Estamos en Estonia, el tercero (o el primero según cómo se lo mire) de los países Bálticos. Es el que más al norte está y quizá por eso, el que más cercano esta de la cultura nórdica. Ellos mismos se identifican más con Finlandia o Suecia, que con Rusia o Lituania. Eso se debe a su historia, por años fueron parte del reino de Suecia, o a su idioma, el estonio se asemeja al finlandés (y dicen que tiene la misma raíz que el húngaro).

Nos dijeron que era una ciudad tranquila, pintoresca, con ríos y lagos dónde descansar. Eso era lo que queríamos. Dormir más de dos noches en la misma cama, poder cargar agua caliente para el mate (de los últimos porque la yerba se está acabando) y dedicarnos a escribir, leer y caminar. No les vamos a hablar de todo lo que se puede hacer en Tartu, de lo que les vamos a hablar es de otra cosa. Nadie nos había dicho que era una galería de arte a cielo abierto.

Los grafitis no son algo moderno. Desde tiempos ancestrales, el hombre buscó modos de expresarse. Sea para denunciar, para criticar, para festejar o, simplemente, para divertirse. El dibujo y la escritura son dos vías para eso. Tartu podría ser la ciudad dónde todo eso coincide.

Es la ciudad de las universidades y por ello de la juventud. La cultura se palpa en las calle y los grafitis toman las paredes. El street art (arte urbano) se vive en cada esquina y debajo de cada puente, pero siempre bajo ese manto de ilegalidad. Les compartimos algunas de las tantas pintadas que vimos:

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Las paredes hablan. Se manifiestan, se aman, se divierten. Algunas con más carga política, otras con más ingenio y otras mas originales. Pasamos horas en las calles de Tartu mirando arte en las paredes. Saquen sus conclusiones:

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