“Me acosan unos pensamientos tan extraños y unas sensaciones tan lúgubres , se agolpan en mi cabeza unas preguntas tan confusas, que no me siento ni con fuerzas ni con deseos de contestarlas. No seré yo quien ha de resolver todo esto.”
Fiódor Dostoyevski

Lo que les vengo a contar es la historia de una pareja de argentinos que un buen día decidieron recorrer Rusia de oeste a este. No me voy a detener en la presentación de sus personajes porque intuyo, ustedes ya los conocen. Su único miedo es el invierno. A diferencia de lo que todos piensan, no le temen a los rusos. Descubrieron que es un pueblo hospitalario pero con muy mala prensa.

Vladimir Suzdal Rusia

Llevaban poco más de 12 días en Rusia cuándo decidieron ir a conocer el Anillo Dorado (Golden Ring, en inglés). Un trayecto circular que reúne ciudades arquitectónicamente pintorescas para el disfrute de los turistas. Allí se mezclan turistas asiáticos y europeos con iglesias ortodoxas y kremlin antiguos. Dónde una mamushka (o matrioshka) vale más de lo que uno se imaginan y los puestos de souvenirs compiten con los restaurantes de “auténtica” comida local. Sí, otro de esos circos armados para el regocijo y confort del turista.

Vladimir Suzdal Rusia

Habían escuchado varías veces que Moscú y San Petersburgo eran lindos lugares, pero que la verdadera identidad rusa se encontraba fuera de esas dos extensas ciudades. Eso los impulsó a pensar un viaje mucho más pausado y por fuera de los circuitos turísticos. Antes de llegar a Mongolia planifican visitar una docena de ciudades no tan grandes. Vladimir y Suzdal serían de las últimas ciudades dirigidas al turismo en masas.

A poco menos de 200 km de Moscú, está Vladimir. Llegaron con el primer y único auto que los levantó ese día en la ruta mientras hacían dedo, el conductor se desvió unos 40 km para dejarlos en el centro de la ciudad. Al llegar al hostel, Lucas y Ludmila se vieron rodeados por tres rusos que muy curiosos les preguntaban sobre Argentina y sobre el viaje que tenían planeado. Cada vez que le mostraban una foto, o le contaban que habían estado en tal o cual lugar, largaban un ¡Wow! Todos al mismo tiempo. Esto pudo darse sólo gracias a la magia Google Translator. Cuántas cosas más podrían descubrir Lucas y Ludmila si supieran un poco más de ruso. Y eso que todos los días aprenden palabras nuevas, pero no parece ser suficiente.

Los rusos no tardaron en emocionarse con sus historias y empezaron a sacarles fotos, posando de uno a uno con ellos. Pero eso a los argentinos les incomodaba, un poco les hacía acordar a India. Hay gente mucho más interesante para sorprenderse, lo de ellos no era la gran cosa.

Vladimir Suzdal Rusia

Es curioso que los rusos se sorprendan de unos argentinos que viajan y no de un ratón que se paseaba por el hostel robando comida. Y es curioso, también, que a estos argentinos les interese muchos más hablar con los rusos que salir a ver todo lo que la ciudad ofrece.

Lo que les pasaba era que estaban siendo invadidos por esa sensación de ya haber visto todo. O mejor dicho, que todo era lo mismo. La lógica se venia repitiendo: Ciudad soviética, con un kremlin antiquísimo, una catedral, unas cuantas iglesias ortodoxas, una señora con un pañuelo en la cabeza pidiendo monedas en la puerta de cada iglesia, una tienda de bebidas alcohólicas por cuadra y algún cartel de la Unesco señalando que a eso es a lo que hay que sacarle fotos.

Vladimir Suzdal Rusia

Lo que se estaba poniendo en juego era su capacidad de viajar descubriendo, y profundizando el asombro. Descubrir algo magnifico en el Taj Mahal está bien, pero el desafío es poder encontrar la belleza en lo cotidiano, o en lo que se transformó en cotidiano. A esta altura les parece normal ver iglesias ortodoxas, o edificios soviéticos, todos bloques iguales de un color gris, uno al lado del otro haciéndolo sentir a uno pequeño.

Vladimir Suzdal Rusia

Quizá, ellos no estaban ahí buscando la foto del Kremlin ni de esa iglesia blanca con picos azules y dorados. Siendo sincero, creo que a ellos los mueve otra cosa al viajar (y al escribir). Caminaron dos días y dos noches por la ciudad de Vladimir, buscando alguna historia que contar. Ludmila se canso se cubrirse y descubrirse la cabeza a la hora de entrar y salir de una iglesia ortodoxa, Lucas se cansó de explicar el porque de su barba. Comieron en esos buffet soviéticos dónde sirven comida por kilo y tomaron mucho té. Los días rusos transcurrían tranquilos en Vladimir. Una caminata hasta el río, una charla en el supermercado y algún extraño encuentro en el hostel por la noche.

Vladimir Suzdal Rusia

Vladimir Suzdal Rusia

Al tercer día decidieron aventurarse a Suzdal, a unos 30 km. Era más pequeño, la entrada al pueblo no estaba muy indicada en la ruta y en el colectivo publico nadie hablaba inglés. Así y todo llegaron. Los edificios soviéticos se transformaron en grandes campos verdes y amarillos. Las iglesias se multiplicaron, y ahora no sólo había que cubrirse para entrar, sino también había que pagar. Las calles estaban repletas de micros con turistas que venían por el día desde Moscú. Y ahí, en el medio de ese barullo, ellos comían sanguchitos de jamón y queso. En Sudzal el asombró tampoco acudía a su encuentro. ¿Se habrán cansado de viajar? ¿Rusia fue una decepción? Ellos también se sentían mal con su desenamoramiento.

Vladimir Suzdal Rusia

Vladimir Suzdal Rusia

Podían volver en el colectivo local que sale cada 20 minutos y cuesta menos de un dólar cada uno, o hacer dedo. Se inclinaron por la última opción y en menos de 10 minutos ya estaban en arriba de un auto. Una nueva historia esperaba por ellos.

Fue en esa mirada que cruzaron en el espejo retrovisor del lado del acompañante que entendieron que estaban haciendo ahí, en ese circulo dorado.

Algunos viajan por las fotos, otros por los imanes y otros por las personas. Lo que ellos buscaban no era el primer Kremlin de la historia ni la última iglesia ortodoxa, lo que buscaban en aquella Rusia inmensa eran personas.

Vladimir Suzdal Rusia

Los 30 kilómetros fueron una revelación. Lo que a ellos les interesaban no era mucho más ni menos, que los mismísimos rusos. Esa personalidad trillada por los norteamericanos. ¿Acaso todos los rusos son cómo Ivan Drago, aquel enemigo de Rocky Balboa?

Pero a los rusos cuesta describirlos. Tienen algo que los hace únicos, pero a la vez la diferencia es muy sutil. Físicamente son muy europeos, pero los gestos son distintos. Las ropas son otras, pero no cambia tanto de la moda porteña. Nos cuesta realizar una radiografía rusa, por suerte aún tenemos 8.000 km por delante para pensarla. Lo bueno, es que ahora saben lo que vinieron a buscar. Siempre hay que perderse un poco para volver a encontrarse.