Luego de despedirnos de Agra y de todo lo que allí se vendía (quizá despedirnos para siempre, ya que no es una ciudad a la que volveríamos) decidimos que queríamos volver a India, a esa India más mística y profunda que tanto nos gusta.

Mathura

Nuestro itinerario desprolijo nos llevó visitar una ciudad llamada Mathura, a unos 50 km de Agra, a una hora de tren. Mathura es una de las 7 ciudades sagradas de India. Se la considera una ciudad sagrada ya que allí nació Krishna, uno de los tantos dioses del hinduismo. Pero Krishna no es un dios cualquiera. ¿Que sabemos de él? Para el hinduismo es una de tantas reencarnaciones de Vishnu (una de las tres deidades principales). Krishna es uno de los dioses más adorado y querido en India. Su existencia está rodeada de números leyendas y mitos que cuentan desde sus travesuras de niño hasta sus amoríos de adolecente. Es reconocido por haber sido un buen pastor que protegía a todas sus vacas (Si, esta historia tiene que ver con el porque las vacas son sagradas) y  de paso por haber estado con casi todas las pastoras de la región. Es fácil reconocerlo en imágenes, su piel es azulada y suele están en compañía de vacas, de un arco y de su flauta traversa. Cada uno de estos elementos se vincula  con las distintas escenas y vicisitudes de la vida del dios.

Imagen de Krishna tomada en el ISKON

Imagen de Krishna tomada en el ISKON

Llegamos un día de lluvia y humedad insoportable, el calor nos agobiaba. Bajo este contexto no tardamos mucho en darnos cuenta que éramos los únicos dos turistas que visitaban el pueblo. Y así comenzó nuestra estadía allí, sucesivos y desafortunados hechos nos hicieron replantear nuestra visita en la ciudad. Pero por suerte se convirtieron en simples anécdotas:

La primera tiene que ver con el viaje que une las ciudades de Mathura y Vrindavan. Tomamos un rickshaw compartido con otras 6/7 personas (cuando la capacidad sería para unas 4). En ese contexto a Lucas le toco ir de espaldas haciendo equilibrio para no caerse. Al haber tanta gente viajaba con la rodilla para afuera, hasta que otro rickshaw se pegó demasiado y apretó la rodilla entre los dos vehículos. El resultado fue un simple moretón. Por suerte nada más.

Otra anécdota que nos llevamos de la visita sucedió caminando por las calles de Vrindavan. Era pleno mediodía y el sol rajaba la tierra. Hacía mucho calor y casi no había gente en la calle, solo nosotros buscando un lugar tranquilo para comer. Y en ese estábamos cuando un mono, con toda la habilidad vino corriendo detrás, apoyó sus extremidades en la espalda de Ludmila y sin siquiera despeinarla le robó los anteojos de sol. Antes que reaccionemos ya se había trepado a un árbol. Lo vimos ahí, sentado, rompiendo las patas de los anteojos.

¿Qué hacer bajo este contexto? Llegamos un viernes y teníamos boletos de tren para el domingo a la noche. No teníamos muchas opciones más que lamentarnos, malhumorarnos y odiar India. O podíamos tomárnoslo con calma, saber que en un viaje no todo es color de rosa todo el tiempo, y disfrutar lo más posible nuestra pequeña estadía en ambas ciudades. Nos inclinamos por la segunda opción.

Vecina a Mathura (a unos 10 kilometros) está su prima hermana, la ciudad de Vrindavan. Ciudad famosa por ser la ciudad donde Krishna creció.

Mathura, en las orillas del río Yamuna

Mathura, en las orillas del río Yamuna

Vrindavan

Llegamos a Vrindavan sabiendo que además de ser una ciudad importante para el hinduismo por ser la ciudad donde creció Krishna, también debe su importancia por ser la ciudad donde se encuentra uno de los templos más importantes del ISKON. Es decir, uno de los templos más importantes para los adeptos a cierta escuela de Hare Krishna. Y dicho esto nos encontramos, con muchos Hare Krishnas cantando y bailando al ritmo “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama”. Cientos de devotos vestidos de blanco y con toda la cabeza rapada salvo el mechón de pelo que se dejan crecer. Y entre los cientos de Hare Krishna encontramos a muchísimos occidentales creyentes, era fácil reconocerlos por la piel, los ojos, los rasgos y los gestos. Nos sorprendió la gran cantidad de blancos camuflados en el conjunto de devotos. A pesar de nuestro encuentro con occidentales seguíamos siendo los únicos dos turistas de la ciudad.

