandalias de goma y sólo tenia una remera que debería lavar todas las noches para volver a ponérmela limpia. En India soñé, soñamos, en escribir un libro.

India no nos fue indiferente. Y no puedo más que sentir cosquillas en la panza y que se me dibuje una sonrisa en la cara cada vez que nos pienso allá.

El año que pasamos en India no fue de corrido. Por visados, tuvimos que entrar y salir en cinco oportunidades. Las cinco veces que dejé India lo hice contenta de irme, porque India satura. Y las cinco veces, le pedí a Lucas que me haga acordar de mi cansancio y tedio cuando diga que quiera volver.

Pero no funciona. India me exprime la calma, me cachetea, me pega donde me duele, pero a la vez me abraza. India enseña, y hoy…. Una mañana de otoño en una Barcelona que quiere ser independiente, la nostalgia de India se me cuela en las manos. Debería estar escribiendo para terceros, cosa que pasa cuando vuelve al sistema. Pero el ciclo de “morning mantras” sigue sonando en Youtube y tengo muchas ganas de tomarme un chai.

También de retomar el Blog.

Volver a escribir

No es fácil y cada día que pasa cuesta más. Los dedos se entumecen, las articulaciones crujen y las palabras comienzan a atolondrarse. Los pensamientos dejan de fluir y todo comienza a estar estanco.

La palabra. Posiblemente eso fue lo que pasó. La palabra desapareció, o mutó, o no sé. Dejó de salir. Y con la palabra también se fue la costumbre, la curiosidad, las ganas, el deseo. Pero no la sonrisa, la sonrisa siempre nos acompaña, por suerte.

Intento hacer memoria ¿Cuándo ocurrió? ¿En qué momento pasó esto? ¿Cómo es que quedó todo tan achanchado, casi abandonado?

Y mientras pienso y hago memoria… las telarañas de los dedos comienzan a aflojarse. Sí, claro. Hace mucho que no escribimos. Ni en nuestros cuadernos, ni en el blog. Intento pensar la causa, las causas, y me cuesta.

Volviendo un poco al pasado podría animarme a decir que todo comenzó en Irán. No sé si llamarlo problema, cansancio o malentendidos múltiples con nosotros mismos. Pero desde Irán no escribimos. No pudimos. Perdimos el hábito, las ganas, el motivo. No por que nos hayamos quedado sin historias para contar, pero no pudimos volver a sentarnos a escribir. A disponer del papel en blanco frente a nosotros, de cosquilleo que nos genera una idea en la cabeza o de la textura del teclado bajo nuestros dedos. No, desde Irán no pudimos volver a escribir.

Ahí quedó el blog. Abandonado en Nagorno Karabaj, esa enclave armenio en conflicto. Ese país que buscar ser libre, independiente, reconocido.

Desde que dejamos Irán hasta la fecha pasaron cinco meses y dieciséis países. Visitamos Georgia y Armenia y volamos a Grecia. Luego, Bulgaria, Serbia y Hungría. Nos metimos en Europa Central y volvimos a Austria y República Checa. Y volvimos a la ex-URSS para visitar Ucrania y Moldavia pasando por la extraña región de Transnitria. Y fuimos a Polonia, sólo para tomar un avión a Barcelona. Y nos enamoramos de Barcelona. Y mientras resolvíamos nuestra situación amorosa con la ciudad, visitamos Francia y Portugal. Y seguimos por España, esquivando Barcelona. Hasta que dijimos que no iba más y pisamos África. Nuestra primera vez en el continente negro coincidió con nuestra primera vez en Marruecos. Y volvimos a Barcelona. Y le dijimos que sí, finalmente.

Y entonces, ya por tercera vez en lo que llevan nuestras vidas, volvimos a tomar decisiones. Porque cuando todos nos preguntan cómo es que vivimos así o por qué somos de esta manera y empiezan a calcular la plata y pensar cómo vivimos y lo mal/bien que vivimos, nosotros nos reímos. Durante estos años sólo tomamos decisiones. Quizá ese sea el quid de nuestra vida.

Pero volvamos en nuestro “problema”. Haberle dicho si a Barna (a esta alturas ya somos intimas) fue poner en discusión muchas cosas. La escritura cayó en la volteada. Es cierto que el hábito no hace al monje, pero la escritura era el condimento importante de nuestros viajes. No escribíamos porque viajábamos sino que viajábamos porque escribíamos.

