El sol empezaba a bajar y la puerta de embarque en Colombo, Sri Lanka, estaba llena de chinos. Nosotros éramos los únicos pasajeros no chinos. El atardecer era naranja y las palmeras en el horizonte aumentaban la sensación de trópico. Ningún chino se dignó a contemplarlo, los celulares le absorbían toda su atención. Tampoco, ningún chino se molestó en respetar la fila.

Cuando estaba en medio de la fila de chinos transpirados, que me empujaban, que trataban de ocupar nuestros lugares, que me pegaban codazos y que me eructaban en el oído me pregunté: ¿por qué estamos volviendo a China? Si había atravesado el país viendo una sociedad de hijos únicos malcriados adictos al consumo desenfrenado y preocupados solamente por sus necesidades materiales. Si la China tradicional la destruyeron y no les interesa analizar la historia. Entonces me volvía a preguntar: ¿por qué estamos volviendo a China?

Pero sin embargo había algo del gigante amarillo asiático que nos atraía, desde luego que no eran sus buenos modales, sino que encierra un mundo que no deja de llenarnos de interrogantes, al menos para nosotros. Tal vez por su idioma incomprensible, sus numerosos grupos étnicos o su geografía inmensa.

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China no tiene el misticismo de India ni las playas paradisíacas de Tailandia. Los chinos son sucios, manejan otros parámetros de respeto al prójimo, son torpes y la comunicación cuesta muchísimo. Cada ciudad es enorme y uno se pasa gran parte del tiempo en transportes públicos, incluso en el mes que habíamos estado no vimos el sol, el cielo siempre estaba tapado por una nube de smog.

Mientras viajaba apretujado y sin querer respirar todo el olor a transpiración de los chinos en el bus que nos llevaba hasta el avión noté a alguien que era distinto al resto. Era un monje budista rapado, con su túnica roja y un japa mala en su mano. Movía ligeramente los labios recitando un mantra y su único equipaje de mano era un morral. Él también era chino, o eso decía su pasaporte, pero su comportamiento no lo denotaba.

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Bajamos del colectivo y la horda de chinos se lanzó en carrera contra la escala. Las caras de espanto de las azafatas describían la imagen a la perfección. A pesar de hablar mandarín los chinos no le hacían caso y se empujaban y gritaban. Llegar a nuestros asientos no fue sencillo y acomodar las mochilas tampoco. Atrás nuestro venía el monje y se sentó con nosotros. Seguía con su japa mala y un mantra que salía de sus labios. Todo con una sonrisa.

De alguna manera supimos que eso era lo que íbamos a buscar. No a los chinos hipnotizados por sus enormes pantallas de celulares sin hacer caso de la gente que tienen alrededor, sino a las minoras que todavía conservan una identidad más humana: con sus dioses y la muerte, con sus sonrisas y el anhelo eterno de independencia.

Supusimos que este viaje por China iba a ser distinto. Evitando grandes ciudades y enfocándonos en pequeños pueblos. Muchos caminos de montañas y paisajes rurales. Pero en realidad, también nos dimos cuenta de que no íbamos a China, sino al Tíbet y Turquestán oriental (región que busca independizarse y que se ubica al oeste de China, limítrofe con Kazajistán, Kirguistán, Afganistán y Pakistán). Tal vez por eso el viaje se presentaba como una nueva aventura pero sin nuevos sellos en el pasaporte.

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