No sé bien como empezar estás líneas. Escribir sobre otros (otras personas, otros lugares) hace las cosas más fáciles, pero escribir sobre uno es un poco más difícil. Supone mostrarse. Es cierto que siempre que escribimos nos mostramos pero nosotros quedamos solapados en la historia que estamos contando. Pero hoy no.

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Nací un 16 de junio de 1989 en Hurlingham. Veintiséis años atrás. Fue un viernes de invierno. Frio y lluvia o, al menos, eso me dijeron. Muchas veces intente reconstruir estos veintiséis años. Al menos, estos veintiséis 16 de junio. Pero no pude. Son recuerdos fragmentados, cargados de emociones. Me acuerdo de Gelman.

“Yo no veo nada, no sé nada

ni sé en qué día nací.

Conozco la fecha pero no el día en que nací

¿O ese día es este día en que muero por enésima vez?

¿Es este día en que todos los que han muerto

se vuelven a morir conmigo? ¿o yo con ellos?”

 

Niños – Juan Gelman

Ayer, el 16 de junio me encontró en una isla de Croacia de no más de 30 kilómetros ni más de 1000 habitantes. Me encontró junto al mar. Y fue ahí, con los pies en el agua, dónde intenté volver a reconstruir estos veintiséis años. No pude. Me acordé de ciertos cumpleaños de la infancia, con Xuxa y en algún pelotero. Después las meriendas con amigas y las cervezas en algún bar. Me acordé de ciertos regalos, me acordé del festejo en India. Me acordé de las personas que no tenia a mi lado y disfruté de las que si estaban. Pero no podía dar con ese 16 de junio.

Casi siempre festejé mi cumpleaños en invierno. Veinticuatro inviernos, un monzón en India y un verano. Era la primera vez que me tocaba un día de verano con el mar de fondo. Y empecé a pensar en qué es cumplir años ¿Por qué este día vale más que resto? ¿Es acaso el nacimiento de un nuevo año o el velatorio del año que paso? Acierto al pensar que es un ciclo nuevo. Y también es una fecha para pedir: Pedir tres deseos al soplar las velas, pedir que queremos de regalo, pedir que sea un año mejor que el anterior. Pero nunca lo pensamos como la oportunidad de agradecer.

Pensar que es el segundo cumpleaños que me encuentra viajando. Ahí también me equivoqué. Si cada año supone una nueva vuelta alrededor del sol, cada año recorremos 940 millones de kilómetros. Eso multiplicado por veintiséis… Si eso no es viajar ¿Qué es entonces?

Debo confesar que en general no me gusta cumplir años. Es una fecha que me incomoda, que intento tratar de que pase desapercibida. Fueron poquísimos los cumpleaños en los que hice un festejo grande, quizá por eso. Me consuela pensar que ahora mis cumpleaños se van a asociar a cuándo festejé en tan país o en aquella ciudad. Pero ayer fue distinto. Disfruté mucho, de los saludos, de los gestos de cariño, de las sorpresas. Más que pedir me ocupé de agradecer. Pero voy a ser sincera, si pedí algo fue la oportunidad de la teletransportación. Me hubiese gustado brindar con mi papá, abrazar a mi hermano o comer la torta de mi abuela. Pero me conformé con pensar que esta vez mi objetivo no era ese. Tampoco quería seguir cumpliendo años ni recorriendo países. Ahora me divertía más cumplir países y recorrer años.

Dejé veinticinco atrás, un nuevo lustro comienza. Los veintitantos comienzan a promediarse. Sólo quiero decirles gracias. Y no mucho más por que a fin de cuentas todo esto son opiniones y los años siguen pasando.