Siempre dijimos que la escritura respondía a nuestro egoísmo. Fue el modo que encontramos para tolerar este mundo tan distinto que nos rodeaba y nos rodea. ¿Por qué egoísta? Escribir fue y es para nosotros exclusivamente. Y ustedes, que nos leen desde siempre o de casualidad, son cómplices de nuestro egoísmo. Escribir es un modo de luchar contra la inmortalidad, de permanecer. De perpetuar el viaje y la existencia.

Pero, en realidad y siendo sinceros, somos tres los que escribimos. Ya no hay Lucas ni Ludmila, existe un él o ella, que se apropia de las palabras y las muestra como propias. Casi como si ese tercero es él que nos dicta que escribir. Él que aparece entre papeles e imágenes, entre las ramas de los árboles, entre rostros desconocidos. Algunos le dicen musa, otros inspiración, nosotros aún no le pusimos nombre. Simplemente lo escuchamos, lo llevamos a caminar y lo tipeamos”.

Pero algo había pasado. Algo se había roto. Ya no había nada que decir. La fuente, las palabras, las historia todo se había secado. Y por eso le dijimos que sí a Barcelona.

Necesitábamos parar. Acomodar sentires e ideas. Recuperar la perspectiva, pisar el suelo firme y dormir más de cinco noches en una misma cama. Las palabras no salían porque no estábamos cómodos. Extrañábamos la idea de casa, de hogar, de llaves propias y de una taza con el té que nos gusta.

Decidimos parar de viajar. Descansar los pies, la vista y las espaldas. Decidimos venirnos a vivir a Barcelona. A probar suerte. Por un tiempo. Un ciclo, una etapa más. Por que como ya descubrimos, nada es para siempre. Ninguna decisión tiene que ser pensada para siempre. Es el hoy. Ahora. Y ahora queremos estar quietos.

Y mágicamente (¿o no) descubrimos que aún nos quedan tantísimas historias por contar. Volvimos al ruedo, pero esta vez desde casa.

¡Y se siente muy lindo! ¡Y sí, es Barcelona, así que seguimos viajando igual!

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Volver a China

El sol empezaba a bajar y la puerta de embarque en Colombo, Sri Lanka, estaba llena de chinos. Nosotros éramos los únicos pasajeros no chinos. El atardecer era naranja y las palmeras en el horizonte aumentaban la sensación de trópico. Ningún chino se dignó a contemplarlo, los celulares le absorbían toda su atención. Tampoco, ningún chino se molestó en respetar la fila.

Cuando estaba en medio de la fila de chinos transpirados, que me empujaban, que trataban de ocupar nuestros lugares, que me pegaban codazos y que me eructaban en el oído me pregunté: ¿por qué estamos volviendo a China? Si había atravesado el país viendo una sociedad de hijos únicos malcriados adictos al consumo desenfrenado y preocupados solamente por sus necesidades materiales. Si la China tradicional la destruyeron y no les interesa analizar la historia. Entonces me volvía a preguntar: ¿por qué estamos volviendo a China?

Pero sin embargo había algo del gigante amarillo asiático que nos atraía, desde luego que no eran sus buenos modales, sino que encierra un mundo que no deja de llenarnos de interrogantes, al menos para nosotros. Tal vez por su idioma incomprensible, sus numerosos grupos étnicos o su geografía inmensa.

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China no tiene el misticismo de India ni las playas paradisíacas de Tailandia. Los chinos son sucios, manejan otros parámetros de respeto al prójimo, son torpes y la comunicación cuesta muchísimo. Cada ciudad es enorme y uno se pasa gran parte del tiempo en transportes públicos, incluso en el mes que habíamos estado no vimos el sol, el cielo siempre estaba tapado por una nube de smog.

Mientras viajaba apretujado y sin querer respirar todo el olor a transpiración de los chinos en el bus que nos llevaba hasta el avión noté a alguien que era distinto al resto. Era un monje budista rapado, con su túnica roja y un japa mala en su mano. Movía ligeramente los labios recitando un mantra y su único equipaje de mano era un morral. Él también era chino, o eso decía su pasaporte, pero su comportamiento no lo denotaba.

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Bajamos del colectivo y la horda de chinos se lanzó en carrera contra la escala. Las caras de espanto de las azafatas describían la imagen a la perfección. A pesar de hablar mandarín los chinos no le hacían caso y se empujaban y gritaban. Llegar a nuestros asientos no fue sencillo y acomodar las mochilas tampoco. Atrás nuestro venía el monje y se sentó con nosotros. Seguía con su japa mala y un mantra que salía de sus labios. Todo con una sonrisa.

