Llegamos a la ciudad filosofando sobre su pasado comunista, sobre los nazis, sobre la identidad de los polacos. A primera vista nos llamó la atención las construcciones: edificaciones de 2 o 3 pisos pintadas en tonos pastel, prolijas y armoniosamente coloridas. Pensábamos demasiado y veíamos todo de una manera muy superficial. Pero Wroclaw nos deparó una sorpresa.

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Fue al cruzar la calle que lo vi. No serían más de 25 cm, de color dorado. Tenía barba, anteojos, y un libro entre las manos. Quedé fascinada. Hacía mucho que no veía uno, aunque pensándolo bien, era la primera vez que los veía. Le aviso a L. para que lo miré, pero estaba muy concentrado mirando el mapa y buscando una dirección. 200 metros más adelante, otro. No lo podía creer. Eran muchos, y estaban en las veredas, en las vidrieras, en las columnas.

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Quiero que L. también se percate de su presencia, pero no me oye. Y ahí mi cabeza entra en una suerte de limbo. Alguien me empuja la mochila. No sé si es que alguien me choca o yo me lo llevo puesto. Siento que me tiran de la mochila de mano en dirección al suelo, tropiezo, me enredo con los cordones de las zapatillas que tengo misteriosamente desatados. Pierdo el equilibrio. Me voy cayendo de costado, busco con la otra mano agarrarme de algo. Ya no puedo sostenerme, me caigo. Veo la cabeza dorada, y escucho el impacto. Me caí al piso, me tropecé con un duende. Con otro duende.

  • ¡Qué la ciudad está llena de duendes! Es lo último que alcanzo a gritar. Me toco la cabeza, creo que me sale sangre.
  • ¿Queeeeeeeé? Dice L. con cara de asombro y extrañeza ante mi enriedo con el duende. Yo lo miro desde el piso y cierro los ojos.

Abrí los ojos esperando encontrar a él, sólo quería hielo y un ibuprofeno. Me toqué la cabeza, tenía un chichón. Lo curioso es que no encontré a quién pensaba encontrar.

Dos duendes venían con una escalera. Parecían bomberos. Trato de preguntarles algo pero me percato de que los duendes no hablan. Me recuerdo, una vez más, que los cordones de mis zapatillas son muy largos. Si no quiero seguir tropezando tengo que cortarlos.

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Desde una esquina alguien me habla. No entiendo que me dice, creo que me habla en ruso. Me pregunta dónde estoy. En Wroclaw naturalmente, le respondo. Se ríe de mi pronunciación. Veo que se acomoda sobre la pared, endereza la espalda y se prepara. Se prepara cómo cuándo alguien va a contar una buena historia. Yo, complicada en el suelo me dispongo a escuchar.

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“La historia moderna de Wroclaw comienza con la segunda guerra. Dónde se convirtió en la ciudad de los muchos nombres, y de los muchos países también. Es difícil nombrarla, en polaco es Wroclaw pero se pronuncia “Vroslav”, en español es Breslavia y en alemán Breslau.

Hasta mediados del S. XX era parte de Alemania. Con el desenlace de la segunda guerra, se convirtió en territorio polaco. Polonia cambió todas sus fronteras luego de la guerra. Basta ver el mapa para observar cómo se movió hacia la izquierda el país (y no sólo territorialmente). Por eso se produjeron grandes migraciones. Por ejemplo varios habitantes de Leópolis, que fue parte de Polonia hasta la segunda guerra (actualmente es Ucrania), se trasladaron a Wroclaw. Cuando llegaron se encontraron con la sorpresa de que la ciudad seguía poblada por algunos alemanes que aún no se habían marchado. De pronto, tenían que habitar una casa llena de muebles alemanes y quizá con algún alemán que estaban ahí.

Monumento alemán tapado con un monumento ruso por delante

Monumento alemán tapado con un monumento ruso por delante

Al final de la segunda guerra, Polonia entra en la órbita soviética. El comunismo de prepo nunca le sentó bien al país. Fue a comienzo de los ’80 dónde algunas agrupaciones políticas comienzan a protestar contra la economía rusa. Fue entonces que aparecimos nosotros.”

Lo dijo todo demasiado rápido y prolijo. Se notaba que se lo sabia de memoria. No era la primera vez que lo contaba, y yo, no era la primera vez que lo escuchaba. La historia del pasado alemán y comunista de Polonia se venía repitiendo a lo largo de todas las ciudades que veníamos visitando en el país. Lo que no entendía era la relación entre duendes y el fin del comunismo. Sabia que estos tipos eran mágicos, pero en la política la magia no tiene lugar.

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“Los protestantes, llamados “alternativa naranja”, solían identificarse con un gorrito alargado y en honor a ellos se hicieron varias estatuas rindiéndoles homenaje. Así llegamos nosotros.”

Le pregunto cuántos son. Me dice que no tienen idea, que cerca de 200 quizá.

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Le preguntó por el corazón de la ciudad. Quizá era lo que L. buscaba en el mapa. Yo creía que el centro de la ciudad era la plaza Rinek que oficia de mercado de artesanías, de lugar de encuentro, de músicos callejeros, de fuentes refrescantes y de lugar de juego para los niños y sus burbujas. En el medio de la gran plaza hay una catedral, un edificio del ayuntamiento y un reloj astronómico. Quedo sorprendida con su respuesta. “El centro de la ciudad somos nosotros, nena”.

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Si bien es cierto que la ciudad tiene muchas influencias, toda esa mezcla cultural que fue Polonia coincide en Wroclaw: se ve en las calles, en la arquitectura, en los rasgos de sus habitantes, en sus costumbres, en su lenguaje (muchísimos hablan el alemán cómo segunda lengua) y en su modo de pensar.

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Nadie me había hablado de Wroclaw cómo la ciudad de los duendes. Los polacos prefieren llamarla la ciudad de los ríos, los canales, las islas y los puentes, le dije un poco decepciona.

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Sí bien él afirma que es una ciudad verde y con el gran río Oder que riega toda la ciudad, duda sí es cierto que hay más de 100 puentes en la ciudad. Y eso en verano se aprovecha. Los barcitos de la costanera estaban repletos, las plazas llenas de jóvenes haciendo picnics. Mucha gente en bicicleta, muchas parejas enamoradas y muchos turistas paseando.

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“En realidad la ciudad entera son sólo 12 islas interconectadas por 112 puentes”, dice María. Mientras andamos en bicicleta por la ciudad. Ella es polaca, vive en Buenos Aires, pero es oriunda de Wroclaw. Vino en las vacaciones a visitar a su familia y amigos. Ella no cree en los duendes, pero que los hay los hay.