Llegamos a Varanasi quizá sabiendo muchas cosas sobre la ciudad, y eso no siempre es bueno. Uno se carga de expectativas, ya sabe que va a ver y que se va encontrar. La información previa sobre un destino no deja lugar al asombro, y si no nos asombramos viajar no tiene mucho sentido.

Varanasi junto al Taj Mahal y junto a la basura y la pobreza son las imágenes emblemáticas de India. El país solo se corresponde con estos 4 puntos y eso es lo que uno ve sino no se toma el trabajo de asombrarse, de salirse de las rutas turísticas. Si uno se toma el tiempo, atrás de eso, se encuentra con una India múltiple, contradictoria e inmensa. Una India que se deja querer.

Los laberintos de Varanasi llenos de basura y vacas.

Los laberintos de Varanasi llenos de basura y vacas.

Varanasi es una de las 7 ciudades sagradas del hinduismo, y también es una de las ciudades sagradas para los turistas. La idea de visitar India y no conocer el río Ganges ni bañarse en él es considerado pecado entre los fieles seguidores de la guía Lonely Planet. Nosotros también caímos en la trampa, le otorgamos a Varanasi poderes extraordinarios, la cargamos de expectativas, y como siempre que eso sucede, nos decepcionamos. Quizá porque ya habíamos conocido varias ciudades sagradas, quizá porque ya nos habíamos encontrado con el río Ganges o quizá porque buena parte de la ciudad estaba bajo el agua, Varanasi no nos mostró nada muy revelador.

La riqueza de Varanasi está en los ghats, esas escalinatas que crecen sobre el río donde varios rituales, ceremoniales y baños purificadores tienen lugar. Esas escaleras que vemos en cualquier foto o postal de Varanasi fueron las mismas que durante nuestra visita estaban bajo en agua porque el río había crecido mucho debido a la época de lluvias.

Parte de la ciudad bajo el agua.

Parte de la ciudad bajo el agua.

Varanasi es una ciudad con vida, o por lo menos la parte vieja de la ciudad. Una ciudad que comienza a funcionar antes que salgan los primeros rayos del sol y que durante la noche, se tiñe de misterio, esperando nuevamente la luz del día para traer un poco de claridad. De día o de noche, la ciudad esconde algo. Serán sus cientos de calles, angostas y finitas, como un laberinto quizá. Uno toma una calle y se pierde fácilmente, callejón tras callejón. Calles de un metro de ancho donde conviven creyentes, mendigos, turistas, vendedores, niños, vacas, cabras, perros y motos. Nos chocamos, nos empujamos, estamos apretados, hace calor y nos falta el aire, pero es normal. Es el ritmo de la ciudad. Y entre callejuelas y callejones, está el río. Imponente. Solemne. Estático pero con movimiento. Un río que es espera.

Calles angostas.

Calles angostas.

Y es en el rio, como si fuera la plaza del pueblo, donde la ciudad se desenvuelve. Allí ocurre la acción, allí se producen los encuentros. Varanasi vive en los ghats, esos mismos que ahora estaban cubiertos por el río. Existen varios y cada uno cumple una función distinta. Porque el entorno que lo rodea así lo dispone.

Charla frente al río I

Charla frente al río I

Charla frente al río II

Charla frente al río II

Un concurrido ghat ceremonial es, por ejemplo, Dasaswamedh (está en la calle principal y el río). Son en las mismas escalinatas donde diariamente se celebra la puja, un ceremonial de ofrendas y agradecimiento a la diosa Ganga, madre de India, madre del río. Ceremonial al que acuden cientos de turistas y creyentes. Ritual con fuego, sahumerios y otras especies.

Puja al lado del río. Los espectadores detrás están sentados sobre botes.

Puja al lado del río. Los espectadores detrás están sentados sobre botes.

Otro famoso ghat es Manikarnika. En el cual se pueden ver varias piras funerarias. Por día se realizan cientos de cremaciones. La fila de cadáveres al lado de cada crematorio es inmensa. Hinduistas de todas partes de la India vienen a Varanasi a morir, con el objetivo de que sus cenizas sean tiradas al río y así poder librarse del ciclo de las reencarnaciones.

Madera para las cremaciones. Las hay de diferentes precios.

Madera para las cremaciones. Las hay de diferentes precios.

En un momento dado, Lucas se estaba cortando el pelo y vimos pasar 6 o 7 cuerpos acompañadas por hileras de hombres cantando (las mujeres no tienen permitido asistir a las cremaciones). Todos ellos iban al crematorio. Llevan los cuerpos en una especie de camilla hecha de madera. Todo tapado con unas telas rojas. Estas telas no garantizan nada, en la caminata hasta el ghat muchas veces se corre dejando al descubierto la cabeza, las manos o los pies del difunto.

Las cremaciones son abiertas, al aire libre, en un espacio público. Cualquiera puede acercarse y mirar. Y ahí se mezcla la curiosidad con el morbo. ¿Hasta qué punto es necesario ver arder un cuerpo en llamas? ¿Ayuda a entender la religiosidad del lugar?

Varanasi es una ciudad con miles de caras, de las cuales nos quedan presentes dos. Hay una ciudad mística y religiosa. La ciudad más antigua de “este universo” nos afirmó un gurú mientras apilaba sus cuatro celulares y se prendía un pucho. La creó Shiva para sí mismo. Miles de seguidores vienen de todas partes de la India para bañarse en sus aguas para purificar su karma. Hay mística. Pero no es fácil captarla. En realidad mucho de este misticismo se nos escapa. No sé si es porque nos falta el conocimiento teórico, o porque nuestra mente está tan impregnada de racionalidad y materialismo.

Mitad ciudad, mitad río.

Mitad ciudad, mitad río.

Y la otra cara es la de miles de turistas vienen de todas partes del mundo a ver ese espectáculo que el hinduismo da en las orillas del Ganges. Poco de espiritualidad y poco de morbo. La mística está en esos callejones que conducen a un infinito laberinto. El morbo está sin dudas en las cremaciones. Los más curiosos pagan algunas rupias para poder ver el “espectáculo” desde un balcón privilegiado o desde un bote.

Así es Varanasi, paradójica. Ciudad delimitada por un río sagrado, un río donde mujeres lavan ropa, donde niños nadan y juegan, donde vacas  y bueyes se refrescan, donde los creyentes se bañan purificando su karma, donde otros mueren, donde otros son quemados, donde otros se ganan el pan del día. Varanasi encierra vida y muerte, las dos caras de una misma moneda.

La vida transcurre en el río.

La vida transcurre en el río.

La ciudad no se muestra a cualquiera, solo aquellos que la quieren ver realmente. La ciudad se muestra bajo un manto, esta velada. Uno elige que quiere ver, que quiere apreciar. La ciudad te obliga a saltar la barrera racional que los occidentales ponemos y juzgamos.  Sin saltar esa barrera, Varanasi solo será una foto de un río, una pira crematoria y un video en youtube de la aventura de meterse en el Ganges, uno de los ríos más contaminados del mundo. Uno de los ríos más comerciales. Uno de los ríos más místicos.

Con la luna llena, el Ganges todavía tiene más misticismo.

Con la luna llena, el Ganges todavía tiene más misticismo.