De alguna manera supimos que eso era lo que íbamos a buscar. No a los chinos hipnotizados por sus enormes pantallas de celulares sin hacer caso de la gente que tienen alrededor, sino a las minoras que todavía conservan una identidad más humana: con sus dioses y la muerte, con sus sonrisas y el anhelo eterno de independencia.

Supusimos que este viaje por China iba a ser distinto. Evitando grandes ciudades y enfocándonos en pequeños pueblos. Muchos caminos de montañas y paisajes rurales. Pero en realidad, también nos dimos cuenta de que no íbamos a China, sino al Tíbet y Turquestán oriental (región que busca independizarse y que se ubica al oeste de China, limítrofe con Kazajistán, Kirguistán, Afganistán y Pakistán). Tal vez por eso el viaje se presentaba como una nueva aventura pero sin nuevos sellos en el pasaporte.

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Recordando Dubrovnik

Explicarle a alguien que uno lleva más de tres años viajando alrededor del mundo, que ya visitamos más de cuarenta países y que planeamos viajar un año más no es algo fácil. Pero si ese alguien, por casualidad, es chino la tarea es tan imposible como limpiar las espinas de un pescado con palitos chinos.

Pero con Drinta fue más fácil. A él también le gusta viajar y al igual que nosotros, sus ambiciones no pasan por el matrimonio y una camioneta 4×4. La conversación venía bien, él preguntaba y nosotros respondíamos. Cada tanto nos quedábamos en silencio contemplando el paisaje. El gran lago Erhai, en la provincia de Yunan al sur de China armonizaba el improvisado encuentro.

¿Y a cuál ciudad volverían? Dijo Drinta.

La pregunta nos desconcertó. En general nos preguntan cómo sostenemos el viaje o cuál es nuestro país favorito. Pero Drinta preguntaba otra cosa ¿A qué ciudad volveríamos?

La mente fue rápida. Empezó a revolver posts, crónicas, encuentros, paisajes, atardeceres.

¡Dubrovnik! ¡Yo volvería a Dubrovnik, en el sur de Croacia!

No sé como Dubrivnik salió tan rápido de mi boca. Habíamos visitado Croacia hace exactamente un año y no había vuelto a pensar en aquel curioso país. Pero el inconsciente me traicionaba y todo indicaba que ahí quería volver.

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Drinta que parecía no saber a que ciudad hacía referencia se quedo mirándome. Esperaba la ampliación o por lo menos los detalles.

“Croacia. Europa. En el mar Adriático.” Nada. No tenia ni idea de que estaba diciendo. Seguí intentando. “Cerca de Italia, se puede ir en barco desde Italia o en cualquier crucero que recorra el Mar Mediterráneo.” “¿Mar Mediterráneo?”. Cuanto ya todo parecía perdido y Drinta parecía no tener ni idea de aquella parte del mapa, se me ocurrió una idea casi milagrosa. “¡Juego de Tronos! Ahí se filmó Juego de Tronos. Drinta, Dubrovnik es Desembarco del Rey”. Y con una leve sonrisa en los labios y con los ojos más achinados que lo común, me dijo que sí. Desembarco del Rey. Sabía de que estábamos hablando.

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Y como quien no quiere la cosa, la charla comenzó a girar en torno a Dubrovik. Le contamos que quedaba al sur de Croacia y que para llegar por tierra, hay que cruzar Bosnia y Herzegovina. Le describimos la ciudad amurallada y las estrechas y laberínticas callejuelas. Los techos de cúpulas y tejas rojas, y los pisos blancos que reflejan el cielo. Las iglesias, las arcadas y los artistas callejeros. Imaginamos juntos el mar azul turquesa contrarrestando con los colores de la ciudad y en el extremo opuesto, la colina de San Sergio. Le contamos de los puestos de suvenires, de la extensa calle Stradun y de los miles de turistas que visitan la ciudad por día. Le contamos de los atardeceres y de los barcitos con vista al mar. La cerveza china tiene mucho que aprender de las cervezas europeas. En el recuerdo caminamos juntos por las murallas y bajamos hasta el puerto, sólo para mojar los pies en el agua. Vimos la ciudad de día y la vimos encenderse a medida que el sol se iba poniendo.

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Le hablamos de la “Bella Ragusa” que tanto enamoraba a Sigmund Freud. Del mestizaje que dejaron los turcos, los eslavos y los italianos en la región. Le presentamos la ex – Yugoslavia y lo desilusionamos al contarle que la ciudad había sido bombardeada por los Serbios.

