Sábado a la mañana, el día amanece nublado pero cálido. El verano se está yendo, y el otoño comienza a asomar. Por primera vez, Septiembre no nos suena a primavera. Estamos en Katmandú, y nos levantamos con la idea de ir a pasar el día a Bhaktapur, uno de los tantos pueblitos del valle que rodea la ciudad. Queremos ir a un pueblo típico, característico por su arquitectura particular (newari) y por tener gran parte de sus calles libres de tráfico (que no es un detalle menor).

Las angostas calles de Bhaktapur

Las angostas calles de Bhaktapur

Nos dirigimos a la parada del colectivo local. Unos metros antes de llegar advertimos que había una manifestación, o “strike” como le dicen ellos. La misma (que serían unos 30 hombres y una bandera comunista) impedía el tránsito por las calles. Según decía la gente no iban a salir colectivos en todo el día. Igualmente fuimos a la parada a averiguar mejor. Nos encontramos con una familia que quiere ir hacia el mismo lugar que nosotros. Nos dicen que en 15 minutos salía un micro. Seguimos preguntando y nuestro desconcierto fue aún mayor. Algunos aseguraban que ya salían, otros que no iba a haber servicio en todo el día. Nada era claro.

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Al cabo de un tiempo, la familia nos hace señas de que iba a empezar a caminar rumbo a Bhaktapur (13 km), y nos invitan a ir con ellos. Empezamos a caminar. En la primera avenida que nos cruzamos la familia para un taxi. En realidad no es un taxi, es una mezcla de tuk tuk y un auto grande. Un vehículo medio deforme donde viajan por lo menos 10 personas. Se suben todos. No hay lugar para nosotros. Ellos se van y nosotros quedamos ahí, desconcertados, una vez más. Empezamos a parar estas especies de taxis. Ninguno va para donde nosotros queríamos. Seguimos caminando.

Y en eso andábamos cuando vemos que un señor un tanto mayor, cruza la calle casi corriendo en nuestra dirección. Nos para. Nos dice que es periodista y editor. Que tiene una revista y que nos quiere hacer un reportaje. Aceptamos y nos sentamos en un bar a tomar un té y charlar. En eso lo contamos que tenemos un blog. Abre los ojos entusiasmado. Le decimos que es muy sencillo y gratis, que él también puede tener uno. Se salía de sí mismo. 3 veces nos pregunta “¿Puedo poner toda la revista en internet?”. Su revista es del estilo de cualquier revista de barrio que conocemos, notas sencillas, sponsor y alguna que otra entrevista. El señor no deja de sacar ejemplares de su mochila. Nos muestra la sección “Opinión de extranjeros sobre Nepal”. Nos hace algunas preguntas que no registra en ningún lado y nos vuelve a preguntar nuestros nombres, que tampoco anota en ningún lugar. La entrevista no importaba, la urgencia era saber que podía tener toda su revista digitalizada. Nosotros entusiasmamos empezamos a contarle de cómo funciona un blog.

Señor: – ¿Y cómo es? ¿La gente paga por entrar?

Nosotros: -No es gratis.

El señor, Ram es su nombre, no entiende como nosotros publicamos gratis. Le parece estúpido e incoherente. Nos pregunta cuánto le cobramos por crear un blog, de nuevo insistimos que es gratis, que cuando quiera nos juntamos en un bar y le explicamos cómo hacerlo. Palabras más, palabras menos nos ofrece su oficina como lugar para dormir a cambio de la creación del blog. Más palabras, menos palabras, nos quiere vender un ejemplar de la revista (4 USD). Le decimos que no, que en otro momento y muy molesto nos hace pagarle el té y se marcha sin siquiera saludar.

Más desconcierto para nosotros. Tanta bondad y hospitalidad en pos de vender un ejemplar de una revista. Claro, idiotas nosotros que publicamos gratis.

Lo bueno es que en ese lapso los colectivos están circulando de nuevo. Una vez más nos pusimos en marcha rumbo a Bhaktapur. Tras unos minutos de espera aparece el colectivo. Estaba lleno. Nepalíes y turistas (chinos), todos apretados y amontonados. Así viajamos los 30 minutos hasta destino.