El templo desde afuera

El templo desde afuera

Una devota en plena ceremonia

Una devota en plena ceremonia

Los cánticos alegóricos

Los cánticos alegóricos

Visitamos el templo, la arquitectura y el lujo era ejemplar. No era un templo hinduista común y corriente. Varios se acercaron a darnos folletos explicativos (en hindi, lengua oficial de India), a vendernos libritos y a pedirnos donaciones para las vacas. ¡Era la primera vez que nos pedían plata para una vaca y no nos la comíamos en un asado!

Por si no nos creen

Por si no nos creen

Tan importantes son las vacas que mucha gente las alimenta en las calles

Tan importantes son las vacas que mucha gente las alimenta en las calles

La ciudad de las viudas:

De Vrindavan también sabíamos que era conocida por ser la “ciudad de las viudas”. Recordamos la deuda inmensa que tiene India con la figura de la mujer, Vrindavan seguía dando cuenta de lo mismo. A grandes rasgos sabemos que hasta 1829 si una mujer desgraciadamente enviudaba la costumbre del satí la obligaba a tirarse a la pira funeraria de su difunto marido, muriendo inmoladas junto al cuerpo. Los ingleses abolieron esta práctica en el periodo colonial. Si bien hoy no se continúa usando la práctica del sati, la realidad no es nada fácil. Una mujer cuando se casa pasa a ser parte de la familia del marido. Si este se muere pasa a ser una mera propiedad. Sin importar la edad que tenga. Hay viudas de 15 años y las hay más grandes. Todas pasan por lo mismo. Son las culpables de la desgracia del marido. Por eso las mandan a una suerte de “destierro” a lugares como Vrindavan, a vivir en pésimas condiciones; Compartiendo el cuarto con 10 mujeres más, en el mejor de las casos. A vivir del mendigar y de limosnas. Y sabiendo esto empezamos a prestar más atención y si, el número de viudas que habita la ciudad de importante (un 30% de  la población). Era fácil reconocerlas, van vestidas de blanco con una vasija de metal para almacenar la comida y plata que recolectan en el eterno girar por la ciudad. Fue un domingo que nos asomamos a uno de los tantos templos de Vrindavan y descubrimos un playón con muchísimas mujeres (todas de blanco) rezando. Luego nos enteramos de que quizá era algún ashram de viudas a donde van a pasar el día rezando y limpiando a cambio de un plato de comidas. No nos pareció adecuado fotografiarlas, si lo hacíamos sentíamos que seguíamos reforzando ese lugar de objeto. Les debemos las imágenes.

Las calles de Mathura

Las calles de Mathura

Grupo de devotos en una pequeña procesión

Grupo de devotos en una pequeña procesión

Tras recorrer Vrindavan con sus realidades tan distintas entre sí: los Hare Krishnas y las viudas decidimos darle una nueva oportunidad a Mathura (la ciudad contigua). Llegamos con ganas de conocer otra de las ciudad sagrada (anteriormente habíamos estado en Haridwar), de empaparnos de misticismo y de compartir con la cultura local. Pero no habíamos tenido en cuenta un detalle: no sabíamos hablar Hindi. Es fácil olvidarse que el inglés no es la lengua oficial, que es una lengua impuesta y que desgraciadamente es la única que nosotros aquí sabemos hablar. Que difíciles que son los desencuentros del idioma.  Mathura nos mostró lo ignorantes que éramos, cuanto nos falta saber y conocer. Uno puede decir que existen idiomas universales que todos conocemos como ser las sonrisas y determinados gestos con las manos (dormir, comer, los números, etc.) que muchas veces nos sacan del paso, pero a la hora de conocer una cultura local nos dejan por fuera. Y así fue, por Mathura caminábamos como extraterrestres, todos nos miraban, algunos nos sonreían o saludaban otros intentaban vendernos algo, pero a cada paso sentíamos todas las miradas en nuestros hombros. Una vez más no podemos sacarnos nuestro disfraz occidental. Más de una vez tuvimos ganas gritar “¡¿Que me miras, tengo un mono en la cara?!” pero para que gastarnos, nadie nos iba a entender. Miradas y bocinas, muchas bocinas, esos recuerdos nos quedan de Mathura, de la que se dice que es una ciudad sagrada.

La poca mística con la que nos encontramos

La poca mística con la que nos encontramos…

...Quizá solo había que buscarlo en la naturaleza

…Quizá solo había que buscarlo en la naturaleza