“Pero tranquilo, Drinta, ahora la ciudad esta como nueva y es una de las más lindas del mundo. Si vas a Dubrivnik no sólo te va a enamorar la ciudad, sino que, además, vas a poder viajar en el tiempo. Y a nosotros, a los que nos gusta viajar alrededor del mundo, viajar en el tiempo es lo que nos apasiona”.

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Info útil

* ¿Qué ver? Si están con ganas de visitar Dubrovnik (o volver, como nosotros) les recomendamos revisar los consejos de los chicos de Imánes de viaje para disfrutar al máximo de la ciudad

* ¿Dónde dormir? Una buena opción es alquilar un departamento cerca de la ciudad amurallada. Les recomendamos revisar las opciones de Wuking. 

¿Por qué India?

* Aclaración: Si bien este post intenta reflejar nuestras sensaciones y experiencias personales en India. Los motivos acerca de por qué uno decide conocer este destino se pueden hacer extensivo a todos los viajeros que han visitado, o tienen intenciones de visitar, el país. Aclarada la doble lectura del texto, seguimos adelante:

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Desde que decidimos viajar a India sin fecha de regreso esta pregunta dio vueltas en nuestra cabeza. No teníamos en claro porque queríamos ir a ese país, no sabíamos mucho, ni teníamos contacto alguno con su cultura. Tampoco sabemos por qué nos gustó ni por qué terminamos pasando más tiempo de lo que teníamos previsto.

Cuando dejamos India, allá en marzo del 2014, lo hicimos con la promesa de volver. Incluso, desembarcamos en Buenos Aires sabiendo que efectivamente íbamos a volver.

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Dos años después, nuestra promesa se cumplió. Volvimos a India por cuarta vez. En total, contando salidas y entradas, visas que se vencían y pasajes que no podíamos cambiar, pasamos ocho meses en este país. Y ahora venimos por otro tanto.

Y por más que lo intentemos tampoco logramos darle una respuesta a la pregunta de por qué volvimos ¿Por qué India?

¿Qué nos atrae de ese modo de vivir y de pensar? ¿Qué es lo que nos llama la atención de esa cultura? ¿Qué buscamos cuándo decidimos conocer realidades tan distintas?

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India genera misterio. Su mismo nombre abre un sin fin de interrogantes y suena muy prometedor. Un nombre tan ajeno como conocido. Porque lo cierto es que todos tenemos cierta idea y preconceptos sobre el profundo y complejo país. Las vacas en la calle, la basura, el namasté, la pobreza, el esplendor de los palacios, los camellos, las castas, la sociedad patriarcal, la cultura milenaria, los sadhus, la trascendencia. Esto es lo más sorprendente de India: lo absoluto.

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Por supuesto que entre quienes deciden visitar India no se presentan los mismos motivos. Algunos viajan sólo por la foto en el Taj Mahal (en incluso se llevan vestimenta especial para la ocasión). Otros viajan para tomar cursos de medicina ayurvedica o instructorados de yoga. Otros por la curiosidades y por lo exótico. Otros por negocios, a mayor o menos escala la ropa india se vende en cualquier parte del mundo. Otros sueñan con los mercados y los bazares de especias. Otros por la comida. Otros por los económicos y efectivos tratamientos dentales. Otros en búsqueda de la iluminación. Nos sorprendió muchísimo la cantidad de occidentales que renuncian a su vida capitalista para iniciarse en los caminos espirituales. En ese aspecto, India está idealizada. Si bien la espiritualidad se vive en la calle, lo cierto es que la sociedad está creciendo para el otro lado. Los occidentales renuncian al Iphone para acercarse a Dios, los indios renuncian a Dios para acercarse al Iphone. Otros aún nos seguimos preguntando el por qué. Y así vamos y volvemos.

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Los motivos de un viaje a India son múltiples e India parece satisfacerlos todos. Lo único común es el resultado: no deja a nadie indiferente. Podríamos detenernos un buen rato hablando de las expectativas, y la autenticidad que supone viajar a India, pero eso ya lo hicimos en otro lado.

Si tuviésemos que esbozar una respuesta de por qué India podría basarte en nuestros temores. No hay nada más peligroso que la comodidad y, últimamente, estamos muy cómodos viajando.

