“Aunque haya religiones diferentes, debido a distintas culturas, lo importante es que todas coincidan en su objetivo principal: ser buena persona y ayudar a los demás.”

Dalai Lama – Tíbet

Este es el lugar – dijo Tathagata.

Delante nuestro se extendía un gran predio. Varias pequeñas colinas de un color verde amarillento cortaban con ondulaciones el azul intenso del cielo. A los lejos, y sobre las colinas, un puñado de yaks pastaban. Negros y blancos, parecían puntos lejanos; pero de cerca estos bichos eran enormes. Sus largos cuernos y su tupido pelaje intimidaban. Más cerca, un grupo de caballos peleando por lo poco que quedaba de pasto tierno.

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Un buitre pequeño pasó volando y automáticamente los tres recordamos el lugar en el que estábamos.

Entonces, ¿este es el lugar? – Preguntamos.

Tathagata respiró profundo y asintió.

Ven allá. Los cuerpos los depositan desnudos en aquella estructura gris de piedra. Los buitres comienzan a venir, ellos siempre están cerca. Las familias, los amigos y nosotros observamos desde acá. Un lama recita un mantra y todos nosotros repetimos. Nadie llora. ¿Por qué llorar? Ahí ya no hay nada. Es solo un envase vacío. Las almas, con suerte, se fueron mucho antes. Mientras tanto, los buitres comen, pican, chillan y vuelan. Tienen hambre. El proceso es rápido. Los cuerpos ya están desmembrados. Los buitres sólo pican pedacitos de carne y se los llevan. Si se lo comen todo es algo bueno. Si queda carne, en cambio, significa que esa persona fue pecadora. En ese caso, no hay liberación y el ciclo de las reencarnaciones vuelve a comenzar.

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Pero cuidado. Nosotros no tenemos cielo ni infierno como ustedes. Para nosotros, el cielo es esto – Siguió diciendo Tathagata y señaló los picos nevados del Himalaya. – Nuestro cielo es la libertad. El infierno es seguir acá, en la tierra – Y sus dedos, tímidamente, señalaron en dirección a Beijing, a unos 2.500 kilómetros de distancia.

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Tathagata es tibetano. No chino, ti-be-ta-no (lo aclaró tantas veces y tan clarito, que debemos replicarlo). Tathagata, mejor dicho, es un monje tibetano. Tiene 21 años pero parece mucho más grande. Lo conocimos unos días antes mientras caminábamos por el monasterio de Litang. Sin preámbulos, Tathagata nos propuso hacer un trato. El quería practicar su inglés con nosotros y, a cambio, iba a ser nuestro guía. El acuerdo sonaba justo y aceptamos. El cementerio dónde se realizan los funerales a cielo abierto fue la primer parada del recorrido.

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A Litang, un pueblo de montaña construido a más de 4.100 metros de altura, llegamos haciendo dedo (autostop). Aunque la altura parezca un impedimento, Litang nos quedaba de paso. Nuestro objetivo fue recorrer los pueblos tibetanos que comienza en Shangri-La y se extienden por la provincia de Sichuan, en la cadena montañosa del Himalaya. En total, 1.300 kilómetros de camino de montaña. Litang, fue la tercer parada de nuestro viaje por el Tíbet. En realidad, por el Tíbet fuera de Tíbet.

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A lo largo de estos 1.300 kilómetros el paisaje se repitió constantemente. Caminos en pésimo estado, picos nevados a lo lejos, pasos de montañas de más de 4.500 msnm, complicidad de camioneros y una hospitalidad de sonrisas grandes y cachetes colorados y curtidos por el sol. Viajamos en autos de lujo, en tractores que llevaban caballos y en camiones. Paramos a comer en carpas improvisadas al costado de la ruta y dormimos en casas de familias.

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Muchos se sorprendieron de ver a dos occidentales por ahí. Los niños nos tenían miedo y los viejos nos miraban con recelo. Pero, como casi siempre, una sonrisa ayuda a diseminar las desconfianzas.

Las palabras no alcanzaban. Ni siquiera aparecieron. Nosotros no hablamos tibetanos y apenas chapuceamos unas pocas palabras en chino. Les mostrábamos una carta dónde en mandarín explica de nosotros y de nuestro viaje, pero ellos se reían. No saben leer chino. Y está perfecto, es su acto revolucionario. Lo poco que pueden hacer.

Pero algunas palabras se dicen igual en todos los idiomas.

¿Lhasa?

Nos preguntan por Lhasa, la capital de Tíbet. Del otro lado de la frontera improvisaba entre Tíbet y el no-Tíbet, está Lhasa. Sus familias quedaron allá, quizá sus casas. Su religión también quedó del otro lado.

Ellos, también tibetanos, no pueden ir. Tampoco pueden salir de China. No tienen documentos, ni pasaportes, ni acceso a determinados derechos. No son de acá, ni son de allá.

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Nosotros tampoco podemos ir a Tíbet. Pero no por una cuestión política sino económica. Para ir a Tíbet se necesitan permisos especiales, guías, reservas de hoteles y agencias de viaje. Una semana en el Tíbet cuesta  alrededor de 1.000 USD.

Pero ellos, los tibetanos, igual preguntan. Las preguntas eran dos: ¿Lhasa? ¿Dalai Lama?

Las imágenes del Dalai Lama, líder espiritual y político del Tíbet, están mal vistas. No se consiguen, y muchas veces, somos los extranjeros los que las traemos a escondidas. Por eso las sonrisas, además de dejar atrás la desconfianza también eran cómplices. Pero nosotros no estuvimos en Lhasa ni teníamos estampitas del Dalai Lama.

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Poco se sabe del Tíbet, salvo su lejanía y su remota ubicación en el mapa. Nosotros tampoco es que sabíamos mucho más. La primera vez que vimos de cerca su cultura e historia fue en Dharamsala (India). Es allí dónde el gobierno tibetano se asentó luego del éxodo al que se vieron obligados luego de la ocupación china del Tíbet. En Dharamsala, el Tíbet se organiza política y espiritualmente. Las consignas apelan a su libertad, los niños escriben “Free Tibet” es su cuadernos de clases y los viejos añoran con volver a pisar tu tierra natal. Pero no pueden, ya no pueden volver.

En 1950 el Ejercito Popular de Liberación de China entró y tomó posesión de la ciudad-capital de Lhasa. Obedeciendo a la Revolución Roja todo tipo de manifestación religiosa fue considerada enemiga del pueblo. El budismo tibetano quedó proscripto. Desde aquel momento hasta hoy en día, el Tíbet es un limbo. Los tibetanos exiliados apelan a la autonomía política de la región. China, por su parte, cada vez se mete más: llenando las calles de militares, imponiendo el mandarín, poblando la región de chinos, mandando turistas en masas, negando documentos y pasaportes.

Los refugiados tibetanos en el exterior también se organizan. Marchas, apelación, recursos de amparo, incluso, inmolación a lo bonzo. Nada es suficiente ni nadie sabe bien que pasa.

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Los tibetanos que quedaron en China son exiliados en su propio territorio.

Hoy en día para ir a Tíbet, mejor dicho a la provincia china de Tíbet, se necesita permiso, guía, chofer, una agencia de viajes y dinero.

Pero la verdad, poco tiene que ver Tíbet con las barricadas policiales en la que se convirtió la ciudad de Lhasa. La cultura tibetana, evidentemente, no se rige por los límites políticos sociales.

Nosotros no visitamos el Tíbet “verdadero”, pero podemos decir que ahí estuvimos. Al menos en Litang, al menos esa tarde con Tathagata y con los buitres volando sobre nuestras cabezas.