Allá estaban ellos dos: en el aeropuerto de Calcuta. La espera se hacía larga. Se sentían ansiosos, como si fuera la primera vez que tomaban un avión o viajaban a un país nuevo.

El aeropuerto estaba vacío. Era la 1 de la mañana y había un solo vuelo anunciado. Aparentemente con pocos pasajeros.

Contemplaron el aeropuerto. Era nuevo y enorme. Tenía dibujos en el techo y grandes espejos por todos lados. Justo en frente de uno grande se pararon. Hace mucho que no se miraban en uno. Se notaron distintos en comparación a cuando salieron de Buenos Aires. No solo en la ropa, el pelo o en el hecho de que habían bajado varios kilos,  si no sobre todo en la mirada. O más bien, en la forma de mirar las cosas. Ya no tenían la misma expresión. Se los notaba mas tranquilos, relajados y pensantes.

Mientras se miraban al espejo notaron que no reflejaba con exactitud. Algunas cosas estaban cambiadas, tenía otras letras y otros símbolos. También vieron que los reflejos de ellos hablaban (ellos permanecían en silencio). Todo eso les llamó la atención. Parecía increíble. Como si el espejo tuviera vida propia. Largo rato estuvieron mirando. Empezaron a ver muchísimo movimiento del otro lado del espejo. Gente que iba y venía a las apuradas con sus valijas, el personal del aeropuerto, ¡hasta podían escuchar sus voces!

Ahí estuvieron parados un buen rato, hasta que por el otro lado del espejo se les acercó una azafata. Los saludo, como si nada, y los invito a pasar. ¿Cruzar un espejo? Habían cruzado fronteras, mares, océanos, pasos, puentes, pero nunca un espejo. Sin pensarlo mucho, tomaron sus mochilas, se agarraron de la mano y cruzaron.

-Sawatdee Kah- Dijo la azafata.

-¿Sawatdee Kah? ¿Qué es eso?

-Un saludo, como el namasté de India.- Se hizo una pausa. –Bienvenidos a Tailandia.

Bandera tailandesa

Bandera tailandesa

Sus caras de asombro debían ser muy intensas dado que la azafata los empezó a mirar con cara de preocupada. No terminaban de entender la idea de cruzar un espejo, pero que además, cruzar ese espejo los haya hecho desplazar de un lugar a otro.

-Deben estar cansados de tanto viaje- dijo la azafata después de un largo silencio.

-Disfruten su estadía en Tailandia.- Y se alejó.

Estaban solos, en el medio del aeropuerto de Bangkok, casi sin haberlo planeado. Pero las sensaciones eran distintas en comparación con aquella experiencia en el aeropuerto de Nueva Delhi. Ya no les preocupaba tanto el no saber a donde ir, ahora la incertidumbre es parte de sus rutinas.

Se dieron vuelta, miraron el espejo y todavía podían ver parte de India. Se encontraban divididos entre las dos salas del aeropuerto; de un lado la habitación que dejaban, del otro su nuevo destino. Algunas diferencias eran grandes. Los rasgos de las personas son mas achinados, pero no tanto. Y todo es mucho mas limpio. No se ven montañas de basura ni vacas sueltas por la calle. El idioma es otro, y el tailandés, a diferencia del Hindi que parecen gritos, suena muy bien.

Deciden caminar en busca de un baño para lavarse la cara. Ven un pasillo largo y finito, deciden tomar ese camino ¿Qué más podía pasarles hoy?

El angosto camino los conduce a un gran mercado. Mesas por todos lados. Puestos de ropa y comida. Mucha comida. Los platos se veían deliciosos, había opciones dulces y saladas: Arroz, pollo, pescado, té frio, galletitas, frutas y verduras.

Una fruta nueva que probamos. La fruta del dragón.

Una fruta nueva que probamos. La fruta del dragón.

Siguen caminando y llegan a un río ancho. Supusieron que se trataba del Chao Phraya, uno de los ríos más importantes de Tailandia. Estuvieron largo rato contemplándolo. No se veía como los ríos místicos y sagrados de India, pero tampoco estaba nada mal.

El río Chao Phraya, con un impresionante puente

El río Chao Phraya, con un impresionante puente

Siguen camino y se encuentran con una calle ancha y limpia, los autos y las motos circulan ordenados sin tocar la bocina. Hay semáforos y las personas lo respetan. En las veredas ven muchísimos negocios y muchos más puestos de comida.  Deciden tomarse un colectivo sin saber muy bien a donde. Confiaban en su suerte. El conductor del colectivo les vende un boleto como si supiera cual era el destino que ellos querían tomar. Tras unos cuantos minutos les avisa que llegaron.

Ya era de noche. A lo lejos divisan luces y escuchan música, ven un carteles con letras de neón que dice “Khao San”. De pronto se encuentra en medio de una fiesta, música para bailar, cervezas por doquier, puestos de tatuajes y puestos de comida que ofrecen insectos fritos como plato principal. ¿Podía ser cierto eso? En India el alcohol estaba prohibido en muchos lugares y a las 8 pm no quedaban negocios abiertos.

Ellos estaban cansados, querían dormir. Cruzar un espejo los había dejado agotados. En la búsqueda de un lugar para descansar ven unos sillones muy cómodos con una vista muy agradable, parecería ser un descampado con luces que titilan pero que no llegan a adivinar de que se trata. Se sacan los zapatos y se recuestan hasta quedarse dormidos.

A la hora los despierta una voz por alto parlante: -Pasajeros con destino a Bangkok por favor embarcar por puerta 8. Se despiertan sin entender mucho donde estaban. Se miran entre ellos con una mirada cómplice y una sonrisa que dice haberse entendido sin haber dicho nada.

Estación de trenes en Bangkok

Estación de trenes en Bangkok

Se ponen sus zapatillas y agarran las mochilas. El reloj del aeropuerto marcaba las 2 am. Su vuelo estaba por partir. Miran por la ventana enfrente de los sillones una vez más y se despiden de Calcuta. Se despiden de India. Tailandia los espera.

Aclaración: Cualquier semejanza con la saga de Lewis Carroll es pura coincidencia.