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Más aún, volvemos a India para seguir adentranos en su mundo y comprender, en la medida que nuestras mentes racionales lo permitan, un poco más su entramado social. Pero también volvemos porque extrañamos. No tanto a India sino a quienes somos nosotros cuando estamos en India

Extrañamos la vida simple del chai (bebida típica a base de té con leche que se sirve en la calle) a media tarde con un paquete de galletitas Parle. Extrañamos el Thali, las calles sin veredas y con cabras, sacarnos las sandalias antes de entrar a cada templo, hogar o negocio, el comer huevos a escondidas en algunos lugares porque está prohibido, lavarnos los pies todas las noches por la cantidad de tierra que juntaron a lo largo del día, buscar lugares que sirvan un desayuno no tan picante, los timos, el regateo, la sonrisas de los niños y la mirada penetrante de los viejos. Extrañamos la escalinatas del río Ganges y la gente que ahí espera la muerte, porque India debe ser el único lugar del mundo dónde la muerte se espera pacíficamente. Extrañamos no entender absolutamente nada de lo que pasa a nuestro alrededor. Extrañamos la humildad, la pasión y la fe.

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El karma. La paradoja constante. El sin sentido, lo absurdo, lo inadmisible. Extrañamos los dualismos: la pobreza extrema y el desarrollo capitalista, la renuncia de los sabios y el aferramiento de los aprendices. India nos hace ir a dormir llorando y levantarnos amando estar vivos. Esas cosas ocurren, por más que suenen imposibles. Extrañábamos la humanidad, por eso volvimos.

Extrañábamos ser y no ser nosotros mismos, porque en India la identidad desaparece. Acá no existen Lucas y Ludmila, no existe la psicología ni SAP, ni nada que conozcamos. Volvemos porque queremos escribir un libro, y esta vez parece que va en serio.

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Extrañando Argentina

“Primero hay que saber sufrir 
después amar, después partir 
y al fin andar sin pensamiento.” 
Homero Expósito

Estamos lejos. Tartu, ciudad de Estonia, está a poco más de 12.000 kilómetros de Buenos Aires, y nuestra cabeza y nuestro cuerpo se encuentran yendo y viniendo entre tantos países y océanos. Extrañar, esa es la cuestión. Volar a Argentina, una ilusión que nos mantiene en vilo.

Alguna foto en Facebook de un evento familiar, ver a los sobrinos crecer, amigos que se casan y quedan embarazos, ganas de tomarse un mate calentito e incluso escuchar “Libertango” de Piazzolla en alguna calle de Praga son hechos que estremecen el corazón. Por el tango acá pega fuerte. Sea una milonga en alguna plaza de Zagreb en Croacia o algún tema de Gardel interpretado por músicos callejeros, Argentina nos llama a cada rato.

Milonga de domingo a la noche

Milonga de domingo a la noche

¡Qué complejo el ser humano! Rara vez nos coincide el cuerpo y al mente en un mismo lugar. No es que no queremos estar viajando, pero simplemente estos últimos días nos sentimos más lejos de Buenos Aires que otras veces.

Nos pasa al subirnos a cada auto que nos levanta mientras esperamos en la ruta, basta decir que somos de Argentina para que la magia empiece a fluir. Primero nos miran con extrañamiento y después se vienen todas las asociaciones: qué el asado, que los paisajes, que la gente. Algunos lo asociación con la versión Madonna de Evita, otros con algún programa de Guido Kaczka que vieron en la televisión un domingo a la mañana y la mayoría con la música. Parecería que todos saben que Argentina es grandiosa y que nosotros estamos lejos. Es que sí, Argentina es grandiosa y todos lo saben. La fama ya está hecha.

¿Qué extrañamos? Curiosamente, todo y nada. Nos comeríamos unas buenas empanadas en Tucumán, caminaríamos por los senderos de la patagonía y comeríamos churros en la costa atlántica. Cenaríamos con amigos, e incluso disfrutaríamos de la bocinas cerca del Obelisco. Pero estamos en los Bálticos, encarando para Rusia.

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Todos nos preguntan por nuestro país. Todos parecen tener ganas de ir en algún momento. Qué decirles… Y ahí nos emocionamos hablando (y más con algunas cervezas encima). Nos pasó con unos amigos de Turquía caminando por Riga, Letonia. Cruzamos la calle, adelante una explanada y dos chicas tocando el violín. Sonaba “Por una cabeza”. La sangre bulle, estando tan lejos escuchar algo tan cercano es casi mágico. Y la emoción surge a flor de piel. Por que los argentinos somos eso, manojos de emociones condensadas. ¡Pobres turcos! Una hora los tuvimos hablando de Argentina, de lo que se puede hacer, de las callecitas, de que comer, de que tomar, de los argentinos, de alguna milonga, de una peña, de asado del domingo, del vino.

