Pusimos el despertador a las 6 am. Un horario muy poco frecuente en nosotros pero queríamos levantarnos temprano. Nos correspondían las dos horas de playa que perdimos ayer. Cargamos el termo con agua caliente, compramos dos panes, uno con canela y el otro con chocolate, y buscamos en el fondo de la mochila la bolsita que tenia lo último que nos quedaba de yerba.

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Llegamos a Varkala ayer, cuándo ya había caído la tarde. Nuestros planes de ir a la playa ni bien llegáramos se fueron desarmando uno a uno cuándo en la estación de Ernakulam avisaron que nuestro tren tenía demoras. Al principio dijeron treinta minutos, luego una hora, luego dos. El tren terminó llegando cinco horas más tarde. Pero en India eso no es problema. La mayoría de los viajes se componen de tiempos muertos y perdidos. India no es la excepción. El tiempo transcurre a otro ritmo. No importa que el tren se demore cinco horas, que el tráfico se atasque porque una vaca no cruza la calle o que un autobús no salga porque al chofer le dieron ganas de tomarse otro chai. Acá el tiempo es un bien material del cual, también, hay que aprender a renunciar.

El tiempo no nos poseé ni nosotros a él, pero que lindo hubiese sido si podíamos meter los pies en el mar ayer a la tarde como habíamos planeado. Mirando el agua desde el vagón y con los últimos rayos del sol llegamos a la ciudad. Ningún autorickshaw (moto-taxi) quería poner el taxímetro para llevarnos y nos pedían un precio desorbitante para hacer cinco kilómetros. Eso podía significar una sola cosa: habíamos llegados a un lugar híper-turístico.

Efectivamente Varkala es uno de los guetos mochileros más populares en India. La ciudad no es muy grande y toda la costa está ocupada por hoteles, guest-house, restaurantes, locales de ropa, de masajes y de alfombras. Acá es mucho más fácil conseguir una pizza que un chai.

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En Varkala hay muchos turistas new age: grupos de occidentales que vienen a la India en busca de una iluminación espiritual. Los hay de todo tipo. El que paga el curso de yoga pero no va porque se queda dormido como el fanático que cada vez que puede va con su colchoneta a realizar sus asanas. Están los que se pasan varías horas hablando de sus éxitos espirituales y están los que se pasan varias horas practicando. Pero hay algo que me resulta raro. Se creó una especie de carrera por alcanzar la espiritualidad, como si fuese un bien más de mercado. Cómo algunos corren detrás del celular y del auto, algunos otros corren detrás de los cursos de yoga y meditación. El que se ilumina primero, gana. Se olvidan del mundo circundante y se meten en ellos mismos, y así van por la vida. Quizá esa es mi mayor crítica. Andan por India sin ver a su alrededor, andan por el mundo sin saber que se está cayendo a bajo. No importa, ellos respiran, exhalan y buscan su nirvana. Yo en cambio soy más visceral. No puedo sentarme a meditar cuándo tengo tres nenes mirándome y pidiéndome plata para comer. Tampoco puedo encerrarme en un ashram cuando el mundo transcurre afuera y necesita de mi cambio y compromiso. El aquí y ahora no debe desconocer el contexto que habitamos. Pienso el proceso al revés, mi interior es un punto de llegada y para llegar tengo que conectarme antes con el suelo que habito. Sino, voy a ir por la vida buscando quien sabe qué.

Lo peor es que intento encontrar el error en mi modo de pensarme y buscó acercarme a ellos. Les sonrío y les pregunto donde toman clases de yoga, (quizá puedo animarme a probar algunas clases) ¿Y qué me dicen? Que no me entienden, con toda su parsimonia y su tono de voz new age. Repito más lento: Where you take yoga classes?. Y-O-G-A. Su respuesta: “Ah, i-oga? La i griega rioplatense es algo que tengo que practicar.

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Nos pasamos toda la mañana viendo como la playa se llena poco a poco y mirándolos a ellos hacer sus rutinas de saludo al sol. Luego, van todos a desayunar al restaurant que la guía Lonely Planet recomendó el año pasado. Los miro y suspiro. Están buscando algo y, al menos, no les hacen mal a nadie. Y ya no nos queda más yerba. Pensamos en ponerla a secar al sol pero creo que con el chai vamos a estar bien, lastima acá que no se consigue.

Así es la rutina de Varkala. Los yoguis caminan con sus colchonetas, los rusos se ponen rojos de tanto sol y los empleados de los locales comienzan a baldear el piso a las 7 am. La mayoría son nepalíes que vienen a hacer temporadas de trabajo. Los sueldos son bajísimos y la ganancia está en las propinas. Pero los viajeros new age no dejan propinas, el dinero siembra la impureza del alma. Bueno, nosotros tampoco dejamos muchas propinas. Me preguntó que sentirá un nepalí al ver el mar todos los días, supongo que debe ser lo mismo que sentirá un boliviano. Con la única diferencia que estos últimos alguna vez lo tuvieron y luego se los arrebataron.

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El mar. Eso fue único que nos trajo hasta acá y lo que nos hizo madrugar. Cuándo uno comienza a viajar y tiene que cambiar de cama cada dos o tres días empieza a buscar objetos que le den a uno cierta idea de cotidianeidad. A mi me pasa con el mar. Cada vez que lo veo siento que de algún modo estoy dónde quiero estar, aunque sea un hogar interno. Cada mar me hace pensar en todos los mares que vi antes. El mar de Tailandia, el de China, el mar Báltico, el mar Adriático, el mar Argentino. Algunos más verdes, otros más fríos, con más o menos olas y otros más sucios. El mar siempre es el mar, más allá de la simpleza de la afirmación. El ruido de las olas cuando rompen, el viento cuándo pega en la cara, los pies que se hunden en la arena. Son pequeños hábitos que se repiten de playa a playa y que me permiten, por momentos, sentirme un poco más en casa. Sentir que algo de mi entorno es mío, es conocido, me pertenece aunque sólo sea por unos días.

Queda agua para un mate más. Lucas quiere meterse al agua y tomárselo cuándo sale. Son los pequeños placeres que nos damos. Luego, empezamos a caminar. A dos kilómetros de la playa new age empieza la playa india. La basura es lo primero que nos llama la atención. Ropa mojada, envoltorios de helado, botellas de plásticos, portarretratos de amores muertos y muchas flores. Los indios vienen a Varkala sólo para visitar un templo y hacer las respectivas ofrendas en el mar. Se meten al agua con sari, jean y camisa, andan por la arena con zapatos de cueros y los guardavidas no dejan que se metan muy hondo. Los indios en el agua son unos aparatos, inocentes y divertidos.

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Seguimos caminando y cada vez hay menos gente. Los indios, los hippies, los oportunistas, los que alquilan las sombrillas, los místicos, todos quedaron allá atrás. Desde acá los acantilados se ven más rojos y la arena parece más dorada. Desde acá los locales de comida parecen puntos de colores y el parapente que sobrevuela la playa parece un gran pájaro. Nos sentamos a descansar. Viajar por India agota los sentidos, la paciencia y la mente.

Con una mirada cómplice elegimos que este va a ser el lugar. Y lo hacemos cuándo el sol comienza a caer sobre el mar. Lucas empieza a preparar el último mate con lo último que nos queda de yerba.