“El conocimiento no proviene de libros, incluso de aquellos sagrados, pero sí a partir de la experiencia. La mejor manera de entender la realidad es a través de los sentimientos, intuición y no a través del intelecto. El intelecto es limitado.”

Tiziano Terzani 

“Oiganme bien, porque, aunque he hablado de colisión cultural, intelectual, religiosa y no militar, ahora les digo: ¿guerra han querido? ¿guerra quieren? Por lo que me concierne, que guerra sea. Hasta el último aliento.”

Oriana Fellaci

Debo empezar el relato con una confesión. Se supone que debía escribir sobre Italia, su gente, sus lugares, mis impresiones, pero no pude. Un ejercicio habitual que me gusta practicar (y se que no soy el único) es leer autores relacionados con el destino que voy a visitar. Es un proceso que empieza antes de comenzar el viaje, continúa durante el mismo y sigue después, a la vuelta. Así fue como llegué a estas cartas, a estas declaraciones de ideas de dos italianos que fueron contemporáneos entre sí. Ambos viajeros y ambos buenos escritores. Tiziano Terzani y Oriana Fallaci tuvieron demasiadas coincidencias. Ambos nacieron en Florencia, se dedicaron al periodismo y a viajar, y gracias a eso se conocieron personalmente en al guerra de Vietnam.

Con varios libros en el haber el destino los volvió a cruzar 30 años más tarde. Luego del famoso atentado del 11 de septiembre de 2001. En aquel entonces ambos padecían cáncer. Oriana vivía y recibía el tratamiento en Nueva York, en cambio Tiziano alternaba sus meses entre las montañas del Himalaya en India y su Italia natal.

Y estas vidas que parecen estar tan ligadas y cruzadas reaccionaron de una forma muy distinta al atentado. Oriana soltó toda su ira contra el mundo islámico en una serie de artículos que luego serían publicados en el libro “La rabia y el orgullo”.

Tiziano le contestó con una serie de artículos que también serían el punto de partida de un libro “Cartas contra la guerra”.

Oriana escribe su bronca desde Nueva York, Tiziano le contesta desde Kabul tratando de correrse del discurso político hegemónico y buscando ponerse en el lugar de los habitantes de la Afganistán. Sin dudas dos posiciones bien marcadas que ayudan a entender el conflicto y las razones por las cuales el mundo toma el rumbo que hoy 16 años después seguimos padeciendo.

¿Tan difícil es “El encuentro con el otro”? ¿Tanto nos cuesta entender en nuestra propia piel las miserias y penurias que tienen miles de hombres en el mundo? ¿Tan desconectados estamos los unos de los otros?

En aquel primer viaje por India en 2013 tenía la ingenuidad de pensar que el viaje cambia a las personas. Tardé en darme cuenta que no todos se toman el tiempo necesario para empatizar con los otros. Que las burbujas que se crean se las cargan en la mochila y que no importa donde vayan siempre van a tener su mundo propio para aislarse de ese otro, el que no les gusta o no quieren ver.

Por eso me llama la atención las cartas de Oriana, que vio y describió el mundo como pocas, pero que en los últimos años se volvió agría en su forma de escribir, con conclusiones como “De Afganistán a Sudán, de Indonesia a Pakistán, de Malasia a Irán, de Egipto a Irak, de Argelia a Senegal, de Siria a Kenia, de Libia al Chad, del Líbano a Marruecos, de Palestina al Yemen, de Arabia Saudita a Somalía, el odio por Occidente crece a ojos vista. Se agiganta como un fuego alimentado por el viento. Y los secuaces del fundamentalismo islámico se multiplican”.

En cambio, por eso rescato a Tiziano, que afrontó su enfermedad meditando en el medio del Himalaya. Y luego de visitar un hospital en Kabul, y llevar algunos regalos a los chicos un hombre herido lo increpa “Primero vienes a bombardearnos y luego a traernos bizcochos. Qué vergüenza”. Y Tiziano reflexiona: “No sé qué hacer. Busco en mi interior algunas justificaciones, algunas palabras que decir. Luego pienso en los soldados franceses, alemanes e italianos que pronto se unirán a esta guerra y me doy cuenta de que, al final de una vida en la que siempre he visto heridos y muertos causados por otros, aún tendré que ver, en este hospital o en otra parte, a las víctimas de mis bombas, de mis balas. y me avergüenzo de verdad”.

Dos maneras distintas de abordar el mismo problema. Y tal vez, el entorno en que uno se encuentre tiene que ver porque es cierto que estar en un rascacielos, rodeado de otros rascacielos, llenos de gente viviendo en pequeñas latas lo lleva a uno a sentirte sólo. El contacto con la naturaleza nos puede enseñar a valorar lo importante y a entender, que la paz primero tiene que estar adentro nuestro y que como alguna vez dijo Ghandi, al odio no se lo vence con más odio, sino con amor.

Dos cartas que valen la pena leer y confrontarlas, y, por más que pasen los años no pierden vigencia.