Música callejera

Música callejera

Alguien nos preguntó luego de contarle que conocíamos más de 30 países cuál era nuestro favorito. Imagínense ustedes mismo la respuesta…

Cuando uno está de viaje, un encuentro con otro argentino es una alegría enorme. Es hablar rápido, abrazarse, sentir que nos conocemos de toda la vida sólo por extrañar juntos uno buena pizza de Güerrín.

Pero a pesar de extrañar, elegimos seguir viajando. La vuelta a casa está lejos todavía. Mientras, nos refugiamos en nuestro mate, en los tangos que suenan en las calles de Europa y en los encuentros entre argentinos. A fin de cuenta, son puentes invisibles que nos llevan y nos traen de casa una y otra vez. Estar en casa, hemos descubierto, es un estado interior.

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Encuentro en Buenos Aires

“En más de alguna ocasión,
quisiera hacerme perdiz,
para ver de ser feliz,
en algún pago lejano.
Pero a la verdad, paisano,
¡me gusta el aire de aquí!”
A. Yupanqui

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Se baja del subte y lo llama. Hace mucho que no se “encuentran”, que no se buscan, ni se llaman, ni se nombran. Él le indica el camino que debe tomar. Con Plaza de Mayo a su espalda y el Cabildo en frente, camina a la izquierda (¿o era a la derecha? Ante la duda pregunta donde está la Av. Corrientes). Cruza casi corriendo, semáforos, muchas personas, todos apurados. Luego, dobla en la peatonal Florida. Los mismos oportunistas de siempre, los “arbolitos”, turistas. Camina despacio buscándolo. Ni las vidrieras, ni los artistas callejeros, ni nada le sorprende. Una manifestación, música, pizza, cualquier detalle que a un viajero le llamaria la atención, hoy pasa desapercibido.

Segundo llamado, Florida los debía interceptar. Ambos estaban en la misma esquina, sin verse. Quizá la diferencia de altura, buscan en distintos planos. Quizá no se reconocieron, quizá la ropa, quizá el pelo.

Se abrazaron, hace mucho que no pasaba; y eso que duermen juntos todas las noches. Él la invita a comer. Le muestra los lugares que frecuenta, una librería, un almacén, una cantina. Se dicen “Nos vemos a la noche”, mirando el reloj, contando las horas que faltan…

Llevamos días, semanas, por no decir meses en Buenos Aires. Nuestros cuerpos están acá. Madrugan, desayunan, van a trabajar, a la facultad, algún que otro curso, aprender, cenar, amigos, mates. La rutina nos encontró antes que nosotros a ella. No avisó, no preguntó, simplemente se impuso. Le abrimos la puerta, y la dejamos pasar. ¿Acaso queríamos quietud?

Todo eso que extrañábamos de Buenos Aires ahora es nuestra cotidianeidad. Y extrañamos eso que antes nos era común. Levantarse, agarrar la cámara, desayunar por ahí, caminar por allá y dormir donde la suerte decida. Hace exactamente 72 días que volvimos, y la cámara de fotos sigue estando en el mismo estante, juntando polvo, guardando historias.

Es difícil tener el cuerpo y la mente en sintonia, eso no es novedad. Es difícil “estar” donde estamos, encontrarnos en esa realidad que antes nos era tan nuestra y ahora es tan de otros. Conversaciónes, preocupaciones, intereses, puntos de desencuentro con casi-todo. Buenos Aires es inmensamente cómoda, pero no termina de acomodarnos (o nosotros a ella).

Términos como “depresión post-viaje”, esa etiqueta que se ponen quienes están en la búsqueda del que hacer tras un largo viaje, nos parece ridículo y obsoleto, tanto como generalizar algo que es tan propio y subjetivo. Cómo rotular psicopatológicamente un momento de transición, de cambio, de adaptación. Pero … ¿Y si lo estamos sufriendo? ¿Será por eso que nunca terminamos de llegar?

Casi como reza Spinetta (“Aunque me fuercen yo nunca voy a decir, que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”), intentamos convencernos de que estamos donde queremos estar. Ingenuamente, nos recordamos que elegimos volver. ¿Tan difícil es ser contemporáneo a uno mismo? ¿Tan difícil es habitar el presente sin perderse en una infinidad de tiempos verbales?