Finalmente llegamos. Ahí estábamos parados los dos, con cara de perdidos, de no saber para donde caminar y con una mochila vacía cada uno en la espalda. Estamos en plan de viajar livianos, cada vez más, así tanto que no llevábamos nada más que algún cuaderno, un libro y la cámara de fotos.

Comenzamos a seguir a los turistas. Llegamos a la plaza central “Durbar Square”. El valor de ingreso está en dólares, (y después los incoherentes somos nosotros). Nos dedicamos a recorrer, sacar fotos y pasar el día. Como decíamos Bhaktapur da la sensación de estar caminando en un pueblo que se quedó en el tiempo. Donde las construcciones son de otra época y que esté libre de tráfico ayuda mucho. Pero sobran la cantidad de restaurantes con comida occidental y tiendas de recuerdos. Bhaktapur se quedó en el tiempo pero no para adaptarse al turismo.

La plaza Durbar

La plaza Durbar

Una puerta de oro bien custodiada

Una puerta de oro bien custodiada

Otra plaza donde producían y vendían jarrones en arcilla.

Otra plaza donde producían y vendían jarrones en arcilla.

Ya cansados (era la tercer Durbar Square que veíamos en menos de una semana), y con el anochecer que acechaba nos fuimos a tomar un colectivo a nuestro próximo destino. Llegamos a la estación y el colectivo estaba hasta las bolas lleno. Preguntamos a qué hora sale el otro, no había otro, era el último. Pero, nos dicen que podemos viajar en el techo. Nos miramos y no lo dudamos, una hora y media adentro hacinados o en el techo mirando las montañas. No había mucho que pensar, el viento en la cara con lindos paisajes nos sedujo.

Antes de subir, empezamos a hablar con dos bangladesíes. Cuando el micro arrancó le dijimos que suban al techo, nos miraron con cara de desconfianza pero finalmente aceptaron. Los  dos nuevos compañeros resultaron ser periodistas deportivos. En Nepal se están jugando las eliminatorias para el mundial y ellos vinieron a cubrir el evento. Ambos eran fanáticos del fútbol argentino. Estamos acostumbrados a que digan Messi, Maradona y ya. Pero ellos no, conocían más jugadores, técnicos. Incluso a Estudiantes y Verón (Vamos pincha!).

Nos subimos al techo. Ludmila era la única mujer y ese día vestía de pollera. Los 20 pasajeros del techo tenia diversión para rato viéndola malabarear entre sostenerse ella, la pollera y la mochila. Despeinados y con frío llegamos a destino.

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Queríamos pasar la noche en Nagarkot, un pueblito pequeño pero con vistas increíbles a las montañas más altas del mundo. Llegamos en ojotas y manga corta, vestimenta que con la altura no va de la mano. Cenamos y arreglamos ir a ver el amanecer con los bangladesíes por la mañana siguiente. Cómo era de esperarse, amanecimos resfriados. Viajar en el techo de un colectivo con el viento en la cara despeina y resfría, pero vale la pena.

Al día siguiente emprendimos la vuelta. Se celebraba el “Ganesha Chaturdi”, algo así como el cumpleaños del dios hindú con cabeza de elefante. Esta vez volvimos sentados adentro pero rodeamos de muchachas vestidas y maquilladas dirigiéndose al festejo.

Katmandú es una ciudad con muchos atractivos turísticos, muchos templos y palacios antiguos que se prestan para hacer numerosas sesiones de fotos. Pero a nosotros, vamos a decir la verdad, esas cosas no nos terminan de divertir. Pagarle un té a un viejo chamullero, caminar tras una familia de nepalíes y viajar colgados del techo con dos bangladesíes es lo que nos divierte. El viaje lo vivimos en los detalles cotidianos.

Mirando la vida pasar (o el devenir de los días de viaje)

Mirando la vida pasar (o el devenir de los días de viaje)