No se reconocieron fácilmente. Es más, se miraron pero no se vieron. ¿A quién esperaba encontrar? A quién se fue o a quién volvió. Quizá la vio como la primera vez que la invito a cenar, quizá lo vio como cuando la esperaba a la salida del colegio. Quizá pensó que estaba en Bolivia, o en Perú, quizá se confundió con los días de frio en Nueva York. Quizá la busco debajo de una mochila o detrás de una cámara de fotos. O en el desierto, o en la nieve, o en la playa. Quizá lo busco en esa conversación, en esa palabra que dijo la otra vez. Se olvido que, como dice Galeano, somos acumulo de historias. Historias que nos forman y nos destrozan. Que nos mezclan y nos cambia. “Impermanencia” les dijo un lama en Nepal.

Y en una esquina de microcentro, en un mediodía de sol de invierno de Junio, se abrazarón. Se conocieron. Se encontraron. Se dieron cuenta que hace 72 días que estaban buscando a alguien imposible, a alguien inventado, a alguien muerto, a alguien vivo y olvidado. Ilusos ellos que suponían que todo iba a ser igual.
Un mediodía de invierno, llegarón a Buenos Aires contentos de estar acá.

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Crónica de un regreso anunciado

No es fácil dejar la rutina, todo lo conocido y salir sólo con una mochila y muchas ganas a un destino poco conocido. Pero tampoco es fácil, después de un año en ese destino, volver con la misma mochila y ver tu entorno y el paso del tiempo. Después de adoptar el movimiento como una forma de vida sentimos que la quietud (nos) es desesperante. Falta la incertidumbre de saber en que habitación nos vamos a levantar mañana o que lugares o compañeros nuevos propondrá la ruta.

Viajar es como una droga adictiva. El parar de viajar nos está produciendo abstinencia. Nuestros cuerpos y nuestras mentes están idos. No nos encontramos.

Volvimos a la Argentina contentos de llegar, ver a los amigos y la familia. Asado, fútbol, mate y la vida de barrio nos vuelven a acompañar. Pero los ojos cambiaron. Los que antes parecía un problema, hoy no lo es tanto, y cosas de nuestra cotidianeidad que antes no le prestábamos atención, ahora nos parecen maravillosas.

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Cómo es mucho más difícil sacar una foto del entorno que nos resulta familiar y conocido y mostrar lo interesante que hay en él, también es mucho más difícil expresarlo en palabras. Estamos viviendo la argentinidad en su máxima expresión. Disfrutando de sus particularidades y e intentando entendernos como sociedad.

Caminamos por la calle leyendo todo lo que podemos. De pronto los carteles nos hablan, o por los menos los entendemos. Nos encontramos como “chusmas” (mirones, fisgones) de conversaciones en el tren. No es que nos interese tanto, pero nos asombra escuchar el español por todos lados. Tenemos una sobredosis de información como nunca en este último tiempo.

Y las calles que nos parecen vacías. Pasa gente caminando, pero nadie se detiene. Entendemos la calle como un lugar de tránsito, como un medio para llegar a tal o cual lugar. En Asia es totalmente al revés, todo se desarrolla puertas afueras, la cocina, la charla, la cena, el ajedrez, el mercado y el comercio. Hasta un médico nos atendió en un banquito en la calle. Otra gran diferencia es la velocidad. Acá la gente corre, como si su vida dependiera de eso, todos van ensimismados. Nadie mira a nadie. Es distinto el lugar que ocupa “el otro”, y peor si es un “otro” desconocido.

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Miramos para atrás y el viaje parece que fue una fantasía. Un gran sueño que nada tiene que ver con el presente que vivimos. Creemos que con el paso del tiempo los recuerdos van a pasar a ser imágenes que no sabremos si a ciencia cierta fue un sueño o una realidad ya desaparecida.

¿Qué se siente cuándo uno se aleja de aquel gran viaje que vivimos, el cuál nos transformó la forma en que miramos? Sentimos que el mundo que habitamos es enorme, que nos invita a recorrerlo. Y simplemente es el “hasta pronto” y el punto de comienzo para lanzarse hacia delante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos.

Ciertas cosas de Asia nos siguen acompañando.

Ciertas cosas de Asia nos siguen acompañando.

Cuando comenzamos a volver

Hace 325 días bajamos de la mano del avión que nos traía desde Buenos Aires hasta la lejana Nueva Delhi. Llenos de miedos y dudas, y sin más impresiones que el largo abrazo con nuestras familias y amigos durante nuestros últimos días en Argentina.

Hoy (325 días después) nos toca volver, dejar Asia, despedirnos de India. Ese país que por más extraño y contradictorio que sea, se convirtió en nuestro lugar. Un país que dejamos, pero con la sensación de que (pronto) vamos a volver. Un país que nos permitió perdernos para comenzar a encontrarnos.

Toca volver. Un regreso que empezó hace tiempo. Si bien, nuestro cuerpo sigue acá, tomando chai y comiendo curry, nuestra cabeza, nuestros proyectos y nuestras emociones están en el otro lado del mundo. Que la mente y el cuerpo coincidan en la mismo espacio, creemos, es uno de las dificultades más grande que tiene el hombre moderno.

Nuestros cuerpos y nuestras cabezas son una maraña de sensación. Uno toma una punta del ovillo pero pronto se encuentra enredado en el centro. Lloramos, nos malhumoramos, nos sentimos mal, nos abrazamos y sonreímos. Somos cambiantes, impermanentes. Muchas veces soñamos con el regreso, con volver a encontrarnos con nuestros afectos, con ver lo grande que están los chicos, conocer a los nuevos, comer la comida de la abuela. Ese día llegó. Queremos estar en Argentina, pero dejar India nos cuesta.

Llegamos sin planes ni fechas, solo una intención: viajar un año por Asía. Podía ser más, podía ser menos. Teníamos muchos países anotados en nuestra lista. Pero de 12 meses, pasamos 8 en India. Algo nos paso acá, algo que aún no podemos ubicar, pero quizá con la distancia de Buenos Aires, podamos reconocer.

Aprendimos, nos equivocamos, nos conocimos como pareja y como personas, amamos y odiamos. Nos llevamos mucho más de lo que dejamos. Nos vamos con historias, amigos, nuevas prácticas y costumbres, más flacos y con más color encima. Cambiamos la dieta y nuestros horarios. No sumamos meses o destinos de viaje, sumamos experiencias.

Viajando aprendimos a adaptarnos. Nos acostumbramos a despertar cada día oyendo una lengua distinta, a salir a la ruta sin saber dónde íbamos a dormir esa noche, a confiar en nuestra intuición. A elegir, sabiendo que podemos equivocarnos. A ganar, sabiendo que podemos perder. Aprendimos a mirar al otro desinteresadamente, como tanta veces nos ayudaron a nosotros. Aprendimos que no somos nada ni nadie. Que el viaje, la vida, lo que hoy tengo, todo es efímero.

La única verdad con la que volvemos es que estar un año viajando nos devolvió la vitalidad. Nos recordó que estamos vivos, como el viento que nos despeinó todas las veces que viajamos haciendo dedo en el techo de algún camión. Tantos atardeceres, montañas, desiertos, ciudades y playas nos recordaron que el mundo es inmenso. ¿Y si no lo conocemos ahora, cuándo va ser?

Con los ojos un poco llorosos, con la panza en efervescencia y con un cosquilleo en la garganta, pasamos nuestro último día en Delhi. Caminamos por esas calles que hicieron de escenario hace casi un año. Pasamos la tarde en un templo. Sentados, en silencio, mirando. La primera vez que lo visitamos no teníamos ni idea de lo que ocurría. Hoy podíamos reconocer a los dioses, a los gurúes y aunque sigamos sin entenderlo todo, sabíamos lo que la gente iba a buscar. Luego, las calles nos llevaron al mercado. Un sitio que nos impresionó la primera vez, quizá por las carnicerías sin heladeras, la cantidad de personas, vacas, monos y más personas, quizá porque es muy distinto a los mercados que conocemos. Hoy, parecía familiar. Incluso, pudimos reconocer ciertos rostros que la primera vez aquí nos habían llamado la atención. Ellos, estaban igual. Seguían en la mismo posición, vendiendo los mismos productos, en el mismo sitio y con la misma expresión. Como si el tiempo hubiera pasado, pera nada cambiara. La rutina, el hacer siempre lo mismo, el (para algunos) no tener opción. Todo seguía igual ¿Y nosotros?

Nosotros elegimos otra cosa. Elegimos una vida que no es correlativa con la “media normal del S. XXI”. Elegimos viajar, elegimos aprender, elegimos conocer. Un año en Asia nos mostró que es posible. No queremos que pasen los años y sigamos ahí, en la misma posición, en el mismo hacer-siempre-lo-mismo. Hoy comienza la vuelta a Buenos Aires, con una escala de dos semanas en Europa. Volvemos, pero con ojos nuevos.